La gruta del silencio/Prólogo

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ESTE POETA...



Este joven poeta publicó hace dos años un libro de versos que honrosamente repudia en el presente. Hijo de una juventud inquieta i acaso demasiado soñadora, aquel primer vastago de su injenio talvez desconoce hoi al padre que entonces le dio vida. ¡Tan lejos está ahora de lo que alumbrara ayer! El tiempo, eterno Proteo, ha sido su mejor consejero. Tuvo el valor de saberse renovar a tiempo i ya lo dijo el fuerte lírico italiano que es preciso o rinnovarsi ó moriré. Lo que este joven poeta adoraba ogaño lo ha sacrificado hoi en la busca de su nueva senda: ha sido un revolucionario dentro de su manera de pensar i de sentir de otrora. Este libro que ahora publica es fruto de lo que su espíritu ha elaborado en los instantes de las primeras inquietudes, mientras espera la revelación de su camino de Damasco en el cruce de muchos derroteros, acorazado de santos entusiasmos. Así, pues, sus versos tienen todas las cualidades i todos los defectos de las primeras cosechas líricas: espantarán a muchos sus raras locuras verbales, pero habrá también quienes vean en el fondo de todo ese bullir atormentado de la forma una personalidad curiosa, fuerte i orijinal. Las mas estrañas bizarrías del libro encuentran su justificación en la ardorosa juventud del poeta: sus veinte años, líricos i ricos en audaces arrestos, son el mejor escudo de toda la desdeñosa altivez que el joven porta lira erije en culto artístico. I una primavera que se inicia con loca exuberancia deja esperar un estío fecundo i propicio en opimos frutos.

Como todo buen poeta que no debe contentarse con producir sus versos por pura razón divina, este joven lírico es un curioso lector i un inquieto adorador de la belleza en todas sus formas. Si sus lecturas se adivinan fácilmente todavía en sus versos, día llegará para él en que ande solo en su pegaso por las praderas de sus ensueños. Lo que a él le ha sucedido con fuertes poetas como Baudelaire, Rodembach, Darío, entre nosotros, Max Jara, Mondaca i Prado, es condición de una juventud abierta a todos los vientos, que, en fuerza de comenzar a reconocerse en los otros, acabará por dar con los propios aledaños de su personalidad. Pero, en la obra de este cateo de la propia mina, la inesperiencia de los veinte años suele ser peligrosa. Así este poeta, como otros muchos de la joven jeneracion lírica chilena, ha comenzado en su estudio por donde otros hubieran terminado su jornada. Lector poco esperto de equívocas sutilezas, suele acojer con fácil confianza cier- tas bizarrías de la lírica moderna, sobre todo del simbolismo, que han contribuido a desorientar un tanto el lento proceso de sus gustos. Poetas como Mallarmé i Baudelaire deben ser leídos con reflexivo temor, pues las turbadoras embriagueces que comienzan a penetrarnos con el encanto de las bellas formas suelen llegar a las ideas cuales torbellinos deshechos. Esto esplica en parte la evolución ideolójica del autor de este libro que comenzó por entonar un himno de gracias a la amada, saturado de fuerte optimismo, para terminar la odisea lírica de su primavera sonora con modulaciones de desesperanza i de pesimismo aflictivo. Tanto sobre este joven lírico como sobre otros muchos de los nuevos poetas chilenos actuales tiene un fuerte ascendiente la poesía francesa de la última mitad del siglo diecinueve. Sobre las obras de muchos de ellos pesa aún la influencia simbolista recibida a través de los poemas de Lugones, Darío, Jiménez, Ñervo, González Blanco i directamente de Baudelaire i de Verlaine, quienes les han orientado en sus nuevos credos líricos.

Es de suponer los peligros que entraña para los jóvenes pretender seguir el proceso ideolójico de una poesía que, como la del lírico de «Sagesse», responde a una razón profunda de sinceridad i de dolor vivido. Que se estudien sus versos i se imiten sus bellezas de forma es justo, pues es él quien mas alto ha llegado en la espresion musical i emotiva de la lírica contemporánea. Pero las lecciones de su pesimismo huraño son peligrosas para escritores jóvenes que, como el autor de este libro debiera confiar en las fuerzas vivas de su juventud, en las enerjías de la acción, en los encantos de la naturaleza i de la vida. Ya Clarín dijo que la filosofía prematura es peligrosa i difícil. Antes que analizar es preciso ensayar las alas bajo el cielo, vivir la buena vida de la actividad primero que la desconsoladora existencia de los sentimientos. Es preciso acorazarse de enerjía, ser fuerte i ser un eterno vencedor para poder esclamar con el lírico latino: «Con qué furor te amo, oh Vida!»

Es este talvez el mayor peligro del intelectualismo para los escritores jóvenes. La autosugestión pesimista tomada como razón espiritual es peligrosa como disciplina i aun como fuente de belleza, sobre todo si se estreman sus recursos i se hace de ella una necesidad psicofísica. Quien así viva encerrado en su castillo interior será un ciego cargado de prejuicios ante la vida que bulle en su rededor. La personalidad se forma por esperiencia directa jamas por imitación.

«La Gruta del Silencio» me ha sujerido tales reflexiones pues en dicho libro veo todas las excelencias i todos los defectos de una marcada tendencia lírica que en la América latina comienza a dar verdaderas flores de pesadillas entre los jóvenes. El propio dolor de aquel fuerte Evaristo Cariego, que se fué en hora prematura; las notas amargas de Andrés Chabrillon o de Raúl de Mendilaharsu, me confirman en tal creencia que, desgraciadamente, va siendo una realidad dolorosa. No parece sino que para todos los poetas nuevos indolatinos el simbolismo fuera solamente una cosa de ayer. Tal es el entusiasmo con que le han acojido demasiado tarde. I el libro de este joven poeta demuestra que su autor avanza por las mismas peligrosas derrotas que las seguidas por estos ya admirables porta liras. Acaso la esperiencia de los años, que suele ser una buena consejera, le llevará luego por nuevos caminos i el que comenzó siendo un adolescente amargado por todas las inquietudes sea, en hora propicia, un entusiasta pastor de estrellas en las divinas praderas del ensueño i de la vida. Pero, entre las notas amargas que se retuercen en los versos de este poeta, es preciso consignar un mui noble noble afán por hacer poesía reflexiva, meditada, de emociones intensas i de fuerte espiritualidad. Se advierte en los pequeños poemas de «La gruta del silencio» un mui jeneroso afán por vaciar en el molde la estrofa inquietudes vivas, deseos obsesores, pensamientos estraños; todo ese bullir subconsciente de una vida espiritual intensa en fuerza de aparecer atormentada. ¿No impreca el poeta a su alma, en una de sus poesías, diciéndola que ame sus obsesiones i aumente sus martirios, talvez por el solo placer de sentirse mas torturada dentro de las rejiones del arte? Negaciones son todas estas que provienen de un intelectualismo frío, meditado i peligroso. Como ya advertía antes, la influencia del simbolismo ha encontrado en este poeta un eco profundo, torturadamente doloroso. Los poemas alucinados y que componen la parte mas granada del libro, dan una medida del alcance de dicha influencia: se habla en ellos de obsesiones que recuerdan las pesadillas de alcohólico de Rimbaud, los negros hastíos de Baudelaire i los terrores sensuales, hijos de la neuro sis, de Rollinat. Algunos de estos poemas, Cuando yo me haya muerto, hablan de un poeta capaz de hacer sentir hermosos e intensos es- tremecimientos líricos. Valga el siguiente ejem- plo de dos estrofas cojidas al azar:

Después vendrá el entierro, me sacarán de casa

Para jamas volver, aunque mi amor lo quiera,
Alguien habrá que al ataúd se abraza
I la quitan por fuerza i la arrastran afuera.

....................................................................

Se sentirán mis pasos en las piezas desiertas
I se sentirán golpes, suspiros, raspaduras.
¡Qué susto pasar frente a las ventanas abiertas

Que se quedan a veces en las piezas oscuras!

La Araña negra reproduce también el mismo tono de hastío i de preocupación interior. En ella cree adivinar el poeta la sombra de la

fatalidad i por esa razón la evoca con temblorosa emoción de espanto:

...Vuelve a andar lijero
(Me atraviesa los huesos un lento escalofrío).
Alargando las patas se mete a un agujero
I yo creo sentir que se lleva algo mio.

Tales versos producen la impresión que el poeta ha deseado, sobre todo el último que es admirable i obsesor. Ya Rollinat decia que el arte debe hacer sentir un calofrío siempre personal; acaso el calofrío que agobió los nervios de Victor Hugo cuando entre ellos se enredaron las notas de la lírica baudeleriana dejando el estrecimiento que el arpejio pone en las cuerdas. I en su busca de la personalidad el autor de «La gruta del silencio» ha dado, como los simbolistas, en el afán de poner el oido atento a todo lo que presajia el terror milenario de la muerte.

Grandes cualidades i enormes defectos se revelan en esta cosecha lírica que es de un poeta joven, enamorado de lo raro. Pocas veces versifica con soltura i facilidad lo cual no escluye que abunden en su libro versos hermosos, bien imajinados i mejor sentidos, i en la mayoría de los casos resaltan amaneramientos imposibles i un afán por hacer del verso algo incoherente, que no sólo está fuera de toda preceptiva sino que también se aleja de la mas elemental noción de la armonía. Ademas, debemos reprocharle sus prosaísmos incorrejibles: imájenes de pésimo gusto, rimas barbaras, trasposiciones violentas o fragmentos intercalados de versos franceses, recurso de que se ha valido para integrar un verso castellano; esto es de mal gusto, pues o se trascribe un verso íntegro en medio de un poema como lo ha hecho Rubén Darío o, de lo contrario, se espone el autor a romper la armonía de una estrofa con la disonancia de un fragmento de verso en francés que no sólo sacrifica la medida del poema sino que destroza también la rima.

Sin embargo, como estos defectos son hijos de la propia juventud del poeta, esperamos que, a medida que en la fresca jestación de su personalidad vaya cayendo el rocío de los años, llegará él a comprender todo el valor de la sencillez obtenida mediante el estudio. El caso de maestros admirables como Rubén Darío que dia a dia se acercan mas a la conquista del secreto de esa trasparencia de cristal elojiada por Juan Pablo Richter, puede ser un ejemplo digno de imitación. I en la lírica americana este caso se repite ya con frecuencia en escritores que, como Lugones, Amado Nervo i Guillermo Valencia, comenzaron siendo verdaderos maestres de capilla del simbolismo i de todas sus exajeraciones i hoi repasan, con idílica frescura, sus emociones, cultivando el arte serenamente, ajeno a esas complicaciones que antaño fueran para ellos palabras de oro. Pero la juventud tiene sus derechos sagrados i de ella es preciso esperar lo que aguardaba el poeta indú de su rosal: que florezca desordenadamente, braviamente, para que en su Otoño dé dos rosas tan sólo, dos rosas que sean la sustancia de aquellas mil que produjo en su primavera. Francis Jammes, cuyos versos de juventud recuerdan las rosas de ese rosal, lo ha dicho también en dos versos admirables que justifican la fecundidad hermosa de un poeta joven:

Un poete dissait que, lorsqu'il était jeune,
El fleurissait des vers comme un rosiér des roses.


I la juventud ardorosa del lírico que ha compuesto «La Gruta del silencio» está aún en la estación divina en que se florece enteramente, desordenadamente, divinamente. Sus veinte años son un bosque sonoro, un jardín exuberante, entre cuya maraña canta el ave azul de su ardoroso entusiasmo como una alondra ebria de aurora. Ella ha presidido en todos sus amaneceres i ella será pronto el heraldo que le anuncie la buena nueva de sus triunfos futuros, al dorar el estío las espigas de sus nuevas cosechas líricas.


ARMANDO DONOSO