La flor de los recuerdos (Cuba): 28

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La flor de los recuerdos (Cuba) de José Zorrilla
Tres Ave Marías: Capítulo cuarto. II.


II.[editar]

Habló Maese con razón. Don Félix
Al cabo de unas horas de aquel sueño,
Que él produjo tal vez de su mirada
Con el poder diabólico o magnético,
Se despertó tranquilo. La sonrisa
Apareció en su labio, el aposento
Al recorrer con apacibles ojos
Y a Adán y Aurora al ver junto a su lecho.
No halló ya al despertar en su memoria
Rastro de aquellos lúgubres recuerdos,
Ni halló en su corazón aquellas dudas
De su memoria y corazón tormentos.
Cuatro días después era el mismo hombre
Que fue antes de su mal. Volvió a su cuerpo
La robustez con la salud, y a su alma
El amor que fue siempre su alimento.
Quedóle, empero, en ella, como sombra
Casi invisible en el azul sereno
Del cielo de su calma, una tristeza
Vaga, un punto vacío, en cuyo hueco
Siente que se guarece incomprensible
El germen de un incógnito recelo,
Un átomo de mal o desventura
Que sofocar no puede, y que su bello
Porvenir amenaza: una fantástica
Aprensión, un temor sin fundamento
Tal vez, que ni atormenta sus vigilias
Tenaz, ni turba con afán sus sueños;
Pero que alguna vez allá en el fondo
Del corazón, como un presentimiento
Escondido, revela su presencia
Por un instante y se le tiene inquieto.
Mas tal vez de la bilis de su fiebre.
Es consiguiente y natural efecto,
Que se disipará cuando del todo
Le restablezca en su quietud el tiempo.

Este rápidamente va pasando
Para el feliz galán, que sus deseos
Con el amor de Aurora ve cumplidos,
Y en el cual para él el universo
Y el porvenir se encierra. Aurora le ama,
Su amor sin cotos autoriza el viejo
Adán, y toda la gitana tribu
Su antojo acata con servil respeto.
Don Félix vive entre la grey egipcia
Como huésped ilustre de su pueblo,
Como un hijo adoptivo de su raza,
Como un príncipe, en fin, vive en su reino.
Libre, sin ley ni obligación alguna,
Solo de amor y deferencia objeto,
Como si a tal amor y deferencia
Reconociendo todos su derecho,
Con honda convicción le sancionara
Tácito universal asentimiento,
Don Félix ha venido a ser gitano
Sin dejar de ser noble y caballero.
El traje viste de la tribu, tiene
Su parte en el común repartimiento
De bienes, de sus amplios beneficios
Goza: mas personales privilegios
(que nunca ha alegado él, pero que todos
Unánimes le acuerdan,) de groseros
Trabajos y de oficios de villanos,
Por voluntad común le hacen exento.
Reconocida Aurora y acatada
Por superior al vulgo gitanesco,
Reconocido Adán como absoluto
Rey, de su haber y voluntades dueño,
Don Félix a su vez tomado ha sido
Como tomarle Adán les ha propuesto,
Como esposo de Aurora que requiere
Hombre distinto y superior a ellos.
Así que destinados uno de otro
Para ser, uno y otro al mundo entero,
Extraños, viven ya para sí solos
A sus caprichos nada más sujetos,
Aurora ya no sale por Sevilla
Espectáculo a dar al vulgo necio
Con sus bailes y cánticos: Triana
Goza ya nada más tal embeleso.
El poder absoluto de Maese
Como tirano, o su prestigio inmenso
Como sabio ¿o quien sabe si su oculto
Diabólico poder es quien lo ha hecho?
Ha colocado a Aurora y a Don Félix
Entre su tribu en tan alzado puesto,
Que consideran a ambos los gitanos
Como a seres acaso más perfectos
Que los seres humanos que la tierra
Pueblan: tal vez les ven como a dos genios
Benignos de su raza protectores
Que con ella a vivir ha echado el cielo;
Y en la superstición grosera, idólatra
Casi, de su creencia hecha de cuentos
Absurdos, de profanas impiedades,
De conjuros, ensalmos, sortilegios
Y diabólicos ritos, creen acaso
Que poseen dos ocultos amuletos
Félix y Aurora, con los cuales gozan
El poder de encantar al universo,
Llevándose tras sí los corazones,
En su favor tornando los afectos,
Y haciendo sus esclavas a las almas
Que su afecto les dan sin poder menos.
¿Y quien sabe si aciertan? De Maese
Son entrambos los hijos predilectos;
Y cuanto al viejo misterioso atañe
Del poder participa y del misterio
Que se revela en su persona extraña;
Cual de la luz en torno su reflejo
Se derrama y en rayos impalpables
Su color comunica a los objetos.

Bajo de esta diabólica influencia
O a la influencia de sus gracias, fueron
Don Félix y la hermosa gitanilla
Del pueblo en el favor ganando trecho:
Hasta que al fin idolatrados ambos
De las gitanas tribus, y cediendo
Al ruego popular y al amor hondo
Que ata sus corazones, resolvieron
Casarse; y un buen día ardió Triana
De día en fiestas y de noche en fuegos,
Y con placer de todos en la plaza
Sobre un tablado el cántaro rompieron,
Cuyos pedazos marcan cuantos años
Ha de durar su unión. Rompió en tremendos
Aullidos de entusiasmo el pueblo todo
Contando veinte los pedazos hechos,
Y al son de aquellos gritos que estridentes
La atmósfera vacía estremecieron,
De la boda acabó la ceremonia,
Se apagaron los voces y los fuegos,
Los gitanos entraron en sus casas,
Los novios con su padre en su aposento,
Y el barrio de Triana, de la noche
Se sumió en las tinieblas y el silencio.