La estocada de la tarde: 03

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Capítulo III
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La estocada de la tarde Antonio de Hoyos y Vinent


En la desolación del paisaje las montañas alzaban, bajo el cielo entoldado de nubes, sus desnudos picachos como torreones de una fortaleza de titanes. Por entre ellas serpenteaba la carretera en rápida pendiente, enroscándose a la montaña. Abajo, en las laderas cubiertas de tierra gris, en que ponían una nota obscura los tojos y zarzales, veíanse esparcidos algunos pueblecillos miserables, tristes, semiderruidos, dominados por los campanarios de sus pobres iglesias. A lo lejos, en todo lo que alcanzaba la mirada, un desierto monótono, parduzco; y limitando el horizonte montañas de piedra que amurallaban el paisaje, más triste aún bajo la blanquecina claridad de la mañana.

El automóvil, entre grandes resoplidos, escalaba la montaña a toda presión de su motor de ochenta caballos. Desde el choque con el paso a nivel, el dichoso artilugio no funcionaba del todo bien provocando sus sospechadas averías gran inquietud en los excursionistas, que temían no llegar a tiempo para presenciar la corrida.

Verdad que al parecer no había sufrido ninguna descomposición irremediable. La rotura de un farol y una insignificante torcedura en el freno, no eran bastante a impedir el buen funcionamiento de la máquina; pero aquel incidente había llevado cierta desconfianza sobre la habilidad del dueño y «chauffeur» a los corazones de sus invitados. Además, Julito Calabres, siempre deseoso de hacer sensación y no contento con dejar patitiesos con su traje violeta de exageración caricaturesca a los madrugadores que habían presenciado la salida de la expedición, desde la terraza del hotel, dedicábase a contar tremebundas catástrofes y espantables historias de automóviles despeñados y excursionistas hechos tortilla en el fondo de los precipicios, muy divertido del espanto de Enriqueta Barbanzón que se veía ya en el lecho de un barranco con su «toilette» de «Redfern» hecha una lástima.

Habían salido a las ocho de la mañana de San Sebastián, pues aunque la cita era a las seis, hubo que ir sacando uno por uno de la cama a los excursionistas. El trasnocheo a que estaban acostumbrados, la gran afición pictórica de aquellas damas (no había sino mirarles la cara), el sueño fácil y pesado del «Arrojadito» y los interminables trámites de la vestimenta de Julito Calabres, hubiesen retrasado la salida hasta las dos de la tarde si Pepe Rodríguez, propietario del automóvil a quien María con su «sans fason» habitual había embarcado para que les llevase, no hubiese ido de Hotel en Hotel metiendo prisa y amenazando con no llegar a tiempo para contemplar los primores que «Bombita» y «Machaquito» harían en la corrida.

Él, Pepe Rodríguez, estaba en pie desde las cinco de la mañana; claro que no era su aseo y vestimenta obra de romanos (¡ni mucho menos!) y que en cinco minutos estaba aviado. Él era muy hombre y fanático de aquella vieja teoría que supone en los hombres la obligación de oler a tabaco, a perro, a caballo y no sé si a alguna cosa peor, y sentía en su alma de señorito juerguista, gallo de cafés y giras campestres, gran conquistador de cupletistas averiadas en «tourne» provinciana, hondo desdén por las mamarrachadas de aquel fantástico Julito que se perfumaba como una «cocotte» y se ponía sortijas dignas de un radja de guardarropía. Era, en el fondo, un buenazo, simpático y llanote, leal y sincero amigo, que, trastornado por las enigmáticas delgadeces de la Barbanzón, por sus ojos de pasión rodeados de livores y sus altivos aires de reina destronada, se había incorporado a la pandilla y con ella era escándalo y ludibrio de gentes honestas y timoratas.

Ocupaban el asiento del fondo en el carruaje María, que mostraba su carita desvergonzada semioculta entre gasas verdes que le daban cierto picante aspecto diabólico, el «Arrojadito» prensado contra la dama en manifestación de amor casi primitiva, y Enriqueta Barbanzón, que no pensaba sino en resguardar su indumentaria del polvo y su peinado del aire. En los asientos laterales habíanse acomodado Julito y Robledales y en los del fondo, y dando la espalda a Rodríguez, «Madame» de Narbone, extraordinaria en su estrepitosa belleza de Venus ticianesca, y el «Fruterito», amigo y banderillero del diestro.

Era la francesa una verdadera francesa de novela, de esas que, enamoradas de la España de pandereta, inspirándose de los escritores de su país, había venido a la prosaica tierra del garbanzo, decidida a hacerse amar de un toreador valiente, raptar por un José María y pasear a la grupa de un picador por la calle de las Sierpes. Gran amiga de María, a quien conoció en un albergue de marinería en Nápoles, al llegar a San Sebastián, su primer cuidado fue buscarla deseosa de reanudar las sospechosas aventuras corridas en otros días en la bella ciudad italiana. María y su inseparable Julito, siempre a caza de tipos raros con que pasmar a los burgueses, acogieron su llegada como la venida del Mesías y la presentaron a todo lo peor que conocían. Pronto hizo honor a sus maestros y comenzó un devaneo con el «Fruterito» que, alhagado por la conquista de tan alta señora, se prestaba a todos los disparates que a ella se le ocurrían y que no eran pocos. Era una loca, según autorizada opinión de sus amigos; decía desatinos de un cinismo inconsciente, maravilloso, y delante de su marido (Monsieur de Minotauro -le había bautizado Calabres) se jactaba del amor que sentía por los toreros. ¡Oh, los toreros valientes! Y él sonreía paternal, benévolo y comprensivo, y encontraba ¡tan interesante!... los devaneos de su mujer. ¡Él la conocía bien! «¡Un ángel!» Cierto que en una ocasión se le escapó en Roma con un modelo de pintor, pero lo hizo sin malicia, por puro amor al arte, por curiosidad, por romper la monotonía de la vida. Ahora iba el caballero, impecable en su aspecto discreto de respetabilidad, sentado en el pescante junto al dueño que conducía el coche, y sin importarle lo que sucedía a sus espaldas, calculaba el tiempo que faltaba para el almuerzo, lamentando sinceramente no haber comido un poco de pollo y un entrecot además de los cuatro huevos y el café que había tomado para entrenarse hasta la hora del yantar.

El automóvil había acabado de subir la empinada cuesta, y ante la vista de los excursionistas se abría el panorama de los campos, tristes en su grisosa monotonía, apenas interrumpida por las notas incoloras de algunos poblados. Campos heroicos que fueron teatro de las épicas luchas civiles, cada pueblecillo, cada lugar de aquellos que se entreveía a lo lejos, tenía un nombre evocador de cien leyendas de heroísmo, de abnegación, de fanatismo y de crueldad. Allí cabalgó al frente de su Estado Mayor el Rey caballeresco, fuerte, apasionado y creyente, como el héroe de los tiempos medioevales. Por allí, el que se creía investido del poder de Dios, paseó sus impaciencias cuando tenía en Estella el cuartel Real.

Julito, con una ilustración de «Bedaker», comenzó a rememorar lances de la guerra civil. La Narbonne suspiró. ¡Quién hubiese vivido en aquellos tiempos caballerescos! Y la idea de las ferocidades del cura de Santa Cruz y de las brutalidades de los mozos lanzados al asalto de pueblos indefensos, la hizo palpitar de voluptuosidad mientras fijaba una mirada de cordero agonizante en el torerillo que llevaba al lado.

El automóvil se había lanzado raudo cuesta abajo, y los tripulantes cerraban los ojos, entregándose con rara sensación de placer al vértigo de la velocidad. La carretera se abría ante ellos blanca, recta, igual, libre de obstáculos, y el pesado carruaje parecía volar en un torbellino de polvo. De momento en momento la velocidad aumentaba, sin que Rodríguez intentase atajarla. Todos hablaban ahora nerviosamente, engañando su inconsciente temor con un júbilo falso y sin querer ninguno ser el primero en darse por vencido confesando su miedo. Al fin Robledales se rindió. Él no presumía más. Le tenía sin cuidado la opinión ajena, y la verdad, no le haría maldita la gracia que aquellos locos le espachurrasen.

-¡Eh, tú, Pepe, que nos vas a matar! -gritó al conductor.

-¡No hay cuidado; vamos al pelo! Ochenta y cinco kilómetros por hora.

Hubo breve pausa silenciosa. Ahora era María la que no quería morir. La vida era demasiado agradable, y más con aquel nuevo amor que se había echado, para romperse la cabeza sin más ni más.

-Mira, Pepe, no seas animal y acorta el paso, que nos vas a descrismar.

-Voy, voy...

La voz de Pepe había sonado extrañamente timbrada de un vago temor. Hacía ya minutos que realizaba titánicos esfuerzos para parar el coche sin poderlo conseguir. Con manos y pies se esforzaba en detener la vertiginosa marcha, que en vez de disminuir aumentaba por momentos. Un sudor de agonía perlaba su frente y sentía frío en los huesos. ¡El dichoso freno! Debía de haberse soltado la cadenita e iba a matarse y a matarlos sin remedio. Para componer la avería sería preciso que él o alguien conocedor del mecanismo expusiese la vida montándose sobre la caja y enganchando la cadena, si como él creía en eso consistía la avería. Pero, ¿quién? Por exigencias de María, que tenía gran empeño en que cupiesen todos, no había llevado mecánico, y si él lo hacía, ¿quién guiaba mientras? Además, si daba la voz de alarma, aquellas gentes enloquecerían de miedo, y Dios sabe qué disparate eran capaces de hacer. Y la cosa urgía. Dentro de unos minutos llegarían a las curvas que formaba el camino al dejar la montaña, y a aquella velocidad les sería imposible tomarlas bien y se matarían sin remedio. María tornó a gritarle con voz vagamente alterada:

-¡Eh! ¡Estás loco! ¡No ves que nos vas a estrellar!

Hizo un esfuerzo, y volviéndose a medias en el asiento, avisó:

-No puedo parar. Debe de haberse soltado la cadena del freno.

María quiso echarlo a broma, y con voz que pese a ello temblaba, reprochó:

-No gastes guasas con esas cosas, y para.

-Si no puedo -aseguró él veraz-. Haría falta alguien que se montase en la caja y sujetase la cadena.

Ante la inminencia del peligro los excursionistas deliberaron. ¡Zapateta! ¡No era nada! ¡Probabilidad de romperse la crisma! ¿Quién se sacrificaría? En monsieur de Minotauro no había ni que pensar, antes les dejaba morir a todos que exponer él su pellejo. Rodríguez no podía abandonar la manivela; el «Fruterito» era demasiado bruto, y además, madame de Narbonne se había agarrado a él como a un clavo ardiendo, y estaba decidida a morir en su compañía y no sé si a que les enterrasen juntos; la Barbanzón, hermética, meditaba: «¡Lástima de vestido! ¡Si ella lo llega a saber, cualquier día estrena traje para ir con aquellos desatinados!» Julito se ofreció a ello. Había un algo de elegante en aquella postura de desdén por la vida, y él, en su snobismo, sentía intensamente su encanto. Con una indiferencia «muy griega» se brindó:

-Yo lo haré.

Rápidamente salió al estribo y se inclinó. El polvo y el humo le cegaron, obligándole a echarse hacia atrás. No. Imposible. No le daba miedo morir; pero aquella muerte antiestética, triturado por un automóvil, le horrorizaba. Además, ¿y si no moría? Roto, sucio, hecho una lástima, la «toilette» sensacional convertida en un guiñapo; en vez de la entrada triunfal, una llegada ridícula, que ni siquiera tendría el prestigio del hecho heroico, que contado y por ende arrancado del escenario, perdería la mitad de su fuerza dramática. No. ¡Imposible!

-Yo no puedo -aseguró, volviéndose dentro del coche.

El «Arrojadito» se ofreció a su vez:

-Voy a probar yo.

El primer impulso de María fue oponerse al sacrificio de su amante. Luego lo pensó mejor. Era bonito: el gran torero muriendo por ella en un accidente de automóvil. Además, le iba en ello la vida, y no era cosa de sacrificarse en un impulso romántico indigno de una nitschana como ella.

El peligro aumentaba por momentos. O paraban o antes de cinco minutos se mataban irremisiblemente. Sin perder tiempo salió el torero a su vez al estribo. El automóvil corría con velocidad vertiginosa cuesta abajo, entre densas nubes de polvo y humo. Árboles, rocas, postes de telégrafos, huían en fantasmagórica carrera de pesadilla, y como en esos angustiosos sueños que nos hacen despertar anhelantes, aquella loca marcha daba la sensación de vacío de una caída en el abismo.

Joaquín, sosteniéndose con una mano, dobló el cuerpo sobre el estribo y trató de coger la cadena que pendía en locas oscilaciones. ¡No alcanzaba! Con dislocada agilidad gimnástica se estiró más. Una voz llegó angustiosa hasta él:

-¡Pronto, pronto, que nos matamos!

Hizo un esfuerzo supremo y la cadena quedó enganchada. El automóvil rodó aún algunos metros y se detuvo al borde del abismo en el momento que el «Arrojadito» saltaba dentro y caía en los brazos de María.

Julito y la Barbanzón respiraron, y la francesa creyó oportuno desmayarse sobre el pecho del banderillero.


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