La hija del rey de Egipto/Tomo I/Capítulo I

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CAPITULO I

 l Nilo ha salido de madre.

 Inmensa llanura de agua se extiende en todas direcciones por los que antes fueron floridos bancales y lozanos sembrados. Sólo descuellan sobre el haz del agua las ciudades, protegidas por los diques, con sus gigantescos templos y palacios, los techos de las aldeas y las copas de las esbeltas palmeras y acacias. Cuelga sobre las olas el ramaje de los plátanos y sicomoros mientras se eleva y asciende, cual si quisiera huir del húmedo elemento, el de los altos pobos.

 La luna llena derrama suave claridad sobre la cordillera libica que se confunde con el horizonte. Flotan en el agua flores de lotos, blancas y azules, y revolotean por el tranquilo aire de la noche, que satura el perfume de acacias y jazmines, murciélagos de diversas epecies. En las copas de los árboles duermen las palomas, zoritas y otras aves; entre los papiros y nelumbos que cubren de espeso verdor las orillas del río, se acurrucan los alcatraces, las grullas, las cigüeñas. Estas, para dormir, esconden su largo pico bajo sus alas sin moverse por nada; pero las grullas se azoran al ruido de un remo, ó á la voz del barquero, alargan el cuello y espían temerosas el lejano horizonte y en torno suyo.

 No sopla el más leve vientecillo. La imagen de la luna, rielando en el agua cual escudo de plata, muestra lo plácida y mansa que está la corriente del Nilo, que despeñado primero por encima de las cataratas, precipitándose con ímpeu, bañando los templos gigantescos del Alto Egipto, cuando llega al punto donde se lanza al mar por multiplicadas bocas, deja por fin su arrebatada petulancia y se entrega al blando sosiego.

 En esta noche de luna, 528 años antes del nacimiento del Salvador, un barco cortaba el remanso de las aguas, junto á la boca canóbica "del Nilo. Un hombre egipcio, sentado en lo alto del techo de la cámara, gobernaba el largo pinzote del timón[1]. En el casco, unos remeros medio desnudos bogaban cantando. Dentro de la cámara abierta, parecida á una enramada de madera, veíanse dos hombres reclinados sobre bajos divanes, y á juzgar por su aspecto, no eran ciertamente egipcios. La claridad de la luna bastaba á revelar su procedencia griega. El mayor, hombre extraordinariamente alto y robusto, de unos sesenta años de edad y cuya espesa cabellera cana caía algo desordenada sobre su corta cerviz, iba vestido de una simple capa y miraba taciturno hacia el río, mientras su compañero, que tendría unos veinte años menos y era de complexión delicada, ora miraba al cielo, ora dirigía una palabra al timonel; ya replegaba con gracioso ademán su hermosa jlanis[† 1] de púrpura azul, ya acariciaba su perfumada cabellera de color castaño, ó su barba cuidadosamente rizada.

 Hacía como media hora que la embarcación había salido de Náucratis[2], único puerto egipcio á la sazón accesible á los helenos. Durante el trayecto, el hombre cano y taciturno no despegó los labios, y el joven le había abandonado á sus pensamientos; mas al acercarse la barca á la ribera, el inquieto pasajero levantándose, dijo á su compañero:

 —Vamos á llegar al fin de nuestro viaje, Aristómajos. Allá, á la izquierda, aquella bonita casa en medio del jardín de palmeras que descuella sobre los campos inundados[3], es la morada de mi amiga Rodopis. Su difunto esposo Járaxos la mandó construir, y todos sus amigos, incluso el mismo rey, procuran hermosearla cada año con nuevos primores. ¡Trabajo inútil! Aunque lleven á la casa todos los tesoros del mundo, su mejor tesoro será siempre su espléndida dueña.

 El anciano se levantó, echó una rápida mirada al edificio, arregló su espesa barba gris que le cubría los carrillos y toda la parte inferior del rostro, dejándole sólo libres los labios[4], y dijo secamente:

 —Mucho caso haces de esa Rodopis, Fanes. ¿De cuándo acá gustan los atenienses de las viejas?

 El interpelado sonriéndose, contestó con cierta fatuidad:

 –Creo que entiendo algo en eso de juzgar á las personas y especialmente á las mujeres, y vuelvo á asegurarte que en todo Egipto no conozco otra más noble que esa anciana. Cuando las habrás visto, á ella y á su linda nieta, y oirás tus melodías favoritas cantadas por un coro de esclavas perfectamente amaestradas[5], me darás las gracias por haberte llevado allá.

 —Con todo—respondió gravemente el espartano,—no te hubiera seguido, á no abrigar la esperanza de encontrar aquí al delfio Frixos.

 —Le encontrarás y confío en que el canto te hará bien, sacándote de tus tétricas meditaciones.

 Aristómajos hizo un gesto negativo con la cabeza y repuso:

 —Es fácil que á ti, liviano ateniense, te anime el canto patrio; á mí cuando oigo las canciones de Alkman[6], me sucede lo que en las noches que paso soñando despierto. Crecen mis anhelos lejos de calmarse.

 —¿Piensas, acaso—preguntó Fanes—que no deseo volver á ni querida Atenas, ver los sitios donde jugaba cuando niño, y contemplar la vida animada de la plaza pública? Júrote que tampoco me gusta á mí el pan del destierro; pero sabe éste mejor con un trato como el que esta casa ofrece, y cuando mis amadas canciones helénicas, cantadas por ti con maravillosa perfección, resuenan en mi oído. Entonces surge en mi imaginación el recuerdo de mi país; veo sus olivares y sus bosques de pinos, sus frescos ríos de esneralda, su azulado mar, sus esplendorosas ciudades, sus nevadas cumbres y marmóreos pórticos. Una lágrima, amarga y dulce á la vez, se desprende de mis ojos cuando cesa la música, y apenas acierto á convencerme de que me hallo en Egipto, en este país tan monótono, caluroso y extraño, del que, merced á los dioses, no tardaré en salir... Pero dime, Aristómajos: si recorres el desierto, ¿huirás los oasis, porque después debas volver á pisar arena y á padecer sed? ¿Quieres recha zar una hora de felicidad porque te aguardan días de desventuras?—Alto, ya estamos. Serena tu rostro, amgo, pues no está bien que entremos tristes en el templo de las járites[† 2].

 En este momento, la barca llegó junto á la muralla del jardín bañada por el Nilo. El ateniense salió dando un ligero brinco, y el espartano, con paso firme y reposado. Aristómajos llevaba una perna postiza; mas á pesar de ello, andaba con tanta soltura al lado del ligero Fanes, como si hubiese nacido con la pierna de palo.

 En el jardín de Rodopis, los perfumes saturaban el aire, abríanse las flores y se percibía cierto revoloteo como en noche de conseja. Acantos, mimosas, setos de viburno, jazmín y saúco, malezas de rosales y crsos se apretaban unos á otros; palmeras, acacas y elevados balsameros sobresalían por encima de los arbustos; grandes murciélagos cernianse con sus delicadas alas sobre el conjunto, al són del canto y la risa en el río.

 Un egipcio plantó aquel jardín; los constructores de las pirámides eran desde antiguo celebérrimos jardineros[7]; sabían perfectamente separar los bancales y combinar grupos regulares de árboles y arbustos, disponiendo acequias y sur tidores, enramadas y glorietas. Festoneaban también las veredas con setos artísticamente recortados, y criaban doradas en piscinas de piedra.

 Fanes se paró en la puerta de la muralla, miró con cautela alrededor, escuchó en varias direcciones, y noviendo la cabeza, dijo:

 —No sé qué pueda significar esto. Ni oigo voces, ni veo luz. Las barcas todas han desaparecido, y no obstante, cerca de los obeliscos de la entrada, ondea la bandera con su palo abigarrado 8. Rodopis debe estar ausente. ¿Habrá olvidado...  Antes de terminar la frase, fué interrumpido por una voz grave que exclamó:

 —¡Ah, el jefe de la guardia!

 —Salud,Enakias-—dijo Fanes saludando amistosamente alanciano que se le acercaba.—¿Cómo es que en este jardín reina la quietud del sepulcro egipcio, en tanto que veo izada la bandera de hospitalidad? ¿Desde cuándo invita en balde á los forasteros ese lienzo blanco?

 —¿Desde cuándo?–contestó el anciano esclavo de Rodopis.

 —Mientras las moiras[† 3] perdonen graciosamente á mi señora, segura está la vieja bandera de atraer á tantos huéspedes cuantos quepan en esta casa. Rodopis ha salido, pero no puede tardar en volver. La tarde se ha presentado tan hermosa, que ella y todos sus huéspedes han resuelto dar un paseo por el río. Hace dos horas, á la puesta del sol han salido, y la cena está ya preparada[8]. No pueden tardar. Te suplico, Fanes, que no te impacientes; entra conmigo en la casa. Rodopis no me perdonaría que dejase de instar á permanecer aquí á huésped tan acepto. Y á ti, forastero—dijo al espartano,—ruégote encarecidamente que te quedes también, pues como amigo de su amigo, te recibirá gustosa la señora.

 Los dos griegos siguieron al sirviente y se sentaron junto á una enramada.

 Aristómajos contempló los objetos que le rodeaban alumbrados por la luna, y dijo:

 —Explícame, Fanes, ¿á qué suerte debe Rodopis, antigua esclava y hetera 10, el vivir como reina y recibir como tal á sus conocidos?

 Esta pregunta me la esperaba tiempo há—contestó el ateniense, —y celebro que me sea dable enterarte del pasado de esta mujer antes de que entres en su casa. Durante la travesía no he querido molestarte con narración alguna. El vetusto río impone con incomprensible fuerza el silencio y la meditación tranquila. Cuando yo, como tú ahora, realicé por vez primera una excursión nocturna por el Nilo, sentí también como paralizada mi otras veces incansable lengua.

Página:La hija del rey de Egipto (Tomo I).pdf/22 Página:La hija del rey de Egipto (Tomo I).pdf/23 Página:La hija del rey de Egipto (Tomo I).pdf/24 Página:La hija del rey de Egipto (Tomo I).pdf/25 Página:La hija del rey de Egipto (Tomo I).pdf/26 Página:La hija del rey de Egipto (Tomo I).pdf/27 Página:La hija del rey de Egipto (Tomo I).pdf/28 Página:La hija del rey de Egipto (Tomo I).pdf/29  «Cuando un día la milicia descienda de las nevadas montañas á los campos del río que inunda la llanura, la tardíabarca te llevará á aquella playa que otorga paz y morada al hombre errante. Cuando un día la milicia descienda de las nevadas montañas, el cinco decisivo te dará lo que te negó por mucho tiempo.»

 Con atento oído escuchaba el espartano estas palabras: hízose repetir la sentencia del oráculo, luego la recitó de me moria, dió las gracias á Frixos y escondió el rollo en su vestido.

 El delfio se mezcló en la conversación general. El esparta no, empero, siguió repitiendo en voz baja la sentencia del oráculo para fijarla bien en su memoria y descifrar acaso sus palabras enigmáticas.



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  1. La jlanis era una ligera capa de verano, generalmente de tejidos preciosos, que solían llevar los elegantes de Atenas. La capa sencilla, himation, vestían la los griegos dorios, especialmente los espartanos.
  2. Nombre griego de las Gracias.
  3. Parcas,

Notas