La flor de los recuerdos (México): 30

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II.
La flor de los recuerdos (México) de José Zorrilla
México y los mexicanos. II, Literatura y artes (continuación)


Antes de pasar á la época de la independencia, es preciso que le haga á V. una observación. La libertad mexicana, al romper las trabas que ponian al comercio de libros la inquisición, la censura clerical y el gobierno iliterato de Fernando VII, los cuales só pretesto de atajar el contagio de las ideas perniciosas para la moral, ó perjudiciales para su dominación, que podían difundir en la Nueva España los escritos de los ingleses protestantes ó de los franceses revolucionarios, monopolizaban el comercio de libros, no permitiendo la circulación de los que no estaban impresos en España; (lo cual no era despreciable ventaja en un país endonde se vendían á precios exorbitantes) la libertad mexicana, repito, no trajo á la república la emancipación del talento, ni produjo como nuestra revolución liberal de 1833, leyes oportunas y suficientes á garantizar los derechos del ingenio a la propiedad de sus obras, acotando los abusos de los libreros especuladores y reimpresores, ni una reconstitución teatral que asegurara á los poetas dramáticos la de las suyas, les declarara con derecho á una parte de las ganancias metálicas que su representación produce á los empresarios, y elevando á profesión la literatura, procurase á los literatos y á los poetas medios de subsistencia independiente. Aquí hay poquísimos ejemplos de que las empresas teatrales hayan pagado los manuscritos de los poetas: y las cantidades que los libreros han dado por versos, hoy en boca de todos y cuyos autores han llegado adquirir por ellos una alta posición social y empleos lucrativos, han sido tan mínimas que pocos ó ninguno de los literatos de alguna reputación en España las hubieran aceptado.

Los gobiernos mexicanos, olvidando ó no pudiendo en su instabilidad ocuparse de proteger vigorosamente las letras, dejaron la censura literaria en manos de los teólogos: los cuales, no ocupándose en general de los estudios profanos, podían muy bien juzgar de la moral de un drama ó de un poema segun las opiniones de los SS. PP. ó las decisiones de los concilios; pero no de su mérito literario según los preceptos de Horacio y las reglas del buen gusto, cuyo instinto se adquiere solo con el estudio de las humanidades y la asidua lectura de los buenos autores; con cuyo sistema, quedó el pueblo libre y republicano en las viejas opiniones de la colonia sometida á un gobierno absoluto é inquisistorial, de que los teatros son lugares de corrupción, los literatos y los poetas unos locos condenados á la miseria, y todos los que viven de los espectáculos escénicos unos entes infamados y excomulgados, desde el propietario del teatro y los empresarios, hasta el portero y el sota-espavilador. En un país en donde treinta años de independencia y de gobierno republicano, no han desterrado tan vulgares preocupaciones, y no han enseñado á los pueblos que los gobiernos ilustrados de las naciones mas civilizadas tienen sus teatros ricamente subvencionados, y los consideran como uno de los mas eficaces conductores de la ilustración, como la mas útil diversión popular, como uno de los mas fáciles medios de inculcar en el corazón y en la inteligencia de los pueblos las ideas morales, que trae consigo el espectáculo del crimen castigado y el vicio despreciado ó corregido por la sociedad, y como un panorama histórico en cuyo campo el pueblo poco instruido puede ver las glorias de su patria, puestas en acción por los poetas en sus dramas históricos, ¿no es admirable que en tal país y con tales creencias hayan aparecido hombres con suficiente valor para dedicarse á la poesía? Pues vá V. á ver, mi querido Ángel, que no son pocos ni sin mérito los que existen, ni despreciables las obras que han producido: aunque voy á hacer á V. su enumeración con la suma rapidez, que tiránicamente exige de mi pluma la estrechez de los límites de este reducido trabajo.

En 1821 la literatura mexicana fué naturalmente arrastrada por el torbellino revolucionario qué consumó su independencia, y los poetas se lanzaron á la arena política entonando himnos á la libertad. Entre aquellas composiciones hay pocas buenas: porque la inspiración del entusiasmo político rara vez produce mas que lugares comunes y exageraciones, que son naturales desahogos del corazón; pero no verdaderos arranques del genio; yo paso por alto algunos bellos rasgos poéticos que vieron la luz en aquella época y á causa de aquellas circunstancias, porque si bien en mi cualidad de aficionado á las bellas letras no puedo menos de reconocer su mérito, en mi naturaleza de español no cabe decorosamente la alabanza de obras que, con razón ó sin ella, fueron escritas contra mi país y mis compatriotas: delicadeza que será respetada en lo que vale por los que tengan sentido común. Cuando empezó á calmarse la efervescencia de las pasiones políticas, la libertad de imprenta, la afluencia de libros estrangeros y los excelentes escritos de Don Bernardo Couto, hombre de vastos conocimientos literarios, de Don Francisco Ortega, poeta no indigno de buena memoria, y principalmente de Don Andrés Quintana Róo, yucateco, que puesto á las órdenes de Morelos, fué apóstol de la independencia mexicana y escribió muchísimo, despertaron una estraordinaria aficion á la literatura y especialmente a la poesía.

Sobre este vuelo rápido de la regeneración de las letras en México, ejercieron poderosa influencia, primero, la academia de bellas letras que fundaron en Puebla Ortega y Carpio, y después las lecciones de literatura del famoso poeta cubano Heredia, de quien por no ser mexicano hablaré en mis posteriores cartas sobre Cuba, que es el lugar que en mis escritos le corresponde. De 1821 al 25, vieron la luz bellas traducciones de los salmos de Don Bernardo Couto y otros autores anónimos en diversos periódicos, en los cuales tomaban parte poetas distinguidos como Tagle, y literatos acreedores á honrosa mención, como Don Francisco Olaguibel, Don José María Tornel, Don Joaquín Cardoso, Vargas, el Dr. Hernández y otros. De 1824 al 30, hubo algunas publicaciones que, aunque pasaron desapercibidas entre los enconos políticos, son sin embargo notables: como las primeras del pensador mexicano Don Manuel Fernandez Lizardi, quien escribió unas fábulas ingeniosísimas y una especie de Gil Blas, que ejercieron grande influjo en las costumbres, y cuyo recuerdo vive todavía en la memoria del pueblo. Del 30 al 33 se dió á conocer Pesado, erudito estudioso, buen humanista, aficionado á la lengua griega y conocedor de la latina, versificador suave y mantenedor por entonces con Carpio de la escuela clásica. En aquel tiempo, con motivo de una polémica literaria entre Quintana Róo y el Padre Ochoa, se estendió la lectura de la ortología y prosodia de Sicilia, de la poética de Martínez de la Rosa y sobre todo del Moro Espósito de V. que inició la revolución del romantisismo en México. Aquí se llevó á cabo otra revolución política de no poca influencia en la literatura: pues esta revolución, elevando al ilustrado Farías á la presidencia de la república, trajo con su gobierno una reforma completa en el plan de estudios.

Se abrió el colegio de Jesús bajo la dirección del sabio Dr. Mora: se dieron lecciones orales de literatura, elocuencia é historia: se trajeron de Europa libros é instrumentos científicos: se publicaron opúsculos notables contra la educación aristotélica, y se hizo en fin una reforma radical en la enseñanza pública. A ella debe lo que es, pues con ella ha sido amamantada, casi toda la juventud ilustrada que figura hoy en primera línea en los destinos públicos de todos los partidos. En 1837 se estableció la academia de San Juan de Letran, por Don José María Lacunza, su hermano Don Juan, Don Manuel Tossiat Ferrer y Don Guillermo Prieto; cuya academia es el verdadero punto de partida de lo que hoy puede llamarse literatura original mexicana, porque empezó á volar por sí misma: aunque, como V. puede suponer, sin poder emanciparse de las influencias de la nuestra. Esta academia dio nacimiento á Rodríguez Galvan, quien desde la oscuridad de la librería de un su tio, remitió á la academia una composición que le valió el ser honoríficamente admitido en su seno; á Antonio Larrañaga, mozo lleno de interés poeta de buenas esperanzas, muerto en flor á los diez y nueve años: á Eulalio Ortega poeta de corazón; á Páino, narrador fácil y prosista castizo, quien bajo el epígrafe del rio Bravo, publicó una serie de artículos en los cuales llenó de interés y de poesía á los indios salvajes, en un género semejante al de las buenas novelas de Cooper: á Juan N. Navarro, médico y poeta, versificador armonioso y correcto, autor de uno de los mas sentidos romances que posee el parnaso mexicano, el cual remata con este bello y filosófico pensamiento dirijido á un celage de nubes:

Sigue, celage apacible,
Sigue tu carrera mansa,
Al són de la brisa fresca
Que murmura entre las palmas,
Arrullándote armoniosa
Cual madre que con voz grata
Adormece con canciones
Al hijo de sus entrañas.
Mas ya te ocultas… ¡cuan presto
Traspusiste la montaña!
Así traspuso mis años
El celaje de mi infancia.

De esta academia salieron también Ramón Isaac Alcaraz, jóven de íntima y melancólica inspiración, autor del fuego fatuo, composición en la cual rebosa la mas acendrada ternura filial y destella la mas brillante imaginación: permítame V. que le cite algunas estrofas de ella, ya que la brevedad de este escrito me impide detenerme á hacer un juicio de todas las obras que de este autor me han caido á las manos, y por ellas verá V. que mis elogios no son inmerecidos ni exagerados. He aquí como brota en el centro de la composición el fuego fátuo.

Mas ahora que ni zumba
Ni suspira el viento flébil
¡Qué luz se levanta débil
De aquella modesta tumba,

Triste como la mirada
Postrimera de un amante,
Pálida como el semblante
De una virgen deshonrada;

Que se extingue; y de repente
Renace mas encendida,
Como el fuego de la vida
Del moribundo en la frente:

Que en el suelo del panteón
Misteriosa se derrama,
Y con su trémula llama
Ilumina una inscripción!

Una inscripción que mi mano
Con tosca letra grabó,
Dó la historia consignó
De una madre, de un hermano.

. . . . . . . . . . . . . .
¡Oh fuego! que así importuno
A mi memoria has traído
De un pasado ya en olvido
Los recuerdos uno á uno:

Lámpara del cementerio
Que mano ignorada enciende
¿Porqué mi alma no comprende
De tu fulgor el misterio?

Mas adelante, identificando el fuego fatuo, con el alma de su perdida madre, le dice como si hablara realmente con ella.

Sí, tú eres esa alma pura
Que de su tumba ha salido,
Llamada por el gemido
De mi negra desventura.

Yo te vi, cuando lloroso
Bebí su postrer sonrisa,
Ir en alas de la brisa
Por el éter vaporoso,

Y perderte en las regiones
Dó la luz es engendrada,
Y por ángeles llevada
En blandas oscilaciones.

. . . . . . . . . . .
De mi corazón cansado
De respirar y latir
Ven en el centro á dormir
Por su cariño amparado,

Cual duermen, tras los furores
Del agua y del aquilón,
En los mares el alción
Y el rocío entre las flores.

Ven, en mi pecho tenerte
Quiero un momento, un segundo…
¡Búrleme entonces el mundo,
Hiérame entonces la muerte!

Mas te estingues ¡oh visión!
No engañes así mis ojos:
Mírame ante tí de hinojos…
Despareció… ¡fué ilusión!

¡Ilusión, tú me condenas
A sempiterno martirio!
¡Ay! mi goce fué un delirio:
Solo son ciertas mis penas.

Por estas pocas redondillas puede V. comprender el carácter de la poesía de Alcaráz, que ha dejado desdichadamente romperse una á una las cuerdas de su lira, al estruendo de los cañones y al frío de las vigilias del campamento.

A la academia de San Juan de Letran presentaban sus trabajos Carpio, que leyó en ella sus mejores composiciones bíblicas: Pesado, su amada en la misa de alba: Calderón su comedia á ninguna de las tres, Lafragua su Iturbide, &c. En esta sociedad se dieron á conocer, Joaquín Navarro, Aguilar, Munguía, Félix M. Escalante, Collado y otros, hoy ya con justa reputación, y en ella dió sus lecciones de historia Lacunza, abogado de recto juicio, de sólida instrucción y hoy jurisconsulto de gran reputación, justamente apreciado por sus conciudadanos. Dividida mas tarde en dos bandos la academia de San Juan de Letran, sus discusiones produjeron dos periódicos literarios, el Liceo y el Museo: al primero fueron á escribir Franco, poeta mediano, pero gran capacidad, hombre de vasta erudición y clarísimo talento, Martínez de Castro, Navarro y Alcaráz: el Museo le redactaron casi esclusivamente Páino y Prieto, ya bajo su firma ya bajo varios seudónimos. En ambos periódicos vieron la luz artículos y poesías de mérito real y merecedoras de estima. La academia de San Juan, cuya decadencia tuvo origen en la revolución de 1846 pero que existe todavía, mantuvo corresponsales en todos los departamentos: siendo la mayor parte jóvenes, entre los cuales sobresalieron en Morelia, Gavino Ortiz, y en Veracruz, José M. Esteva, hijo de uno de los primeros ministros de hacienda que tuvo la república independiente, y cuyas composiciones son las mas genuinas y características del país, como cuadros de costumbres de la costa oriental, publicadas por él bajo el seudónimo de el Jarocho.

Por el mismo tiempo: se abrió un Ateneo, en cuyos salones Carpio y Lafragua hicieron lecturas y discursos literarios, páginas ricas de erudición y utilísimas á la juventud, y dio sus lecciones de historia Don Lúcas Alaman.

De la academia de San Juan de Letran nació mas tarde el Liceo Hidalgo, del cual han salido entre otros, Bocanegra que ha presentado al teatro una pieza dramática recibida con entusiasmo, y Granados Maldonado, que en sus discursos literarios ha derramado ideas muy avanzadas y teorías muy civilizadoras, que prueban su amor á la patria y sus buenos instintos literarios.

Hé aquí en rapidísimo resumen la historia de las letras en México después de su independencia: por la cual comprenderá V. mi querido Duque, que el impulso de las revoluciones políticas ha producido forzosamente muchas revoluciones literarias, por las cuales ha tenido que pasar y está pasando la poesía; y que los frutos de su magnífico árbol no han podido nunca llegar á sazón, sacudidos cuando no arrancados en flor, por las tormentas continuas que han trabajado el suelo desventurado en cuya tierra se arraiga. La poesía mexicana parece que debería de haber producido sin embargo mas de lo que ha producido en los veinte años que cuenta de independencia y libertad. ¿Por qué no lo ha producido? Reflexionemos un instante sobre ello.

Sucede en las revoluciones literarias lo que en las políticas. Cuando un pueblo, cansado de sufrir el yugo de un gobierno tiránico y opresor, ó harto ya de uno cuyas instituciones han envejecido, que tal es la inconstancia del carácter humano así en los individuos como en los pueblos, se insurrecciona contra él, le derroca y establece otro que juzga mas liberal y mas adaptado á las necesidades de su tiempo, adora entusiasta la forma legislativa y democrática del nuevo que le promete la libertad, abre sus cámaras, y elige para sus diputados y representantes á los hombres que cree mas eminentes, y cuyo pasado le presenta mas garantías para el porvenir, por haber cooperado mas eficazmente á llevar á cabo la revolución. Pasa el tiempo, y aquellos dignos patriotas, por aceptación de otros cargos, por divergencia de opiniones, por cansancio, ó en fin, por la muerte, dejan su puesto á otros más jóvenes, de distintas ideas y de diferentes aspiraciones; poco á poco el pueblo va acostumbrándose á aquel sistema que, tanto ansió y que tanto trabajó por establecer, y comienza á hallarle sus defectos, porque todas las cosas de la tierra les tienen: y entonces es cuando se apoderan de la tribuna aquellos diputados que van á las cámaras sin talentos, ni méritos, ni antecedentes, á quienes la indiferencia y apatía populares han dejado asaltar aquel honroso cargo por intriga, influencia ó apoyo de particulares intereses; y el gobierno constitucional se desvirtúa y no conserva de tal mas que el nombre, y el ministerio con una inmensa mayoría en las cámaras, gobierna poco mas ó menos como el tiránico anterior que se derrocó, y los hombres eminentes, íntegros, honrados y verdaderos patriotas, se retiran poco á poco de la escena, para no contribuir al descrédito de unas instituciones en las cuales conservan fé y que creen las solas capaces de hacer la felicidad de la patria.

Y en esta época es cuando las medianías y los intrigantes políticos salen á la palestra, y adquieren y se dan la importancia de grandes hombres; lo mismo sucede en las revoluciones literarias que tienden á dar libertad al entendimiento humano, y especialmente en las revoluciones de la poesía. Brilla una aurora de regeneración y se dá el grito de libertad; prescindo de que esta revolución innovadora traiga ó no consigo mejoras necesarias, y reformas de buen gusto: es una revolución y basta; todas las revoluciones, buenas ó malas, literarias ó políticas, se llaman al principio regeneraciones: fermenta el entusiasmo; se agita la juventud capitaneada por algún hombre de reputación anterior; establécense periódicos literarios, en cuyas columnas aparecen cada dia composiciones notables firmadas por nombres desconocidos ayer, y de los cuales llegan pronto á adquirir celebridad los que mas descuellan entre todos: fórmanse sociedades literarias, liceos y ateneos: comienzan las polémicas razonadas entre los órganos de la vieja escuela y los corifeos de la nueva; innaugúrase en fin una era brillante de poesía y rica de porvenir para las letras; siquiera empiece en medio de esos desbordamientos del gusto, de esos desvaríos de la imaginación y de esa exageración de opiniones con que empiezan necesariamente todas las revoluciones políticas y literarias; el gobierno toma en cuenta los talentos eminentes que hacen honor á su país y les utiliza como mejor lo entiende, sino les ahoga sumiéndoles en una oficina ó en un archivo, por querer y no saber protegerles. Entonces la gente de letras se divide en dos clases: una que teniendo fé en su talento y en sus propias fuerzas, y no queriendo abandonar sus estudios favoritos ni renunciar á su independencia por unos destinos para los cuales se conceptúa inútil, toma las letras como profesión, y trabaja, y produce obras, que si no la conducen al templo de la fortuna, la abre las puertas del de la fama: los de esta clase son pocos.

La otra, que comprendiendo que son mas lucrativos y mas cómodos de desempeñar los empleos que la profesión de las letras (y sobre todo la poesía,) dejan secarse su pluma y enmohecerse su lira entre el polvo de los legajos, cediendo poco á poco su lugar en el campo literario y en la prensa periódica á otros mas atrevidos pero menos aptos, los cuales no hubieran jamás llegado á ocuparle, si aquellos hombres de verdadero mérito no se le hubieran abandonado. Entonces aquellos talentos de segundo órden, no acertando á hacer nada bueno ni nuevo por sí propios, unos por fanatismo de escuela, otros por no conocer lo que hacen en su insensatez ó en su vanidad, se convierten en imitadores serviles de los primeros: echando á perder las obras de sus predecesores, que tuvieron al menos el mérito de la oportunidad y la gracia y frescura de la originalidad. Aquellos que con genio innovador, con mérito positivo y conciencia de sí mismos, lograron el fruto de sus trabajos y el aprecio y la recompensa de su valer, no se sienten y con razón dispuestos á ayudar las pretensiones de los que vienen tras ellos, sin saber añadir una sola piedra al pedestal que ellos levantaron, ni aumentar un quilate al valor de lo que ellos hicieron. Entonces los segundos, creyéndose injustamente desdeñados por la gente de valer literario, y sin comprender que su empeño es inoportuno, y que nada puede añadir á una obra que ya está hecha, á una regeneración que está ya lograda, á una revolución que ya está concluida, se dejan arrastrar por el mal impulso de su exaltada bilis y cegar por su ignorancia, y se lanzan á criticar cuanto ha quedado ya reconocido como valioso y de buena ley; y tan faltos de criterio y de ciencia para aplicar á nada el compás de una crítica sana, como sobrados de osadía y de impudencia para atreverse á todo, descienden pronto al terreno cenagoso de las personalidades, á donde no les sigue por supuesto ninguna persona de juicio y de educación; pero en el cual divierten mucho á los ignorantes de mala intención, á las lavanderas y á los cocheros. Entonces es cuando se desacreditan las letras, los literatos y sobre todo los poetas: quienes confundidos por el vulgo con estos copleros roedores de famas, pasan á los ojos de la multitud por gente perdida, díscola y perjudicial ó cuando menos inútil; y llega el caso en que un jóven que pretende por esposa á una señorita de buena familia, ó un empleo de alguna responsabilidad y posición social, se ve poco menos que obligado á jurar en manos del sensato padre de la novia, ó del ministro del ramo á que pertenece el destino que solicita, que ni en su vida ha hecho ni leído un verso, ni conoce de vista ni de nombre á poeta alguno vivo ni muerto. En estas situaciones, pasagero reinado del desorden y de las medianías, tanto literarias como políticas, es cuando nacen aquellos pequeños periódicos, cuyos redactores guardan el anónimo porque ó su nombre no es conocido ó lo es desventajosamente, y en cuyas columnas aparecen en vez de artículos, filípicas agresivas y personales, que tienden á empañar las mas altas reputaciones políticas ó literarias con recuerdos malignamente intempestivos, con aserciones calumniosas, ó con coplillas personalmente insultantes.

Entonces es cuando aparecen aquellos libelistas que, sin respeto al decoro de las personas ni al secreto de las familias, para probar que un hombre es un mal hacendista, un mal general, un mal gobernador, un mal médico ó un mal poeta, no se paran en penetrar villanamente en el sagrado interior del hogar doméstico, para descubrir y alegar en contra de las personas los defectos, los vicios, ó las miserias inherentes á la flaqueza humana, y que no influyendo de modo alguno en su empleo ni en su profesión, y de los cuales el hombre no es responsable sino ante Dios y su conciencia, no prueban de modo alguno la ineptitud ni el demérito personal en la integridad del ministro, en el valor del general, en la justicia del gobernador, en la ciencia del médico, ni en el ingenio del poeta: sino la malignidad, la falta de lógica y la estupidez del escritor, que cree que la libertad de imprenta es la facultad de escribir necedades, insultos ó calumnias, y que la crítica consiste, no en corregir los vicios generales que traen perjuicio á la sociedad entera, ó á alguna de las clases de que se compone, sino en atacar las faltas individuales, que no pueden ser nocivas mas que al individuo y que nadie tiene derecho para tildar, porque no están sujetas á mas tribunal que al de la conciencia. En semejantes épocas, cada mes de esta anarquía literaria ó política atrasa diez años la civilización de los pueblos y los adelantos de las letras, rebajando en la opinión pública la estimación de los que á ellas se dedican. En estas épocas, en las cuales todos se atreven á todo, nadie produce nada: porque en vez de servir la libertad de imprenta para difundir entre el pueblo las luces de la ilustración, no sirve mas que para descarriar sus opiniones, viciar sus buenos instintos, é interesarle en mezquinas intrigas ó en miserables odios personales: y no estando ninguna reputación al abrigo de la malevolencia ó de la calumnia, nadie ni nada dura en favor mas que un dia: y los grandes, los sabios y los héroes caen en ridículo tras un pasagero momento de favor, y los que ayer eran ídolos coronados de flores y ensalzados por los escritores y los poetas y el pueblo, mañana son objetos de la befa y escarnio de la plebe y de los libelistas venales, que manchan con la baba de sus escritos la memoria de las épocas liberales, cuyas instituciones tienden á difundir la ilustración y á establecer en los pueblos la igualdad ante la ley, la tolerancia y la fraternidad, que son las que traen con el orden la prosperidad á las naciones. Al fin esta fiebre revolucionaria se calma: este género de publicaciones anónimas muere en el olvido, agoviada bajo el peso de desprecio universal: sus autores quedan en la misma oscuridad del anónimo del cual no se atrevieron á salir: el agua que revolvieron vuelve á serenarse, y las reputaciones por ellos difamadas, las obras atacadas por su bilis, su envidia ó su ignorancia, vuelven a sobrenadar en la superficie límpida del mar de la opinión general: y cuando los nombres ilustres de los hombres de valer aparecen entre sus olas bogando hacia las riberas, como vajeles que se creían perdidos en la tormenta, son saludados desde la playa con los aplausos entusiastas de la nación, que reconoce por suyos aquellos nombres que la dan gloria, como reconocería los colores de su pabellón en los masteleros de las naves de su marina.

Tal es la historia de todas las revoluciones literarias y políticas de todos los tiempos y de todos los países, con la diferencia de accidentes con que las visten las varias costumbres de las épocas en que se efectúan.

Por tales revoluciones ha tenido que pasar y aun está pasando la literatura mexicana; pero de las dos clases de ingenios que producen todas las revoluciones literarias, es decir: los hombres de fé y de independencia que hacen su profesión de las letras, y los de talento literario positivo, pero que aplicándole á la política, ganan honrosamente por él merecida consideración y acomodada posición social, México solo ha producido los segundos. Prieto, Lafragua, Carpio, Páino, Pesado y otros, han debido á su reputación literaria el haber llegado á ser ministros, diputados, embajadores, &c., pero ¿dónde está el poeta mexicano, que cantando con fé la hermosura, la gloria, la nacionalidad de su patria, se ha hecho en ella popular, y ha obligado á su pueblo á aplaudirle, á los editores á comprarle sus manuscritos, á los teatros á franquearle su escena y á los gobiernos á respetar su independencia, como Bretón y Larra en España, como Victor-Hugo y Dumas en Francia? Me dirán que las revoluciones no le han dejado brotar: pero yo digo que las revoluciones no ahogan al genio, sino que le fecundan y le hacen florecer; porque en las revoluciones es cuando las almas de genio, ó buscando en la soledad y en el estudio abrigo contra sus tormentas, producen sus obras cantando como el fénix solitario en la inaccesible montaña, ó hacen oir sobre el tumulto sus victoriosos cantares, como sus gritos el águila cerniéndose en medio de la tempestad. Además, cuando el talento se empeña en hacerse considerar y respetar por una sociedad, por muy dislocada que esta se halle, como él sepa elegir el tiempo oportuno y trabaje con fé y tenacidad para plantear y lograr su intento, rara vez deja de conseguirlo.

El talento es una palanca dé la cual todos los gobiernos tienen necesidad: los gobernantes y los magnates no pueden desear poseer cosa mejor que talentos que celebren sus hechos gloriosos, que preconicen su justicia, que consignen en libros los anales del tiempo de su dominación, para que su pueblo y su posteridad les juzgue sabios, justos y civilizadores, que apoyen y sostengan sus atrevidas y útiles innovaciones, ó que escusen, en fin, sus imprescindibles errores; y por poco que el talento haga comprender á los gobiernos la utilidad de que puede servirles, los gobiernos se apresuran á utilizarle, y los pueblos aprenden á respetarle. ¿A qué debe Augusto su fama eterna y su era el título de siglo de oro, sinó á la protección dada por él á las letras y á las artes? ¿Quién, que haya estudiado su historia, ignora que Augusto no tuvo ni una sola virtud, y que su vida fué un tejido de cobardías y de infamias, de bajezas y de tiranías? ¿A qué debió Luis XIV., cuyos caprichos, cuya lujuria y cuyas dilapidaciones prepararon la ruina de la monarquía francesa y la revolución de 93 el sobrenombre de Grande? á la protección que tuvo buen cuidado de otorgar á las artes y á las letras: porque aquellos dos tiranos sabían muy bien que mas brilla desde lejos el oropel que el oro, que mas ruido meten veinte que gritan que veinte mil que callan, y que la posteridad suele leer la historia de los reyes y de sus reinados en las páginas que quedan escritas en los monumentos que dejan tras de su era, sin pararse á calcular lo que costaron: y tal vez la juzga por las alabanzas de los contemporáneos, protejidos entonces por su poder y escéptuados por consiguiente de su tiranía.

Pero no ha habido época ni región alguna, en la cual el talento no haya preponderado, tomando la forma que el gusto ó las exigencias de su siglo requerían. ¿En qué consistió la preponderancia del clero en la edad media? En que el clero era la única clase de la sociedad que estudiaba, y por consiguiente la única que sabia lo que entonces se conceptuaba digno de saberse; mas claro: en que el clero era el talento, y todo el que lo tenia se adheria á él. Porque jamás es la fuerza la que domina, sino que siempre es el talento el que dirige la fuerza; porque una fuerza bruta y sin dirección no tiene mas poder que el de la inercia: es como una inmensa montaña que se opone al paso; pero una inmensa montaña, que no puede trasponerse, ni horadarse, ni allanarse, se rodea por la falda y se deja atrás. La nación mas guerrera con el mayor ejército en pié, pero sin generales y por consiguiente sin disciplina, será indudablemente vencida por un pequeño ejército disciplinado al mando de un buen general. ¿Por qué? porque el ejército es la fuerza bruta y el general el talento que la dirige; y las innovaciones hechas en las costumbres y en las creencias de los pueblos modernos, por la aplicación de los descubrimientos científicos del siglo á la industria y á las necesidades sociales, les hacen enteramente diferentes de los pueblos antiguos y contribuyen cada dia mas evidentemente á entronizar en ellos el dominio de la inteligencia. Pero esta cuestión no es de este lugar: pues debo limitarme a l a cuestión literaria, á la influencia de la literatura y de los literatos en México. La estension que han dado á los conocimientos humanos la perfección de la imprenta y la aplicación del vapor á la industria, haciendo hoy que una fábrica pueda producir miles de resmas de papel por dia y una prensa miles de pliegos impresos por hora, ponen los libros al alcance de todas las fortunas, y por consiguiente el saber al de todos los entendimientos.

Esta generalización del saber, esta estension de los conocimientos humanos, ha aumentado naturalmente la dignidad de los pueblos instruyéndolos, y ha cohartado los abusos de los gobiernos despóticos, que no pueden gobernar ya á los pueblos por su capricho como manadas de ovejas, sino por la razón y por la justicia como á masas inteligentes, capaces de oponer la razón al abuso, y la resistencia á la injusticia; de modo que los gobiernos han ganado en decoro, lo que los pueblos han avanzado en dignidad y en conocimientos de sus derechos políticos y sociales; por lo cual, ciñéndome á los literatos, la protección que hoy reciben de los gobiernos ilustrados es muy diferente de la que les dispensaron los reyes pasados: porque hoy el trabajo proteje á todo el que trabaja; y la producción del trabajo, ingresando en el capital universal de la sociedad, es estimada por la utilidad general que reporta al capital común, aumentando sus intereses: así que hoy no necesita ya el talento humillarse para ser protejido, ni los gobiernos humillar á los literatos con una protección otorgada con desdén y como de limosna: porque esta protección es el interés de su trabajo literario y el producto de su capital, mas que el favor otorgado gratuitamente por el poder. Además, los reyes y los gobernantes de nuestro siglo, no son ya aquellos capitanes bárbaros, cuya sola ciencia era la guerra, cuya única virtud era el valor y cuya suprema gloria la de los combates: sino hombres en cuya educación entran las ciencias, la literatura y las artes como parte muy principal; y bajo el gobierno de tales hombres, necesariamente han de ocupar las letras y los literatos el honroso puesto que les corresponde.

Así es que hasta en los paises mas atrasados en civilizacion y sujetos todavía á las absurdas preocupaciones viejas contra los hombres de letras, la influencia del siglo los ha elevado al poder: y á pesar de sus tenaces preocupaciones, en México como en los demás, figuran en primera línea en todos los partidos los hombres distinguidos por su saber, y á quienes ha conducido á los altos puestos que ocupan su reputación literaria. Volvamos los ojos á nuestra España, que tiene fama de dejar morir á sus ingenios en la miseria como á Cervantes, ó en el ostracismo como á Goya y á Moratin. Antes de 1833 valia á Bretón una comedia cincuenta pesos y regalaba el duque de Rivas su Moro Espósito al editor Salvá: por no poder arrancarle dos mil miserables francos que por el manuscrito de aquel poema le habia prometido; pues bien: la tenacidad con que Bretón, el duque de Rivas, Gil y Zarate, V. de la Vega, Larra y otros persistieron en hacer de las letras una profesión, despertaron primero la codicia de los libreros y después la atención de los gobiernos; poco á poco fueron apareciendo editores, y el interés comercial exigió de los gobiernos la promulgación de leyes capaces de garantizar la propiedad literaria. Fundáronse liceos y ateneos, en cuyos salones y teatros leyeron sus versos los duques de Frias y de Rivas, y á cuyas cátedras subieron el marqués de Valdegamas y otros, que no mancaron sus blasones probando que tenian talento y educación literaria.

S. M. Doña Isabel II asistió al Liceo, no como reina, sino como sócia artista de la sección de pintura, y se sentó á pintar delante de su caballete como los demas sócios, é hizo caballeros de Carlos III y de Isabel la Católica á la mayor parte de los literatos, poetas y artistas de alguna fama, y el pueblo se acostumbró á leer en los carteles de los teatros los nombres de los graneles de España, de los ministros de la corona y de los altos dignatarios del estado, que se dedicaban á la literatura; y al ver tratado al talento con estimación y respeto por el gobierno, comprendió que el talento era respetable y digno de estima. Reglamentáronse y se subvencionaron los teatros, fundóse un conservatorio de música y declamación para formar la educación de los cómicos; y el público empezó á asistir al teatro, no solo para divertirse en un espectáculo tenido por inmoral, pernicioso para las costumbres y tolerado no mas por los gobiernos bajo una censura rígida, sino para conocer, estudiar y admirar las obras maestras de su antigua literatura nacional, y para aplaudir y animar á los ingenios modernos á seguir la huella de aquellos grandes maestros, cuyas producciones llenaron de gloria á su patria, en un espectáculo considerado útil y necesario en los pueblos civilizados, protegido vigorosamente por el gobierno, y honrado diariamente con la presencia de S. M.: quien recibía graciosamente en su palco, después de la representación, al autor de una pieza coronada con un éxito brillante, colocando tal vez con su propia mano una condecoración sobre el pecho del aplaudido poeta, como á Rubí, en presencia del pueblo, que rompia en vivas frenéticos á S. M.; porque comprendia que redundaba en honor suyo el que recibía de una manera tan ostentosa el ingénio de uno de sus conciudadanos.

Esta es la posición actual de los literatos y la consideración de que goza hoy la literatura en los países civilizados: bajo la protección, no del favor personal de los reyes ó de los grandes como en otro tiempo, sino de las leyes amparadoras de la propiedad literaria, y á sombra de unas instituciones rechazadas hace treinta años como atentatorias contra la tranquilidad pública, perseguidoras de la religión, atropelladoras de la propiedad y destructoras en fin de las bases en que apoya la sociedad; porque hace treinta años creian nuestros padres que liberalismo y libertinage eran una misma cosa, y el nombre de constitución era él coco de sus imaginaciones; suponiendo que una constitución era, no un código legislativo que marcaba los derechos y obligaciones de los ciudadanos para con los gobiernos y de los gobiernos para con los ciudadanos, sino una carta blanca para, desencadenar á la plebe contra las clases altas, á los holgazanes y á los mendigos vagabundos contra los ricos y los trabajadores, á los pillos y á los revoltosos contra los hombres honrados y pacíficos, para dislocar, en fin, completamente la sociedad; pero nosotros nos dimos, como todos los pueblos modernos, una constitución, la cual fuimos reformando conforme lo fueron exigiendo las circunstancias; nos batimos siete años por sostenerla contra el partido absolutista, y al fin, establecida la constitución y el gobierno liberal, vimos que la nación se administraba y se gobernaba sin que las constituciones se hubieran tragado á la sociedad, y el pueblo empezó á sentir los beneficios de ciertas innovaciones que restringían ciertos abusos, y la utilidad general que reportaban las mejoras materiales; y se cambió la faz de la España de tal modo, que el que salió de ella en 1836 y volvió en 47, desconoció sus carreteras, sus campos y sus poblaciones, regeneradas visiblemente por|el nuevo sistema de administracion.

En esta regeneración entraron, como todo, la literatura y las artes; y bajo el amparo de las nuevas leyes, las obras literarias produjeron rentas á sus autores, el talento penetró por sí mismo en las altas regiones del gobierno, que premió á los literatos con destinos mas ó menos análogos á su capacidad, y se han publicado en veinticuatro años cientos de obras de todas especies; muchas de ellas utilísimas y de no poca consecuencia, como la historia de la revolución del conde de Toreno, las obras literarias de Martínez de la Rosa, las filosóficas de Balmes y Donoso Cortés, y la historia general de España de Modesto Lafuente (Fr. Gerundio): además de dos mil comedias, de las cuales el infatigable Bretón ha producido mas de trescientas. ¿Por qué el árbol de la libertad no ha dado en México los mismos frutos literarios? ¿Por qué los poetas mexicanos no han producido obras de consecuencia y no han creado un teatro nacional (no un coliseo, sino un repertorio de obras dramáticas,) limitándose á escribir composiciones líricas y poemitas de pocas dimensiones? Uno de esos escritores de mal humor, que tienen por sistema no hallar bueno mas país que el suyo, capaces de sacrificar á su mejor amigo por decir un chiste y á una nación entera por dar importancia á su personalidad, y que pretenden decidir ex-cátedra de una cuestión difícil con un axioma escéntrico, con una conclusión estrambótica y jamás enunciada, ó con unas cuantas frases dogmáticas y campanudas, le diría á V. que México no ha podido producir genios dominadores ni obras literarias de grande consecuencia, porque está todavía sometido á tres malas influencias: á la superstición del siglo XVI, á las preocupaciones del XVIII y á la empleomanía del XIX; pero es preciso juzgar los hechos por sus causas y examinar el origen de las que contribuyen á sostener los vicios políticos, administrativos, religiosos ó morales de una sociedad ó de una nación, antes de echárselos en cara y de inculparla por ellos: y aunque semejantes cuestiones no pertenecen al poeta, es necesario tocarlas aquí someramente; porque además de que tratándose de naciones tan revueltas como la España, México y los demás pueblos que fueron españoles, á los cuales parece que las naciones que se llaman cultas se creen con derecho para tratar á cada paso de bárbaros y de salvajes, nunca está demás que haya un escritor que diga cuatro palabras en su abono aunque no sea mas que un poeta, es imposible que al tirar de un cabo de tan enredada madeja, no vayan desprendiéndose muchos, pues todos los hilos están trabados unos en otros. Las supersticiones del siglo XVI y las preocupaciones del XVIII, estuvieron alimentadas en México, como en España de quien dependía, por su mismo sistema de gobierno, por su método esclusivo de enseñanza, vinculada entonces justa y naturalmente en una sola clase, porque esta era la única que estudiaba, y ¿quién habia de enseñar sino el que sabia? y por la coacción, en fin, con la cual restringía toda innovación y adelanto en las ideas la preponderancia coercitiva de la inquisición.; influencias y coacciones de las cuales no podia emanciparse México, que dependía de nosotros, porque nosotros no empezamos tampoco á rechazarlas hasta principios de este siglo, después de la invasión francesa, de las revoluciones del año 12 y del 23, y después de reformar nuestros sistemas de gobierno y de enseñanza: porque la superstición y las preocupaciones de muchos siglos, no pueden desarraigarse de una raza en solos treinta años, y por solo el esfuerzo de una generación: pues se necesita que contribuyan á su desarraigo lo menos tres generaciones; una que, comenzando á no respetarlas, las ataque: otra que, encontrándolas ya débiles y fáciles de atropellar, las derroque; y otra, en fin, que las reciba ya como tales supersticiones y preocupaciones, en los principios fundamentales de su educación, reducidas á tradición de hechos y errores pasados y no constituidas en principios ú opiniones influyentes todavía. México no ha tenido tiempo de corregir ciertos vicios ni de desarraigar ciertas preocupaciones, porque lleva apenas una generación de nacionalidad: y esa generación la ha pasado en revoluciones continuas, las cuales no han podido producir los grandes resultados que las de otras naciones, porque mas han sido disensiones y luchas de partido por divergencia de opiniones, guerras de intereses parciales y cuestiones de forma, que lucha de principios fundamentales, y que regeneración y establecimiento completos de su vitalidad nacional. La única revolución positiva de México, es su emancipación del dominio de España; se hizo independiente: este es un hecho cuya consecuencia fué la necesidad de constituirse, de darse un gobierno mexicano, puesto que dejó de ser colonia española: y determinó constituirse en república. Pero durando aún la generación mexicana que estuvo constituida en monarquía, necesariamente tiene que sufrir todavía la influencia de las tradiciones, de las costumbres y de las preocupaciones monárquicas: así es que siendo México una república, es decir, el gobierno mas eminentemente liberal, todavía presenta su pueblo la anomalía de que el mayor número de sus bandos políticos tienen odio ó miedo al liberalismo y á los sistemas constitucionales: y en todas las revoluciones, casi todos sus partidos y casi todas sus clases reclaman fueros, privilegios y exenciones, incompatibles con las repúblicas: en las cuales no hay, ni puede haber, mas que ciudadanos iguales ante la ley y gozando todos de unos mismos derechos, desde el presidente que baja de su silla presidencial cumplido el tiempo de su presidencia, para volver á ingresar en la familia nacional de los ciudadanos. Todos los partidos, todas las opiniones coinciden en una sola aspiración: la de la independencia mexicana, la de la conservación de su nacionalidad; pero cada cual la quiere bajo la forma que cree mas conveniente: de donde resulta que mientras el trascurso del tiempo, o la aparición de un hombre de genio y prestigio suficientes para arrastrar en pos de sí las opiniones divergentes no las reasuman en una sola, las revoluciones parciales son inevitables, é inestinguibles las guerras de partido, que entorpecen ó retardan el establecimiento de una homogeneidad nacional. Y como en tales situaciones de transición, los principios que son inconcusos para los unos son aberraciones paradójicas para los otros, y los hombres que son ídolos para un partido son objetos del encono ó de la mofa de los contrarios, los unos se esfuerzan en ridiculizar lo que los otros divinizan: y los partidos como los individuos se acostumbran á no respetarse unos á otros, y todo concluye al fin por vulgarizarse ó caer en ridículo. He aquí por qué la literatura mexicana, cuyo progreso no puede menos de ir íntimamente ligado con el de su política, no ha producido genios dominadores, poetas eminentemente nacionales, ni obras literarias de grande consecuencia: porque el ridículo es el enemigo mas poderoso de lo sublime y de lo grande.

Al aparecer un poeta ha tenido que pertenecer á algún partido, ó la opinion pública le ha afiliado á la fuerza en aquel á cuyas opiniones mostraron mas tendencia sus obras: y los demás partidos: se las han juzgado severa é injustamente, se las han criticado con acritud ó se las han silbado; y entonces él, no encontrando en su camino mas que las amarguras del arte en vez de las satisfacciones de la gloria, se ha echado en brazos del partido que mas propicio se le ha mostrado, para buscar la fortuna desesperanzado de alcanzar un laurel que veia tan escondido entre espinas. El teatro, que es el campo cerrado mas á proposito para conseguir triunfos literarios y adquirir pronta popularidad, pareció naturalmente á los ingenios una arena muy resbaladiza y poco segura para combatir; puesto que el pueblo que habia de juzgar la lid tenia tan mala idea de los poetas y de la poesía, y se convencieron de que no podia ser un terreno neutral aquel que podia tan fácilmente ser invadido por las pasiones, y cuyos jueces, dominados por las suyas, no estaban dispuestos y tal vez estaban absolutamente imposibilitados de juzgar con imparcialidad; y como hay muy pocos ingenios que se sientan con la fé de los mártires, y capaces de arrostrar una serie interminable de desaires y de derrotas, por amor á la gloria y por cumplir concienzudamente con su destino sin recompensa ni utilidad de ninguna especie, los ingenios mexicanos dejaron abandonado el palenque de la escena, y se presentaron en el teatro de la política: y como estos son en todas partes mas útiles, y adelantan en todo mas que la ignorancia y la rutinera estupidez, asaltaron pronto los puestos mas elevados y mas honrosos, en los cuales respetó y aplaudió el pueblo, el uniforme, el bastón con borlas ó la autoridad de que vió revestido á aquel ingenio, cuyos esfuerzos heroicos por darle y adquirir gloria estuvo dispuesto á silbar y ridiculizar: no calculando que la esencia que estaba encerrada en aquel uniforme, la fuerza motriz que le habia elevado á aquella autoridad, habia sido el talento. Los ingenios y los talentos en tan singular país y en tan singular posicion, no pudieron tener la necesaria fraternidad del arte ni el vigoroso espíritu de asociación necesaria para forzar la opinión pública; y, al apoderarse de la prensa, les fué preciso hacerla servir para el adelantamiento político de su opinión y de la de su partido, y no para ventaja de las letras y de las artes, improductivas y mal acreditadas: y hé aquí, mi querido duque, por qué los literatos y los artistas mexicanos no han podido todavía producir obras grandes y de importancia nacional: porque de un adolescente, por vigorosa que sea su constitución física, no pueden exigirse los mismos esfuerzos que de un atleta en el vigor de la edad; y hé aquí como el pueblo ha conservado las antiguas ideas mezquinas y las viejas preocupaciones con respecto á las bellas letras, á los literatos y sobre todo á los poetas; porque de este adolescente, por precoz que sea su inteligencia, no puede exigirse el mismo juicio y rectitud de ideas que del adulto instruido y esperimentado, en el desarrollo completo de sus facultades intelectuales.

Sin embargo, el instinto poético del pueblo mexicano le arrastra, á pesar de todas sus preocupaciones, á dar en su existencia vulgar un sitio mas preeminente y una parte mas activa á la poesía que ningún otro pueblo moderno.

Francia, que es el país mas culto del mundo actual, adora á Lamartine y á Beranger, su poeta religioso y su poeta popular, y los dos poetas del siglo que merecen mas ser estimados de su pueblo; México no adora ninguno de sus poetas, porque no habiéndolos visto respetados ni protegidos por sus gobiernos, no ha aprendido á divinizarles; pero México adora la poesía, que hace un gran papel y toma gran parte en todas las acciones de la vida del pueblo; puede que no haya otro sobre la tierra que tenga mas afición á los versos, y en el cual se hagan mas. La riqueza y flexibilidad de nuestra lengua, el ingenio natural de los mexicanos, su talento especial para el epigrama, su carácter un tanto burlón y decidor, hijo del de nuestros andaluces, y su oido musical, mantienen en el pueblo una decidida aficion á la poesía: y acaso esta misma inclinación del vulgo y su facilidad de improvisar, contribuye á vulgarizarla y á que se la tenga en poco. No hay función religiosa, ni civil, ni particular, que no vaya acompañada de sus novenas en verso, de sus plegarias ó de sus romances; no hay fiesta nacional, ni acontecimiento político, ni suceso social un poco estraño, ni publicación periódica, ni devocionario, ni calendario, ni inauguración, ni examen de escuela, ni felicitación de dependientes á su principal ó propietario, que no traiga consigo sus versos. Más todavía: hay individuos de las últimas clases, que se establecen en los parages mas públicos detrás de una mesilla sobre la cual tienen papel y tintero, á quienes las criadas de servicio, los aprendices de los artesanos y los indios de los ranchos, van á demandar por una cantidad ínfima, ya la décima para pedir á su amo los aguinaldos, ya la octava para dar los dias á la novia, ya la canción para el bailecito del domingo &c.; pues bien: estos Píndaros de mercado, producen en general unos versos perfectamente medidos, en los cuales chispean á veces pensamientos llenos de originalidad y de gracia; y estos trovadores á la intemperie, algunos de los cuales no tienen camisa, son conocidos por el apodo de evangelistas. Me dirá V. con razón que esto no es literatura: no se la doy á V. yo por tal, ni intento hacerla pasar por moneda buena, nó; se la cito á V. primero, porque tiene el mérito de no pretender en su humildad remontar su vuelo rastrero mas arriba de la copa del árbol silvestre en cuyas ramas hizo su nido, y no saliendo nunca de la atmósfera plebeya en donde le tiene, llega muy rara vez, y solo como vergonzante, á la puerta de las imprentas, no demanda mas protección que la de un cajista, que á hurtadillas la compone y la echa á volar en medio pliego de papel, á la sombra y entre el campaneo de una fiesta religiosa ó de un aniversario nacional; y se la cito á V. además, porque tiene para mí otro mérito mayor que el de su modestia, mi querido Ángel, y es el de que prueba patentemente el grande instinto del pueblo mexicano para la poesía, y es una muestra viva de lo que podría esperarse de él, si llegara á alcanzar una época larga de tranquilidad y un gobierno que se ocupara seriamente de su educación. Este pueblo emplea, estima y paga la poesía como sabe y puede, en los que él cree sus poetas populares, porque no conoce á los verdaderos poetas cuyas obras serán en la posteridad honra de su país: y no les conoce porque sus libros son aquí todavía muy caros y su adquisición no está al alcance de su miserable fortuna; y además, porque como la prensa en vez de encomiar y popularizar sus obras, se ocupa en general en criticarlas ó desacreditarlas por espíritu de partido y enemistad política hacia sus autores de diferente opinión que la suya, rara vez llegan al pueblo sus composiciones ni sus nombres sino como dos cosas dignas de censura; pero yo pregunto ¿el pueblo que mantiene y reconoce como una profesión la de sus evangelistas, teniéndoles por poetas y hombres de ingenio, no haria vivir de su ingenio y de su ciencia á sus verdaderos talentos, si su sociedad y sus gobiernos se los enseñaran á conocer, á respetar y á premiar, como dignos de fama, de respeto y de premio, por la honra y la fama que las obras de su ingenio han de dar algún dia á su hoy mal apreciada patria? ¿Es decoroso acaso para los gobiernos mexicanos, que los estranjeros demos á conocer y á estimar en nuestras lejanas tierras los nombres y las obras de los ingenios que ellos olvidan, menosprecian ó no protegen en la suya? ¿No les toca á ellos, primero que á nosotros, hacerles justicia?

Hay otro género de literatura indígena de este país, pues no la he hallado en ninguno de los que yo he recorrido, y de la cual voy á decir á V. cuatro palabras un poco duras: porque este sí que tiene pretensiones literarias é influencia tal vez en las masas populares, y merece que se le juzgue conforme á sus pretensiones: este género de literatura es el de los calendarios.

Un editor, un impresor, no importa quién, se propone como base de una pequeña especulación hacer un calendario. Para darle interés y valor comercial, añade á las doce hojas que ocupan los nombres de los santos de los doce meses del año, cuarenta, cincuenta y hasta cien páginas, en las cuales reimprime lo que le parece mas á propósito para llamar la atención, bajo los títulos y epígrafes mas excéntricos que le ocurren para escitar la curiosidad, con todo lo cual amasa un folleto. Estos librejos, vendidos á precios muy bajos, únicos que están al alcance de la gente pobre, corren entre el pueblo y son llevados por los buhoneros ambulantes á los pueblos, ranchos y haciendas, y no hay casa en donde no halle V. tres ó cuatro. Hay dos especies de calendarios: en la primera el editor, con mas ó menos acertada elección pero con intención sana de ser útil, inserta noticias históricas, estadísticas, geolójicas, &c., del país, cuya lectura pueda ser instructiva para la multitud: estos calendarios y sus autores no solo no los tengo por perjudiciales ni dignos de crítica, sino que creo que merecen elogio: porque tienen por fin la ilustración de la muchedumbre, una de las mas sólidas bases de la civilización de un pueblo; pero lo que yo encuentro absurdo, inmoral y altamente estúpido es la segunda especie de calendarios. En esta, un poeta chirle ó un impresor ignorante reúnen en un folleto, con puntas y ribetes de libelo, una colección de poesías groseras, de parodias sin gracia de obras célebres que la tienen, ó de artículos de costumbres escritos por gentes que ni las conocen ni pueden llegar á conocerlas, porque no pueden saber estudiarlas por su falta de mundo, de filosofía y de talento de observación, que ignoran hasta la lengua castellana; y en fin, que la mayor parte ni son mexicanos. En estos calendarios es donde aparecen sátiras y diatribas furibundas, en las cuales nombres propios van seguidos de adjetivos, apodos y epítetos injuriosos, y en donde se trata á los gobiernos, á los gobernantes y á las reputaciones de todas especies, como pudiera á unos pordioseros ó salteadores de caminos: y ya supondrá V. que esto no lo dicen los tales calendarios sino de los gobiernos y de los gobernantes caidos, no de los dominantes en el momento de publicarse. Morto leone, lépores insultant.

Creo haber hecho á V. una reseña clara aunque breve del estado de México y de su literatura, con la imparcialidad de un poeta en cuyos juicios y opinión no influye espíritu alguno de partido ni de nacionalismo, porque tiene por patria el universo, á los pueblos hispano-americanos por compatriotas, y por hermanos á los hombres de todas las naciones, como manda el Evangelio: réstame ahora para concluir con esta disforme carta, dar á V. una noticia de algunos poetas mexicanos, ya que no es posible hacerla de todos en este escrito, que ampliaré Dios mediante en mejor ocasión: corrigiendo entonces las inesactitudes que hayan podido cometer mi insuficiencia ó mi incapacidad; pero que no ha forjado mi mala fé, ni ha calculado mi interés, ni está aferrada en sostener ninguna de las mezquinas pasiones, de las cuales Dios guarda felizmente exento mi corazón.