La flor de los recuerdos (México): 29

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La flor de los recuerdos (México) de José Zorrilla
México y los mexicanos

II. LITERATURA Y ARTES[editar]

L

E enviaría á V. un libro en lugar de una carta, mi querido Ángel, si fuera mi intento que este número de la mía llenara en conciencia las condiciones del título que le encabeza, ó si me propusiera hacer en él una historia completa de la literatura y de los literatos de México. Es verdad que en otro tiempo abrigué la idea de reunir y publicar una colección de poesías, un catálogo de las obras y una noticia biográfica de los poetas de las Américas Españolas; creyendo hacer una buena obra dando á conocer en la tierra de Lope y de Alarcon, nuestra madre común, los brillantes destellos del claro ingenio de nuestros hermanos de aquende el mar, hoy emancipados ya de su patria potestad; pero he desistido de llevar á cabo semejante idea, porque tiene visos de una especulación hecha á costa del ingenio ajeno, bajo la apariencia de un servicio prestado á las letras.

Así es que me limitaré, por ahora, á remitir á V. una sucinta reseña del estado actual de la literatura mexicana, especialmente del de la poesía que es la parte de ella que me ocupa casi esclusivamente por el momento: dejando como obra postuma la colección mas arriba citada, pues entonces será servicio á las letras españolas y no especulación mía con los ingenios americanos. Yo no renunciaré fácilmente á nuestra fraternidad con ellos, mientras hablando nuestra misma lengua conserven los mismos apellidos de nuestras familias; y por lo mismo que les miro con esta innata y fraternal simpatía, quiero evitarles todo motivo de duda acerca de mi desinterés y buena fé para con ellos: porque en estos mezquinos tiempos que atravesamos, el Demonio de la política está tan apoderado de los corazones y tiene tan exaltadas y nerviosas las susceptibilidades nacionales, que hay muchas gentes incapaces ya de concebir que pueda haber buena fé, y desinterés entre ciertos países y ciertas razas: como si Cristo no hubiera predicado para todos la caridad y fraternidad universales en el Evangelio, mucho mejor y mucho antes que Fourrier y Prudhon en sus socialistas elucubraciones: como si todas las naciones de la tierra no estuviesen formadas por la misma raza de Ádan: como si fuera posible atajar los adelantos del tiempo, y como si la civilización no hiciera evidentes progresos en nuestro siglo XIX, á pesar de las revoluciones entre cuyo torbellino avanza arrebatada, y á pesar de los diques que oponen en vano á su irresistible curso las serviles preocupaciones del XVIII. Así que yo, que soy acérrimo partidario de la fraternidad, universal predicada por Jesucristo en el Evangelio, pese á todas las susceptibilidades nacionales y á todas las teorías políticas del mundo, empiezo probando la mía hacia los pueblos Hispanos-Americanos con esta carta, introducción acaso de un libro que acerca de México y sus cosas escribiré algún dia, si el tiempo lo permite, como dicen ahí nuestros carteles de toros; y como espero que en aquel mi presunto libro se vea patente mi imparcialidad como en esta mi presente carta, no les quedará á los incrédulos faltos de fé y atrasados en civilización, ni á los preocupados por el orgullo y susceptibilidad nacionales, otro género de duda que la que puedan fundar en mis intenciones, y de estas juzga solo Dios: pues en cuanto á los hombres, ahí está bien claro el refrán castellano: “Obras son amores:” y todavía lo dice mejor el probervio árabe, con aquella sencillez y belleza de los probervios, fábulas y alegorías orientales:

Que es ya mi enemigo
Me dicen de Alí;
Pero yo me digo:
“Si obra bien conmigo
“Y habla bien de mí,
“Sea ó no mi amigo
“Yo lo soy de Alí.”

Trás de cuya digresión voy adelante con mi carta; y la emprendo con la literatura: y repito que, por ahora, al decir literatura hablo especialmente de la poesía.

La Mexicana fué solo un reflejo de la Española mientras México fué español: por cuya razón solo trataré de los poetas que ha producido su independencia bajo un carácter esclusivamente mexicano, y no de los anteriores á su emancipación política; necesito sin embargo remontarme unos cuantos años á la época de aquel acontecimiento, para hablar á V. de dos que merecen la pena de ser conocidos, y de quienes tenemos por ahí muy escasas noticias; que son el P. Fr. Manuel Navarrete, y Don Francisco Manuel Sánchez de Tagle.

El P. Navarrete pertenece á la escuela clásica, tal como se comprendía á fines del siglo XVIII: á aquella escuela de imitación de la imitación francesa que Corneille, Moliere y Racine hicieron de los modelos griegos, dando á sus obras las severas y correctas formas áticas de aquellos, pero enmascarando á los personages de las suyas con los retruécanos, las galanterías, los encages, los lazos y las pelucas, de su lenguage, sus costumbres y sus atavíos á la Luis XIV. España, al aceptar á los borbones en Felipe V, se sometió á todas las influencias de Francia, entre las cuales la fué también impuesta la de la poesía; así que en vez de imitar á Homero, á Píndaro, á Sófocles y á los demás escelentes maestros de la Grecia, imitaron á Racine y á Corneille, que habían imitado á los latinos, quienes á su vez copiaron á los griegos. Resultó, pues, que la literatura española de aquel tiempo, como imitación de la imitación francesa, carecía de la pureza y perfección áticas de la griega, de la riqueza, magestad y filosofía de la latina, y de la elegancia cortesana característica de la francesa. A esta escuela pertenecía Fr. Manuel Navarrete; pero como todos los géneros de literatura de todos los tiempos y de todas las naciones, tienen sus bellezas positivas envueltas en los defectos de su época, influencia de la cual se emancipan solo los genios destinados por Dios para regenerar sus siglos, Navarrete participó de los del suyo. Hay sin embargo que tener en cuenta al juzgarle, que los defectos de sus obras son los de su tiempo, y sus bellezas y escelencias le son propias y personales.

Navarrete creía con Boileau que Dios, la Virgen, los santos, y los ángeles del cielo cristiano no podian jamás ser tan poéticos como Júpiter, Venus, y las demás creaciones del mitos pagano: y en un soneto á la Concepción dice: “que el alto Jove preparaba en su divina mente, la mas pura beldad:” y en una paráfrasis de las palabras de Job “vocabis me et ego respondebo tibi” hace al paciente barón de la escritura compararse con Prometeo amarrado; incurriendo en otras mil aberraciones casi heréticas á este tenor, que hoy nos parecen ridículas porque las hemos visto á la luz de la razón y de la lógica, pero que el gusto de la época de Navarrete autorizaba y embellecía, y sobre cuyas aberraciones pasaban los teólogos, porque los de entonces en general ni entendían ni se curaban de poesía ni de bellas artes. Pero Navarrete era poeta y en sus poemas “el alma privada de la gloria” y la Providencia y en sus ratos tristes, dejó composiciones dignas de ser leídas y estimadas, por su profundidad filosófica, por la perfección de su forma, por la verdad de su espresion y por la riqueza y número de su versificación. La brevedad de estos apuntes y los estrechos límites en los cuales me he propuesto encerrarme, no me permiten citar á V. mas que los dos trozos siguientes que, perteneciendo á dos géneros distintos, demostrarán á V. el talento flexible de Navarrete.

¡Oh tiempo, y lo que vencen tus rigores!
Llega del año la estación mas cruda,
Y mostrando el invierno sus enojos,
Todo el campo desnuda
A vista de mis ojos,
Que ya lloran ausentes
Los pájaros, las flores y las fuentes.
En los que miro ¡ay triste! retratados
Los gustos de mi vida,
Por la mano del tiempo arrebatados,
Cuando helada quedó mi edad florida.
¡Dulces momentos, aunque ya pasados,
A mi vida volved, como á esta selva
Han de volver las cantadoras aves,
Las vivas fuentes y las flores suaves,
Cuando el verano delicioso vuelva!
¡Mas ay! votos perdidos,
Que el corazón arroja
Al impulso mortal de mi congoja!
Huyéronse los años mas floridos,
Y la edad que no pára,
Allá se lleva mis mejores dias…
Adiós, pasadas, breves alegrías:
Qué ¿no volvéis siquier la dulce cara?



(A la inmortalidad.)






Desde que este cuidado me rodea,
Melancólico vago por el mundo,
Como hurtando el semblante á la alegría;
Conformes solo con mi triste idea
Son tus lúgubres sombras, tu profundo
Silencio, noche oscura. El claro dia
En vano para mí su luz enciende:

La ciudad, su rumor, todo me ofende.
El espanto se sigue á la tristeza,
Y el mas leve ruido
Me parece el horrísimo estallido
De un rayo que me hiende la cabeza.
La imágen de la muerte á cada instante
Se me pone á los ojos;
Pero aun mas me horroriza tu semblante,
¡Eterno Dios! de donde se desprende
Contra mi alma el raudal de tus enojos
Que en tu furor la enciende.
¿Fallezco? En el instante me parece
Que el hermoso espectáculo del mundo
Con sempiterna noche se oscurece.
Sale del hondo pecho, el mas profundo,
El último suspiro, en que lanzada
Va mi alma á tu presencia,
De crímenes horrendos acusada:
Y herida de tu voz, como de un trueno,
De tu justicia escucha la sentencia
De tu eterno castigo irrevocable:
Atérranla tus ojos, y el sereno
Resplandor de tu rostro le parece
Nube que anuncia rayo formidable
Cuando truena el olimpo y se enardece.


(El alma privada de la gloria.)

El P. Navarrete nació en 1768, y murió en 1809 siendo guardián de los franciscanos de Tlalpujahua. Sus poesías se imprimieron en México en 1823 y en París en 1835. Se ensayó en todos los géneros; pero en el único en que fué feliz es en el filosófico.

Tagle pertenece casi á la misma época, pues nació en 1782; pero su genio mas inspirado, su gusto mas esquisito y su instrucción mucho mas vasta que los de Navarrete, le colocan á mayor altura que este, y en primera línea entre los poetas mexicanos. Navarrete en la soledad del claustro, falto de sociedad y de conocimiento del mundo, era poeta cuando se dejaba guiar por su buen instinto é inspirar solo por su corazón; pero no podia romper las trabas del mal gusto de su tiempo, ni deshacerse de la pesadez de su ciencia escolástica y conventual. Navarrete fué lo que pudo ser; Tagle por el contrario, como poeta, fué lo que quiso; y no fue mas porque no aspiró á mas. Creíase universalmente entonces que la poesía no podia ser mas que un arte de mero adorno, y que los que á ella se dedicaban, era preciso que tuvieran otra profesión mas digna que abonara ante los juicios de la sociedad la locura de hacer versos; aquel que cometía la torpeza de declararse poeta y solo se dedicaba al cultivo de este arte, era colocado en la opinión del vulgo poco mas ó menos en la misma categoría que los equilibristas y bailarines de cuerda y los cómicos ambulantes; y la idea de la miseria y de la bajeza personal, iban unidas con la improductiva poesía: á lo cual contribuyeron no poco los mismos poetas, aceptando ignominiosamente tan degradante calificación y haciendo gala de la abyección y de la pobreza en que les colocaba la opinion vulgar, aunque estuviesen muy lejos de ella por su posición social: como sucedia con Moratin quien, teniendo rentas y capellanías y protección debidas á su talento que le procuraban independiente subsistencia, para dar los dias á un grande de España empezaba un romance diciendo:

Musa, mañana sin falta
Has de llevar un recado:

y para llevar este recado, mandaba á su vergonzante musa que se pusiera

La basquiña de pedir
Y el gesto de no hay un cuarto.

¿Qué decoro habia de dar el pueblo, ni cómo habia de juzgar á unos poetas, que de motu propio se declaraban inspirados y asistidos por una musa con basquiña de pedir? Así es que los poetas de buena educación, de buena raza d posición social, se veian en la precisión de advertir al público en el prólogo de sus poesías, cuando las imprimían, que eran abogados, médicos, presbíteros ó militares, para dar valor á sus versos y sincerarse de la fea culpa de hacerlos; de modo que Tagle, no pudiendo por sí solo forzar las opiniones de su tiempo con respecto á los poetas, dedicó á la poesía sus ratos de ocio, y se negó siempre á imprimir sus versos mientras vivió. ¿Quién sabe si temió que su publicación, al declararle poeta á la faz de su patria, rebajase en algo su carácter ó su dignidad ante ella que le estimaba como hombre sabio, íntegro y buen patriota?

Como quiera que sea, conociendo á fondo los autores griegos y latinos, versado en historia, inteligente en artes, instruido en matemáticas, física, y astronomía, familiarizado con las obras de Newton, Leiniz y Cartesio, poseyendo, las lenguas inglesa, francesa é italiana, y uno de los hombres mas adelantados de su sociedad y de su tiempo, Tagle bebió su saber en ricos y vírgenes manantiales, depurando su gusto con la lectura de Milton y de Pope, del Tasso y del Petrarca, de Metastasio y Alfieri. Tagle, hombre de fé religiosa, de sana moral, de esmerada educación y de leales instintos, buen padre, buen amigo y patriota desinteresado, derramó en sus versos la esencia de su saber y la ternura de su corazón amante: haciéndoles brotar de él como la tierra sus flores, impregnados con el aroma de sus virtudes domésticas y civiles. Los mexicanos hicieron justicia á sus talentos y probidad confiándole cargos importantes, y conservan hoy su memoria incólume de toda mancha. Tagle nació en 1782 y murió en 1847. Conténtese V. con estas pocas palabras acerca del hombre social y político, porque á mí no me toca juzgarle mas que como poeta.

Clásico puro, por el tiempo en el cual se educó y por los estudios que hizo, Tagle es elevado en sus ideas, poético en su lenguaje, grandemente atinado en la elección de sus palabras, las cuales redondean á veces su pensamiento de una manera que le es particular; tierno y amoroso en sus composiciones amatorias, jamás permite á su pluma salir del mas estricto decoro; y la pasión que se las inspira tiene un no se qué de castidad cristiana, que recuerda los esposos de los primitivos tiempos de la iglesia. En el giro de sus frases y en la estructura de sus versos se vé el estudio que hizo de Rioja y de Fr. Luis de León: y en la flexible cadencia de sus endecasílabos, se revela lo acostumbrado que estaba su oido á la armonía de los italianos.

He aquí varias muestras de las bellezas que encierran sus poesías, cuya edición no hay mas que abrir al azar para encontrarlas abundantemente por todas sus páginas.

En la oda “al Ser Supremo” en el día de sus bodas dice:

. . . . . . . .
Yo te miro gran Dios ¡te miro y vivo!
Tus arcanos revela
Mi humilde fé, tu inmensidad percibo.

En un trono de luz tu gloria asientas,
Allí te acata el querubín ardiente;
Y tu poder ostentas,
Y emana el Ser en vena indeficente.

Bajo tus piés, el tiempo en raudo vuelo
Pasa, arrollando deleznables seres:
Pueblan horas el suelo,
Y pasan, y no son; ¿y tú? siempre eres.

Mas otros le succeden al momento:
Ocupa nuevo pié la huella vieja;
Y en raudo movimiento
Llega el futuro, y á su vez se aleja.

Tu poder inefable y soberano
El universo sin cesar renueva;
Y cada ser, ufano,
Al que ha de succederle dentro lleva.

Al hombre, al hombre, tu mejor hechura
Le formas de sus huesos compañera,
Resumen de hermosura
Y les mandas poblar la baja esfera.

Uno son desde entonces: venturosos,
Una vida y una alma sola anima
Dos felices esposos;
Y, unido, el ser humano se sublima.

Sí, sí, dulce mitad del alma mia,
Modelo de virtud y de hermosura,
Sin tí no me seria
La vida amable, ni hallaría ventura.

Carne eres de mi carne, y las delicias
Formarás, las mas puras, de mi vida:
Ya gozo las primicias
De la felicidad apetecida.

Ahora comienzo á ser; ahora me es cara
Y en estremo sabrosa la existencia:
Señor, tu brazo ampara
Mi ventura: descanso en tu clemencia.

Tú de Abraham y Jacob el padre fuiste:
Sélo mío, tiernísimo y clemente:
A ellos les acorriste:
A mí me escucha en mi rogar ferviente.

Pues tus almos ministros nos bendicen,
Entre el amor mas puro nuestros dias
Haz, padre, se deslicen
Envueltos siempre en castas alegrías.

Hé aquí también á los que el sér me dieron,
Y, dés la débil cuna, cariñosos
Objeto me escojieron
De sus cuidados tiernos y afanosos.

No quiero ser feliz sino, á su lado,
Y sin la suya amarga es mi ventura:
Vélos pues apiadado,
Y en todo bien les muestra tu ternura.

Y yo bendeciré tu nombre santo
Desde que el sol asome en el Oriente,
Y seguirá mi canto
Cuando se hunda en el lóbrego Occidente.

He aquí unas bellas estrofas de su infelicidad humana:

Corre tras el saber el nombre ansioso;
Día y noche se afana,
Y su salud lozana,
Por la primera víctima, gozoso
Eu las aras ofrece
De ese ídolo que nunca se enternece.
Cree mirar la verdad, va á darle caza,
Se acerca sudoroso, error abraza;
O bien en lides rudas
Su mente lucha con eternas dudas.

Le hace el honor trillar áspera via,
Vivir siempre agitado,
Tétrico y angustiado,
Corriendo en pos de vana nombradía:
Cree ya eterna su gloria:
Ese hecho es digno de inmortal memoria:
Mas ¡ah vil detractor! ¡ah pátria injusta!
Lograste calumniarlo, y en la adusta
Tiniebla del olvido
Verle con sus hazañas sumergido.

La alma del hombre, mal su grado, encierra
Mil afectos contrarios,
Que tercos siempre y varios,
Juran á la razón eterna guerra:
Ama el bien, y no lo hace;
Quisiera huir el mal y el mal le place;
Hace hincapié en el fango, mira al cielo,
Y se hunde mas, y mas se apega al suelo;
Verla quisiera suelta,
Y anuda su cadena en otra vuelta.

Sus esfuerzos inútiles semeja
El fatigoso empeño
De al que amedrenta un sueño,
Que en levantar los párpados forceja
Y con ahincos crecidos
Lucha sudando, y ellos mas unidos:
El uso busca de los pies y brazos,
Mas los embargan del sopor los lazos,
Y como roca inmensa
Así le pesan si moverlos piensa.

A la mañana por un bien anhela
Que su razón ofusca,
Desvivido le busca,
Ni sacrificio habrá que hacer le duela;
¿Logró lo que apetece?
A la tarde le cansa y le aborrece.
Siempre inconstante, cual la frágil caña,
Que recio bate de aquilón la saña,
A dó quier se doblega,
Va, viene, vuélvese á ir y no sosiega.

¿Qué es lo que quiere el hombre?; ¿qué aborrece?
El se ignora á sí mismo;
Negro y obscuro abismo
Dó un enjambre de monstruos nace y crece;
Y si corta y desecha
De ellos alguno, mil retoños echa.
El los vé con horror, se huye cuitado,
Cual ciervo por los perros acosado:
De placeres mendigo,
¿A dónde vas, si siempre vas contigo?


Para el panteón de San Fernando.

SONETO.


De su cuerpo y de si vive olvidada
Del hombre el alma, huyendo sus enojos,
Y ocultando á los otros y á sus ojos
La espantosa miseria de su nada.

Llega la muerte, y la costumbre usada
Prosigue, y de engañarse los antojos,
Y los humanos míseros despojos
Entre marmórea lápida dorada.

No en ella te detengas, pasagero.
Ábrela, y vé lo que ocultarte quieren
De los llegados á su fin postrero.

¿Qué ves?—Horror—Tus ojos mas no esperen
Que podredumbre y polvo lastimero.
Así viven los hombres, y así mueren.


En la muerte del Illmo. Sr. D. Manuel Posada.

SONETO.

¡Y de tu cara grey, Pastor te alejas,
Cuando mas necesita de tu esmero!…
Ay, que ya ahulla lobo carnicero!
¡Ay del redil que abandonado dejas!

¡En noche obscura, solas tus ovejas!…
¡El brazo yerto!… la honda sin hondero,
De quien las fieras recibían primero
El golpe, que el chasquido sus orejas!…

Manuel, retorna y el cayado apaña,
Que nos llevaba por la fértil vega,
Donde el verdor del pasto nunca engaña,

Y agua de vida sin cesar lo riega
Mas ¡oh dolor! desierta la cabaña,
Nuestro balido triste no le llega.

Basta de Tagle; la amistad que me une con su familia podria hacer aparecer los justos elogios prodigados al padre, como bajas é interesadas adulaciones presentadas á sus hijos.