La farisea : 10

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Capítulo IX
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La farisea Fernán Caballero


Varios meses habían pasado. Volvía la primavera, Hebe de la naturaleza, con todas sus alegrías, que encantan, resplandecen, embalsaman y vivifican los días, y que quitan a las noches su lobreguez. El cielo sacudía sus nubes como la pura fe sus dudas; el viento trocaba sus tristes amenazas en suaves arrullos, y el hombre veía brotar, verdes como la esperanza, las mieses que sembrara repitiendo la oración que su mismo Criador le enseñó:-Danos, señor, el pan nuestro de cada día. Era una noche callada y de calma: la luna, en su lleno, no resplandecía, pero alumbraba, como lo hace en nuestra mente el buen sentido. Esparcíase su modesta luz perpendicularmente sobre el llano en que se extiende Hinojosa, que aparecía como el rodezno de una enorme rueda en el centro del llano.

Dirigíase hacia ella un viajero joven con su guía. Este viajero era Luciano Encina, en cuyo semblante resplandecía uno de esos goces que buscan su complemento en que otros participen de ellos.

Apenas hubo llegado al mesón, y entregado su caballería, cuando tomó las señas y se dirigió a la casa del general.

Sentada estaba Bibiana a una mesa de tresillo, en la que la acompañaban con el debido respeto algunos individuos de la numerosa falange de administradores que pululan en toda la Península, donde no hay pueblo, por insignificante, que sea, en que no se encuentren. Dignábase censurar ásperamente una jugada del más torpe de ellos, cuando con sorpresa vio entrar al antiguo ayudante del general.-Nunca su tedio hacia el consagrado amigo de su marido fue más violento en su corazón ni más patente en su semblante; nunca exaltó más el despecho que contra él sentía su mala conciencia.

-¿Usted por acá?-Con esta frase, desabridamente pronunciada, correspondió la dueña de la casa al saludo de Luciano.

-Sí señora, contestó este, y es porque tengo que hablar con el general; pero no le veo.

-No es extraño, repuso mezclando los naipes Bibiana; mi sociedad no le agrada tanto como la de mi hermana, en cuya casa pasan su vida.

Luciano disimuló una desdeñosa y amarga sonrisa, y salió para inquirir de los criados las señas de la casa de Feliciana; pero lo que supo fue que el general ya hacía mucho tiempo que había vuelto de allí, y que se hallaba en su aposento.

Luciano corrió apresuradamente hacia la habitación que le indicaron; abrió la puerta y se precipitó en ella; pero al entrar se quedó inmóvil al ver el cuadro que se le presentaba. Sentado el general en aquel desnudo y desabrigado albergue sobre una tosca silla, desprovisto hasta de la más sencilla y usual comodidad, tenía extendida sobre un banquillo una pierna horrorosamente hinchada y cubierta de llagas, sobre las que, con buena voluntad y torpe mano, aplicaba parches y ceñía vendajes su fiel asistente. Había adelgazado el anciano en tales términos, que su pierna abultaba más que su cuerpo; su semblante estaba de tal manera caído, marchito y doliente, que Luciano creyó ver en estos estragos los precursores de una cercana muerte. Su corazón se oprimió; su sobresalto le impidió moverse ni pronunciar una palabra.

-¡Luciano! ¡hijo! exclamó con alborozo el general abriendo los brazos.

Luciano se echó en ellos, y permaneció con el rostro oculto sobre el hombro de aquel que amaba como a padre, dando libre curso a sus lágrimas.

-Porqué lloras, hijo mío? dijo con paternal y bondadosa voz el anciano.

-De alegría, señor, repuso Luciano incorporándose y haciendo por sonreír; vengo a deciros que está levantado vuestro destierro, y que podéis volver a Madrid.

-¿Se lo has dicho a Bibiana?

Esta pregunta fue la expresión del efecto que produjo en el general la inesperada nueva que le traía Luciano.

-No, señor, respondió el interrogado; no he hecho más que llegar y buscaros.

-Avisa a la señora que deseo verla, para comunicarle una noticia que le será grata, mandó el general al asistente, que salió a cumplir su cometido.

-Señor, dijo Luciano cuando estuvieron solos, ¿cómo se ha exacerbado vuestra herida hasta el punto de poneros en el estado en que os encuentro?

-Los fríos, hijo mío; la vida sedentaria a que no estoy acostumbrado.

-Unidos a la falta de cuidados y de asistencia para prevenir estos malos efectos, le interrumpió con dolor Luciano. ¿Quién os asiste?

-El cirujano de aquí, respondió el general, y creo que no es muy diestro.

-!Y qué! ¿no se ha mandado a la próxima capital por un profesor consumado en su ciencia? exclamó Luciano.

-No ha querido, dijo al entrar en el cuarto Bibiana, que había oído la pregunta de Luciano: los señores de la edad de Campos, se hacen tercos, y no escuchan consejos.

El mí había quedado suprimido, lo cual, después de lo que había visto, no pudo sorprender a Luciano, que exclamó con amargo dolor:

-Señora, estas cosas se hacen sin el consentimiento del paciente.

-Nunca he hecho yo nada sin consentimiento de mi marido, repuso en tono de severa dignidad Bibiana; un celo exagerado solo sirve para contrariar a un enfermo.

Luciano, cuya sangre hervía de indignación, iba a contestar; pero el excelente general le previno diciendo:

-Dice bien Bibiana, hijo mío; no he querido dar más importancia a mi dolencia de la. que realmente tiene. Sabes que no soy aprensivo, y que por el contrario soy enemigo de andar con médicos y botica; y mira que si tanta importancia das a este mi padecer, que la sola primavera con su suave aliento curará, me vas a infundir aprensión.

-No me pesará, si esto contribuye a que os pongáis finalmente en cura, repuso Luciano.

-Me alegraré que consigáis vos lo que no he podido conseguir yo, dijo Bibiana; pero a todo esto, ¿cuál es el motivo porque se me ha obligado a dejar mi partida? ¿Es para oír al señor censurar sin datos, y solo movido por el afán de ostentar un celo y un interés por tu salud, superior a todos los demás, oírle, digo, condenar el método curativo del cirujano que te asiste?

-No hija mía, no, repuso el general; es para decirte que, gracias sin duda a las activas gestiones de Luciano, está levantado mi destierro y obtenida la licencia para volver a Madrid.

-Al fin te hicieron justicia, repuso fríamente Bibiana, que supo disimular la inmensa alegría que le causó esta noticia; nos pondremos, pues, añadió, inmediatamente en camino.

-Cuando tú dispongas, respondió su marido.

-Y si el facultativo os halla capaz de emprender tan largo y molesto viaje, opinó Luciano.

-El cirujano de aquí, que no tiene la ventaja de merecer vuestra confianza, no puede ser voto en la materia, repuso Bibiana.

Luciano no contestó, pero sin decir a dónde iba, partió a la madrugada; y a la noche del día siguiente estaba de vuelta, trayendo consigo al mejor facultativo de Córdoba, que está a catorce leguas de Hinojosa.

El profesor, después de examinar al paciente, declaró la cura completamente errada; opinó que falta de tono la naturaleza del paciente por la dicta, las evacuaciones de sangre y la vida sedentaria, habían perdido los humores su natural equilibrio, habíanse hecho sus llagas crónicas, y, lo que era aún peor, causado un principio de hidropesía de humores. Como único medio de salvación propuso los cercanos baños de Aguas-Calientes.

Esta perentoria ordenanza, que destruía de un todo los planes de Bibiana, fue muy mal acogida por ella, que no creía a su marido de tanta gravedad, y que se figuró ver al médico cohibido por las alharacas de Luciano; así que, sin atreverse a desecharla positivamente, la combatió con cuantas objeciones pudo formular, las que cayeron todas ante los claros y patentes argumentos del facultativo.

Luciano, que conocía cuanto pasaba por la fría y egoísta mente de aquella mujer, callaba indignado. El general, que comprendió que lo que deseaba su mujer era volver a la capital, dijo al cirujano, con aquella abnegación de sí mismo y aquel sincero cariño hacia su mujer que le eran propios:

-Señor, yo no tengo ninguna fe en esos baños; los tomaría con suma repugnancia, y estoy persuadido de que un remedio que se toma sin fe, no aprovecha.

-Esa es la suerte de los charlatanes, repuso el profesor, el inspirar más fe y confianza que nosotros. Por mí no puedo ni debo sino insistir en mi dictamen, y suplicaros encarecidamente que lo sigáis, aun sin tener confianza en él. El axioma moral de que la fe salva, no lo es físico, y solemos salvar a enfermos por medios que les repugnan y que combaten.

-Mi presencia sería conveniente y necesaria en Madrid donde se me destina, objetó el general.

-Pero tenéis para no ir la más válida de las disculpas, repuso el médico.

-¿Disculpa? ¡Si supieseis qué mal se aviene la palabra disculpa con la de disciplina! dijo el veterano; en toda mi vida he hallado una para interponer entre mi deber y mi conducta.

-Lo que decís, señor, exclamó el cirujano, es o una exageración o un pretexto.

-Lo que dice mi marido no es lo uno ni lo otro, dijo sentenciosamente Bibiana; obra en esta ocasión como lo ha hecho toda su vida, acertadamente.

-El general yerra, exclamó sin poder contenerse por más tiempo Luciano; yerra llamando deber a lo que no lo es; yerra llamando disculpa a lo que no lo es tampoco. Señor, prosiguió dirigiéndose al general, tomaréis los baños que os han de devolver la salud. Doloroso es decirlo, pero estáis más malo de lo que pensáis, e insensato sería no poner en práctica los medios de curación indicados por la ciencia. ¡Qué escándalo sería, añadió con creciente exaltación, el que las personas que os aman, no os hiciesen cariñosa violencia para que tratéis de conservar vuestra preciosa vida! En cuanto a mí, no tendré nunca que reprocharme el no haber contribuido a ello con todas las fuerzas de mi razón, de mi corazón y de mi alma.

-Siendo así, está decidido el viaje a los baños, porque sabemos la influencia que sobre mi marido tenéis, dijo con aparente calma Bibiana. Si no le sentasen bien, yo me lavo las manos.

-Es que yo no respondo de la cura, dijo exasperado el facultativo; de lo que sí respondo, señora, es de que si hace el general el proyectado viaje a Madrid, si llegase en vida, será para perderla a los pocos días. Forzoso es, en vista de la oposición que hacéis a mi dictamen, que hable con esta claridad, que poco conmoverá al general, porque es un valiente.

-¡Padre! ¿os opondréis aún? exclamó Luciano estrechando con vehemente súplica la demacrada mano del general entre las suyas.

-No, hijo mío, no, repuso el general: la propia conservación es el deber del cristiano.

Iré a los baños, estaré un mes. Tú, Bibiana, partirás, para Madrid; me disculparás con la autoridad y con mis amigos, y cuidarás de establecerte convenientemente y a tu gusto, para que cuando, mediante Dios, vuelva a tu lado, te halle ya sosegada y fuera de todos los embarazos de la instalación.

-¿Pero quién te acompañará a los baños? dijo con dulcificada voz Bibiana.

-Juan mi asistente, que está hecho a mis mañas.

-Os acompañaré yo, señor, exclamó Luciano.

-¿Tú, hijo? preguntó enternecido el general.

-Sí, yo, vuestro hijo; que un hijo no desampara a un Padre, respondió Luciano.


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