La hija del mar/Capítulo VI

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Capítulo VI
La ribera


          ¡Oh tierra! ¡Oh madre mía! Y tú, ¡oh aurora!,

          que comienzas a despuntar, y vosotras, montañas,

          ¿por qué sois tan bellas? Yo no puedo amaros.

          Ojo brillante del universo abierto sobre todos y para todos,

          fuente de delicias, tú no iluminas mi corazón.

                                                            Lord Byron


El sol blanqueaba ya las rojizas montañas sobre las cuales se asienta el faro de Finisterre, que parecía sobre aquellos picos desnudos y calcinados el nido del águila que desafía las tempestades y burla la sagacidad y vigilancia del hombre que no puede alcanzarla.

Las aves marinas hacían sentir el ruido de su vuelo en medio de aquella soledad cuyo silencio sólo ellas interrumpían al compás del murmurar de las olas que entonces más que nunca parecían apaciguadas o dormidas.

Algunas nubes ligeras y rosadas, flotando en ese cielo color de perla inimitable que el pincel no puede prestar a ningún horizonte, bogaban en la atmósfera, semejando rosas orientales sobre una alfombra de zafiro, donde las huríes dejan impresa la leve y fugitiva huella de su paso. De cuando en cuando rodeaban al sol majestuosas y brillantes, cambiando a cada paso sus colores como la doncella que muestra uno por uno sus encantos a su amante. El sol no desdeñaba aquellas caricias, el sol se dejaba envolver en aquellos flotantes ropajes que teñía con sus rayos de oro, privando a la tierra en aquellos breves y rápidos intervalos de felicidad de su clara luz refulgente. Pero las nubecillas pasaban y él volvía a aparecer más radiante y ellas más hermosas, reflejándose placenteras en aquellas aguas movibles que se complacían en retratarlas en su húmedo seno.

Todo aquello era hermoso, todo melancólico a pesar de que no se divisaba en aquel vasto paisaje ni árboles, ni arroyos, ni la más desdichada flor silvestre.

El musgo aterciopelado no se extendía a la sombra de los desmayados sauces, ni el alhelí ni la azucena prestaban aroma al viento de la mañana.

Los pájaros no entonaban ese canto de gracias que alzan al divisar la primera luz que viene a herir su penetrante mirada, ni el eco lejano del caramillo que resuena en medio de la espesura del bosque, ni el chirrido que forman las ásperas ruedas de los carros de labranza, ni el canto triste y lleno de poesía con que las voces claras y frescas de nuestras campesinas llenan el vacío y la soledad de las montañas se escuchaba en aquel estéril desierto.

Tan sólo el mar, majestuoso y medio dormido, suelta a los vientos su melena de espumas que la rizan, y los brazos extendidos lánguidamente sobre la playa, como león que se espereza o lame tranquilamente sus garras después de harto, es lo que presta vida a aquella desnuda y árida naturaleza.

La mirada puede alcanzar hasta una inmensidad sin límites, severa y uniforme, el cielo y el mar se confunden, en el lejano horizonte formando un solo cuerpo y en una sola línea, y el pensamiento se lanza allá donde no puede alcanzar la mirada y gira en un mundo que desconoce pero que adivina.

El sol se refleja de lleno en el fondo de aquel lago inmenso, único espejo de la tierra, capaz de contener su sombra y, prestando a aquel cuadro digno del Eterno el colorido de su gloria, aparecen juntos, en unidad grandiosa, cielos, sol y mar, ante cuyas imágenes queda paralizada la imaginación y prosternado el espíritu.

Por eso, ante aquellos gigantes del universo no se echan de menos las quebradas de las montañas que dibujan y recortan graciosamente los horizontes, ni los árboles y viñedos que en grupos desiguales forman caprichosos y aromáticos ramilletes de verdura, grutas misteriosas y sombras que ocultan flores de tallo airoso y desigual.

Eacute;sta es la poesía de las mujeres, variada y grata para los sentidos, llena de perfumes que deleitan, brillante en colores, desigual en la forma; ésta es la poesía de los espíritus ligeros, de las almas delicadas que no pueden vivir más que de aromas y de brisas suaves; ésta, en fin, es la atmósfera de las mariposas y de las flores, en donde se esparce el alma de los niños y cobra nuevo aliento el pecho cansado de los ancianos.

Mas la otra es la verdadera poesía de todo lo grande, de lo único que puede mostrar a los hombres esa figura grandiosa, aérea, eterna, a Dios, en fin, grande como todo lo creado, imperecedero como su esencia, poderoso como su voluntad, que levantó del caos confuso de los primeros días de la creación la tierra llena de celestes maravillas, el cielo, la inmensidad en que flotan como globos candentes los cien astros que tachonan el azul de una noche de primavera. La imaginación no se entretiene allí con infantiles pequeñeces, con acentos que murmuran y pasan; el colorido de aquellos cuadros tiene un reflejo de gloria, los tonos son severos, pero brillantes, su dibujo sin líneas se pierde en lo infinito.

Los rugidos del mar, la cólera de las olas es la única que puede estar en consonancia con los tormentos de un alma fuerte, con los sentimientos de un corazón generoso que se desespera de las mezquindades de la tierra; la brillantez del sol, la única que puede bastar a esas almas soberbias que todo lo encuentran pequeño y débil para deslumbrarlas; el cielo..., el más grande de los espacios, la carrera sin término, la eternidad del pensamiento humano, ése es el puerto de salvación con que sueñan los que padecen, la barrera que trata en vano de traspasar el incrédulo, la atmósfera, en fin, en donde moran todos los ídolos, todas las ilusiones del poeta.

Tal era el paisaje que rodeaba siempre a Teresa y su hija, que caminaban silenciosas en medio de la calma más profunda y la soledad más absoluta.

Oprimía indiferente la primera, con sus pies descalzos y morenos, las rosadas conchas del arenal, que cambiaban en tornasoles violados a la luz del sol, y embebida en sus propios pensamientos parecía no atender a ningún objeto exterior.

Su hija, por el contrario, saltaba ligera y alegre de peñasco en peñasco, y jugueteando con aquellas olas que amaba y que parecían respetarla cual si la reconocieran por una de sus hermanas, semejaba una vaporosa ondina próxima a lanzarse en las frías ondas del océano y desaparecer como una ilusión del pensamiento para no volver jamás.

Por fin ocultóse tras los inmensos peñascales que circundan la playa, y Teresa quedó sola, entregada a sus locos pensamientos.

Sentada sobre una pequeña eminencia desde la que se descubría toda la costa, con la mirada fija en el horizonte y la cabeza apoyada en una mano, parecía absorta en alguna de esas meditaciones dolorosas y vagas que son un consuelo para esos pobres corazones, poetas que la fatalidad condena al eterno aislamiento de unas horas sin término, faltas de emociones y de placeres, horas que aniquilan la vida y la marchitan cual si la rodeara una atmósfera devoradora.

Un alma ardiente, una imaginación inquieta y un talento inculto, son tres grandes fuerzas que combaten entre sí cruelmente cuando no hay un lenitivo que endulce la acritud que va siempre mezclada a la felicidad de sentir y de crear, pues a pesar de esto suele ser bastante amarga la existencia de los que poseen esas divinas cualidades que parece debían formar la felicidad del hombre. Ved por eso cómo los poetas se lamentan de ser las criaturas más desdichadas del universo, no siendo esto seguramente porque sus desgracias sean mayores que las de los demás, sino porque ellos las sienten con mayor fuerza y porque el llanto constituye uno de sus placeres. No envidieis, por tanto, su felicidad: él sube a la cumbre de la gloria después de navegar en un mar de lágrimas; muchas veces cuando toca la ribera de sus sueños, después de combatir cien tormentas de dolores, el laurel de sus triunfos se entrelaza al fúnebre ciprés para coronar su tumba.

Teresa era poeta, aunque sin saberlo, y por eso sentía siempre en el fondo de su alma una terrible lucha que la martirizaba aun en los instantes en que debía ser más dichosa.

Dentro de su corazón se encerraba toda esa riqueza de sensaciones que son el patrimonio de los desheredados, el patrimonio de los que nacen para soñar y ambicionar bellezas, cuyo solo deseo hace derramar lágrimas de placer, sin que nunca puedan gozar de ellas más que como un horizonte lejano que tanto más se separa de nosotros cuanto más nos aproximamos a él.

Eran sus únicos placeres soñar un día de felicidad que quizás no llegaría nunca, y derramar amargo llanto por una memoria que sólo era posible la conservara a fuerza de serle necesaria para sustentar sus delirios, porque Teresa, como hemos dicho ya, sólo podía vivir de emociones violentas que debían conmoverla hasta la exageración.

La tranquilidad era para ella la muerte.

Su imaginación vagaba eternamente por desconocidas regiones, de las cuales descendía fatigado su espíritu, el altanero y el loco.

Entonces, lanzando una mirada en torno suyo y encontrando sólo el inmenso vacío que la rodeaba, su dolor se convertía en locura y por eso iba a la playa a hablar con los vientos y con las olas, y a escuchar el eco de sus mismos lamentos en la soledad de la ribera.

Por eso cuando Esperanza se ocultó a su mirada y pudo convencerse de que nadie podía oírla, empezó a hablar en voz alta un lenguaje comprensible sólo para ella.

Su voz salía vibrante, su mirada despedía el brillo ardiente de la locura, sus labios pronunciaban convulsivos las palabras tembladoras, y su pecho anhelante podría apenas contener aquel torrente impetuoso de suspiros, de exclamaciones y de quejas que iban a turbar la soledad de aquellos retiros. Aquello era un delirio salvaje, una fertilidad prodigiosa de aquella imaginación virgen, que, como los bosques de América, era tal su savia y su vegetación que no permitía pasar más allá del borde de sus orillas.

Aquel espíritu fuerte y salvaje henchido de poesía, y loco de amor, aquel corazón inocente y lleno, sin embargo, de amargura, aquel genio indómito sin alas para volar al azulado firmamento, era una joya perdida en un ignorado rincón de la tierra, un tesoro desconocido que iba a perderse y morir por demasiada vida y por falta de luz y de espacio.

Corrió largo tiempo y como una verdadera poseída de un lado al otro de la playa, y después jadeante y casi sin aliento, arrodillóse a orillas del mar y posó su frente abrasada sobre la arena para que se estrellasen débilmente en ella las olas frescas que corrían hacia aquel punto.

Después besó la arena con profundo recogimiento y, sacudiendo su negra cabellera en la que brillaban como diamantes de un rico tocado las mil gotas de agua que esparcía en torno suyo, dijo con acento claro y penetrante:

-¡Yo debo morir porque también mi hijo ha muerto! Mi marido me ha abandonado y no soy ya en la tierra más que un frío despojo de quien nadie se acuerda... ¡Yo debo morir!... ¡Lorenzo cuidará de Esperanza!

Guardó silencio algunos instantes, sus ojos derramaron un torrente de lágrimas que rodaban rápidamente por sus pálidas mejillas y, después, dirigiendo en torno suyo una mirada de tristeza, exclamó con acento conmovido.

-¡Voy a darle el último beso! ¡Pobre Esperanza!

Y dirigiéndose hacia el sendero que desembocaba cercano al sitio donde debía hallarse su hija, se paró en medio del camino y lanzó un grito que resonó por toda la playa.

Después, bamboleándose, caería sin sentido sobre la dura peña de la playa, si un hombre que se acercaba con lento paso hacia ella no la recogiera en sus brazos.


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