La copa de Verlaine: Capítulo XXV

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XXV. La capa de mendigo


EN los viejos tiempos católicos y caballerescos, el mendigo era hermano del mismo rey. Tenía una altivez hidalga, y llevaba al cinto el bote de la guiropa, y arrastraba su tabardo harapiento con el orgullo de un manto real.

—Buscad vuestros pobres en otra parte, que yo no puedo volver—hubo de decirle un mangante a un caballero que no halló a mano una moneda que darle.

Recibían la limosna con altanería. El mendigo estaba ungido por las palabras del Rabí, y creían de buena fe que beneficiaban a sus donantes, pues así edificaban su ánima por la caridad. Les hacían la merced de dejarse dar limosna.

Una tarde paseábase por las Platerías un hidalgüelo gabacho, cuando le asaltó un mendigo de nobles barbas blancas y aspecto distinguido. Dolióse el hidalgüelo y quiso darle unas monedas sin humillarle.

—Sírvase llevarme este cartapacio hasta mi posada y le daré un escudo.

—Libre es vuestra merced de darme o no limosna—gritó solemnemente el pedigüeño—; pero no consiento que se me trate como a un criado—. Y le volvió la espalda con desdén.

El mendigo es libre como el aire y ama su libertad sobre toda holgura y acomodo. Es de un individualismo rabioso: le place más rascar sus liendres al sol en medio del arroyo, que aprisionarse en el régimen un poco frío de las Casas de Caridad, donde, además, tienen que aguantar la férula religiosa.

Al rancho metódico prefieren la guiropa en la alegría de las solanas, de sabrosa y picara parla con sus hermanos de cofradía. Y mejor que los lechos iguales y helados, con algo de cuartel o de hospital, les sabe más gustoso apretujarse en la escalerilla de Cuchilleros. Ante todo, hacer lo que les dé la real gana, y después Dios proveerá...

Es estéril toda iniciativa contra la mendicidad: es como una costra del alma española, que no curan los bandos de ningún corregidor. España es un país de pirueta, de azar y de aventura, y los mendigos son una rancia y pintoresca representación. En la patria de los pedigüeños, donde todos somos un poco mangantes, el mendigo es perfectamente respetable. Hay en nosotros un sabroso anhelo de tomar el sol tranquilamente, esperando el milagro del pan y de los peces en forma de destinejo oficial o de «combinación» lucrativa. En un pueblo de trabajo, de ideales, de ciencia y de arte, la mendicidad es un tumor repugnante, como también es criminosa la existencia del noble juego de la Lotería. Pero nosotros encendemos luminarias a la diosa Casualidad, convencidos de que vivir del esfuerzo personal es una utopía.

Un mendigo vive mejor que un pequeño covachuelista, y de sobra más holgadamente que un obrero. En una tarde de «trabajo», cualquier mendigo un poco acreditado saca de ocho a diez pesetas, es decir, el sueldo de jefe de tercera de cualquier negociado, y no tiene que aherrojarse en la covachuela, ni ponerse los manguitos, ni tocarse con un gorrito absurdo.

El mangante tiene un castizo abolengo, y nuestros contemporáneos lo son, más que por necesidad, por imperativo de la casta, por una enorme fuerza de atavismo.

¡Oh, capa de mendigo, santificada y evangélica, altiva como la del mismo rey! La que pasó flotante por las páginas de la picaresca del Siglo de Oro; la que vemos hoy en las solanas, a la puerta de los cuarteles, o, como una visión goyesca, en las escalerillas de Cuchilleros, mientras suenan cantarinas las fuentecillas de la Plaza Mayor. Debajo de tus harapos hay un jirón del alma española, aventurera y andariega, castiza y soñadora.

Capa de los mendigos juglares que van por las aldeas, tabardos que cobijan a los fingidos paralíticos, que desgranan el rosario de sus cuitas y se arrastran al sol lo mismo que gusanos; manos pedigüeñas, perfiles costrosos, pupilas sin luz, que sois las clásicas figuras del viejo retablo, tenéis una jocunda poesía antañona que en vano quieren borrar los graves varones y las nobles damas de Concejos y de piadosas Hermandades.

País de pirueta y de lotería, donde reina lo imprevisto, y la aventura, y salto mortal; donde el Arte y la Ciencia son pordioseros, donde se mendiga todo, desde la bicoca política hasta el duro pan proletario, donde el esfuerzo personal no da derecho a esperar nada, ¿con qué autoridad queremos suprimir la mendicidad pintoresca? ¿No os parece que toda España va envuelta en una capa de mendigo?

Capítulo XXV: La capa de mendigo

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