La flecha negra: Libro Quinto

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La aguda trompeta[editar]

A la mañana siguiente, temprano, antes de apuntar el día, se levantó Dick, se cambió de ropas, se armó de nuevo como un caballero y emprendió la marcha hacia la guarida de Lawless, en el bosque.

Como recordará el lector, allí había dejado los documentos de lord Foxham, y sólo podía recogerlos y estar de regreso para llegar a tiempo a la cita con el joven duque de Gloucester partiendo muy de mañana y apretando mucho el paso.

La helada era más fuerte que nunca; el aire, quieto y seco, cortaba el rostro. Había desaparecido la luna, pero brillaban aún numerosas estrellas, y el reflejo de la nieve era claro y vivo. Para caminar no era necesaria linterna alguna, y aquel aire tranquilo, pero diáfano, no infundía la menor tentación de detenerse.

Había cruzado Dick la mayor parte del terreno abierto entre Shoreby y el bosque, y se hallaba ya al pie de la colina, a unos cien metros de la Cruz de santa Brígida, cuando, en medio del silencio de aquella madrugada, sonó la estridente nota de un toque de clarín, tan agudo, tan claro y penetrante, que creyó no haber oído jamás otro igual. Sonó una vez, se repitió precipitadamente otra, y luego sucedió el ruido de chocar de aceros.

Aguzó el oído Shelton y, desenvainando la espada, corrió monte arriba.

Pronto divisó la cruz y pudo percatarse del feroz encuentro que se desarrollaba en el camino, frente a ella. Siete u ocho eran los que atacaban y sólo un hombre el que les hacía frente, pero tan rápido y diestro era éste, tan desesperadamente acometía y dispersaba a sus adversarios, tan gallardamente se aferraban sus pies sobre el hielo, que antes de que Dick pudiera intervenir ya había matado a uno, herido a otro y mantenido a raya a los demás. Sin embargo, milagro parecía que de tal modo pudiera seguir defendiéndose, ya que, a cada instante, cualquier accidente, el menor resbalón sobre el helado suelo o un error de su mano, podía costarle la vida.

-¡No desmayéis, caballero! ¡Voy en vuestro auxilio! -gritó Richard, olvidando que estaba solo y que el grito era impropio-. ¡A la Flecha! ¡A la Flecha! -exclamó, cayendo sobre la retaguardia de los agresores.

Gente brava eran éstos también, pues ni una pulgada cedieron ante la sorpresa, sino que, haciendo frente, cerraron con asombrosa furia sobre Dick. Cuatro contra uno lucharon entonces, y, al resplandor de las estrellas, relampagueaban de continuo en torno suyo los aceros; las chispas saltaban con furia; uno de sus contrincantes cayó... en el fragor de la pelea, apenas supo por qué; luego sintió él mismo un golpe en la cabeza, y aunque el casquete de acero que llevaba bajo la capucha le protegió, la fuerza del porrazo le hizo caer sobre una rodilla y sentir que la cabeza le daba vueltas como si fuera el aspa de un molino.

Entretanto, el hombre en cuyo auxilio acudiera en vez de tomar parte entonces en la contienda, a la primera señal de intervención había saltado hacia atrás con más fuerza y precipitación aún, tocando de nuevo aquella misma trompeta de agudo sonido que había sido la voz de alarma. Un instante después cargaban sobre él sus enemigos, y una vez más acometía y esquivaba, saltaba, hería, caía de rodillas, usando indistintamente espada y daga, pies y manos, con el mismo indomable valor y febril energía y destreza.

Pero aquella penetrante llamada, al fin, había sido escuchada. Se oyó un rumor sordo en la nieve y en buena hora para Dick, que veía ya las puntas de las espadas relucir junto a su garganta, un desatado torrente de hombres de armas montados se lanzó desordenadamente desde el bosque por ambos lados, todos ellos cubiertos de hierro, baja la visera, lanza en ristre o en alto la desnuda espada, y llevando cada uno, por decirlo así, un pasajero, en forma de arquero o paje, que saltaron uno tras otro de los caballos y pronto doblaron el número de aquella tropa.

Viéndose cercados por fuerza tan superior, los primitivos asaltantes tiraron sus armas sin pronunciar palabra.

-¡Prendedme a esa gente! -gritó el héroe de la trompeta, y una vez cumplida su orden, se acercó a Dick y le miró a la cara.

Al devolverle Dick su escrutadora mirada, se quedó sorprendido de hallar, en quien había desplegado tal fuerza, destreza y energía, a un muchacho casi de su edad, ligeramente deformado, con un hombro más alto que el otro, y de pálido, atormentado y torcido semblante. Sus ojos, sin embargo, eran límpidos, serenos y de audaz expresión.

-Caballero -dijo aquel muchacho-, en momento oportuno llegasteis para mí.

-Milord -contestó Dick, con el vago presentimiento de que se hallaba en presencia de un alto personaje-, tan maravilloso espadachín sois que creo que les hubierais hecho morder el polvo vos solo. Sin embargo, lo que sin duda fue una suerte para mí es que vuestros hombres no se retrasaran ni un momento más.

-¿Cómo supisteis quién era yo? -preguntó el desconocido.

-Ni aun ahora mismo, señor, sé yo con quién estoy hablando.

-¿De veras? -preguntó el otro-. Y, a pesar de ello, os lanzasteis de cabeza a esta desigual batalla.

-No vi mas que a un hombre que luchaba valerosamente contra muchos -repuso Dick-, y hubiera considerado una afrenta para mí no prestarle ayuda.

Singular e irónica sonrisa se dibujó en la boca del joven hidalgo al contestar:

-Bravas palabras son ésas. Pero... vamos a lo más esencial: ¿sois de Lancaster o de York?

-Milord, no he de ocultarlo: soy francamente de los de York.

-¡Por la misa! -exclamó el otro-, suerte tenéis. Se volvió hacia uno de los suyos. -A ver -continuó en el mismo tono cruel y burlón-, vamos a acabar con estos bravos caballeros. Ahorcadlos.

Sólo cinco eran los supervivientes del grupo de los agresores.

Les cogieron del brazo los arqueros, los empujaron hasta el borde del bosque y cada uno fue colocado bajo un árbol de apropiadas dimensiones; se ajustaron convenientemente las cuerdas; un arquero, llevando un cabo de las mismas, trepó a lo alto apresuradamente. Y antes de cinco minutos, sin que por ninguna de las partes se cambiara una sola palabra, los cinco hombres se balanceaban en el aire, colgados del cuello.

-Y ahora -gritó el deformado jefe- volved a vuestros puestos, y cuando vuelva a llamaros, no os hagáis esperar tanto rato.

-Milord duque -dijo uno-, permitid que os suplique que no os quedéis aquí solo. Quedaos, al menos, con un puñado de lanceros a vuestro servicio.

-Muchacho -replicó el duque-, me he abstenido de reprenderos por vuestra tardanza. Por tanto, no me contradigas. Confío en mi mano y en mi brazo, por más jorobado que sea. Cuando sonó la trompeta, muy rezagado te quedaste y ahora muy vivo te muestras con tus consejos. Aunque siempre ocurre así: el último con la lanza y el primero con la lengua. Procura hacerlo al revés.

Y con un ademán noble, pero no por ello menos peligroso, despachó a todos sus hombres. Los infantes montaron de nuevo a la grupa de los caballos de los hombres de armas, y la tropa entera partió lentamente, desapareciendo en veinte direcciones distintas, al abrigo del bosque.

Apuntaba el día y las estrellas se desvanecían. El primer resplandor del alba brilló sobre los rostros de los jóvenes, que de nuevo se hallaron frente a frente.

-Acabáis de ver mi venganza -dijo el duque-, que, como la hoja de mi espada, es dura y rápida. Pero, por toda la cristiandad, no quisiera que me creyerais desagradecido. Ya que vinisteis en mi auxilio con buena espada y mejor ánimo, si no retrocedéis ante mi deformidad, acercaos junto a mi corazón.

Y el joven jefe abrió los brazos para recibirle en ellos.

En el fondo de su corazón abrigaba Dick un gran terror y cierto odio hacia el hombre a quien acababa de prestar auxilio, pero con tales palabras fue hecha la invitación que no sólo hubiera sido descortés sino cruel rechazarle o vacilar, y por ello se apresuró a aceptarla.

-Y ahora, milord duque -dijo una vez recobrada su libertad-, ¿estoy en lo cierto al suponer que sois milord el duque de Gloucester?

-Richard de Gloucester soy -contestó el otro-. Y vos, ¿cómo os llamáis?

Dick le dijo su nombre y le presentó el sello de lord Foxham, que el duque reconoció inmediatamente.

-Demasiado pronto habéis llegado -dijo-; pero ¿cómo he de poder quejarme? Sois como yo, que dos horas antes de rayar el día ya estaba al acecho. Pero ésta es la primera salida de mis armas, y en esta aventura, master Shelton, va a sentarse o a quedar destruida mi fama. Allí están mis enemigos, mandados por dos viejos y expertos capitanes, Risingham y Brackley, en fuertes posiciones, según creo; pero sin retirada posible por dos lados: encerrados entre el mar, el puerto y el río. Me parece, Shelton, que hay aquí un gran golpe que asestar, y que nosotros podríamos darlo en silencio y repentinamente. ¿Tenéis las notas de lord Foxham? - preguntó el duque.

Habiéndole explicado Dick que no las llevaba encima, se atrevió a ofrecerle cuantos informes quisiera tan fidedignos como pudieran ser los otros.

-Y por mi parte, milord duque -añadió-, si contáis con suficientes hombres, yo caería sobre ellos ahora mismo. Porque, mirad: al apuntar el día, las guardias de noche han terminado; pero de día no tienen guardia alguna, sólo algunos hombres que a caballo recorren los alrededores de la ciudad. Pues bien: ahora que la guardia de noche ha dejado ya las armas y el resto está desayunando..., ahora es el momento para acabar con ellos.

-¿Cuántos creéis que son? -preguntó Gloucester.

-No llegan a dos mil -contestó Dick.

-Yo tengo setecientos en los bosques, detrás de nosotros -dijo el duque-; otros setecientos vienen desde Kettley y estarán aquí muy pronto; a mayor distancia quedan cuatrocientos más y lord Foxham tiene quinientos a cosa de medio día de aquí, en Holywood. ¿Esperamos que vengan o caeremos sobre el enemigo?

-Milord -contestó Dick-, cuando ahorcasteis a esos cinco infelices, decidisteis ya esta cuestión. Por muy ruines que fueran, en estos tiempos revueltos, los echarán de menos, saldrán a buscarlos y darán la voz de alarma. Por lo tanto, milord, si queréis contar con la ventaja que el cogerlos por sorpresa pueda daros, no os queda, en mi humilde opinión, ni una hora que perder.

-Es verdad, lo mismo creo yo -dijo Crookback-. Pues bien: antes de una hora os hallaréis en plena batalla, ejecutando algunas hazañas que os den fama y renombre, ganándoos la dignidad de caballero. Mandaré a toda prisa a un hombre que vaya a Holywood llevando el sello de lord Foxham; otro irá por la carretera para avivar a mis perezosos. Shelton, ¡por la cruz que la cosa va a ser un hecho!

Volvió a llevarse a los labios la trompeta y sonó un segundo toque. No tuvo que esperar mucho. En un momento, todo el espacio que quedaba libre cerca del sitio donde se erguía la cruz quedó lleno de hombres a caballo y a pie.

Richard de Gloucester se colocó sobre los escalones y comenzó a mandar a todas partes mensajero tras mensajero, para que activaran la concentración de los setecientos hombres que estaban escondidos en las inmediaciones, entre los bosques; y antes de un cuarto de hora, tomadas ya todas las precauciones, se puso él mismo al frente y empezó a descender por la colina en dirección a Shoreby.

Su plan era sencillo. Consistía en apoderarse de uno de los barrios de la ciudad de Shoreby, situado a la derecha del camino real, y hacerse fuerte allí, en las estrechas callejuelas, hasta que llegaran refuerzos.

Si lord Risingham optaba por batirse en retirada, Richard le seguiría para cogerlo entre dos fuegos; o bien, si prefería quedarse en la ciudad, quedaría cogido en la trampa y poco a poco sería vencido por la superioridad numérica.

Sólo un peligro había, pero grave e inminente: los setecientos hombres de Gloucester podían ser arrollados y deshechos en el primer encuentro; para evitar esto, era necesario que la sorpresa de su llegada fuera lo más completa posible.

Por tanto los infantes subieron de nuevo a la grupa tras los jinetes, y le cupo a Dick el señalado honor de montar detrás del mismo Gloucester.

Avanzaron lentamente las tropas mientras pudieron ir a cubierto, y cuando llegaron donde terminaban los árboles que bordeaban el camino real, se detuvieron para tomar un respiro y reconocer el terreno.

El sol se hallaba ya algo alto, brillando con pálido resplandor entre un halo amarillento, y enfrente mismo de aquella luminaria Shoreby, campo sembrado de nevados techos y de rojizos remates, elevaba al cielo sus columnas de humo matinal.

Se volvió Gloucester hacia Dick.

-En este pobre lugar -le dijo-, donde la gente cocina ahora sus desayunos, o habéis de ganaros vos la dignidad de caballero y comenzar yo una vida de grandes honores y de gloria ante los ojos del mundo, o me parece que hemos de morir juntos y sin renombre alguno. Dos Richard somos. ¡Pues bien, Richard Shelton, de los dos han de hablar! Y nuestras espadas no han de sonar más fuertes sobre los yelmos enemigos que nuestros nombres en los oídos de la gente.

Dick quedó asombrado ante una sed de gloria como aquélla, expresada con tanta vehemencia en la voz y en el lenguaje, y contestó muy cuerda y sosegadamente que él, por su Darte, prometía cumplir con su deber, y que no dudaba de la victoria si todos hacían lo mismo.

Descansados ya los caballos, levantando en alto la espada el jefe y dando rienda suelta, toda la caballería partió al galope, atronando los aires y con su doble carga de combatientes, descendiendo el resto de la colina y cruzando la nevada llanura que todavía les separaba de Shoreby.


La batalla de Shoreby[editar]

Toda la distancia que habían de recorrer no pasaba de un cuarto de milla. Pero no bien hubieron salido del abrigo de los árboles, observaron que a cada lado huía la gente gritando por las nevadas praderas. Casi al mismo tiempo comenzó a levantarse en la ciudad un rumor que iba esparciéndose y aumentando continuamente, y no se hallaban todavía a la mitad del camino de la casa más próxima, cuando ya en el campanario tocaban a rebato.

Rechinaba los dientes de coraje el duque. Juzgando por aquellas señales de alarma tan prontas, temió hallar preparados a sus enemigos, y si no conseguía poner pie en la ciudad, sabía que su pequeño destacamento pronto sería dominado y exterminado en campo abierto.

En la ciudad, sin embargo, los de Lancaster estaban muy lejos de hallarse en tan buena situación como él temía. Ocurría lo que Dick había dicho. La guardia nocturna se había despojado ya de sus arneses; los demás andaban aún rezongando por los cuarteles, desceñidas las ropas, totalmente desprevenidos para entrar en batalla y en todo Shoreby no había, tal vez, cincuenta hombres armados por completo ni cincuenta caballos dispuestos para ser montados enseguida.

El toque de rebato de las campanas y los terroríficos gritos de los hombres que corrían por las calles golpeando las puertas sacaron de su inacción, en tan breve tiempo que parecía imposible, a unos cuarenta hombres de aquellos cincuenta. Montaron rápidamente a caballo, y como las voces de alarma fuesen desordenadas y contradictorias, galoparon en diferentes direcciones.

Así sucedió que cuando Richard de Gloucester llegó a la primera casa de Shoreby, le salió al encuentro, a la entrada de la calle, un simple puñado de lanceros, que fueron barridos antes de que atacasen como se lleva la tempestad un barquichuelo.

Ya dentro de la ciudad, y a cosa de unas cien pasos, Dick Shelton tocó al duque en el brazo, quien como 1 respuesta recogió riendas, se llevó la trompeta a los labios y, con un toque ya de antemano convenido, volvió el caballo hacia la derecha, abandonando la línea recta de su avance. Desviándose, como un solo jinete, siguió tras él toda su fuerza, y marchando siempre a galope tendido, barrió la estrecha callejuela. Sólo los últimos veinte jinetes tiraron de las riendas, formando un frente en la entrada de la calle; los infantes que tras s¡ llevaban sal- l taron en el mismo instante a tierra, y unes empezaron a tensar sus arcos y otros a irrumpir en las casas de uno y otro lado, apoderándose de ellas.

Sorprendidos ante este repentino cambio de dirección y acobardados por el firme frente de la retaguardia, los pocos soldados de Lancaster, después de rápida deliberación, dieron media vuelta y se alejaron hacia el interior de la ciudad en busca de refuerzos.

La parte de la ciudad de la cual, por consejo de Dick, se había apoderado Richard de Gloucester, consistía en cinco callejuelas de pobres casas habitadas por míseras gentes, que ocupaban un suave cerrillo y daban al campo por la parte trasera.

Quedando cada una de las cinco calles defendida por una buena guardia, la reserva ocuparía el centro, fuera de tiro y preparada, sin embargo, para acudir en su auxilio donde hiciera falta.

Era tal la pobreza de aquella parte de la ciudad que ninguno de los lores de Lancaster, y sólo algunos de sus secuaces, se habían alojado allí; así pues, sus habitantes, de común acuerdo, abandonaron sus casas y huyeron gritando por las calles o saltando las tapias de los jardines.

En el centro, donde confluían las cinco callejuelas, una taberna fea y ruin lucía la muestra de un tablero de ajedrez, y allí sentó sus reales, por aquel día, el duque de Gloucester.

A Dick le encargó de la guardia de una de las cinco calles.

-Id -le dijo-, id a ganaros las espuelas. Cubríos de gloria por mí; un Richard por otro. Bien claro os lo digo: si yo me encumbro, vos os elevaréis por la misma escala. Id -repitió estrechándole la mano.

Pero tan pronto como desapareció Dick, se volvió hacia un harapiento arquerillo que tenía cerca y le ordenó:

-Ve inmediatamente, Dutton, y sigue a ese muchacho. Si ves que es fiel, tú me respondes de su seguridad, cabeza por cabeza. ¡Desgraciado de ti si vuelves sin él! Pero si nos fuese traidor... o si por un instante llegaras a sospechar de él... dale de puñaladas por la espalda.

Entretanto, Dick se apresuraba a proteger su puesto. La calle que había de guardar era muy estrecha, toda ella atiborrada de casas, que sobresalían como suspendidas sobre la calzada; pero, aunque estrecha y además oscura, dado que desembocaba en el mercado de la ciudad, era muy probable que el final de la batalla se decidiese allí.

El mercado se hallaba lleno de gente que huía en desorden; pero como aún no se percibía señal alguna de que ningún enemigo se dispusiera a atacar, juzgó que tenía bastante tiempo para preparar su defensa.

Las dos casas que estaban al extremo de la calle se hallaban abandonadas, con las puertas abiertas, tal como las habían dejado sus moradores en su huida, y de éstas mandó sacar apresuradamente los muebles, que fueron amontonados formando barricada en la entrada de la calleja.

Unos cien hombres tenía a su disposición, y de ellos distribuyó la mayor parte por las casas, donde podían estar a cubierto y disparar sus flechas desde las ventanas. Con el resto bajo su inmediata vigilancia, organizó la defensa de la barricada.

A todo esto continuaba la ciudad presa del mayor alboroto y confusión, y entre el arrebatado toque de campanas, el sonar de las trompetas, las rápidas evoluciones de los caballos, los gritos de los jefes y los chillidos de las mujeres, el ruido era ensordecedor.

Gradualmente fue cesando el tumulto, e inmediatamente después filas de hombres cubiertos de armaduras y grupos de arqueros comenzaron a reunirse y formar en línea de batalla en el mercado.

Gran parte de estas tropas vestían el uniforme morado y azul y en el montado caballero que mandaba la formación reconoció Dick a Daniel Brackley.

Hubo entonces larga pausa, que fue seguida por el sonar, casi simultáneo, de cuatro trompetas desde cuatro barrios distintos de la ciudad. Un quinto toque sonó en respuesta desde el mercado, y en el mismo instante comenzaron a avanzar las filas y una lluvia de flechas cayó sobre la barricada, sonando como secos golpes sobre las paredes de las dos casas de los lados de la calle.

Con aquella señal general, había comenzado el ataque en las cinco salidas del barrio.

Gloucester estaba, pues, sitiado por todos lados; así juzgó Dick que, si había de mantenerse en su posición, no podía confiar en más fuerza que en los cien hombres que a su mando tenía. Siete descargas de flechas siguieron una tras otra, y en lo más reñido del combate Dick sintió que alguien le tocaba en el brazo por detrás, y vio a un paje que le presentaba una cota de cuero revestida con placas de metal para mayor seguridad.

-De parte de milord de Gloucester -dijo el paje-. Ha observado, sir Richard, que os habíais ido sin armaros.

Dick sintió ensanchársele el corazón al oírse llamar así, y, poniéndose en pie, ayudado por el paje, se vistió la defensiva cota. Apenas lo había hecho cuando dos flechas chocaban, sin causarle el menor daño, contra las placas y una tercera derribaba al paje, mortalmente herido, a sus pies.

Entretanto, todas las fuerzas enemigas habían ido aproximándose rápidamente, atravesando el mercado y llegando ya tan cerca que Dick dio orden de responder a sus descargas. Inmediatamente otra nube de flechas, pero en sentido contrario, cruzó los aires desde la barricada y desde las ventanas, y fue a sembrar la muerte entre los de Lancaster.

Pero éstos, como si sólo esperasen una señal, respondieron con fuertes gritos y cerraron a la carrera contra los de la barricada, quedándose aún rezagados los jinetes, baja la visera. Siguió luego una obstinada y mortífera lucha cuerpo a cuerpo. Los asaltantes, blandiendo en una mano la cimitarra, se esforzaban con la otra en derruir la barricada. En el lado opuesto se trocaban los papeles, y los defensores exponían como locos su vida para defender su baluarte. Se mantuvo así la pelea durante unos minutos, cayendo amigos y enemigos, unos sobre otros. Pero siempre es más fácil destruir, y cuando un toque de corneta llamó a los que atacaban liberándoles de su desesperada tarea, una gran parte de la barricada había quedado reducida a pedazos, y el armazón entero hasta la mitad de su altura, bamboleándose, a punto de derrumbarse por completo.

Entonces los infantes de la plaza del mercado retrocedieron, corrieron por todos lados. La caballería, que había estado formada en fila de a dos, dio de pronto media vuelta, convirtió el flanco en frente y, con la rapidez de una víbora, la larga columna vestida de acero fue lanzada contra la ruinosa barricada.

De los dos primeros jinetes cayó uno, junto con el caballo, y fue atropellado por sus compañeros. El segundo saltó sobre la cima del baluarte, atravesando con la lanza a un arquero. Casi en el mismo instante le arrancaron de su silla y fue muerto su caballo. En tal punto todo el peso y el ímpetu de la carga cayó sobre los defensores, dispersándolos. Los hombres de armas, pasando por encima de sus caídos compañeros y arrastrados por la furia de la acometida, se lanzaron a través de la rota línea de Dick, y se precipitaron, con fragor de tempestad, calle arriba y aún más allá, como desatada corriente que se desborda a través de un dique roto.

Sin embargo, la lucha no había terminado. Todavía en la estrecha bocacalle, Dick y unos cuantos supervivientes manejaban sus hachas de armas como si fueran leñadores, y ya a través del arroyo se había formado una segunda barrera, mas alta y más eficaz, de hombres caídos y destripados caballos, estremeciéndose con la agonía de la muerte.

Burlada por este nuevo obstáculo, el resto de la caballería retrocedió, y como al advertir esta maniobra arreciase la lluvia de flechas desde las ventanas, su retirada adquirió, por un momento, caracteres de franca huida.

Casi al mismo tiempo, los que habían cruzado la barricada y avanzado calle arriba se encontraron frente a la puerta del Tablero de Ajedrez, con el formidable jorobado y todas las reservas de yorkistas, por lo cual comenzaron a retroceder dispersos en el colmo del desorden y del terror.

Les hicieron frente Dick y los suyos, y, para ayudarles, más hombres salieron de las casas; una terrible descarga de flechas dio de frente sobre los fugitivos, mientras que Gloucester les acometía ya por retaguardia con los caballos; en cosa de un minuto y medio no quedó vivo en la calle ni uno solo de los de Lancaster.

Entonces, y sólo entonces, alzó Dick su humeante espada y dio rienda suelta a las victoriosas aclamaciones.

Entretanto, Gloucester desmontaba y se acercaba para inspeccionar la posición. Su rostro estaba pálido como la cera, pero sus ojos brillaban en las hundidas cuencas como dos raras joyas, y cuando habló lo hizo con voz ronca y quebrada por la excitación de la batalla y la emoción de la victoria.

Contempló aquella barrera, a la que nadie, amigo o enemigo, podía acercarse sin precaución, tan furiosamente se agitaban los caballos en los dolores de la muerte, y a la vista de aquella carnicería sonrió con torcido gesto.

-Rematad a esos caballos -ordenó-; os impiden que os aprovechéis de la ventaja adquirida. Richard Shelton -añadió-, estoy satisfecho de vos. Arrodillaos.

Los de Lancaster habían reanudado su ataque con los arqueros, y las flechas caían como espesa lluvia sobre la entrada de la calle; pero el duque, sin hacer el menor caso, desenvainó lentamente su espada y armó caballero a Richard sobre el mismo campo de batalla.

-Y ahora, sir Richard -continuó-, si veis a lord Risingham, mandadme un correo al instante. Aunque no os quedara más que un hombre, enviádmelo sin perder ni un momento.

Antes preferiría perder esta posición que la oportunidad de darle una buena estocada. Porque, oídlo bien todos -añadió levantando la voz-, si el conde de Risingham cae por otra mano que no sea la mía, contaré esta victoria como una derrota.

-Milord duque -dijo uno de sus servidores-, ¿no está vuestra excelencia cansado de exponer su preciosa vida inútilmente? ¿Por qué os detenéis aquí?

-Catesby -repuso el duque-, aquí y no en otro sitio es donde está el campo de batalla. Los demás no son sino amagos de ataque. Aquí hemos de vencer. Y en cuanto al riesgo... si fuerais un feo jorobado y los chiquillos se mofasen de vos en plena calle, en menos estima tendríais vuestro cuerpo y juzgaríais que una hora de gloria vale por una existencia entera. Sin embargo, si queréis, montemos y vayamos a visitar los demás puestos. Sir Richard, aquí presente, mi tocayo, se mantendrá firme en esta bocacalle, donde hasta los tobillos se han hundido en sangre caliente. Podemos confiar en él. Pero fijaos, sir Richard, que todavía no habéis terminado. Aún falta lo peor. No os durmáis.

Fue derecho hacia Shelton, mirándole fijamente a los ojos y cogiéndole una mano con las dos suyas le dio tan fuerte apretón que milagro fue que no brotara de ella sangre.

Ante aquellos ojos, sintió Dick que el valor le faltaba. La loca excitación, la bravura y la crueldad que leyó en ellos le llenaron de espanto al pensar en el futuro. Valeroso era, en verdad, el ánimo de aquel joven duque que cabalgaba en primera línea en la batalla; pero después de la guerra, en tiempo de paz y en el círculo de sus amigos de confianza era de temer que aquel espíritu continuase dando frutos de muerte.


La batalla de Shoreby (Conclusión)[editar]

Abandonado Dick una vez más a sus propias iniciativas, comenzó a mirar en torno suyo.

Las descargas de flechas habían ido perdiendo algo de su intensidad. El enemigo retrocedía por todos lados y la mayor parte de la plaza del mercado se hallaba vacía; la pisoteada nieve se había convertido en fango de color anaranjado, todo él salpicado de cuajada sangre y lleno de hombres y caballos muertos erizados de emplumadas flechas.

En su propio bando las pérdidas habían sido terribles. En la bocacalle y en las ruinas de la barricada se amontonaban los muertos y los moribundos, y de los cien hombres con que empezara la batalla no quedaban ni setenta que pudieran seguir peleando.

Al mismo tiempo iba transcurriendo el día. Era de esperar que los primeros refuerzos llegaran de un momento a otro, y los de Lancaster, desanimados ya por el resultado de su desesperada pero infructuosa carga, se hallaban de mal temple para hacer frente a un nuevo invasor.

En la pared de una de las dos casas de la bocacalle un reloj de sol señalaba las diez en aquella mañana de pálido sol de invierno.

Dick se volvió hacia el hombre que tenía al lado, un arquerillo insignificante, que estaba entonces vendándose una leve herida en un brazo.

-Bien hemos peleado -dijo-, y a fe que no han de repetir la carga.

-Señor -exclamó el arquerillo-, habéis luchado perfectamente por York y por vos mismo.

Jamás hombre alguno logró en tan breve espacio conquistar el afecto del duque. Es asombroso que haya confiado semejante puesto a quien no conocía. Pero ¡cuidado, sir Richard, os jugáis la cabeza! Si sois vencido... si retrocedéis un solo paso... el hacha o la cuerda cuidarán de castigaros, y francamente os diré que aquí me han puesto para que, si hacéis algo sospechoso, os apuñale por la espalda.

Miró Dick estupefacto al hombrecillo.

-¡Tú! -exclamó-. ¡Y por la espalda!

-Así es -repuso el arquero- y como la misión no me gusta, os lo digo. Habéis de manteneros en el puesto, sir Richard, si no queréis perder la vida. ¡Ah! Nuestro Crookback es una espada valiente y buen guerrero; pero sea a sangre fría o caliente, quiere que las cosas se hagan tal como él las manda. Si alguien no cumple o es un obstáculo, es hombre muerto.

-Pero ¡por todos los santos del cielo! –exclamó Richard-. ¿Es cierto eso? ¿Y siguen los hombres a semejante jefe?

-Le siguen, y de muy buena gana -replicó el arquero-, porque si es severo en el castigo, bien generoso es en la recompensa. Y si no escatima la sangre y el sudor de los demás, también es siempre pródigo de los suyos: en todo tiempo el primero en el campo de batalla y el último en dormir. ¡Ese jorobado, Dick de Gloucester, llegará muy lejos!

Si bravo v vigilante fue antes el joven caballero, con tanto mayor motivo se inclinaba ahora a estar ojo avizor y a demostrar su valentía. Comenzaba a percibir que el repentino favor de que gozaba traía consigo serios peligros. Volvió la espalda al arquero y una vez más escudriñó ansiosamente el mercado. Seguía tan vacío como antes.

-No me gusta esta quietud -observó-. Sin duda nos preparan una sorpresa.

Como si respondieran a su observación, los arqueros enemigos comenzaron de nuevo a avanzar contra la barricada y las flechas cayeron en espesa lluvia.

Mas en el ataque se advertía cierta vacilación. No era el avance completamente franco; más bien parecían esperar una nueva señal.

Miró Dick a todos lados con cierta zozobra, por si descubría algún peligro oculto. En efecto, casi hacia la mitad de la calle se abrió de pronto una puerta desde el interior y durante unos segundos continuó la casa vomitando, por puertas y ventanas, un torrente de arqueros de Lancaster. Éstos formaron inmediatamente en filas, tensaron sus arcos y comenzaron a disparar sus flechas sobre la retaguardia de Dick.

Al mismo tiempo redoblaron sus tiros los que atacaban desde el mercado y empezaron a cerrar resueltamente contra la barricada.

Dick mandó salir de las casas a sus fuerzas, y haciendo frente por ambos lados y enardeciendo a los suyos con el ejemplo y la palabra, les devolvió como pudo doble lluvia de flechas de las que habían caído sobre su puesto.

Una tras otra se iban abriendo las casas de la calle y seguían saliendo de ella los de Lancaster por puertas y ventanas, dando gritos de ¡victoria!, hasta que el número de enemigos que cayó sobre la retaguardia de Dick era casi igual al de la vanguardia.

Era evidente que no podría mantenerse firme en el puesto por más tiempo, y, lo que era peor, aunque hubiera podido sostenerse habría sido inútil, pues todo el ejército de yorkistas hallábase en tal situación de impotencia que estaba abocado a sufrir un completo desastre.

Los hombres que tenía tras de sí formaban el elemento vital en toda la general defensa, y contra ellos cargó Dick, marchando a la cabeza de sus tropas. Tan vigoroso fue el ataque que los arqueros de Lancaster perdieron terreno, vacilaron y al fin, rompiendo filas, comenzaron a volver en grupos hacia las casas de donde tan jactanciosamente acababan de salir.

Entretanto las fuerzas que procedían del mercado se habían apiñado sobre la indefensa barricada, y cayeron ardorosamente sobre el otro lado, por lo cual Dick se vio de nuevo obligado a hacerles frente una vez más, forzándoles a retroceder. Una vez más triunfó el decidido espíritu de sus hombres, desalojando la calle denodadamente; pero al instante salían de nuevo los otros de las casas y los cogían por retaguardia por tercera vez.

Comenzaban los yorkistas a dispersarse; numerosas veces se halló Dick solo, rodeado de enemigos, blandiendo su reluciente espada para salvar la vida, y aun diversas veces advirtió que había sido herido. Y entretanto, fluctuaba la lucha en la calle, sin resultado definido.

De pronto percibió Dick un gran trompeteo en las afueras de la ciudad. El grito de guerra de los de York comenzó a elevarse hasta los cielos, como si numerosas y triunfantes voces lo repitieran. Y al propio tiempo las tropas que tenía delante empezaron a ceder terreno rápidamente y a abandonar la calle y retroceder hacia el mercado. Alguien dio la voz de huida.

Sonaban alocadamente las trompetas, unas ordenando un repliegue, otras una carga. Era evidente, acababa de darse un gran golpe, y los de Lancaster se hallaban, al menos por el momento, en completo desorden y presos de cierto pánico.

En aquel punto, como ardid teatral, comenzó a desarrollarse el último acto de la batalla de Shoreby.

Los hombres que se hallaban frente a Richard volvieron la espalda, como perro al que se le ordena que vuelva a casa, y huyeron con la rapidez del viento. En ese mismo instante, atravesando el mercado, llegó un verdadero torbellino de jinetes, huyendo unos y persiguiéndolos otros, teniendo que volverse los de Lancaster para defenderse con la espada, mientras los yorkistas los derribaban a punta de lanza.

Muy visible en medio de la refriega, divisó Dick a Crookback. Estaba dando anticipada prueba de aquel furioso brío y destreza para abrirse paso entre las filas guerreras que años después había de demostrar plenamente en el campo de batalla de Rosworth, cuando ya estaba manchado con la sangre de sus crímenes, y que casi bastó para cambiar aquel día la suerte y los destinos del trono de Inglaterra. Esquivando, golpeando, derribando, de tal modo dominaba y hacía maniobrar a su vigoroso caballo, tan eficazmente se defendía y tan pródigamente sembraba la muerte entre sus adversarios, que se hallaba ya muy por delante de los primeros de sus caballeros, abriéndose paso con el azote de su sangrienta espada hacia donde lord Risingham rehacía y acaudillaba a los más bravos.

Un momento más y habíanse encontrado frente a frente el alto, magnífico y renombrado guerrero y el deforme y enfermizo muchacho.

No dudó Dick del resultado. Y cuando, un instante después, quedó al descubierto por un momento la pelea, la figura del conde había desaparecido. Mas todavía en la primera línea de peligro arremetía Richard Crookback con su recio caballo y blandiendo su espada.

De este modo, por el valor demostrado por Dick al defender la bocacalle en el primer ataque, y por la oportuna llegada de los setecientos hombres de refuerzo, el muchacho que había de pasar a la posteridad con execrable reputación bajo el nombre de Ricardo III, acababa de ganar su primera batalla importante.


El saqueo de Shoreby[editar]

Ni un solo enemigo quedó a su alcance, y al mirar Dick tristemente en torno suyo, contemplando los restos de su intrépida fuerza, pensó a costa de cuántas vidas se había obtenido la victoria. Él mismo, desaparecido ya el peligro, se sentía tan dolorido y maltrecho, tan magullado y herido, y, sobre todo, tan acabado y exhausto por su desesperada e incesante acción en la lucha, que se hallaba incapaz de cualquier nuevo esfuerzo.

Pero no había llegado aún la hora del descanso.

Tomada Shoreby por asalto, aunque fuera ciudad abierta y no pudiese en modo alguno hacérsela responsable de la resistencia, era evidente que aquellos rudos combatientes no habrían de serlo menos ahora que la lucha había terminado y que habría de ponerse en ejecución la parte más horrible de la guerra.

No era Richard de Gloucester de aquellos capitanes que protegen a los ciudadanos de la enfurecida soldadesca, y hasta en caso de suponer que quisiera hacerlo, cabría preguntar si hubiera podido lograrlo.

Por consiguiente, correspondía a Dick buscar y proteger a Joanna, y con tal fin miró en torno suyo, escudriñando el rostro de sus hombres. Separó a los tres o cuatro que parecía más probable que fueran obedientes y no se embriagaran, y prometiéndoles una crecida recompensa y una recomendación especial al duque, los condujo a través del mercado, libre ya de jinetes, por las calles del extremo opuesto.

A cada paso se encontraban aún, en medio del arroyo, pequeños grupos de combatientes, que oscilaban entre dos y una docena de hombres; y aquí y allá, desde una casa sitiada, los defensores arrojaban bancos y mesas sobre sus asaltantes. Aparecía la nieve sembrada de armas y de cadáveres; pero a excepción de estos combates parciales, las calles estaban desiertas y las casas, abiertas unas y cerradas y atrincheradas otras, habían dejado ya, en su mayor parte, de lanzar humo.

Sorteando Dick esas escaramuzas, condujo rápidamente a sus seguidores en dirección a la iglesia de la abadía; pero al desembocar en la calle principal un grito de horror brotó de sus labios.

La soberbia mansión de sir Daniel había sido tomada por asalto. Las puertas, convertidas en astillas, pendían de sus goznes, y una doble turba de soldados entraba y salía continuamente en busca de botín o llevándoselo ya. En los pisos altos se ofrecía aún alguna resistencia a los saqueadores, porque precisamente al llegar a la vista del edificio Dick, hacían saltar una ventana desde dentro, y un pobre desgraciado que vestía librea morada y azul, gritando y resistiéndose, fue sacado por la abertura y arrojado a la calle.

Asaltaron a Dick los mas angustiosos temores. Echó a correr como un poseso, se abrió paso hacia la casa entre los que se hallaban más adelantados, y subió sin detenerse al cuarto del tercer piso, donde se había separado de Joanna. Aquello era una verdadera ruina: los muebles habían sido derribados, rotos y abiertos los armarios, y en uno de los lados un trozo de tapiz, pendiente aún de la pared, se quemaba lentamente entre los tizones de la chimenea.

Casi inconsciente de lo que hacía, apagó Dick con los pies el incipiente incendio y se quedó luego mirando perplejo. Sir Daniel, sir Oliver, Joanna, todos se habían ido; pero ¿quién podría decir si perecieron en la derrota o escaparon a salvo de Shoreby?

Cogió por el tabardo a un arquero que pasaba.

-Amigo -le preguntó-, ¿estabas aquí cuando asaltaron la casa?

-Soltad -dijo el arquero-. ¡Mala peste! Soltad, si no queréis que os pegue.

-Oye -repuso Richard-, a eso seremos dos. Párate y contesta claro.

Pero el hombre, roja la cara por la bebida y el ardor de la pelea, dio un golpe a Dick en un hombro con una mano, mientras con la otra daba un fuerte tirón para hacer soltar su ropa. Perdió entonces la cabeza Dick, se enfureció y cogiendo al sujeto en estrecho abrazo, lo estrujó contra las placas de la malla que cubría su pecho como si fuera un niño, y luego, manteniéndolo sujeto y estirado el brazo, le ordenó que hablara si en algo estimaba su vida.

-¡Perdón! -imploró el arquero perdido casi el aliento-. Si hubiera sabido que tan irritado estabais, hubiese tenido buen cuidado de no tropezar con vos. Sí, estaba aquí.

-¿Conoces a sir Daniel? -continuó Dick.

-Y bien que lo conozco.

-¿Estaba él en la casa?

-Sí, señor, estaba. Pero cuando nosotros entramos por la puerta del patio se escapó por el jardín.

-¿Solo? -gritó Dick.

-Llevaría con él unos veinte lanceros.

-¡Lanceros! Entonces, ¿no iban con él mujeres?

-La verdad es que no lo vi. Pero en la casa no había ninguna, si es esto lo que deseáis saber.

-Gracias -dijo Dick-. Toma una moneda por la molestia-. Mas al rebuscar en su escarcela, Dick no halló nada-. Pregunta por mí mañana -añadió-. Richard Shel..., sir Richard Shelton - corrigió-, y ya cuidaré de recompensarte generosamente.

Entonces se le ocurrió una idea a Dick. Descendió apresuradamente al patio, corrió con todas sus fuerzas, cruzando el jardín, y llegó a la gran puerta de la iglesia.

Estaba abierta de par en par. En el interior, todos los rincones se hallaban atestados de fugitivos vecinos, con sus familias y cargados con sus preciados bienes, mientras en el altar mayor, sacerdotes revestidos de las sagradas vestiduras imploraban la misericordia divina. En el momento en que Dick entraba, las fuertes voces del coro retumbaban bajo las bóvedas. Pasó apresuradamente entre los grupos de refugiados y llegó a la puerta de la escalera que conducía al campanario. Allí un alto clérigo le cerró el paso.

-¿Adónde vais, hijo mío? -le preguntó severamente.

-Padre -contestó Dick-, vengo para cumplir una orden urgente. No me detengáis. Estoy al mando de las fuerzas de milord de Gloucester.

-¿De milord de Gloucester? -repitió el sacerdote-. ¿Tan mal ha ido, pues, la batalla?

-La batalla, padre, ha terminado. Lancaster ha sido derrotado por completo y milord de Risingham, ¡Dios le tenga en paz!, ha quedado en el campo. Y ahora, con vuestra venia, voy a continuar mi comisión.

Y apartando a un lado al sacerdote, a quien aquellas noticias parecieron dejar estupefacto, empujó Dick la puerta, subió de cuatro en cuatro los peldaños de la escalera, sin detenerse a descansar y sin tropiezo, hasta que puso el pie en la especie de plataforma en que terminaba.

La torre de la iglesia de Shoreby no sólo dominaba la ciudad, que se extendía a sus pies como un mapa, sino que desde ella se veía una gran extensión de tierra y mar. Era casi mediodía; aparecía el cielo muy claro y alegre y la nieve tan brillante que deslumbraba. Y Dick, al mirar en derredor suyo, pudo darse cuenta de las consecuencias de la batalla.

Un confuso y tumultuoso vocerío subía de las calles, y de cuando en cuando, aunque muy raramente, el chocar de los aceros. Ni un barco, ni un simple bote, quedaba en el puerto; pero se veía el mar salpicado de velas y lanchas cargadas de fugitivos. También en tierra la llana superficie de las nevadas praderas la cortaban pelotones de hombres a caballo; unos, abriéndose paso hacia los bosques; otros, sin duda yorkistas, interponiéndose vigorosamente y obligándoles a regresar a la ciudad. Por todo el terreno descubierto yacía una prodigiosa cantidad de hombres y caballos, destacándose claramente sobre la nieve.

Para completar el cuadro, aquellos soldados de infantería que no habían hallado sitio en un barco continuaban aún un combate de arqueros en las cercanías del puerto, desde el abrigo de las tabernas de la playa. También en aquel barrio habían sido incendiadas un par de casas, y grandes masas de humo remontábanse a la pálida luz del cielo, para ir después volando en voluminosos pliegues hacia el mar.

Casi junto a los linderos del bosque, y en dirección a Holywood, un singular grupo de jinetes que huían llamó la atención del joven vigía de la torre. Era bastante numeroso; en ninguna otra parte de la campiña se veía juntos a tantos de los de Lancaster; además, habían dejado tan ancha y descolorida huella sobre la nieve que Dick pudo seguir paso a paso su rastro, desde que abandonaran la ciudad.

Mientras Dick estaba contemplándolos, ganaron sin que nadie les saliese al paso las primeras márgenes de la deshojada floresta y, desviándose un poco de la dirección que llevaban, dio el sol de lleno, por un momento, sobre el grupo, destacándose contra el oscuro fondo del bosque.

-¡Morado y azul! -exclamó Dick-. ¡Lo juraría! ¡Morado y azul!

Un instante después bajaba la escalera.

Le interesaba ahora buscar al duque de Gloucester, único que, en medio del desorden en que se hallaban las fuerzas, podía suministrarle número suficiente de hombres. La lucha, en el corazón de la ciudad, podía darse por terminada; y al ir de un sitio a otro Dick buscando a su jefe, pudo ver las calles llenas de soldados cargados con más botín del que podían llevar o que vagaban ebrios y vociferantes.

Ninguno de ellos, al ser interrogado, tenía la menor noción del paradero del duque, y al fin fue una verdadera suerte que Dick pudiera dar con él. Estaba a caballo dirigiendo las operaciones para desalojar a los arqueros de su refugio junto al puerto.

-Bienvenido seáis, sir Richard Shelton -le dijo-. Os debo algo a lo que yo concedo escaso valor: la vida, y algo más que nunca podré pagaros: esta victoria. Catesby: si yo tuviera diez capitanes como sir Richard, marcharía ahora mismo y en línea recta sobre Londres. Pero ahora, caballero, pedid vuestra recompensa.

-Sin reserva, milord -dijo Dick-; sin reserva y en voz alta. Alguien de quien tengo yo recibidos agravios ha huido llevándose consigo a quien debo amor y servidumbre. Dadme, pues, cincuenta lanzas para salir en su persecución, y con esto quedará vuestra excelencia relevado de cualquier favor que quisierais concederme.

-¿Cómo se llama ese hombre? -preguntó el duque. -Sir Daniel Brackley -contestó Dick.

-¡Duro con ese traidor! -gritó el duque-. No es esto ninguna recompensa, sir Richard, sino nuevo servicio que me ofrecéis, y si me traéis su cabeza, echaréis una deuda más sobre mi conciencia. Catesby, dale esas lanzas, y vos, caballero, id pensando entretanto qué placer, honor o provecho me tocará daros.

En aquel preciso instante los escaramuzadores yorkistas conquistaban una de las tabernas de la playa, rodeándola por tres lados y ahuyentando o apresando a sus defensores. Richard Crookback se dignó aplaudir la hazaña, y adelantando un poco más su caballo pidió ver a los prisioneros.

Eran éstos cuatro o cinco; entre ellos dos hombres de lord Shoreby y uno de lord Risingham, y el último, pero no menos importante a los ojos de Dick, un viejo lobo de mar, alto, de pesado andar, de pelo gris, un poco bebido y con un perro gimoteando y saltando junto a él.

El joven duque los examinó por un momento con aire severo.

-Bien -dijo-. Ahorcadlos.

Y volvióse del otro lado para ir siguiendo los progresos de la lucha.

-Milord -exclamó Dick-, si ello os place, ya encontré mi recompensa. Concededme la vida y la libertad de ese viejo marino.

Volvióse Gloucester y miró en el rostro a su interlocutor.

-Sir Richard -dijo-, yo no hago la guerra con plumas de pavo real, sino con flechas de acero. A los que son mis enemigos, los mato, sin excusa ni favor. Porque, reflexionad: tan roto en pedazos está hoy este reino de Inglaterra, que no hay un solo hombre de los míos que no tenga un hermano o un amigo en las filas del otro partido. Si empezara a otorgar estos perdones, más valiera que envainara mi espada.

-Es posible, milord; sin embargo, he de cometer la temeridad, con riesgo de incurrir en vuestro disgusto, de recordaros la promesa que vuestra excelencia me hizo.

Se agolpó la sangre en la cara de Richard de Gloucester.

-Fijaos bien -dijo con acritud-, no me gusta la misericordia ni los que la piden. Hoy habéis echado los cimientos de una gran fortuna. Si me oponéis mi palabra, que he empeñado, habré de ceder. Pero ¡por el cielo! que aquí morirá vuestro favor.

-Yo soy quien lo pierde -contestó Dick.

-Entregadle ese marino -ordenó el duque.

Y dando media vuelta al caballo, volvió la espalda al joven Shelton.

No se sentía Dick ni contento ni apesadumbrado. Conocía ya lo bastante al duque para no poner grandes ilusiones en su afecto, y el origen y desarrollo de su valimiento habían sido demasiado débiles y rápidos para inspirar mucha confianza. Sólo una cosa temía: que el vengativo caudillo revocara la orden de suministrarle las cincuenta lanzas. Pero en esto no hacía justicia al honor de Gloucester, tal como él lo entendía, ni sobretodo a su decisión.

Desde el momento en que juzgó a Dick como el más indicado para perseguir a sir Daniel, no era él hombre que cambiase de opinión, y pronto lo demostró gritándole a Catesby que fuese diligente, pues el paladín esperaba.

Entretanto se volvió Dick hacia el viejo marino, que con igual indiferencia parecía haber recibido su condena que el perdón.

-Arblaster -díjole-, mucho mal te he causado; pero ahora ¡por la cruz! creo haber saldado mis deudas para contigo.

Pero el viejo patrón no hizo más que mirarle tristemente y guardó silencio.

-Vamos -continuó Dick-. Una vida es una vida, viejo pícaro, y vale más que todos los barcos y todas las bebidas del mundo. Di que me perdonas, porque si tu vida nada vale para ti, me ha costado a mí el renunciar a los comienzos de mi fortuna. Ven acá; bastante caro lo he pagado, no seas ruin.

-Si yo hubiera tenido mi barco -repuso Arblaster-, estaría ahora navegando, sano y salvo, en alta mar... y conmigo mi criado Tom. Pero tú me robaste mi barco, compadre, y has hecho de mí un mendigo, y marinero con un sayo lo ha matado. «¡Mala peste!», Tom, un bribón y ya no volvió a hablar. «¡Mala peste!», fueron sus últimas palabras, y entregó su pobre alma. Ya no volverá a navegar mi pobre Tom.

Dick se sintió embargado por un remordimiento y piedad inútiles; intentó cogerle la mano al patrón, pero Arblaster evitó su contacto.

-No -dijo-. Déjame. Ya me has hecho bastante daño; conténtate con eso.

La voz se le anudó en la garganta a Dick y en ella se le quedaron las palabras. A través de las lágrimas vio alejarse al pobre viejo, mareado por la bebida y abatido por el dolor, tambaleándose, con la cabeza baja y cruzando la nieve, mientras el perro, que pasara inadvertido, le seguía gimiendo; y por primera vez comenzó a comprender la terrible partida que jugamos en la vida, y cómo, una vez hecha una cosa, no pueden ya cambiarla contrición ni pena alguna.

Pero no tenía tiempo que perder en vanas pesadumbres. Catesby había reunido a los jinetes y, dirigiéndose hacia Dick, descabalgó y le ofreció su propio caballo.

-Esta mañana -le dijo- estaba yo algo celoso de vuestro valimiento con el duque; pero corto ha sido su crecimiento, y ahora, sir Richard, de muy buena gana os ofrezco este caballo... para que os marchéis.

-Un momento más tendréis que soportarme -replicó Dick-. Este valimiento mío... ¿en qué se fundaba?

-En vuestro nombre -contestó Catesby-. Es la gran superstición de mi señor. Si yo me llamara Richard, mañana sería conde.

-Bien, caballero, gracias -le contestó Dick-. Y como no es nada probable que esta gran fortuna haya de seguirme, os diré adiós. No he de pretender que me desagradara verme en el camino de la suerte; pero tampoco he de pretender estar desconsolado por haberme alejado de él. Grandes cosas son, indudablemente, el poder y las riquezas; pero os diré una cosa al oído: ese duque vuestro es un muchacho muy de temer.

Catesby se echó a reír.

-Verdad es -dijo- que el que quiera cabalgar con Richard Crookback, ha de correr de firme. Bien, ¡que Dios nos guarde de todo mal! ¡Buena suerte!

Dick se puso al frente de sus hombres y, dando la voz de mando, emprendió la marcha. Cruzó en línea recta la ciudad, siguiendo la que suponía era la ruta de sir Daniel y mirando a todos lados en busca de algunas señales que le demostraran que estaba en lo cierto.

Las calles estaban sembradas de muertos y heridos, cuya suerte, en la terrible helada, movía aún más a lástima y compasión. Pandillas de vencedores iban de casa en casa, robando y matando, y a veces cantando a coro mientras marchaban.

De diferentes barrios llegaba a los oídos de Shelton los rumores de violencias y ultrajes; ora el golpear de los martillos de herrero sobre alguna puerta atrincherada; ora los desgarradores chillidos de las mujeres.

El corazón de Dick acababa de despertar. Acababa de ver las crueles consecuencias de su propia conducta y la idea del cúmulo de dolores y miserias que se cernían sobre Shoreby entera le llenaba de desesperación.

Llegó, al fin, a las afueras; allí vio recta ante él la misma huella, amplia y trillada sobre la nieve, que antes observara desde lo alto de la iglesia. Avivó la marcha; sin embargo, mientras cabalgaba miraba con escudriñadores ojos los caídos hombres y caballos que yacían a los lados de aquel rastro. Se consolaba al ver que muchos de éstos llevaban los colores de sir Daniel, y hasta reconoció las caras de algunos que estaban tendidos de espaldas.

Era evidente que, casi a la mitad de la distancia entre la ciudad y el bosque, aquellos a quien él perseguía habían sido atacados por los arqueros, porque los esparcidos cadáveres yacían muy cerca uno de otro, y cada uno de ellos atravesado por una flecha.

Y allí vio Dick, entre los restos, el cuerpo de un jovenzuelo cuyo rostro le era muy familiar.

Mandó parar su tropa, desmontó y levantó la cabeza del muchacho. Al hacerlo, cayó hacia atrás la capucha y apareció una abundante cabellera de color castaño. Al mismo tiempo se abrieron los ojos.

-¡Ah! ¡Cazador de leones! -exclamó una débil vocecilla-. Ella va más adelante. ¡Corre... corre a galope tendido!

Y la pobre damisela cayó de nuevo desvanecida.

Uno de los soldados de Dick llevaba un frasco de cierto fuerte cordial y con éste logró el joven que la muchacha recobrase el conocimiento. Entonces montó a la amiga de Joanna sobre su arzón, y de nuevo emprendió la marcha hacia el bosque.

-¿Por qué me lleváis? -preguntó la joven-. Con ello no hacéis sino retrasar el paso.

-No, señora Risingham -repuso Dick-. Shoreby está lleno de sangre, borracheras y tumultos. Aquí estáis a salvo; alegraos.

-No quiero deber ningún favor a nadie de vuestra facción -gritó-. Bajadme.

-Señora, no sabéis lo que decís -replicó Dick-. Estáis herida...

-No lo estoy -repuso ella-. Fue a mi caballo al que mataron.

-No importa en lo más mínimo -respondió Richard-. Os halláis en medio de la nieve y rodeada de enemigos. Queráis o no, os llevo conmigo. Y me alegro de que se me presente esta ocasión, porque así pagaré parte de la deuda que tengo con vos.

Guardó ella silencio durante breve rato. Luego, de pronto, preguntó:

-¿Y mi tío?

-¿Milord de Risingham? -contestó Dick-. Quisiera poder daros buenas noticias, señora; pero no tengo ninguna. Una vez le vi en la batalla, sólo una vez. Esperemos que nada malo le haya ocurrido.


Noche en el bosque: Alicia Risingham[editar]

Era casi seguro que sir Daniel se había encaminado hacia el Castillo del Foso; pero teniendo en cuenta la abundancia de la nieve, lo avanzado de la hora y la necesidad en que se veía de huir de los pocos caminos existentes y marchar a través del bosque, era igualmente cierto que no podría llegar allí antes de la mañana.

Dos caminos se ofrecían a Dick: continuar siguiendo el rastro al caballero y, a ser posible, caer sobre él aquella misma noche, o seguir otro camino y procurar colocarse entre sir Daniel y el lugar de su destino.

Los dos planes presentaban serios inconvenientes, y Dick, que temía exponer a Joanna a los azares de una lucha, todavía no se había decidido por ninguno de los dos cuando llegó a los linderos del bosque.

En este lugar, sir Daniel había torcido un poco hacia la izquierda, penetrando en línea recta en un bosquecillo de elevados árboles. Su gente había formado en un frente más estrecho, para poder pasar entre los troncos, y el rastro quedó en proporción impreso más profundamente en la nieve.

Lo siguió con la vista, bajo los arcos de los desnudos robles, recto y formando una angosta faja. Sobre él se alzaban los árboles con sus nudosas articulaciones y el elevado y frondoso boscaje de las ramas; no se oía ni el menor rumor producido por hombres o animales... ni siquiera el revolotear de un petirrojo; y sobre aquel campo de nieve caía dorado el sol de invierno entre el tejido de sombras.

-¿Qué te parece que sería mejor? -preguntó Dick a uno de sus hombres-. ¿Seguir en línea recta o cortar de través hacia Tunstall?

-Sir Richard -contestó el hombre de armas-, yo seguiría la línea recta hasta que veamos que se han dispersado.

-Sin duda tienes razón -dijo Dick-; pero salimos precipitadamente a esta aventura porque no había tiempo que perder. Aquí no hay casas, comida ni abrigo, y cuando apunte el alba vamos a saber lo que es tener helados los dedos y el estómago vacío. ¿Qué decís a esto, muchachos? ¿Estáis dispuestos a padecer un poco por el buen resultado de la expedición o volvemos hacia Holywood y cenamos en el seno de Nuestra Madre la Iglesia? El caso es algo dudoso y no quiero obligar a nadie; pero si estáis prontos a dejaros guiar por mí, yo escogería lo primero.

Casi a una voz contestaron unánimemente los hombres que seguirían a sir Richard adonde quisiera.

Y Dick, picando espuelas al caballo, siguió hacia adelante. Por lo muy pisoteada y apretada que estaba la nieve del rastro, tenían los perseguidores gran ventaja sobre los perseguidos. Avanzaban, en efecto, a trote largo, batiendo alternativamente sobre el sordo pavimento de nieve doscientos cascos, y el chocar de las armas y el .: resoplido de los caballos resonaban con clamor de guerra en el abovedado y silencioso bosque.

Luego, el ancho rastro que dejaban los perseguidos salió al camino real de Holywood; se perdió allí un momento, y cuando de nuevo reapareció sobre la nieve no hollada, del otro lado, Dick vio con sorpresa, que era ya más estrecho y que estaba menos apisonado. Sin duda, aprovechándose del camino, sir Daniel había empezado a diseminar sus fuerzas.

En todo caso, puesto que lo mismo era tomar una dirección que otra, continuó Dick su persecución por la recta huella, la que después de una hora de marcha le llevó a lo más profundo e intrincado del bosque; allí se dividía de pronto, como bomba que estalla, en dos docenas de rastros que seguían las más opuestas direcciones.

Tiró de la brida Dick, perdida ya toda esperanza. El corto día de invierno tocaba a su término; el sol, opaca y roja naranja, sin un solo rayo, flotaba muy bajo entre la espesura de desnudos matorrales; las sombras se prolongaban a la distancia de una milla sobre la nieve; la helada mordía cruelmente en las puntas de los dedos, y el aliento y el vapor de los caballos se elevaban, formando nubes.

-Bien nos han ganado en astucia -confesó Dick-. Después de todo, tendremos que marchar a Holywood. Todavía está más cerca que Tunstall... o, al menos, así lo parece por la posición del sol. Torcieron, pues, hacia la izquierda, volviendo la espalda al rojo broquel del sol y dirigiéndose a campo traviesa hacia la abadía. Pero las cosas habían cambiado para ellos: no podían ya marchar a buen paso por un sendero apisonado antes por los caballos de sus enemigos, ni aquel camino les conducía a una meta. Tenían que labrar su paso lentamente a través del obstáculo de la nieve, parándose continuamente para decidir el rumbo y hundiéndose a cada momento en los blancos montones. Pronto el sol les abandonó; se desvaneció el resplandor de occidente y al rato vagaban, a la aventura, entre las negras sombras, bajo las pálidas estrellas.

Pronto, sin embargo, alumbraría la luna la cima de las montañas y podrían reemprender la marcha. Mas, entretanto, todo paso dado al azar podría alejarles de su ruta. No podían hacer nada más que acampar y esperar.

Se colocaron centinelas; se limpió de nieve un trozo de terreno, y tras varios intentos ardió en el centro una buena hoguera. Los hombres de armas se sentaron en torno al selvático hogar, repartiéndose las provisiones que llevaban y pasándose la botella de uno a otro, y Dick, escogiendo lo más delicado de aquella tosca y escasa vianda, se lo llevó a la sobrina de lord Risingham, que estada sentada aparte de la soldadesca, recostada contra un árbol.

Le servía de asiento la manta de un caballo, se envolvía en otra y contemplaba atentamente la escena alumbrada por el fuego. Al ofrecerle Dick el alimento, ella se estremeció, como si despertara de un sueño, y lo rechazó en silencio.

-Señora -dijo Dick-: permitidme suplicaros que no me castiguéis tan cruelmente. No sé en qué os he ofendido; verdad es que os he traído conmigo, pero con amistosa violencia; cierto es que os he expuesto a las inclemencias de la noche, pero la precipitación con que me veo obligado a proceder tiene por objeto la protección de quien no es menos débil que vos ni se halla en menos amparo. Cuando menos, señora, no os castiguéis vos misma y comed, si no por apetito, para conservar las fuerzas.

-No comeré nada que venga de las manos que mataron a mi tío -contestó ella.

-¡Señora -exclamó Dick-, por la cruz os juro que mis manos no le tocaron!

-Juradme que vive todavía -repuso ella.

-No quiero engañaros -contestó Dick-. La compasión misma me obliga a heriros. En el fondo de mi corazón le creo muerto.

-¡Y me pedís que coma! -gritó ella-. ¡Y os llaman caballero! Con el asesinato de mi buen tío, os ganasteis la dignidad de caballero. De no haber sido yo tan necia y traidora a la vez, que os salvé la vida en casa de vuestro mismo enemigo, seríais vos el que habría muerto, y él... él que valía por una docena como vos... él estaría vivo.

-No hice más que cumplir con mi deber de hombre, lo mismo que vuestro tío hizo en el otro partido -replicó Dick-. Si él viviera aún, como juro al cielo que sería mi deseo, me elogiaría en vez de censurarme.

-Ya me lo dijo sir Daniel -repuso ella-. Os vio en la barricada. Por vos (dijo) se desplomaba su partido; vos, quien ganó la batalla. Pues bien: quien mató a mi buen tío lord Risingham fuisteis también vos, tan cierto como si con vuestras propias manos lo hubierais estrangulado. ¡Y quisierais ahora que comiera con vos... cuando aún tenéis las manos manchadas con el crimen! Pero sir Daniel ha jurado vuestra ruina. ¡Él me vengará!

El desgraciado Dick quedó sumido en su aflicción. Volvió a su mente el recuerdo de Arblaster y dijo con voz que parecía un gemido:

-¿Tan culpable me creéis?... ¿Vos, que me defendisteis antes;... vos, que sois la amiga de Joanna?

-¿Qué teníais que hacer en la batalla? -replicó ella-. ¡No pertenecéis a ningún partido; no sois más que un muchacho... sólo piernas y cuerpo, y sin el gobierno del juicio y la prudencia! ¿Por qué peleabais, pues? ¡Por el gusto de hacer daño, pardiez!

-No exclamó Dick-. No lo sé. Pero tal como marchan las cosas en este reino de Inglaterra, si un pobre caballero no lucha en un partido, forzoso es que pelee en el otro. No puede permanecer solo; no sería natural.

-Los que no tienen juicio no debieran desenvainar la espada -replicó la damisela-. Si peleáis al azar, ¿qué otra cosa sois más que un matarife? La guerra no es noble más que por la causa que la inspira, y vos la habéis deshonrado.

-Señora -dijo el infortunado Dick-, ahora veo, en parte, mi error. He ido demasiado aprisa; he obrado antes de tiempo. A estas horas llevo robado un barco... creyendo hacer un bien, os lo juro..., y con ello no hice más que ser la causa de la muerte de muchos inocentes y de la desgracia de un pobre viejo, cuyo rostro, hoy mismo, me ha apuñalado como una daga.

Y en cuanto a lo de esta mañana, lo único que me propuse fue ganar honra, conquistar fama para poder casarme... y, ¡ved!, lo que he conseguido es acarrear la muerte de vuestro querido pariente, que tan bondadoso fue para mí. Y, además de eso, ¡qué sé yo cuántas cosas! Porque, ¡ay de mí!, puedo haber puesto a York en el trono y ser ésa la peor causa y la desgracia de Inglaterra. ¡Oh, señora! Bien veo mi pecado. No sirvo yo para la vida del mundo. Como expiación, no bien haya terminado esta aventura y para evitar peores males, ingresaré en un claustro. Renunciaré a Joanna y a la profesión de las armas. Seré fraile y rezaré toda mi vida por el alma de vuestro buen tío.

A Dick le pareció, al llegar a este punto de extrema humillación y arrepentimiento, que la damisela se había reído.

Levantando el abatido semblante, vio que ella le miraba, a la luz de la hoguera, con cierta expresión extraña, pero nada adusta.

-Señora -exclamó, creyendo que la risa fue ilusión de sus oídos, pero esperando todavía, al ver su cambiada ; expresión, haberle ablandado el corazón-, señora, ¿no estaréis satisfecha con esto? Renuncio a todo para reparar el mal que llevo hecho; le aseguro la gloria del cielo a lord Risingham. Y todo esto el mismo día en que he ganado la dignidad de caballero y en que me consideraba el joven hidalgo más feliz sobre la tierra.

-¡Oh, chiquillo! -dijo ella-. ¡Buen muchacho!

Y entonces, con gran sorpresa de Dick, enjugándose primero, tiernamente, las lágrimas que corrían por sus mejillas, y luego, como obedeciendo a repentino impulso, le echó ambos brazos al cuello, atrajo hacia sí su cara y le besó. Una lastimosa turbación se apoderó del ingenuo Dick.

-Pero venid -dijo ella con gran animación-; vos que sois el capitán, tenéis que comer. ¿Por qué no cenáis?

-Querida señora Risingham -replicó Dick, no hacía sino cuidar, antes que nada, de mi prisionera; pero, a decir verdad, la penitencia que me he impuesto me hace ya rechazar con desagrado hasta la vista de la comida. Mejor sería, señora, que ayunara y rezase.

-Llamadme Alicia -dijo ella-. ¿No somos viejos amigos? Y ahora venid: voy a acompañaros en la comida: bocado por bocado, sorbo por sorbo. De modo que si no coméis, tampoco yo; pero si lo hacéis de firme, cenaré como un labriego.

Y poniendo inmediatamente manos a la obra, ella comenzó a despachar la comida; Dick, que tenía un estómago excelente, le hizo compañía, al principio con gran repugnancia, pero animándose gradualmente, con más vigor y apetito, hasta que, al fin, olvidándose de atender a su modelo, reparó con creces las pérdidas de aquel día de trabajo y excitación.

-Cazador de leones -dijo ella, al fin-, ¿no admiráis a una doncella vestida con jubón de hombre? Alta andaba ya por el cielo la luna, y lo único que allí esperaban era que descansasen los fatigados caballos. A su luz, el contrito pero bien repleto Richard, observó que ella le miraba con cierta coquetería.

-Señora... -balbució, sorprendido ante el inesperado cambio en sus maneras.

-No -interrumpió ella-, no hay necesidad de que lo neguéis, ya me lo dijo Joanna; pero decid, señor cazador de leones, miradme... ¿tan fea soy? ¡Hablad! Y le miró con dulces ojos.

-En verdad sois algo pequeñita... -comenzó Dick.

Volvió a interrumpirle ella; esta vez con risa sonora que completó la confusión y la sorpresa del joven.

-¡Pequeñita! -exclamó-. ¡Vaya! Sed tan franco como audaz: soy una enana o poco menos; pero, a pesar de ello... ¡vamos, decídmelo! A pesar de todo, pasablemente hermosa de mirar, ¿no es verdad?

-No, señora; extremadamente hermosa -contestó el apurado caballero, haciendo desesperados esfuerzos por aparecer sereno.

-¿Y creéis que un hombre se daría por muy feliz casándose conmigo? -prosiguió ella. - ¡Oh, señora, por completamente feliz!

-Llamadme Alicia.

-Alicia -repitió sir Richard.

-Pues bien, cazador de leones -continuó ella-, puesto que vos matasteis a mi tío, y me dejasteis sin amparo en el mundo, me debéis, como hombre de honor, toda clase de reparaciones, ¿verdad?

-Verdad es, señora -respondió Dick-. Aunque, en el fondo de mi corazón, no me considero más que parcialmente culpable de la muerte de ese caballero.

-¿Pretendéis burlarme evadiéndoos? -exclamó ella.

-No, señora, no es eso. Ya os lo he dicho: si me lo mandáis, hasta me volveré monje - contestó Richard.

-Entonces, en cuanto afecta a vuestro honor, ¿me pertenecéis? -concluyó ella.

-Por lo que toca a mi honor, señora, supongo... -comenzó a decir el joven.

-¡Vaya! -interrumpió ella-. Estáis demasiado lleno de argucias. Como hombre de honor, ¿me pertenecéis hasta que hayáis reparado todo el mal que habéis hecho?

-Ante el honor, sí.

-Oídme entonces -prosiguió ella-. Creo que haríais un mal fraile, y puesto que puedo disponer de vos como me plazca, estoy dispuesta a tomaros por marido. ¡Nada, nada de palabras! -exclamó ella-. Sería completamente inútil. Pues considerad cuán justo es que vos, que me habéis privado de hogar, me proporcionéis otro. Y en cuanto a Joanna, creedme, ella será la primera en alabar el cambio, porque, después de todo, como somos buenas amigas, ¿qué importa con cuál de las dos os casáis? Nada absolutamente.

-Señora -dijo entonces Dick-, entraré en un claustro, si vos me lo ordenáis; pero casarme con cualquiera otra persona en este mundo que no sea Joanna Sedley es lo que no haré nunca, así se empeñen en obligarme toda la fuerza de los hombres o el capricho de una dama.

Perdonadme si con tal claridad os digo mis sinceros pensamientos, pero ante el sumo atrevimiento de una doncella, no le queda a un pobre hombre más recurso que mostrarse más atrevido todavía.

-Dick -repuso ella-, chiquillo bueno, tenéis que darme un beso por esas palabras que acabáis de pronunciar. No, no temáis, me besaréis en nombre de Joanna, y cuando estemos juntas, yo le devolveré a ella el beso y le diré que se lo he robado. Y en cuanto a lo que me debéis, bobito, me parece que no estabais solo en la gran batalla, y que aunque llegara el jefe del partido de York a sentarse en el trono, no seríais vos quien lo hubierais sentado en él. Pero lo que es como hombre bueno, cariñoso y honrado, yo os aseguro que todo eso lo sois, y si yo fuera capaz de envidiar algo que poseyera Joanna, os digo que lo que le envidiaría es vuestro amor.


Noche en el bosque (Conclusión)[editar]

Habían ya terminado los caballos su reducido pienso y descansado de sus fatigas. A la orden de Dick, se apagó con nieve el fuego, y mientras sus hombres montaban, perezosos, una vez más sobre sus sillas, él, recordando, algo tarde, una precaución muy propia en la vida de la selva, escogió un elevado roble y ágilmente se encaramó hasta la horquilla más alta. Pudo desde allí divisar, a la clara luz de la luna, una gran extensión de bosque cubierto de nieve. Al sudoeste, proyectándose negros contra el horizonte, se elevaban aquellos montaraces terrenos cubiertos de brezos donde Joanna y él se encontraron con la terrorífica aparición del leproso.

Y allí, precisamente, divisó un punto brillante, no mayor que el ojo de una aguja.

Se reprochó entonces su anterior olvido. Si aquello era, como parecía, el resplandor de una hoguera encendida en el campamento de sir Daniel, habría visto ya hacía tiempo y se hubiera dirigido a tal sitio; y, sobre todo, por ningún concepto debiera haber anunciado su proximidad encendiendo él mismo hoguera alguna. Mas ahora no debía perder un tiempo precioso. El camino recto para llegar a aquellas alturas tenía unas dos millas de longitud; pero lo atravesaba una escarpada y honda cañada, que no podían cruzar hombres a caballo. Para llegar más pronto, le pareció a Dick lo más práctico abandonar los caballos e intentar la aventura a pie.

Diez hombres quedaron cuidando los caballos; se convinieron señales con las que se comunicarían en caso de necesidad. Y Dick partió, al frente de los demás, llevando a su lado a Alicia, que marchaba con resolución.

Los hombres se habían despojado de sus pesadas armaduras y dejado sus lanzas, marchando animosos sobre la helada nieve a la grata luz de la luna. El descenso a la cañada, por cuyo fondo pasaba, entre la nieve y el hielo, una susurrante corriente, se efectuó en silencio y con orden; y una vez en el lado opuesto, hallándose ya a menos de media milla del sitio donde Dick había visto el resplandor de la hoguera, hizo alto el grupo para descansar antes del ataque.

En el vasto silencio del bosque se percibían desde lejos los menores ruidos, y Alicia, que tenía finísimo el oído, levantó el dedo en señal de alarma y se inclinó para escuchar. Todos siguieron su ejemplo; pero, aparte del gemir del obstruido arroyo que acababan de cruzar y de los gruñidos de una zorra a muchas millas de distancia en medio de la selva, el aguzado oído de Dick no percibió ni el rumor de un suspiro.

-Sin embargo -murmuró Alicia-, estoy segura de haber oído chocar de arneses.

-Señora -repuso Dick, que temía más a la damisela que a diez fornidos guerreros-, no quisiera yo decir que estáis equivocada, pero el ruido lo mismo podría proceder de cualquiera de los dos campamentos.

-No venía de allá. Venía de la parte oeste -afirmó ella.

-Será lo que sea, y sin duda lo que Dios quiera. No hagamos caso y avancemos con buen ánimo para darles alcance. ¡Arriba, amigos... ya hemos descansado bastante!

A medida que avanzaban, aparecía la nieve cada vez más pisoteada y cubierta de huellas de los cascos de los caballos, y era evidente que se acercaban al campamento de una considerable fuerza de hombres montados.

Al rato divisaban el humo elevándose por entre los árboles, coloreado de rojo en su parte inferior y esparciendo brillantes chispas.

Obedeciendo las órdenes de Dick, comenzaron sus hombres a desplegarse, arrastrándose furtivamente entre la espesura, para rodear por todos lados el campamento enemigo.

Y colocando a Alicia tras el tronco de un corpulento roble, se deslizó él mismo en línea recta hacia donde brillaba el fuego.

Al fin, por entre un claro del bosque, su vista abarcó el escenario del campamento. Habían encendido el fuego sobre un montecillo cubierto de brezos, rodeado de maleza por tres lados, y estaba, en aquel momento,. llameando con fuerza y bufando recio. Alrededor se hallaban sentadas una docena de personas, bien envueltas en abrigos o capotes; pero, por más que en torno se viera la nieve tan apisonada como si por allí hubiera pasado todo un regimiento, en vano buscó Dick con la vista un solo caballo. Le asaltó el terrible presentimiento de que le hubiesen adelantado. Al mismo tiempo reconoció Dick en un hombre alto, con celada de acero, que se calentaba las manos a la lumbre, a su antiguo amigo y actualmente benévolo enemigo Bennet Hatch; y en otras dos personas, sentadas algo más atrás, reconoció también, a pesar de su masculino disfraz, a Joanna Sedley y a la esposa de sir Daniel.

Bien -pensó-, aunque pierda mis caballos, si consigo recobrar a mi Joanna, ¿por qué quejarme?

Desde el más lejano extremo del campamento llegó un débil silbido anunciando que sus hombres se habían reunido y que el cerco era completo.

Bennet, al oírlo, se puso en pie de un salto; pero antes de que tuviera tiempo de echar mano a las armas, le gritó Dick:

-Bennet, amigo Bennet, ríndete. No harás más que comprometer inútilmente vidas humanas si resistes.

-¡Si es master Shelton! ¡Por santa Bárbara! -exclamó Hatch-. ¿Rendirme? ¡Mucho pedís! ¿Con qué fuerzas contáis?

-Te digo, Bennet, que somos muy superiores en número y os tenemos cercados -insistió Dick-. César y Carlomagno, en un caso así, pedirían cuartel. Tengo cuarenta hombres, que, a un silbido mío, con una sola descarga de flechas pueden dar buena cuenta de vosotros.

-Master Dick -dijo Bennet-, lo siento mucho; pero he de cumplir con mi deber. ¡Que los santos os ayuden!

Y llevándose a los labios una trompetilla, dio el toque de alarma.

Sucedió un momento de confusión, pues mientras Dick, temiendo por las damas, vacilaba en dar la orden de disparar, la reducida cuadrilla de Hatch se lanzó sobre sus arcos y formó un cuadro, como preparándose para una feroz resistencia.

En la precipitación del cambio de sitio de todos, Joanna saltó de su asiento y, veloz como una saeta, corrió al lado de su galán.

-¡Aquí, Dick! -gritó, cogiéndole una mano entre las suyas.

Pero Dick continuaba aún indeciso; no estaba todavía avezado a las más crueles necesidades de la guerra, y la idea del peligro que corría la anciana lady Brackley detuvo en sus labios la orden. Sus propios hombres comenzaban a impacientarse.

Algunos le llamaron por su nombre; otros, por propio impulso, comenzaron a disparar, y a la primera descarga mordió el polvo el pobre Bennet. Entonces reaccionó Dick.

-¡Adelante! -gritó-. ¡Disparad, muchachos, y manteneos a cubierto! ¡Inglaterra y York!

En ese instante en el hondo silencio de la noche se elevó de pronto el sordo machacar de los cascos de caballo sobre la nieve, y con increíble rapidez fue acercándose y creciendo más y más. Al mismo tiempo respondían las trompetas, repitiendo una y otra vez, a la llamada de Hatch.

-¡Replegaos, replegaos! -gritó Dick-. ¡Replegaos hacia mí! ¡Replegaos para salvar la vida!

Pero sus hombres, a pie, esparcidos, sorprendidos cuando contaban ya con un fácil triunfo, en vez de replegarse comenzaron a ceder terreno separadamente y permanecían vacilantes o se internaban, dispersos, entre la maleza.

Y cuando llegaron los primeros jinetes, cargando por las abiertas alamedas y metiendo furiosamente sus corceles por la espesura, algunos rezagados fueron abatidos o alanceados; la mayor parte de los que estaban al mando de Dick habían desaparecido al solo rumor de su llegada.

Dick se quedó inmóvil un momento, reconociendo los frutos de su precipitado e imprudente valor. Sir Daniel había visto la hoguera encendida por sus enemigos y se había alejado con la mayor parte de sus fuerzas, para atacar a sus perseguidores o para cogerlos por retaguardia, si se aventuraban a dar el asalto. Se había conducido como sagaz capitán, mientras que la conducta de Dick era la de un chiquillo vehemente e inexperto. Y así se hallaba él ahora, con su amada, es cierto, estrechándole fuertemente la mano, pero por lo demás, solo, dispersos sus hombres y caballos en medio de la noche en la inmensidad del bosque, como puñado de alfileres en un pajar.

-¡Que los santos me iluminen! -pensó-. ¡Suerte que me armaron caballero por lo de esta mañana, porque lo de ahora me honra poco!

Sin soltar a Joanna, echó a correr.

Rompían el silencio de la noche los gritos de los hombres de Tunstall, galopando de un lado a otro, dando caza a los fugitivos. Audazmente Dick se metió por entre la maleza, corriendo en línea recta con la rapidez de un gamo.

LA claridad de plata de la luna sobre la nieve aumentaba por contraste la oscuridad de los matorrales, y la extremada dispersión de los vencidos llevaba a los perseguidores por los más divergentes senderos. De aquí que, al poco rato, pudieran pararse Dick y Joanna en un lugar donde quedaban completamente ocultos, y oyeran los rumores de la persecución extendiéndose en todas direcciones, pero desvaneciéndose a la distancia.

-Si siquiera hubiera tenido la precaución de conservar agrupada alguna fuerza de reserva - exclamó Dick, con amargura-, podría haberles devuelto el golpe. En fin, viviendo se aprende; la próxima vez todo irá mejor, ¡por la cruz!

-No, Dick -dijo Joanna-, ¿qué importa? Ya estamos juntos otra vez.

La miró él, y, en efecto... allí estaba... Joanna Matchann, como antaño, en calzones y jubón. Pero ahora ya la conocía; ahora, aun con tan desgarbada ropa, sonreíale ella, resplandeciente de amor, y sintió el joven que el corazón se le inundaba de alegría.

Amor mío -le dijo-, si tú perdonas los desatinos de este atolondrado, ¿qué puede importarme ya nada? Vayamos directamente a Holywood; allí está tu buen tutor y mi mejor amigo, lord Foxham. Allí nos casaremos, y pobres o ricos, famosos o desconocidos, ¿qué importa? En este día, amor mío, me gané la dignidad de caballero; grandes hombres elogiaron mi valor; me creí el mas bizarro guerrero en toda la vasta extensión del reino de Inglaterra.

Después perdí, primero, mi valimiento con el poderoso, y ahora me han dado una paliza y he perdido a todos mis soldados. ¡Si grande fue mi engreimiento, grande ha sido mi caída! Pero, amor mío, nada me importa...; si tú me quieres todavía y nos casamos, me despojaría de mis honores de caballero sin importarme un ardite.

-¡Dick mío! -exclamó ella-. ¿Te armaron caballero?

-Sí, amor mío: tú eres ahora mi lady -contestó cariñosamente-, o lo serás mañana antes del mediodía. ¿Verdad?

-Lo seré, Dick, y con la mayor alegría -contestó ella.

-¿De veras, caballero? ¡Yo creí que ibais a ser fraile! -sonó una voz en sus oídos.

-¡Alicia! -gritó Joanna.

-La misma -contestó la damisela adelantándose-. Alicia, a quien dejaste por muerta y a quien halló tu cazador de leones, volviéndola de nuevo a la vida; y no sólo esto, sino que haciéndole también el amor, si tanto quieres saber.

-No lo creo -gritó Joanna-. ¡Dick!

-¡Dick! -remedó Alicia-. ¡Dick en persona! ¡Sí, galante caballero, abandonáis a las pobres damiselas en los trances apurados! -prosiguió, volviéndose hacia el joven-. Las dejáis plantadas detrás de los robles. Con razón dicen que murió la época de la hidalguía.

-Señora -repuso Dick desesperado-. ¡Por mi alma os juro que os había olvidado por completo! Señora: haced lo posible por perdonarme. ¡Ved que había vuelto a encontrar a Joanna!

-Nunca supuse que lo hubierais hecho intencionadamente -replicó ella-. Pero voy a vengarme cruelmente. Voy a revelarle un secreto a milady Shelton... A la que ha de serlo - añadió, haciendo una reverencia-. Joanna -continuó-, creo, por mi alma, que tu galán es valiente en la pelea; pero permíteme que te lo diga francamente: es el bobalicón de más blando corazón de toda Inglaterra. ¡Anda... que ya puedes hacer con él cuanto te venga en gana! Y ahora, chiquillos locos, besadme primero a mí para que os traiga buena suerte y para mostraros amables conmigo; después besaos uno a otro, sólo por un minuto y ni un segundo más, y luego, vamonos los tres a Holywood. Vayámonos tan aprisa como podamos, porque me parece que estos bosques están llenos de peligros, y son excesivamente fríos.

-Pero ¿es cierto que mi Dick te hizo el amor? -preguntó Joanna, colgándose del brazo de su amado.

-No, tonta -respondió Alicia-. Fui yo quien se lo hice a él; le propuse que nos casáramos; pero él me contestó que fuera a casarme con uno de mis iguales. Ésas fueron sus palabras. No, ya te digo; es mucho más franco que galante. Pero ahora, chiquillos, tengamos juicio y pongámonos en marcha. ¿Volveremos a pasar por la cañada o marcharemos en línea recta a Holywood?

-Bien quisiera poner mi mano sobre un caballo -dijo Dick-, porque en estos últimos días me han vapuleado tan cruelmente, de un modo u otro, que mi pobre cuerpo es todo él un puro cardenal. Pero ¿qué os parece a vosotras? Si mis hombres hubieran huido, en medio de la alarma de la pelea, habríamos dado un rodeo para nada. De aquí a Holywood, en línea recta, no hay más que unas tres millas; la campana no ha dado las nueve; la nieve está lo bastante dura para andar por ella, y la luna es clara... ¿Qué os parece si marcháramos tal como estamos?

-De acuerdo -exclamó Alicia.

Pero Joanna se limitó a apretar el brazo a Dick.

Atravesaron, pues, los claros y desnudos sotos y descendieron por los caminos cubiertos de nieve, bajo el pálido rostro de la luna de invierno; Dick y Joanna marchaban cogidos de la mano, sumidos en un paraíso de delicias, y su atolondrada compañera, olvidadas ya sus penas, les seguía uno o dos pasos detrás, ora burlándose de su silencio, ora pintándoles los más seductores cuadros de lo felices que vivirían en el futuro.

Todavía se oía en la lejanía del bosque a los jinetes de Tunstall continuando viva e incesantemente su persecución, y, de cuando en cuando, los gritos y el chocar de los aceros anunciaban el encuentro con los enemigos.

Pero en estos tres jóvenes, criados entre los sobresaltos de la guerra y curtidos por los múltiples peligros que habían pasado, no era fácil despertar el miedo ni la piedad. Contentos al observar que los ruidos iban alejándose cada vez más, se entregaron con toda su alma a disfrutar del placer del momento, marchando ya, como dijo Alicia, como cortejo nupcial, y ni la agreste soledad del bosque ni el frío de la noche glacial bastaban para ensombrecer o interrumpir su felicidad.

Desde lo alto de un cerro divisaron al fondo el valle de Holywood. Brillaban las grandes ventanas de la abadía del bosque, iluminadas por antorchas y cirios; se elevaban sus altos pináculos y chapiteles clarísimos y silenciosos, y la cruz de oro que le servía de remate relucía alegremente a la luz de la luna. En torno de la abadía, en los claros de la selva, ardían las hogueras de los campamentos, se apiñaban numerosas chozas, y en el centro de aquel cuadro tendía su curva el helado río.

-¡Por la misa! -exclamó Dick-. Todavía estan acampados los hombres de lord Foxham.

Sin duda que el mensajero se ha extraviado. Tanto mejor. Así tendremos fuerzas a mano para hacer frente a sir Daniel.

Pero si las tropas de lord Foxham seguían aún acampadas en la larga isleta de Holywood, esto era debido a causa muy distinta de la que suponía Dick. En efecto, habían emprendido la marcha hacia Shoreby; pero, antes de que llegaran a la mitad del camino, un segundo mensajero les salió al encuentro, transmitiéndoles la orden de que regresaran a su campamento de la mañana, para cerrarles el paso a los fugitivos de Lancaster y estar mucho más cerca del principal ejército de York.

Porque Richard de Gloucester, terminada la batalla y quebrantados sus enemigos en aquella comarca, hallábase ya en marcha para reunirse con su hermano; y poco después del regreso de los soldados de lord Foxham, el propio Crookback echaba pie a tierra frente a la puerta de la abadía. En honor, pues, de este augusto visitante, brillaban iluminadas las ventanas, y al llegar Dick con su amada y la amiga, todo el séquito del duque era obsequiado en el refectorio con el esplendor que era propio de aquel poderosísimo y suntuoso monasterio.

Frente a ellos fue conducido Dick, por cierto que no con mucho gusto por su parte. Medio enfermo de fatiga, estaba sentado Gloucester, apoyando en una mano el pálido y terrible semblante, teniendo a su izquierda, en honorífico lugar, a lord Foxham, convaleciente y casi curado de su herida.

-¿Cómo, señor? -preguntó Gloucester-. ¿Me traéis la cabeza de sir Daniel?

-Milord duque -respondió Dick resueltamente, pero sintiendo oprimírsele el corazón-, ni siquiera he tenido la suerte de regresar con los hombres de mi mando. He sido derrotado, y apelo a vuestra indulgencia. Miróle Gloucester, fruncido el formidable entrecejo.

-Cincuenta lanzas os di, caballero -dijo.

-Milord duque -replicó el joven-, tan sólo llevé cincuenta hombres de armas.

-¿Cómo fue eso? -dijo Gloucester-. Él me pidió cincuenta lanzas.

-Perdonad, excelencia -contestó Catesby con gran suavidad-. Como se trataba de una persecución, no le dimos más que los jinetes.

-Está bien -dijo Gloucester, y luego añadió-: Shelton, podéis marcharos.

-Deteneos -dijo lord Foxham-. Este joven llevaba también un encargo mío. Acaso en su realización haya tenido mejor suerte. Decid, master Shelton, ¿encontrasteis a la doncella?

-Con la ayuda de los santos, aquí está, en esta casa.

-¿De veras? Pues bien, milord duque -resumió lord Foxham-, con vuestra venia, mañana, antes de ponerse en marcha el ejército, propongo una boda. Este joven hidalgo...

-Joven caballero... -interrumpió Catesby.

-¿Caballero decís, sir William? -exclamó lord Foxham.

-Yo mismo, por sus buenos servicios, le armé caballero -explicó Gloucester-. Dos veces me ha servido como un valiente. No es valor lo que le falta, ni buen brazo, sino el férreo espíritu que necesitan los hombres. No se elevará, lord Foxham. Mozo es para pelear muy bravamente en una refriega; pero tiene el corazón de capón. ¡De todos modos, si ha de casarse, casadlo, en el nombre de María Santísima, y terminad de una vez!

-No, es un bravo muchacho..., lo sé -dijo lord Foxham-. Alegraos, pues, sir Richard. He arreglado este asunto con master Hamley, y mañana os casaréis.

Después de lo cual Dick juzgó prudente retirarse; pero aún no había salido del refectorio cuando un hombre, que acababa de apearse a la puerta, subió las escaleras de cuatro en cuatro, y abriéndose paso por entre los servidores de la abadía, se arrojó, hincando una rodilla en tierra, a los pies del duque.

-¡Victoria, milord! -exclamó.

Y antes de que Dick hubiese llegado al aposento que, como huésped de lord Foxham, le tenían destinado, se oían ya las aclamaciones de las tropas reunidas en torno a las hogueras, pues aquel mismo día, a menos de veinte millas, había sido asestado un segundo golpe demoledor al poderío de Lancaster.


La venganza de Dick[editar]

A la mañana siguiente, Dick se hallaba en pie antes de que saliera el sol, y elegantemente ataviado, gracias a la ayuda del ropero de lord Foxham, y después de haber obtenido buenas noticias de Joanna, salió a dar un largo paseo para calmar su impaciencia.

Al principio se limitó a dar vueltas por entre los soldados que, a la pálida luz del alba de aquel día de invierno, estaban armándose al rojo resplandor de las antorchas; pero gradualmente fue alejándose hacia el campo y, al fin, pasó por completo al otro lado de las avanzadas, marchando solo por el bosque helado, esperando la salida del sol.

Plácidos y dichosos eran sus pensamientos. Su breve valimiento con el duque no lo consideraba digno de entristecerle el corazón; teniendo a Joanna por esposa y a lord Foxham por protector, contemplaba venturosamente su porvenir y nada encontraba en su pasado que le apesadumbrase.

Mientras así caminaba y meditaba, fue haciéndose más clara la luz solemne de la mañana; coloreaba ya el sol el lado de oriente, y un vientecillo cortante soplaba sobre la helada nieve.

Volvíase hacia la casa; pero al volverse, se fijó su mirada en una figura que se ocultaba tras un árbol.

-¡Alto! -gritó-. ¿Quién va?

Avanzó la figura y agitó su mano sin contestar. Vestía de peregrino, baja la capucha, cubriéndole el rostro.

Pero al instante Dick reconoció a sir Daniel.

Adelantó a grandes pasos hacia él desenvainando su espada y sir Daniel, llevándose la mano al pecho, como para empuñar un arma oculta, esperó con firmeza que llegase.

-Bien, Dick -dijo-. ¿Qué te propones? ¿Haces la guerra al caído?

-No hice yo la guerra contra vuestra vida -replicó el muchacho-. Era yo vuestro amigo leal hasta que quisisteis quitarme la mía; pero la habéis codiciado harto ansiosamente.

-No... obraba en defensa propia -repuso el caballero-. Y ahora, muchacho, las noticias de la batalla y la presencia de vuestro diablo jorobado en mis propios bosques me han perdido sin remedio. Voy a Holywood para acogerme a sagrado; luego, me iré al otro lado del mar, con lo que pueda llevarme encima, para comenzar de nuevo la vida en Borgoña o en Francia.

-Es posible que no vayáis a Holywood -respondió Dick.

-¿Cómo? ¿Qué es posible?

-Mirad, sir Daniel; esta mañana es la del día de mi boda -repuso Dick-, y ese sol que comienza a levantarse alumbrará el día más feliz de mi vida. La vuestra es doblemente merecedora de castigo: por la muerte de mi padre y por vuestros manejos contra mí. Pero yo también he cometido faltas, he ocasionado la muerte de no pocos hombres, y en este día feliz no quiero ser juez ni verdugo. Aunque fueseis el mismo diablo, no había de poneros la mano encima, y si lo fuerais, por mí, podríais marchar adonde quisierais. Buscad el perdón de Dios; el mío lo tenéis ya. Pero eso de que vayáis a Holywood es ya cosa muy diferente. Pertenezco al ejército de York, y no he de permitir que haya un espía entre sus filas. Tenedlo, pues, por cierto: si dais un paso más, levanto la voz y llamo a la avanzada más próxima para que os hagan prisionero.

-Te estás burlando de mí -dijo sir Daniel-. No hay para mí salvación fuera de Holywood.

-No me importa ya eso -replicó Dick-. Os permito ir hacia el este, hacia el oeste o hacia el sur: hacia el norte no os lo permitiré. Holywood está cerrado para vos. Marchaos y no intentéis volver. Porque en cuanto os hayáis alejado, avisaré a todos los puestos de avanzada del ejército, y tal vigilancia habrá contra todos los peregrinos, que de nuevo os digo, aunque fuerais el mismo diablo, veríais el desastroso resultado de vuestro intento.

-Me sentencias a muerte -dijo con aire sombrío sir Daniel.

-No os sentencio a muerte -repuso Dick-. Si es que se os antoja medir vuestro valor con el mío, venid, pues; y aunque temo que esto es ser desleal a mi partido, aceptaré el reto francamente y sin reservas; me batiré contra vos fiando en mis solas fuerzas, y a nadie llamaré para que me ayude. Así vengaré la muerte de mi padre, con la conciencia tranquila.

-Sí -dijo sir Daniel-, tú tienes una larga espada contra mi daga.

-Sólo en el cielo confío -contestó Dick, arrojando la espada sobre la nieve-. Ahora, si a ello os obliga vuestro hado adverso, venid, y con la ayuda del Todopoderoso, he de hacer que de vuestros huesos hagan festín las zorras.

-No lo dije más que para probarte, Dick -replicó el caballero con inquieta sonrisa-. No quisiera derramar tu sangre.

-Pues, entonces, marchaos antes de que sea demasiado tarde -advirtió Shelton-. Dentro de cinco minutos llamaré al puesto de avanzada. Empiezo a darme cuenta de que tengo demasiada paciencia. Si estuvieran cambiados los papeles, ya hace rato que yo estaría atado de pies y manos.

-Bien, Dick, me marcharé -respondió sir Daniel-. La próxima vez que nos encontremos, te arrepentirás de haberte mostrado tan duro conmigo.

Y sir Daniel dio media vuelta y comenzó a alejarse por entre los árboles.

Dick se quedó observándole, presa de los más extraños y opuestos sentimientos, mientras sir Daniel marchaba, rápida y cautelosamente, volviéndose de cuando en cuando para lanzar una perversa mirada de reojo a aquel muchacho que le había perdonado la vida y de quien no se fiaba aún del todo.

Había, a un lado del camino por donde marchaba, un espeso matorral alfombrado de verde hiedra, aun en mitad del invierno impenetrable a la mirada.

Allí, de pronto, vibró un arco como una nota musical. Voló una flecha, y con horrible, ronco grito de agonía y de ira, el caballero de Tunstall alzó sus manos y cayó de bruces sobre la nieve.

Corrió a su lado Dick y lo levantó. Su cara se contraía con desesperación, y todo su cuerpo se agitaba en violentas convulsiones.

-¿Es negra la flecha? -preguntó, casi sin aliento.

-Negra es -contestó Dick, gravemente.

Antes de que pudiera pronunciar ni una palabra más, una horrible contracción de dolor sacudió al herido de pies a cabeza, hasta casi saltar de los brazos de Dick, que lo sostenía, y con la extremada violencia de aquella angustia, voló su alma en silencio.

El joven le tendió suavemente de espaldas sobre la nieve y rezó por aquella alma pecadora, tan poco preparada para la hora de la muerte, y, mientras sus preces se elevaban, salió de pronto el sol y comenzaron sus trinos los petirrojos entre la hidra.

Al ponerse nuevamente en pie el joven, se halló con otro hombre, arrodillado a pocos pasos detrás de él, y aun con la cabeza descubierta, esperó Dick a que también el recién venido terminase su plegaria. Largo tiempo duró ésta. Baja la frente, cubierto el rostro con las manos, rezaba el hombre presa de gran agitación. Por el arco que yacía a su lado sobre la nieve, juzgó Dick que no era otro que el arquero que acababa de matar a sir Daniel.

Al fin, se levantó también y mostró el semblante de Ellis Duckworth.

-Richard -dijo gravemente-, os he oído. Vos tomasteis el mejor camino, el del perdón; yo he tomado el peor, y ahí yace el cuerpo de mi enemigo. Rezad por mí.

Y le estrechó fuertemente la mano.

-Caballero -contestó Richard-, por vos rezaré, aunque no sé si mis rezos serán atendidos. Pero si tan largo tiempo habéis buscado venganza y tan amargo halláis su sabor, ahora que la habéis logrado, reflexionad: ¿no sería mejor perdonar a los demás? Hatch... murió, ¡el pobre infeliz! ¡Cualquier cosa hubiera dado yo por salvarle la vida! Por lo que toca a sir Daniel, ahí yace su cadáver. En cuanto al clérigo, si mi opinión en algo pudiera influir en vos, desearía que le dejarais marchar en paz.

Una llamarada pasó por los ojos de Ellis Duckworth.

-No -dijo-, el diablo está todavía aferrado dentro de mí. Pero estad tranquilo: no volará ya más la Flecha Negra... Ha quedado disuelta la hermandad. Los que aún viven llegarán a plena y tranquila madurez, hasta que el cielo quiera que caigan en mis manos; en cuanto a vos, acudid adonde os llame vuestra mejor fortuna y no os acordéis más de Ellis.


Conclusión[editar]

A eso de las nueve de la mañana, conducía lord Foxham a su pupila, vestida esta vez más como correspondía a su sexo y seguida de Alicia Risingham, a la iglesia de Holywood, cuando Richard Crookback, fruncido ya el entrecejo por las inquietudes, se cruzó en su camino y se detuvo.

-¿Es ésta la doncella? -preguntó. Y cuando lord Foxham hubo contestado afirmativamente, añadió-: Hermosa, levantad el rostro un momento para que pueda yo contemplar vuestra belleza.

La miró un momento con agria expresión.

-Sois hermosa -dijo al cabo-, y, según me dicen, con buena dote. ¿Qué os parecería si os ofreciera yo un magnífico casamiento como corresponde a vuestro bello rostro y a vuestra alcurnia?

-Milord duque -replicó Joanna-, si no ha de ser desagradable a vuestra excelencia, preferiría casarme con sir Richard.

-¿Cómo es eso? -preguntó él con aspereza-. Casaos con el hombre que yo os diga, y antes de esta noche él será milord y vos milady. Porque, permitidme que os lo diga francamente, sir Richard morirá sin haber sido nunca más que sir Richard.

-Nada más le pido al cielo, milord, que morir siendo la esposa de sir Richard -replicó Joanna.

-Ved lo que hacéis, milord -dijo entonces Gloucester volviéndose a lord Foxham-. Buena pareja tenéis. El muchacho, cuando por sus buenos servicios le ofrecí mi favor, prefirió el perdón de un viejo marinero borracho. Bien se lo advertí; pero él siguió terco en su estupidez.

«Aquí murió vuestro favor», le dije, y él, milord, con el mayor aplomo y aire impertinente: «Yo soy quien lo pierdo», me respondió. ¡Así será, por la cruz!

-¿Eso dijo? -exclamó Alicia-. ¡Pues muy bien dicho, cazador de leones!

-¿Quién es ésta? -preguntó el duque.

-Una prisionera de sir Richard -respondió lord Foxham-; la señora Alicia Risingham.

-Cuidad de que se case con un hombre de quien podamos estar seguros -dijo el duque.

-Había yo pensado en mi pariente Hamley, si es del agrado de vuestra excelencia -repuso lord Foxham-. Ha prestado buenos servicios a nuestra causa.

-Me parece bien -dijo Gloucester-. Casadlos rápidamente. Decid, hermosa doncella: ¿queréis casaros? -Milord duque -contestó Alicia-, si el hombre es recto y bien hecho...

Y al llegar aquí, presa de gran consternación, se le ahogó la voz en la garganta.

-Recto y bien hecho es, señora mía -replicó Gloucester, con toda calma-. Yo soy el único jorobado de mi partido; todos los demás están singularmente bien formados. Señoras y vos, milord -añadió con súbito cambio, adoptando cierto aire de grave cortesía-, no me juzguéis muy descortés si os dejo. En tiempo de guerra, un capitán no puede disponer a su gusto de sus horas.

Y con un gentil saludo, desapareció seguido de sus oficiales.

-¡Ay de mí! -exclamó Alicia-. ¡Estoy perdida!

-No lo conocéis -repuso lord Foxham-. Eso es para él una niñería. Ya ni se acuerda siquiera de vuestras palabras.

-Pues entonces es la misma flor de la caballería -observó Alicia.

-No, sino que tiene otras cosas en qué pensar -replicó lord Foxham-. No nos entretengamos más.

En el presbiterio hallaron a Dick esperando, acompañado de unos cuantos jóvenes, y allí quedaron unidos él y Joanna. Cuando salieron de la iglesia, felices, pero con serio continente, para volver al aire helado y a la luz del sol, las largas filas de soldados ascendían ya por la carretera; ya ondeaba, desplegada al viento, la bandera del duque de Gloucester, y comenzaba a pasar frente a la abadía entre un grupo de lanzas; detrás de ella, rodeada de caballeros cubiertos de acero, el audaz, malvado y ambiciosísimo jorobado marchaba hacia su breve reinado y el eterno recuerdo de su infame reputación.

Pero el cortejo nupcial tomó hacia el lado opuesto de la dirección que seguía el ejército, y se sentaba al rato a desayunar alegre y sobriamente. Les sirvió el hermano cillerero, que también ocupó su puesto en la mesa. Hamley, olvidados sus celos, comenzó a cortejar a la nada refractaria Alicia. Y entre el sonar de las trompetas y el chocar de las armaduras de los soldados y de los caballos, que pasaban continuamente, Dick y Joanna, sentados uno junto al otro, se cogían las manos tiernamente y se miraban a los ojos con siempre creciente amor.

Desde aquel momento, el polvo y la sangre de aquella época turbulenta huyeron de su lado. Vivieron, alejados de sobresaltos, en la verde floresta donde empezó su amor.

Entretanto, dos ancianos gozaban de sendas pensiones en plena paz y prosperidad, y quizá hasta con demasiada abundancia de vino y de cerveza, en la aldea de Tunstall. Uno había sido marino toda su vida y continuó llorando hasta el fin a su criado Tom. El otro, que fue siempre hombre de muchos oficios, se inclinó al fin, hacia la práctica de la piedad, y murió muy religiosamente, bajo el nombre de hermano Honestus, en la cercana abadía. Así pudo Lawless salirse con la suya y morir siendo fraile.


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