La flor de los recuerdos (México): 35

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La flor de los recuerdos (México) de José Zorrilla
México y los mexicanos. Fernando Orozco


Fernando Orozco.—Poblano; empeñado en no transigir con los errores, abusos y preocupaciones del tiempo y la sociedad en que le cupo nacer, vivió y murió aislado, poco conocido y falto de protección. Su novela intitulada: “La guerra de treinta años,” es la espresion de su talento, de su carácter y de sus opiniones; es su verdadera biografía, el símbolo escrito de sí mismo. La guerra de treinta años es un libro sobre cuyas hojas esprimió Orozco su corazón, sin mas objeto que el de complacerse á sí mismo, derramando en él sus pensamientos, sin respeto ni temor de cuanto le rodeaba. Dice en él á la sociedad lo que piensa de ella, sin rodeos ni circunloquios, en un estilo franco y familiar, y en un lenguaje libre, á veces vulgar, á veces sublime, unas correcto, y otras desaliñado. Desde las primeras líneas de su libro revela Orozco su carácter y sus opiniones: á la cuarta línea dice: “al escribir me propongo todos los objetos posibles: divertirme y divertir á los otros: recibir una lección ó darla, hasta arrancar un aplauso sino es escesiva mi pretensión.

Yo no tengo modestia ni hipocresía escribo para que me lean, para que me celebren si lo merezco, no para que me adulen, y mucho menos para guardar mis borradores empolvados y contemplarlos en la soledad, como el avaro contempla su dinero, tomado ya con la humedad del pozo que lo oculta. Nadie me ruega que publique yo mi obra, ni nadie me rogó que la escribiera: ambas cosas las hago por mi espontánea voluntad, y entre los objetos que me propongo, uno de ellos es hacer una prueba de mí mismo.”

Dice Orozco un poco mas adelante: “El paraiso del mundo quedó agostado el primer dia de su eflorescencia: no hay que buscar flores ni juncos para teger una corona, sino tomar un tronco viejo y ahuecado por los gusanos, para arrojarnos al mar de la vida y dejarnos llevar del viento que conduce á la playa desconocida de la eternidad.”

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“Un corazón frío y susceptible, desconfiado y crédulo, sublime y pervertido, afectuoso y misántropo, todo á la vez: este es en resumen el carácter del protagonista, la idea desarrollada según mi intención.”

Y tal es positivamente la idea desarrollada por Orozco en su Guerra de treinta años: y en cada página de su obra se vé perpetuamente al autor, que no trata de ocultarse un solo momento, puesto que toda su narración la hace personalmente, con su yo individual por delante. Orozco coloca la acción de su novela en España; pero se apresura á hacer en su introducción esta advertencia: “Si ahora coloco la escena en España, á donde nunca fui, razones tengo para ello; pero mas adelante si Dios lo quiere, haré que mis hijos vivan donde yo he nacido, en México. Probaré si es posible hallar dentro de mi país la novela: y la novela original, indígena.

“Hombres sin patria y patriotas sin nombre: mugeres divinas que se consumen en el marasmo de nuestra pereza social, ó que se prostituyen en la ignorancia, almas sin vida, corazones sin afectos: calaveras ridículos, artistas sin gloria, ciudadanos sin porvenir; una época que se va y otra que comienza; dos generaciones que luchan sobre la tierra mas florida y bajo el cielo mas claro… la Europa espiándonos: los hijos de Washington queriendo hacernos felices á traición… esta es la mina inagotable que tienen los novelistas mexicanos. Yo no esplotaré todas sus venas; soy demasiado perezoso para obra tan laboriosa; pero las denuncio para el que tenga mas ambición que yo, ó mas habilidad. Por ahora me he conformado con matar el fastidio y soltar la pluma: mas adelante tengo el tiempo. Una última aclaración me resta que hacer. Nunca he visitado la península de nuestros conquistadores, y digo Burgos y Madrid como diria Constantinopla ó Chihuahua: por eso no me detengo en pormenores topográficos ni astronómicos. Si digo que en Burgos hay un teatro, es porque á mi propósito necesitaba uno; si digo que en Madrid el Sol sale por Antequera ó por Cádiz, es porque para ser de dia se necesita que el sol salga por alguna parte; con esto quedo autorizado para inventar un nuevo sistema de geografía al uso de los que sean como yo. Por último, si digo que los burgaleses ó los madrileños son unos herejes ó unos hotentotes, no me crean: yo sé de quien lo digo y no hago mas que tomar un nombre prestado.”

¿Puede Orozco hablar mas claro y revelarse mejor? Pero ¿podia vivir querido por una sociedad cuyas costumbres y creencias criticó con tal osadía? Él mismo, en el centro de su novela, desarrolla en cuatro palabras el panorama de su existencia, identificada en la de Gabriel su protagonista, que dice: “por último, completaré la idea de mí mismo y de mi conducta diciendo los epítetos que alcancé. Los frailes me llamaban impío, los hombres honrados cínico, las mugeres tonto, mis amigos me hacian mas favor y me llamaban loco: en fin, llegué á ser hombre de cosas, como dice Fígaro, y este fué mi mejor escudo.” Después de leer estos pensamientos de Orozco, no se necesita saber su biografía. Cuanto mayor fuera su talento, mas amarga vida debió de alcanzar y mas lejos de la sociedad de su tiempo debió de verse obligado á morir.