La de San Quintín: 33

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Escena XVIII[editar]

Dichos; RUFINA, ROSARIO por la izquierda, segundo término. ROSARIO permanece junto al emparrado, y no avanza hasta que VÍCTOR queda solo.


RUFINA.- (Corriendo hacia VÍCTOR.) Chiquillo, ¿qué haces? Nosotras aguardándote allá.

DON CÉSAR.- Hija mía, apártate de ese hombre.

RUFINA.- (Asustada.) ¿Por qué, papá...?

CANSECO.- D. César no quiere que nadie se le aproxime.

RUFINA.- (A su padre.) Papá, ¿qué ha hecho Víctor?

DON CÉSAR.- (Aparte a RUFINA y a DON JOSÉ.) Nada... Es inocente...

RUFINA.- No entiendo.

DON JOSÉ.- Yo sí... pero explícanos...

DON CÉSAR.- (Con gran desaliento.) No puedo... la verdad me quema los labios... Imposible que yo declare mi afrenta. (Cae desvanecido en un sillón.) Me siento muy mal... yo me muero.


(Rodéanle todos menos VÍCTOR.)


Me falta valor para esta crisis de honra, de conciencia. No sé más que padecer, y maldecir mi destino, y culpar al cielo y a la tierra. (Con inquietud nerviosa se incorpora en el sillón, sostenido por DON JOSÉ y RUFINA.) ¡Oh! siento que por mis venas corre fuego, hiel, vergüenza!...

VÍCTOR.- (Anonadado.) ¡Pavoroso enigma!... ¿Pero de qué me acusan, vive Dios? (Con rabia, cerrando los puños.) ¿De qué debo acusarme?

DON CÉSAR.- ¡Acusarte!... de nada, de nada... No, no digo nada, no puedo... Siento una cobardía que me abruma... No puedo, no puedo...

VÍCTOR.- ¡Dios mío!

RUFINA.- (Abrazando a su padre.) ¿Estás enfermo?

DON JOSÉ.- Llevémoslo adentro.

CANSECO.- Y avisar al médico.

DON JOSÉ.- Sí, sí.

DON CÉSAR.- (Conducido por DON JOSÉ, RUFINA y CANSECO.) Hija mía... mi única verdad. (La besa, llevándola abrazada.)

DON JOSÉ.- Vamos, ven.


(Vanse por la derecha.)


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