La indiada en revuelta

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Los tres sorianitos - La indiada en revuelta
de José Ortega Munilla



A sí que partió del campamento Felipe del Estero, empezó a observar Otaduy que había de rendirse a los indios o sostener un asedio. Porque llegaban de todas partes los sublevados, los de las tribus de los Toba, los Mocobis, los Vilelas. Ellos vociferaban en sus dialectos, ellos amenazaban violentamente. Ellos, disponían de armas, porque, alguien, aún no se ha averiguado oficialmente, pero se supone que se trata de agentes extraños, acuden desde lejos, con oportunidad maravillosa para que en el día de la conjura contra el Gobierno Argentino, los rebeldes estén bien armados.

Las disposiciones que tomó Otaduy fueron muy sencillas, pero muy enérgicas. No tenía nadie que le amparase. Él y los hijos menores de Cerdera eran todo el ejército. Fue obra milagrosa el que las palabras de Otaduy influyeran de tal suerte en los dos niños, Generoso y Basilio, que ambos se convirtieron improvisadamente en veteranos. Obedecían toda orden, y hallándose, como estaban, dispuestos a morir, les hizo entender Otaduy que, la única defensa posible estaba en la disciplina.

¿Concebís, vosotros, mis lectores, lo que sería Napoleón, Napoleón el Grande, siendo jefe de una milicia compuesta de dos niños? Pues este fue el caso. Lo primero que hizo Otaduy fue escoger un terreno defensivo. Había allí cerca una montañuela, rodeada de árboles. Cerca estaban muchos troncos de árboles muertos. Él y sus dos auxiliares condujeron a las montañuelas esos troncos, y con ellos construyeron un blokao. Por fortuna en los serones que conducían los bastimentos, y que no pudieron llevarse los indios traidores, había cantidad suficiente de elementos comestibles, que fueron llevados al fortín que acababa de improvisarse. Se disponía de cuatro rifles, de seis pistolas americanas y de cartuchería abundante para unas y otras armas. Una vez instalados, Otaduy, Generoso y Basilio, en el lugar que el primero había elegido, se dispusieron a la defensa.

-Los que nos van a acometer saben que estamos solos, porque el baqueano y los otros que nos faltaron en la obligación prometida, se lo habrán dicho. Pero acaso temen la llegada de las tropas del Gobierno, y eso les hará colocarse de modo distinto a como si supieran que no encontraríamos nuevos auxiliares... Si el valentísimo Felipe ha caído en manos de esa canalla, entonces sí que estaremos perdidos. Pero si él consigue llegar a Resistencia, todo será un día de lucha. Y para sostenerla, vamos a multiplicarnos. Tú, Generoso, vas a tener cuatro nombres, que yo pronunciaré incesantemente. Te llamarás Generoso, Gaitán, Bernardo y José... Tú, Basilio, el héroe chiquitín, tendrás más nombres que tu hermano. Te llamarás Bernabé, Fabricio, Lucas, Rafael, Cayetano, Tomás... Yo, cuando nos ataquen, y comencemos a disparar, os llamaré con estos nombres, para que crean los indios que no estamos solos, sino que tenemos combatientes inesperados. Y eso les hará entender a los enemigos, que no les será tan fácil dominarnos... De modo que ahí está nuestra táctica... ¿La habéis entendido?... Con eso, y con que os mováis mucho lanzando gritos, profiriendo exclamaciones, pisoteando recio, yendo de un lado a otro del fortín, imaginarán los que nos atacan que somos muchos... ¡Aunque somos sólo tres, un viejo, cansado, y dos niños, bisoños en el luchar!...

En esto, y cuando acababa de organizarse la defensiva, sonó un largo silbido a lo lejos, y poco después una voz que decía:

-Oficial del Gobierno... Un indio quiere hablaros...

Otaduy tardó en contestar. Era un trámite que esperaba: la exigencia del rendimiento sin lucha.

Después de nuevo requerimiento de la voz lejana, misteriosa y anónima, gritó Otaduy:

-¿Quién habla?

Momentos después vino la contestación:

-Un indio, por orden del Jefe del Campo.

-¿Quién es el Jefe del Campo, y qué campo es ese?... Aquí no hay campo militar alguno sino del que yo soy comandante único... De modo que no acepto la pregunta ni la visita que se me propone... Ahora mismo espero la llegada de tropas regulares de Resistencia. La caballería está cerca. Cuando llegue, hable el supuesto Jefe del Campo indio con el jefe de la tropa. Mi misión es permanecer aquí. Aquí está el Gobierno de la República Argentina. Dispongo de medios suficientes para la defensa.

Apenas concluyó esta respuesta Otaduy, sonó a lo lejos un griterío infernal. Se dispararon varias escopetas y se observó que avanzaban los rebeldes, zancajeando a través del bosque. Otaduy adivinó el sitio por donde venían los asaltantes. Llamó por señas a los niños, y ellos y él dispararon en aquella dirección los rifles. Otaduy ordenó seguir disparando. Y el más petizo, como dicen los argentinos, el más pequeño, como decimos nosotros, de los Cerdera, fue más rápido en la obediencia. De su rifle salió todo el depósito de la cartuchería. Fue una granizada de balas. Y como si Dios hubiese puesto en la puntería el acierto que Él pone en todo, se oyeron gritos de dolor en la obscura profundidad. Varios indios habían sido atravesados por los proyectiles.

Entonces Otaduy, comenzó a gritar, con voces desaforadas los nombres supuestos de sus auxiliares.

-Generoso, Gaitán, Bernardo, José, Basilio, Fabricio, Lucas, Rafael, Cayetano, Tomás...

Mezclando estos nombres con disposiciones de defensa:

-Tú, a la derecha... Acudid vosotros del centro... Gaitán, enfronta la ametralladora hacia el comienzo de la picada en el bosque... Y haz fuego sin cesar...

Media hora duró esta lucha fantasmagórica. Luego cesó,porque los indios se habían retirado.

Súpose luego que los disparos del rifle de Basilio, habían inutilizado a tres de los asaltantes, que eran los más principales, los más valerosos... Y como tras el rápido combate reinase el silencio en el bosque, Otaduy gritó de nuevo:

-Si el indio que quiere hablarme en nombre del titulado Jefe del campo insiste, que venga, y será recibido, siempre que esté desarmado...

Largo tiempo pasó sin respuesta. Repitió la invocación Otaduy. Y luego se oyó una voz aguda, que en mal castellano contestaba:

-No iremos hasta que estéis muertos...

Contaban los indios con que, después de la defección del baqueano y de los otros servidores de los viajeros, carecerían estos de comida. No era así. Aún tenían elementos bastantes para no morir de hambre. Y Otaduy y los hijos de Cerdera estaban dispuestos a las angustias de la escasez.