La farisea : 09

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Capítulo VIII
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La farisea Fernán Caballero


Poco tiempo después llegaron el general y su mujer a Hinojosa. Esta última venía tan en extremo displicente, que ni aun deseos demostró de disimular su displicencia. No notó ni quiso notar el completo cambio de su hermana, aquella niña mal criada y voluntariosa; cambio que habían producido, sobre un buen fondo, los años, la suave y buena dirección de un marido de talento y buen juicio, y el amor a sus hijos. Así sucedió que la cordial acogida que recibió de Feliciana, fue fríamente rechazada. En cuanto a los parientes de su marido, a los que el excelente hombre recibió con los brazos abiertos, tuvo el dolor de verlos recibidos por ella con tal desvío y altivez, que siendo el pundonor tan susceptible y arrogante en el pueblo español, ninguno de ellos volvió a pisar la casa de la parienta, que parecía menospreciar su trato. El general reconvino con su natural bondad a su mujer; pero no solo fueron desatendidas sus observaciones, sino agriamente combatidas, opinando ella que los deberes de la mujer podían obligar a la que cumplía estrictamente con ellos a seguir a su marido a un villorro, pero que no se extendían a obligarla a vivir en la intimidad de toda una soez parentela.

El general extrañó la proposición, y aun más el tono perentorio, seco y arbitrario con que fue emitida. Sus respectivas posiciones se habían trocado de repente, y sin transición. Del hombre tan encumbrado por su mujer, no quedaba ya sino un inválido, apartado del mando; un desterrado, sin salud, nervio, medios ni voluntad para reconquistar su posición; una hoja de servicios brillante, pero inútil, y una excelencia sin pedestal. Sucedía, pues, que el hombre inútil para su ambición y su enaltecimiento, había caído de un golpe de la cumbre de la adulación a la sima del desprecio. El egoísmo, que no se abrigaba ya bajo el manto del amor conyugal, aparecía en su acerba y brutal desnudez. El general, a pesar de su falta de mundo, y de su carácter sencillo y bondadoso, entrevió la verdad que tan patente y ostensiblemente se le mostraba; pero cerró los ojos para no ver.

Bibiana se dignó, pasado algún tiempo, devolver las visitas a las pocas personas notables del pueblo que la habían ido a ver, y en esta ocasión se hacía indispensable ir a casa de su hermana. Ataviose, pues, como lo hubiera hecho en la corte en igual ocasión de hacer visitas. Vestía sobre su emballenado corsé un rico traje de seda, hecho en París y guarnecido desde el cuello hasta el fin de la falda de riquísimos adornos de pasamanería y graciosos caireles; cuello y mangas de un precio fabuloso, y velo de encaje; y sólo había omitido las joyas, que en aquellas circunstancias la hubiesen puesto en ridículo. El general, que andaba con suma dificultad, la acompañó, no apoyado en el brazo de ella, sino en el de su asistente. Cuando llegaron a casa de Villareza, la madre de éste quiso llevarlos a la sala; pero su hijo y su nuera, que estaban, como solían, en la pieza llamada cocina, rodeados de sus hijos, quisieron recibirlos allí.

Bibiana entró con su consabido aire de reina. Feliciana se levantó para ofrecerle su butaca; pero ella no quiso admitirla, y se sentó en una silla, después de haberla sacudido con su rico pañuelo de olán y de encaje.

-Señora, le dijo picada la madre de Villareza, que era una extremeña muy viva y aseada; aquí todo podrá ser tosco, pero todo está limpio.

-Difícil es eso en una cocina, repuso Bibiana: y si no, ved, añadió señalando con el pie unas cáscaras de castaña que sobre la silla había puesto el niño.

-Villareza, dijo el general para cortar la contienda, no recordaba bien vuestra casa, pero por las armas la conocí.

Esta observación que ponía en relieve la nobleza del marido de su hermana, en ocasión en que se veía rodeada de la plebeya parentela de su marido, mortificó en sumo grado el orgullo de Bibiana, que dijo en desquite:

-Esas armas tan grandes al frente de esta casa tan chica y mezquina, me recuerdan un letrero que pusieron en la grandiosa portada erigida por su dueño en una pequeñísima finca, y fue este: compra huerta o vende puerta.

Las armas no aluden a la casa, señora, dijo Villareza; aluden a la familia.

-Y esa merece todo lo grande, intervino el general; aún recuerdo el refranete que corría en boca del pueblo:

Los señores de Villareza, Chico caudal y grande nobleza.

-La nobleza la tienen ellos más aún en el corazón que en la sangre, que es lo que importa, añadió Feliciana.

Un fuerte grito de Bibiana, que fue el de ¡aparta! sobrecogió a todos, pero principalmente al niño, que admirado de la guarnición, y en particular de los caireles que adornaban el vestido de su tía, había ido poco a poco acercándose a ella, hasta tomar con la mano, en que poco antes tenía la castaña, uno de los caireles: lo que notado por su dueña le había arrancado aquel grito de indignación.

El angelito dio una huida atrás, se puso muy encendido, y puesta su manita sobre el lado izquierdo del pecho, se refugió al lado de su madre, a la que dijo:

-¡Jesús... Madre! ¡Qué aparta! Hasta el corazón me se menea.

Su madre lo cogió en sus brazos riendo, besándolo y chillándolo.

-¡Chillar una travesura a un niño! dijo con amarga sonrisa Bibiana; educación modelo!... como de y para Hinojosa.

-No es la travesura, es la gracia, repuso su abuela.

-¿Y no sabe otras? preguntó con la misma sonrisa Bibiana.

-Sí sabe, contestó su madre; sabe cantar. Canta, hijo mío, para que te oigan tus tíos.

El niño se encogió de hombros, y sin dejar de apoyarse en la butaca, pasó a un lado, en el que mirando a la lumbre permaneció callado.

-Déjenle ustedes, dijo el general; los pájaros y los niños cantan solo cuando quieren, no comprenden el canto, sino con la alegría que lo inspira.

-No solo el cantar, sino todo, lo hacen los niños consentidos, por su voluntad, Y no por obediencia, opinó Bibiana.

-Canta, Paco, le dijo su padre, en tono suave, pero decidido.

El angelito miró a su madre con cara triste; esta se sonrió con cariño, lo cogió de un brazo, lo trajo al frente de ella y le dijo:

-Canta, hijo mío, que lo manda padre.

El niño con la cara enfurruñada, cantó con bien entonada vocecita:

La mañana de San Juan
Llevé mi caballo al mar;
Mientras mi caballo bebe
Echó mi niña un cantar.
Dicen la aves del campo
Que se ponen a escuchar
Mientras que canta la niña:
«¡Qué serenito está el mar!»

-¡Qué preciosa vocecita tiene! dijo el general; ¡qué gracioso, y, lo que vale aún más, qué obediente es!-Ven, ángel mío, que te acaricie; voy a mandar por un sablecito para regalártelo.

-Ahora, dijo la madre, que estaba tan hueca y satisfecha como lo hubiese podido estar la madre de Rubini oyendo cantar a su hijo, ahora dirá con Mariquita la relación que ha aprendido en la amiga, para que vean que ella también es obediente.

La niña, que no era corta, y sí dócil, se puso en pie delante de su madre, que hacía de apuntador, y dijo sin acabar de pronunciar algunas palabras, y desfigurando otras con esa dulce algarabía de los niños, que comprenden las personas que los aman:

¿Quién era aquella Señora
Que por la sierra venia?
Era la Virgen María
Que traía un niño en brazos;
Abierto por los costados,
Agua y sangre le corría.
¿Con qué lo limpia María?
Con su pañuelo bordado.
En llegando San Miguel
Con su espada y su broquel,
Su plumero de colores,
Pregunta por los pastores:
Estos van de romería.
Santa Ana parió a María,
Y María parió a Dios:
Diga usté, ¿cual de las dos
Parió con más alegría?
Unos dicen que Santa Ana,
Y otros dicen que María.

Con la última palabra de la relación se puso Bibiana en pie.

-Vámonos, Campos, dijo. No tenemos tiempo de entretenernos oyendo relaciones de niños, tenemos que ir a otras casas, y aquí se come elegantemente a la una en todas partes.

-En cada país hay sus usos, replicó el general; a mí me gusta comer temprano. Las cenas que ahora se llaman comidas, no me caen bien; pero a Bibiana le gustan!...

Apenas se hubieron ido, exclamó la madre de Villareza:

-¡Jesús, y qué manojo de abulagas! ¡Feliciana! ¡mentira parece que sean ustedes hermanas!

-Las desgracias agrian repuso esta.

-A los soberbios, añadió su marido; ve cómo no está agriado el general.

-Ese es angelical, repuso Feliciana.

-Sí, sí, opinó su suegra; se conoce que a él se le caen los calzones de hombre de bien; pero... ella!... ella, hija mía, está con un pie aquí y otro en el infierno.


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