La farisea : 08

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Capítulo VII
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La farisea Fernán Caballero


Hinojosa es un pueblo de Extremadura, grande, tranquilo y triste, asentado en una llanura; sus horizontes los forman montes que lo encierran en su llano y hacen difíciles todas las comunicaciones. Apartado de las pocas carreteras que cruzan a España, puede que deba su sosiego a su aislamiento.

Al salir de una dehesa de encinas, se atraviesa un llano o prado, en el que en verano se disponen las eras, y se llega a una gran cruz de piedra que sobre su frente lleva el pueblo en señal de cristiano: álzase sobre gradas, que sirven de asiento a los paseantes. A la entrada. del pueblo se ve el pilar de la abundante fuente, a la que van las mujeres por agua: ocupación que da siempre un aire patriarcal a los pueblos que escapan del sacudimiento de lo que llaman adelantos.

En una de las calles del pueblo, nombrada Corredera de San Diego, se veía una casa de poca apariencia, y de un solo piso como lo son todas. Sobre la puerta tenía unas grandes armas, toscamente esculpidas, y que cubría por partes una capa de ese verdín o musgo negro y amarillo, que crean unidos el tiempo y la intemperie.

Entrábase en esta casa por un vasto zaguán, el cual a ambos lados tenía grandes puertas que comunicaban a dos salas, las que no se abrían sino en las grandes solemnidades de la vida humana, esto es, cuando acontecía un nacimiento, una boda o un entierro:-tres divisiones de la vida del hombre, principio, objeto y fin, que tan solemnes son, y en las que llama éste a la religión para que las presida, aun cuando en otras ocasiones la olvide.

Al frente del zaguán había otra puerta, por la que se entraba en una gran pieza denominada cuerpo de casa, que al frente tenía otra que daba a una rústica galería o techadizo, el cual precedía a un espacioso corral en que estaban las cuadras, la tahona, el horno, los pajares: en fin, las oficinas todas de la labor, con entrada separada.

A ambos lados de esta puerta, en el cuerpo de casa, había dos grandes piezas; era una la cocina de los señores, y la otra la de los criados. En la primera, en la que no se guisaba, y que más propiamente se hubiera podido llamar comedor, había una enorme chimenea, cuya campana ocupaba todo el testero; ardía en ella de continuo en invierno un fuego magno, en el que se echaban árboles enteros.-A ambos lados había, arrimadas a las paredes laterales, tarimas cubiertas de cojines de lana, que serían tan admitidas y elegantes como lo son en las ciudades modernizadas las banquetas, si en lugar de la de tarimas, llevasen aquella elegante denominación. En huecos practicados en la pared, nombrados vasares, había colocados en simetría grandes cántaros llenos de agua, con exquisito aseo; sobre estos, en tablas, se ostentaba bien dispuesta una colección de búcaros de Salvatierra, de diferentes tamaños y hechuras.

En la embaldosada cocina de los criados estaba el tráfago de la casa y una escalera de piedra que subía a los doblados, esto es, a los graneros y desvanes, que se hallaban entre el tejado y los techos de las habitaciones. A ambos lados del cuerpo de casa daban las puertas de las salas y alcobas, que tenían ventanas, unas a un jardín, las otras a un huertecito, en los que se criaban flores, yerbas medicinales y las legumbres más precisas. Estas habitaciones interiores que comunicaban con las salas, tenían en sus ventanas cristales, mientras que las de las salas que daban a la calle tenían encerados. Consistía esto en que las mal inclinadas esperanzas de la Patria, esto es, la generación que ha de suceder a la actual, había jurado odio mortal y exterminio a los cristales; la muchachería, pues, que ha sido soberana antes de ahora, se había amotinado contra los cristales, y había triunfado sin barricadas, con su acostumbrado proyectil.

En la cocina de los señores, que hemos descrito, se veía una tarde sentada cómodamente ante el fuego en una excelente butaca americana, a una mujer joven, primorosa, pero sencillamente vestida. Tenía en brazos un hermoso niño al cual criaba; una negra, sentada en el suelo, se ocupaba en arreglar los preciosos rizos de una niña de tres años, y un muchacho de cinco corría hacia la puerta al encuentro de un hombre joven. Vestía éste un traje de fino atezado de ciervo, que consistía en una chaqueta y unas calzonas que caían sobre unas polainas de lo mismo.

-Taita, Taita, ¿y Cimarrón?

-¿Pues qué, no ha entrado? respondió el cazador, que dio un silbido, precipitándose en seguida en la cocina un hermoso perro de caza, hacia el cual, después de besar la mano a su padre corrió el niño, poniéndose ambos, el perro y el niño, a acariciarse mutuamente. La niña de los rizos se desprendió de las negras manos que la retenían, y corrió hacia el cazador, que la recibió en sus brazos, y la criatura que mamaba soltó el pecho para sonreírle.

-Una liebre y dos perdices te traigo, Feliciana, dijo el cazador, dirigiéndose a la joven sentada en la butaca.

-Y yo en cambio te aguardo para darte una noticia tan grande y sorprendente como inesperada.

-Si es de política, guárdala y échale llave.

-¿Me ocupo yo de política? Es una noticia de familia, muy grata.

-¿Que han salido bien hechos los chorizos?

-Nada de cosas de comida, glotón; es cosa de más monta; es que vienen aquí mi hermana Bibiana y el general.

-¡Qué me cuentas!... ¿Te lo ha escrito ella?

-No: ella se acuerda poco de mí, y no ha contestado a mi carta en que le preguntaba por su marido cuando lo hirieron. Lo ha dicho el primo del general, el tío Miguel, a quien se lo ha escrito encargándole casa.

-¡Tu hermana la parisiense, la capitana generala de la corte... en Hinojosa! ¿Cómo es eso?

-Parece, que al general no sólo le han depuesto, sino desterrado.

-¿Al general Campos?

-Al mismo.

-No puede ser.

-Puede ser, puesto que es. ¡Ay, Pepe, qué de gracias tenemos que dar a Dios mis hijos y yo, de que te retirases del servicio!

-Tú lo quisiste; tú deseaste que se asegurase en fincas tu caudal.

-No el mío, Pepe: el nuestro, el de nuestros hijos. No te habrá pesado, pues has tenido tan buena mano, que has aumentado el patrimonio de tus hijos, y que vives aquí en tu pueblo, entre los tuyos, feliz, contento y tranquilo.

-No me ha pesado, no, y tú has contribuido a ello, haciéndome grata nuestra posición porque a ti te lo era. ¡Cuánto mejor es esto que no invertir uno su patrimonio en vana pompa, como lo ha hecho tu hermana! que tanto se preciaba de razón y de superioridad!

-Como no tiene hijos... dijo disculpando a la acusada, su hermana.

-Tampoco los deseaba.

-Eso lo diría para ocultar su desconsuelo a su buen marido.

-Te engañas, Feliciana. El egoísmo en su apogeo no quiere sino a su propio individuo; no ama a padres, marido ni hijos.

-No seas injusto: Bibiana quería a Campos.

-Quería al general que la hacía generala.

-Amaba a padre.

-Amaba en él su dinero. Si hubiese quebrado, puede que ese decantado amor hubiese descendido a la más completa indiferencia.

-¡Qué cosa tan fea estás diciendo! exclamó Feliciana en tono de reconvención.

-Lo que no impide que sea una verdad como un Evangelio.

-Nunca has querido tú a Bibiana.

-Esa es una verdad como una Epístola: no he hecho más que pagarla en la misma moneda.

-Niñada mía fue repetirte que se oponía a nuestro casamiento.

-Y ahora que eres mujer, ¿serías más disimulada?

-No; pero sería más prudente.

-Para recibir a tu gran señora de hermana, dijo Villareza recostado en la tarima y calentándose los pies en la hermosa candelada, espero que te quitarás ese vestido de percal catalán, y ese pañuelo de la India que llevas al cuello; pues aunque por cierto te sientan muy bien, es necesario que te pongas corsé, vestido de seda, cuello de encaje, adorno en la cabeza...

Feliciana interrumpió a su marido con una alegre carcajada, y exclamó:

-¿Te estás burlando? ¿Criando... corsé? ¿Para ver a mi hermana, sacar mis descoloridas y ajadas galas? Ya soy vieja para moños.

-Ya verás cómo se presentará ella, dijo el marido.

-Ella es esclava de su alta posición y del gran mundo en que vive. Yo, hijo mío, soy libre en mi tranquilo círculo, independiente en mi dulce vida privada.

-¡Tanto clamar por la libertad! dijo alegre Villareza, y quien menos la aclama, más la disfruta. Pero ello es que cuando nos vea su excelencia pensará: «¡qué gansos!»

-Sí, repuso Feliciana; pero cuando nos trate pensará: «¡qué felices!»

La conversación fue interrumpida por la madre de Villareza, que era viva, dispuesta, buena y algo gansa, y que entró diciendo:

-Vamos a merendar, hijos: tú, Feliciana, que es necesario te alimentes para satisfacer las agallas de ese robusto extremeño. Tú, hijo, que has estado cazando, y traerás la comida en los talones: y estos niños, que tienen movimiento y apetito perpetuo.

-Madre abuela, dijo el niño, Cimarrón también tiene hambre.

-Pues comerá, hijo mío, repuso la abuela. En la casa que Dios bendice, hay para todos: para sus dueños, sus allegados, sus criados, para los pobres y para los animales de Dios.


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