La isla de los pingüinos: 003

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La isla de los pingüinos Anatole France




LIBRO SEGUNDO LOS TIEMPOS ANTIGUOS




I. LOS PRIMEROS VELOS.



Aquel día, San Mael sentóse a la orilla del Océano sobre una piedra que estaba muy caliente. Creyó que el sol la había caldeado y dio gracias al Creador del mundo. Ignoraba que poco antes el diablo descansó allí.

El apóstol aguardaba a los monjes de la abadía de Yvern, encargados de llevar un cargamento de telas y de pieles para vestir a los habitantes de La isla de Alca.

Pronto vio desembarcar a un monje, llamado Magis, con un cofre al hombro. Era un monje muy estimado por sus virtudes.

Acercóse el anciano, dejó el cofre en el suelo y dijo, a la vez que enjugaba la frente con el reverso de la manga.

—¿Es verdad que os proponéis vestir a los pingüinos?

—Nada más urgente, hijo mío —respondió Mael—. Desde que se hallan incorporados a la familia de Abraham, los pingüinos participan de la maldición de Eva y saben que están desnudos, cosa que ignoraban antes. Urge vestirlos, porque ya pierden el plumón que después de la metamorfosis conservaron aún.

—Es cierto —dijo Magis—; y tendió una mirada sobre la costa donde se hallaban los pingüinos ocupados en pescar cangrejos, recoger almejas, cantar y dormir.

—Es cierto: están desnudos. Pero ¿no creéis, padre mío, que valdría más dejarlos desnudos? ¿Para qué vestirlos? Cuando lleven trajes y se hallen sometidos a la ley moral, los veremos enorgullecerse víctimas de una ruin hipocresía y una crueldad superflua.

—¿Es posible, hijo mío —suspiró el anciano—, que tengáis tan erróneo concepto de la ley moral, a la que hasta los mismos gentiles se someten y la acatan?

—La ley moral —replicó Magis— obliga a los hombres, que al fin y al cabo son animales, a vivir de una manera distinta que los animales, y esto les contraría, sin duda; pero también los halaga y los tranquiliza. Como son soberbios; holgazanes y ávidos de placeres, sométense con gusto a las molestias que les hacen vanidosos, y en las cuales fundan su tranquilidad presente y la esperanza de su dicha futura. Tal es el principio de toda moral. Pero no divaguemos. Ya los monjes arriban a esta isla con el cargamento de telas y pieles. Meditadlo, padre mío; aún estáis a tiempo. Vestir a los pingüinos es asunto de mucha trascendencia. Actualmente, cuando un pingüino desea a una pingüina, conoce lo que desea y limita sus ansias al conocimiento preciso del objeto ansiado. En este momento, sobre la playa, dos o tres parejas de pingüinos complacen sus amorosas ansias a la luz del sol. ¡Observad con qué sencillez lo hacen! A nadie preocupa esto, y ellos mismos no le conceden mucha importancia. Pero cuando los pingüinos vayan cubiertos, el macho no se dará cuenta exacta de lo que le atrae hacia la hembra, sus deseos indeterminados se ramificarán en una multitud de ensueños y de ilusiones, el amor originará mil dolorosas locuras. Y, entretanto, las pingüinas entornarán los ojos, se morderán los labios y darán a entender que guardan baja sus velos un tesoro. ¡Qué desdicha!

»El mal será tolerable mientras los pueblos no dejen de ser pobres y rudos; pero apenas pasen mil años, los velos que ofrecéis a las hijas de Alca se habrán convertido en armas terribles. Si lo permitís, puedo anticiparos una idea de lo que sucederá. Traigo en este cofre algunos atavíos. Llamemos a una de las pingüinas menos solicitadas y adornémosla lo mejor que podamos.

»Precisamente viene una hacia nosotros. No es más hermosa ni más fea que la generalidad: es joven, pero nadie la mira. Se pasea indolentemente entre las rocas con un dedo en la nariz y se rasca la espalda con la otra mano. Fácil es advertir que su garganta es huesuda y sus pechos marchitos, que su vientre abulta demasiado y sus piernas son cortas. Sus rodillas amoratadas flaquean a cada paso que da. Sus pies, anchos y rugosos, se agarran a las peñas con cuatro dedos ganchudos, mientras los pulgares se alzan como las cabezas de dos serpientes en acecho. Avanza; todos los músculos coadyuvan a este trabajo, y el conjunto nos ofrece la imagen de una máquina de andar más bien que de una máquina de amor, aun cuando sea visiblemente lo uno y lo otro y encierre varios mecanismos interiores. Ahora veréis, apóstol venerable, lo que yo hago.

En cuatro zancadas, el monje Magis llegóse a la mujer pingüina, la tomó bajo un brazo y fue a depositarla a los pies del santo varón.

Mientras la pingüina lloraba y suplicaba que no le hiciesen daño alguno, el monje sacó de su cofre un par de sandalias y le ordenó que se calzase.

—Oprimidos entre los cordones de lana —hizo observar el anciano, sus pies resultan más pequeños. Las suelas, de bastante grosor, aumentan la longitud de las piernas y dan elegancia a la figura.

Mientras se calzaba, la pingüina dirigió al cofre abierto una mirada curiosa, y al verlo rebosante de galas y adornos dejó de llorar para sonreír.

El monje le trenzó los cabellos, se los recogió después sobre la nuca y los coronó con un sombrero de flores. Le puso en las muñecas brazaletes de oro y envolvió su vientre y su busto en una faja de lino blanco, de manera que su pecho presentaba una arrogancia nueva y sus muslos adquirían un contorno incitante.

—Podéis oprimir aún más —dijo la pingüina.

Cuando, con muy cuidadoso esmero, hubo amoldado, realzándolas, las partes blandas del busto, revistió todo el cuerpo con una túnica color de rosa que acusaba suavemente los perfiles.

—¿Cae bien? —preguntó la pingüina. Y con el talle cimbreante, la cabeza inclinada y la barbilla apoyada en el hombro, contempló ansiosamente los pliegues de la falda.

Preguntóle Magis si le parecía demasiado largo el traje, y respondió con mucha seguridad que no, porque se lo recogería.

Asió con la mano izquierda la parte posterior del vestido, lo oprimió oblicuamente sobre el muslo, procuró descubrir algo los talones y se alejó con paso menudo, balanceando las caderas.

No volvió la cara; pero, al pasar junto a un arroyuelo, por el rabillo del ojo contempló su imagen reflejada.

Un pingüino que la encontró por casualidad se detuvo sorprendido, y luego cambió de dirección, afanoso de seguirla. Mientras avanzaba por la playa, los pingüinos que volvían de pescar la contemplaron, se sintieron atraídos y la siguieron también.

Los que descansaban sobre la arena se pusieron en pie y se agregaron a los otros.

Sin interrupción, a su paso, alzábanse por los senderos de las montañas, salían entre las grietas de las rocas, surgían del fondo de las aguas más y más pingüinos, que engrosaron el cortejo. Y todos, hombres maduros, de robustas espaldas y de pelo en pecho, débiles adolescentes, viejos caducos, se apresuraban jadeantes para contemplarla, mientras ella seguía tranquilamente como si nada viera.

—Padre mío —exclamó Magis—, mirad cómo andan todos con la nariz al viento enfilada hacia el centro esférico de la pingüina, porque lo ven cubierto de rosa. La esfera inspira las meditaciones de los geómetras por el número de sus propiedades.

Cuando procede de la naturaleza física y viva, adquiere cualidades nuevas. Y para que el interés de esta figura quedara plenamente revelado a los pingüinos, sería necesario que dejasen de verla claramente con los ojos y les obligáramos a representársela en la imaginación. Yo mismo me siento ya irresistiblemente atraído hacia la pingüina.

Acaso porque ese traje realza las curvas esenciales, las simplifica magníficamente, las reviste de un carácter sintético general y no acusa más que la idea pura, el principio divino debiéramos decir; pero me parece que al estrecharla entre mis brazos abrazaría el firmamento de las voluptuosidades humanas. Seguramente el pudor comunica a las mujeres un atractivo invencible. Mi turbación es tal que me sería imposible ocultarla.

Dijo, recogióse los hábitos y corrió hacia la muchedumbre de pingüinos, empujólos, derribólos, pisoteólos, aplastólos, hasta conseguir acercarse a la hija de Alca; la detuvo y oprimió entre ambas manos la esfera rosa que un pueblo entero acribillaba con sus miradas y sus deseos, y que pronto desapareció, apresada por los brazos del monje, en el fondo de una gruta marina.

Entonces los pingüinos creyeron que el sol se había eclipsado, y el santo varón Mael comprendió que el diablo, bajo la figura del monje Magis, había ceñido el traje a la hija de Alca; por ello sintió su carne turbada; su alma, triste.

Al volver lentamente a su ermita vio algunas pingüinas de seis a siete años que se habían adornado el pecho y la cintura con ovas y algas.

Recorrían la playa contoneándose y observaban si los hombres las seguían.

Mael, presa de profunda aflicción, se convenció de que los primeros velos ofrecidos a una hija de Alca traicionaban el pudor pingüino en vez de conservarlo, a pesar de lo cual insistió en su propósito de vestir a los habitantes de la isla milagrosa.

Convocados en la playa, les distribuyó los trajes que los monjes de Yvern llevaron. Los pingüinos recibieron túnicas cortas y calzones anchos; las pingüinas, vestiduras largas. Pero esos trajes distaron mucho de producir el efecto que produjo el primero. No eran tan hermosos, su hechura carecía de gracia y de arte y no fijaban la atención, porque los vestían todas las mujeres. Como las pingüinas preparaban todos los alimentos y hacían las faenas del campo, no tardaron sus vestiduras en reducirse a sucios pingajos. Los pingüinos las abrumaban con rudos trabajos, como a las bestias de carga, ignorantes dé las congojas del corazón y el desorden de las pasiones.

Sus costumbres eran inocentes. El incesto, muy frecuente, revestía una simplicidad rústica, y cuando la embriaguez aguijoneaba a un mozo y le impulsaba a violar a su propia abuela, ni él mismo solía recordarlo al día siguiente.



II - EL AMOJONAMIENTO DE LOS CAMPOS Y EL ORIGEN DE LA PROPIEDAD



La isla no conservaba ya el primitivo y rudo aspecto de cuando, entre témpanos de hielo, reunía en un anfiteatro de rocas un pueblo de aves. Al borrarse nieve perpetua de sus alturas, quedaba sólo una colina, desde cuya cumbre se descubrían las costas de Armórica, cubiertas de una bruma eterna, y el Océano, sembrado de oscuros escollos semejantes a espaldas de monstruos que flotaban sobre los abismos.

Sus costas eran muy extensas y accidentadas, y su conjunto ofrecía cierta semejanza con el perfil de una hoja de morera. La tierra se cubría de una hierba salobre agradable a los ganados, de sauces, de antiguas higueras y de encinas augustas. Lo atestiguan el venerable Bede y varios otros autores dignos de crédito.

Al Norte formaba la costa una bahía profunda, que llegó a ser con el tiempo uno de los puertos más famosos del Universo.

Al Este, a lo largo de una costa rocosa batida por el mar espumoso, extendíase una landa desierta y perfumada. Era la playa de las Sombras, adonde los habitantes de la isla no llegaban jamás, temerosos de las serpientes anidadas en las concavidades y por no ver las almas de los muertos en forma de fuegos lívidos.

Al Sur, las huertas y los bosques alegraban la bahía de los Somormujos. En ésa ribera privilegiada, el anciano Mael construyó una iglesia y un monasterio de madera. Al Oeste, dos arroyos, el Glange y el Surella, regaban los fértiles valles de Dalles y de Dombes.

Pero una mañana de otoño, mientras el bienaventurado Mael paseaba por la orilla del Glange, acompañado por un monje de Yvern llamado Bulloch, vio pasar un tropel de hombres huraños cargados de piedras y oyó gritos y lamentos que desde el fondo del valle turbaron el cielo tranquilo.

Entonces dijo a Bulloch:

—Observo con tristeza, hijo mío, que los habitantes de esta isla, desde que se han transformado en hombres, obran con menos prudencia que antes. Cuando pertenecían al reino de las aves sólo se querellaban en la época de[celo, y al presente disputan a todas horas, en invierno como en verano. ¡Cuántos de ellos han perdido la tranquila majestad que, generalizada en la asamblea de los pingüinos, la hizo semejante al Senado de una próspera República!

»Mira, hijo mío, hacia el Surella. Precisamente en el fresco valle hay una docena de hombres pingüinos ocupados en reventarse los unos a los otros con palos y azadones, que debieran solamente aplicar a los trabajos del campo. Más crueles aún que los hombres, las mujeres desgarran con sus uñas el rostro de sus enemigos. ¿Sabes por qué se destrozan?

—Lo hacen por espíritu de asociación, padre mío, y para asegurar lo por venir —respondió Bulloch—. El hombre es, por esencia, previsor y sociable; tal es su carácter. No puede vivir sin una segura apropiación de las cosas. Esos pingüinos que veis, venerable maestro, se apropian las tierras.

—¿No podrían apropiárselas menos violentamente? —preguntó el anciano—. Mientras pelean se cruzan entre todos palabras que no entiendo, pero que, a juzgar por el tono con que las pronuncian, parecen insultantes y amenazadoras.

—Se acusan recíprocamente de robo y de usurpación —respondió Bulloch—. Tal es el sentido general de sus discursos.

En aquel momento el santo varón Mael cruzó las manos y lanzó un profundo suspiro.

—¿No veis, hijo mío, aquel que, furioso, arranca con los dientes la nariz de su adversario, y ese otro que aplasta la cabeza de una mujer con piedra enorme?

—Los veo —respondió Bulloch—. Ahora crean el derecho y fundan la propiedad, establecen los llamados principios de la civilización, las bases sociales y los cimientos del Estado.

—¿Cómo es posible? —preguntó el anciano Mael.

—Amojonan los campos. Este es el origen de toda organización social. Vuestros pingüinos, venerable maestro, realizan augustas funciones. Su obra será consagrada por los legisladores, protegida y confirmada por los magistrados a través de los siglos.

Mientras el monje Bulloch pronunciaba estas palabras, un robusto pingüino de piel blanca y pelo rojo atravesaba el valle cargado con una enorme maza. Acercóse a un humilde pingüino que regaba sus lechugas abrasado por el sol, y le gritó:

—¡Tu campo es mío!

Después de pronunciar estas palabras dominadoras, golpeó con la maza la cabeza del hortelano, el cual se desplomó sobre la tierra cultivada por sus afanes.

Entonces el santo varón Mael, tembloroso, lloró abundantes lágrimas, y con la voz ahogada por el dolor y el miedo, dirigió al cielo esta súplica:

—Dios mío, Señor mío, Tú, que recibes los sacrificios de Abel; Tú, que maldices a Caín, venga, Señor, a este inocente pingüino inmolado en su huerta y haz sentir al asesino el peso de tu brazo. ¿Habrá crimen más odioso ni más grave ofensa a tu Justicia, Señor, que este asesinato y este robo?

—Cuidado, padre mío —dijo Bulloch suavemente—, pues lo que llamáis robo y asesinato es la guerra y la conquista, fundamentos sagrados de los imperios, origen de todas las virtudes y de todas las grandezas humanas. Reflexionad que si vituperáis al robusto pingüino escarnecéis el principio y la raíz de toda propiedad. No me costaría mucho trabajo demostrarlo. Cultivar la tierra, es una cosa, y otra cosa es poseerla: no debe haber confusión entre ambas. En materia de propiedad, el derecho del primer ocupante es incierto e infundado; el derecho de conquista descansa en sólidos cimientos; es el único respetable, por ser el que se hace respetar. La propiedad tiene por único y glorioso origen la fuerza, principia y se conserva por la fuerza. Así, es augusta y sólo cede a una fuerza mayor; por esto puede llamarse noble a todo el que posee. Y ese pingüino rojo y forzudo que despachurra al trabajador para quitarle su huerta, acaba de fundar una muy noble casa. Voy a felicitarle.

Después de hablar así, Bulloch se acercó al robusto pingüino, el cual, en pie junto al surco ensangrentado, se apoyaba en su maza.

Y después de inclinarse el monje casi hasta dar con la cabeza en el suelo, le dijo:

—Señor Greatauk, príncipe temido, vengo a rendiros homenaje como fundador que sois de un poder legítimo y de una riqueza hereditaria.

Sepultado en vuestro territorio el cráneo del vil pingüino a quien derrotasteis, arraigarán para siempre los sagrados derechos de vuestra propiedad sobre este suelo, ennoblecido por vuestra conquista.

Felices vuestros hijos y los hijos de vuestros hijos.

Ellos serán, Greatauk, duques de Skull, y dominarán en la isla de Alca.

Luego alzó más la voz para que pudiera ser oída del anciano Mael, y dijo:

—Padre mío; bendecid a Greatauk, porque todo Poder viene de Dios.


Mael quedó inmóvil y mudo, con los ojos clavados en el cielo. Producíale incertidumbre dolorosa la doctrina del monje Bulloch, y, sin embargo, esa doctrina debía prevalecer en la época de más elevada civilización.

Bulloch pudo ser considerado, pues, como fundador del Derecho civil en la Pingüinia.



III. LA PRIMERA ASAMBLEA DE LOS ESTADOS DE PINGÜINIA



—Hijo mío —dijo el anciano Mael al monje Bulloch—, ya es hora de hacer enumeración de los pingüinos e inscribir el nombre de cada uno en un cuaderno.

—Nada más urgente —respondía Bulloch—; no es posible administrar un pueblo sin este requisito.

Al instante, el apóstol, con ayuda de doce monjes, procedió a reseñar el pueblo.

Y el anciano Mael dijo después:

—Ahora que ya tenemos un registro de todos los habitantes, conviene, hijo mío, establecer un impuesto justo para atender a los gastos públicos y al sostenimiento de la abadía. Cada cual debe contribuir según sus recursos. Convocad a los ancianos de Alca, y de acuerdo con ellos estableceremos el impuesto.

Los ancianos convocados se reunieron, en número de treinta, en el patio del monasterio de madera, a la sombra del sicomoro.

Aquéllas fueron las primeras Cortes de Pingüinia, en sus tres cuartas partes las formaban los hacendados: campesinos de la Surella y del Glange.

Greatauk, por ser el más noble de los pingüinos, sentóse en la piedra más alta.

El venerable Mael, sentado entre sus monjes, pronunció estas palabras:

—El Señor da, cuando le place, riquezas a los hombres, o se las quita. Os he reunido para señalar al pueblo las contribuciones indispensables que deben sufragar los gastos públicos y el sostenimiento de la abadía. Estimo que ha de contribuir cada uno conforme a su riqueza: el que tenga cien vacas dará diez, y el que tenga diez dará una.

Cuando el santo varón hubo hablado, Morio, uno de los más ricos labradores, levantóse y dijo:

—Venerable Mael y padre mío, considero justo que contribuyamos a los gastos públicos y a las atenciones de la Iglesia. Por lo que a mí se refiere, estoy dispuesto a despojarme de todo lo que poseo en interés de mis hermanos pingüinos, y si fuese necesario, daría de buena voluntad hasta mi camisa. Todos los ancianos del pueblo están dispuestos, como yo, a sacrificar sus bienes, y no se debe poner en duda su abnegación. Es preciso atender únicamente al interés público, acordar lo más conveniente, y lo más conveniente, padre mío, lo que el interés público exige, es no pedir mucho a los que tienen mucho, porque entonces los ricos serían menos ricos, y los pobres, más pobres. Los pobres viven de la hacienda de los ricos, por lo cual es sagrada, y no respetarla sería una maldad inútil. Si pedís a los ricos, no conseguiréis gran provecho, porque son pocos, y, en cambio, los privaréis de todos los recursos, hundiréis al país en la miseria, mientras que si pedís un poco de ayuda a cada habitante, a todos por igual, sin reparar en sus bienes, recogeréis lo necesario para las cargas públicas y no hará falta inquirir lo que posee cada ciudadano, investigación odiosa y vejatoria. Si pedís a todos igualmente, levemente, favorecéis a los pobres, puesto que les quedarán los bienes de los ricos. ¿Y cómo sería posible fijar un impuesto proporcional a la riqueza? Ayer tenía yo doscientos bueyes; hoy sólo tengo sesenta; mañana tendré ciento. Cluñic tiene tres vacas enfermas. Nicclu tiene dos robustas y gordas. ¿Quién es más rico? Las señales de la opulencia son engañosas. Lo único cierto es que todos comen y beben. Imponed a las gentes conforme a lo que consumen. Es lo prudente y lo justo.

Así habló Morio, y los ancianos le aplaudieron.

—Pido que se grabe este discurso en planchas de bronce —dijo Bulloch—. Está dictado para lo por venir. Dentro de quince siglos, los mejores entre los pingüinos no hablarán de otro modo.

Los ancianos aplaudían, aun cuando Greatauk, puesta la mano sobre el puño de su espada, hizo esta breve declaración:

—Soy noble, y, por tanto, no contribuiré. Admitir un impuesto es propio de gente plebeya. Que pague la canalla.

Nadie le replicó, y los ancianos desfilaron en silencio.

Como en Roma, se rehízo el censo cada cinco años, y de aquel modo advirtióse que la población aumentaba rápidamente. Aun cuando los niños muriesen en maravillosa abundancia y el hambre y la peste despoblaran con perfecta regularidad ciudades enteras, nuevos pingüinos cada vez más numerosos contribuían con su miseria privada a la prosperidad pública.



IV. LAS BODAS DE KRAKEN Y DE ORBERONA



En aquel tiempo vivía en la isla de Alca un hombre pingüino cuyos brazos eran robustos y cuyo ingenio era sutil. Se llamaba Kraken, y tenía su vivienda en la playa de las Sombras, donde los habitantes de la isla no se aventuraban jamás por temor a las serpientes que anidaban en los huecos de las rocas y a las almas de los pingüinos muertos sin bautismo, que, semejantes a fuegos lívidos y entre prolongados lamentos, por la noche recorrían errantes aquellos lugares desolados. Creíase comúnmente, pero sin pruebas, que algunos de los pingüinos transformados en hombres por el bienaventurado Mael no habían recibido el agua bautismal y volvían después de su muerte a llorar su desgracia en las noches tormentosas. Kraken habitaba en la playa de las Sombras una caverna inaccesible; sólo se podía entrar en ella por un subterráneo natural que tenía cien metros de extensión.

Una tarde que Kraken vagaba por el campo desierto encontró, por azar, a una joven pingüina muy graciosa. Era la misma que poco antes el monje Magis había engalanado con sus propias manos y la primera que lució los velos púdicos. En conmemoración de aquel día, en que la muchedumbre maravillada de los pingüinos la vio pasar gloriosamente con su traje de color de aurora, aquella virgen había recibido el nombre de Orberosa.

Al ver a Kraken lanzó un grito de espanto y quiso escapar; pero el héroe la detuvo, la tomó del velo que flotaba tras ella y le dirigió estas palabras:

—Virgen, dime tu nombre, tu familia y tu patria.

Orberosa miraba con espanto a Kraken y se atrevió a balbucir.

—¿Sois vos mismo, señor, lo que yo veo ante mí, o es vuestra alma desesperada?

Hablábale así porque los habitantes de Alca no habían tenido noticias de Kraken desde que se refugió en la playa de las Sombras, y le creían muerto, condenado entre los demonios de la noche.

—No temas, hija de Alca —respondió Kraken—, porque no soy un alma errante, sino un hombre en la plenitud de su fuerza y de su poder. Pronto seré dueño de grandes riquezas.

La joven Orberosa preguntó: —¿Cómo piensas adquirir grandes riquezas, ¡oh Kraken!, si eres pingüino?

—Con ingenio —respondió Kraken orgulloso.

—Yo sé —dijo Orberosa— que mientras tú habitabas entre nosotros eras bien reputado por tu destreza en cazar y pescar; nadie te igualaba en el arte de prender peces en una red o de atravesar con flechas los pájaros más voladores.

—Aquéllas eran industrias vulgares y laboriosas.

Luego imaginé una manera de procurarme, sin fatigas, grandes riquezas. Pero dime: ¿quién eres?

—Me llaman Orberosa —respondió la joven.

—¿Cómo viniste hasta aquí, tan lejos de tu vivienda, y de noche?

—Kraken, todo ha sido por la voluntad del Cielo. —¿Qué quieres decir, Orberosa?

—Que el Cielo me puso en tu camino, ignoro para qué.

Kraken la contempló fijamente y en silencio; después le dijo con dulzura.

—Orberosa, ven a mi casa; es la del más ingenioso y más valiente pingüino. Si me sigues, haré de ti mi compañera.

Ella bajó los ojos y dijo:

—Te seguiré, señor.

Así es como la bella Orberosa fue la compañera del héroe Kraken. No celebraron el himeneo con antorchas ni cánticos, porque Kraken no quería mostrarse a los pingüinos; pero en su caverna concebía grandes proyectos.



V. EL DRAGÓN DE ALCA



…Visitamos en seguida el Museo de Historia Natural…

El administrador nos enseñó un envoltorio lleno de paja;

nos aseguró que contenía el esqueleto de un dragón,

y dijo: «Esto prueba que el dragón no es un animal fabuloso».

(Memorias de Jacobo Casanova. París, 1843; t. IV, págs. 404 y 405.)


Al presente, los habitantes de Alca se ocupaban en tareas pacíficas. Los de la costa septentrional iban con sus barcas a la pesca de peces y de mariscos; los labradores de Dombes cultivaban la cebada, el centeno y el trigo candeal; los acaudalados pingüinos del valle de Dalles dedicábanse a la cría de animales domésticos, y los de la bahía de los Somormujos cultivaban sus huertos. Los mercaderes del puerto de Alca enviaban a Armórica pesca salada, y el oro de las dos Bretañas, que empezaba a introducirse en la isla, facilitaba las transacciones.

El pueblo pingüino disfrutaba del fruto de su trabajo en una tranquilidad profunda, cuando de pronto corrió de pueblo en pueblo un rumor siniestro. Súpose que un dragón espantoso devastó dos cortijos en la bahía de los Somormujos.

Pocos días antes había desaparecido la virgen Orberosa. Al principio no intranquilizaba mucho su ausencia, pues varias veces fue raptada por hombres violentos y enamorados, lo cual a nadie sorprendía, por ser la virgen Orberosa la más bella mujer del territorio. Se advirtió que algunas veces iba en busca de raptores, y tampoco extrañaba, ya que se cumple siempre lo que ordena el Destino; pero aquella vez, como pasaba el tiempo y no volvía, creyósela devorada por el dragón.

Los habitantes del valle de Dalles pronto se convencieron de que no era el dragón una fábula de las que las viejas cuentan a las mozas en las fuentes, porque una noche devoró el monstruo, en el pueblo de Anís, seis gallinas, un cordero y un huerfanito llamado Elo.

Al día siguiente no fue posible hallar ni rastro de los animales ni de la criatura.

Los ancianos del pueblo, reunidos en la plaza y sentados en el banco de piedra, discutieron qué sería prudente hacer en tan terribles circunstancias.

Congregaron a todos los pingüinos que habían visto al dragón en la noche funesta, e inquirieron cuáles eran la forma y costumbres del dragón.

Cada uno respondió a su vez:

—Tiene garras de león, alas de águila y cola de serpiente.

—Su lomo está erizado de crestas espinosas.

—Todo su cuerpo está cubierto de escamas amarillentas.

—Sus ojos fascinan y confunden. Vomita llamas.

—Apesta horriblemente su aliento.

—Tiene cabeza de dragón, garras de león y cola de pez.

Una mujer de Anis, tenida por muy juiciosa y atinada en sus opiniones, y a la cual había robado tres gallinas, dijo:

—Tiene figura de hombre, hasta el punto de que yo le confundí con mi marido, y le dije: «Vente a la cama ya, mastuerzo».

Otros declararon:

—Es como una nube.

—Parece una montaña.

Y un mozalbete aseguró haber visto asomar sobre los bardales del troje la cabeza del dragón, que besaba a la hermosa Minnia. Los ancianos insistieron en sus preguntas: —¿Qué talla tiene el dragón?

—Es como un buey.

—Es como uno de los barcos bretones que llegan al puerto.

—Es del tamaño de un hombre.

—Es más alto que la higuera que os cobija.

—No es mayor que un perro.

Interrogados acerca del color, los pingüinos respondieron:

—Rojo.

—Verde.

—Azul.

—Amarillo.

—La cabeza, de un hermoso verde; las alas, de color anaranjado con ribete gris-plata; el lomo y la cola, rosados y con franjas de color castaño; el vientre, amarillo con pintas negras.

—No es de ningún color.

—Es de color de dragón.

Después de oír tan varias declaraciones, los ancianos permanecieron indecisos: no sabían qué resolver. Unos propusieron espiar al dragón, sorprenderle y cubrirle de punzadoras flechas; otros opinaron que sería inútil combatir a un monstruo tan horrible, y aconsejaban que se le amansara con ofrendas.

—Paguémosle tributo —fue la opinión de un anciano cuya voz era siempre respetada—. Llegaremos, a tenerle propicio si se le hacen regalos valiosos: frutas, vino, corderos y alguna virgen.

Otros proyectaban envenenar las fuentes donde solía beber el dragón o ahogarle con humo en su caverna. Pero ninguna de aquellas opiniones prevaleció. Disputaron mucho y se despidieron sin haber decidido nada.



VI. CONTINÚA EL DRAGÓN DE ALCA.



Durante todo el mes consagrado por los romanos a su falso dios, Marte o Mavors, el dragón asoló en sus correrías los cortijos de Dalles y de Dombes, robó cincuenta carneros, doce cerdos y tres niños. Todas las familias hallábanse consternadas, y sólo se oían lamentaciones en la isla.

Para conjurar aquella calamidad, los ancianos de los infelices pueblos regados por el Glange y el Surella resolvieron reunirse y acudir al bienaventurado Mael, que les aconsejaría y socorrería.

El quinto día del mes cuyo nombre significa entre los latinos «abertura», por abrir el año, fueron en procesión al monasterio de madera que se alzaba en la costa meridional de la isla. Introducidos en el claustro, dejaban oír sus sollozos y sus lamentos.

Conmovido por tanto desconsuelo, el anciano Mael abandonó la sala donde vivía entregado al estudio de la Astronomía y a la meditación de las escrituras, y corrió hacia ellos apoyado en su cayado pastoral. En su presencia se prosternaron los ancianos y le tendieron ramas verdes. Algunos quemaron también hierbas aromáticas.

Y el santo varón, sentado junto a la fuente claustral, bajo una higuera antigua, pronunció estas palabras:

—Hijos míos, posteridad pingüina, ¿por qué lloráis y gemís? ¿Por qué me tendéis esas ramas suplicantes?

»¿Por qué ofrecéis al cielo humo de aromas? ¿Queréis que aparte de vuestras cabezas alguna calamidad?

»¿Por qué me imploráis? Me hallo dispuesto a dar la vida por vosotros. Decidme lo que os prometéis de vuestro padre.

A estas preguntas respondió el primero de los ancianos:

—Padre de los hijos de Alca, venerable Mael: yo hablaré en nombre de todos. Un dragón horrible asuela nuestras campiñas, despuebla nuestros establos y devora en su antro la flor de nuestra juventud. Ha sacrificado al niño Elo y a siete más, ha despedazado con su afilada dentadura a la virgen Orberosa, la más bella pingüina. No hay pueblo donde su aliento envenenado no dañe y donde su presencia no produzca desolación. Acosados por esa plaga temible venimos a rogarte, venerable Mael, que procures con tu sabiduría la salvación de los habitantes de esta isla y evites el exterminio de nuestra antigua raza.

—¡Oh anciano, el más anciano de todos los ancianos de Alca! —replicó Mael—, tu discurso me sumerge en una profunda aflicción, y gimo al pensar que nuestra isla es presa de los furores de un dragón espantoso. No es un caso único, pues vemos en los libros varias historias de dragones muy feroces. Esos monstruos habitan generalmente cavernas tenebrosas a la orilla del mar y, con preferencia, entre los paganos. Podría suceder que alguno de vosotros, a pesar de haberos incorporado por el bautismo que recibisteis a la familia de Abraham, adoréis ídolos, como los antiguos romanos, o colguéis imágenes, cintas de lana, guirnaldas florecidas y exvotos en las ramas de algún árbol sagrado. También es posible que los pingüinos hayan bailado en torno de alguna piedra mágica y bebido el agua de fuentes habitadas por ninfas. Si así fuera, yo creería, y no sin fundamento, que el Señor envió ese dragón para castigar los crímenes de algunos y para induciros a todos a exterminar entre los pingüinos la blasfemia, la superstición y la impiedad. Por esto el remedio mejor que puedo aconsejaros consiste, sin duda, en descubrir todo rastro de idolatría y extirparla. Estimo que son también eficaces el rezo y la penitencia.

Así habló el venerable Mael, y los ancianos del pueblo pingüino le besaron los pies antes de regresar a sus hogares con los corazones rebosantes de esperanza.



VII. MÁS ACERCA DEL DRAGÓN



Atentos a las advertencias del santo varón Mael, esforzábanse los habitantes de Alca para extinguir las supersticiones que habían germinado entre ellos. Procuraron que las mozas no fuesen a bailar en torno del árbol de las hadas y que no pronunciasen palabras mágicas; prohibieron a las madres primerizas que frotasen a sus hijos, para fortalecerlos, en las piedras alzadas en los campos. Un anciano de Dombes, que adivinaba el porvenir sacudiendo una espiga de cebada sobre un cedazo, fue arrojado a un pozo.

Y el monstruo asolaba durante las noches los corrales y los establos. Aterrados, los campesinos atrancaban sus puertas, no se atrevían a salir de sus casas. Una mujer embarazada, que por un tragaluz vio a la claridad de la luna la sombra del dragón, espantóse hasta el extremo de abortar inmediatamente.

En aquellos días de prueba, el santo varón Mael meditaba sin cesar acerca de la naturaleza de los dragones y de las varias maneras de combatirlos. Después de medio año de estudios y oraciones, creyó haber encontrado lo que buscaba. Mientras paseaba una tarde por la orilla del mar, en compañía de un novicio llamado Samuel, formuló su pensamiento en estas palabras:

—Estudio minuciosamente la historia y costumbres de los dragones, no por satisfacer una vana curiosidad, sino para descubrir ejemplos aplicables a la situación presente. Tal es, hijo mío, la utilidad de la historia.

»Es un hecho innegable que los dragones viven siempre sobre aviso. No duermen jamás, por lo cual se los ve con frecuencia empleados en guardar tesoros.

»Un dragón guardaba, en Cólquida, un toisón de oro que Jasón le arrebató. Un dragón cuidaba de las manzanas del Jardín de las Hespérides; fue muerto por Hércules y transformado por Juno en una constelación del cielo. Así lo dicen los libros, y si es cierta la transformación debió de producirse por magias, pues los dioses de los paganos en realidad son demonios. Un dragón impedía a los hombres rudos e ignorantes que bebieran en la fuente de Castalia. También se debe recordar el dragón de Andrómeda, muerto por Perseo.

»Pero si nos alejamos de las fábulas paganas, en las cuales el error se confunde a cada paso con la verdad, encontraremos dragones en las historias del glorioso Arcángel San Miguel, de los Santos Jorge, Felipe, Santiago el Mayor y Patricio, de las Santas Marta y Margarita. En esas relaciones, dignas de todo crédito, hemos de buscar enseñanza.

»La historia del dragón de Silena nos ofrece también un precioso ejemplo. Sabréis, hijo mío, que a la orilla del anchuroso estanque, próximo a la ciudad, existía un dragón espantoso que se acercaba de cuando en cuando a las murallas y envenenaba con su aliento a los habitantes de los arrabales. Y para no ser devorados por el monstruo, los vecinos de Silena se sorteaban para entregarle cada mañana una víctima. La suerte designó un día a la hija del rey.

»Pero San Jorge, que era tribuno militar, de paso en la ciudad de Silena, supo que la hija del rey acababa de ser destinada al animal feroz:

»Inmediatamente montó a caballo, y armado de una lanza salió al encuentro del dragón.

»Sorprendióle dispuesto a devorar a la virgen real, y cuando San Jorge hubo vencido al dragón, la hija del rey ciñó con el cordón de su cintura el cuello de la bestia, que la siguió como un perro dócil.

»Esto nos ofrece un ejemplo del poder de las vírgenes sobre los dragones. La historia de Santa Marta nos presenta una prueba, a ser posible, más verídica. ¿Conocéis esa historia, hijo mío?

—Sí, padre —respondió Samuel.

Y el bienaventurado Mael prosiguió:

—Había, en un bosque, a orillas del Ródano, entre Arlés y Aviñón, un dragón, mezcla de cuadrúpedo y de pez, mayor que un buey, con los dientes afilados como cuernos y provisto de grandes alas. Sumergía los barcos y devoraba a los pasajeros. Impulsada por las súplicas de la gente, salió Santa Marta en busca del dragón, al cual halló entretenido en devorar a un hombre. Le arrolló al cuello el cordón de su cintura y lo condujo fácilmente a la ciudad.

»La semejanza de ambos ejemplos me induce a pensar que conviene recurrir a la virtud de alguna virgen para vencer al dragón que siembra el espanto y la muerte en la isla de Alca.

»Por esto, hijo mío Samuel, debes ceñir la correa, correr con dos de tus compañeros todos los poblados, publicar en todas partes que sólo una virgen podrá libertar la isla del monstruo que la despuebla.

»Entonarás cánticos y salmos, y dirás: “¡Oh hijos de los pingüinos, si hay entre vosotros una virgen muy pura, que se levante y, armada con el signo de la Cruz, vaya a combatir al dragón!”

Así habló el anciano, y el joven Samuel prometióle obedecer. Al día siguiente ciñó su correa y partió con dos de sus compañeros para anunciar a los habitantes de Alca que sólo una virgen podría librar a los pingüinos de los furores del dragón.



VIII. SIGUE EL ASUNTO DEL DRAGÓN



Orberosa estaba enamorada de su esposo, pero admitía también otros amores. A la hora en que Venus aparece sobre el cielo pálido y mientras Kraken extendía el espanto por los poblados, ella frecuentaba la choza de un joven pastor de Dalles, llamado Marcelo, cuyo cuerpo gentil era la envoltura de una infatigable virilidad. La bella Orberosa compartía satisfecha el lecho aromático del pastor; pero lejos de darse a conocer, se presentaba con el nombre de Brígida y se decía hija de un jardinero de los Somormujos. Cuando a su pesar ponía término a las caricias del amante y avanzaba a través de las praderas brumosas hacia la playa de las Sombras, si por casualidad encontraba algún campesino rezagado, inmediatamente desplegaba sus velos como grandes alas, ahuecaba la voz y decía:

—Caminante, baja los ojos para que no te veas obligado a exclamar: «¡Ay de mí, desdichado, por haberme atrevido a poner los ojos en el ángel del Señor!».

Los campesinos temblaban, se arrodillaban y hundían la frente en la tierra. Luego decían que de noche transitaban los ángeles por los caminos de la isla y que mataban a quien alzase los ojos para verlos. Kraken ignoraba los amores de Orberosa y de Marcelo porque era un héroe —y los héroes no penetran jamás los secretos de sus mujeres—; pero acaso por ignorar tales aventuras, Kraken disfrutaba preciados goces. Todas las noches se le ofrecía su compañera sonriente y hermosa. Radiante de voluptuosidad, perfumaba el lecho conyugal con los aromas deliciosos del hinojo y de la verbena. Sentía por Kraken un amor que nunca se mostró importuno ni pesado, porque no lo desahogaba solamente con él.

Y la afortunada infidelidad de Orberosa debía salvar al héroe de un enorme peligro y asegurar para siempre su fortuna y su gloria. Porque al ver pasar en el crepúsculo a un boyero de Belmont que aguijoneaba sus bueyes, Orberosa ilusionóse por gozarse más aún de lo que solía gozar al pastor Marcelo. El boyero era jorobado; sus hombros rebasaban sobre sus orejas, y su cuerpo se balanceaba sobre sus piernas desiguales; sus ojos, torvos, lanzaban reflejos dorados bajo la cabellera encrespada; su garganta emitía una voz ronca y risas estridentes. Olía a establo. Pero ella se sintió atraída.

Como dijo Gnaton: «Las hubo que gozaron a un árbol; otras a un río; otras a una bestia».

Y un día, mientras suspiraba de amor entre los brazos de su boyero en un desván de la ciudad, sintióse de pronto sorprendida por sones de trompa, rumores de voces y ruido de pasos. Miró por la buhardilla y vio a los vecinos reunidos en la plaza del mercado en torno de un novicio, que en pie sobre un pedrusco pronunciaba en voz clara estas palabras:

—Habitantes de Belmont, el abad Mael, nuestro venerado padre, os anuncia por mi boca que ni la fuerza ni los brazos ni el poder de las armas prevalecerá contra el dragón; pero la bestia será vencida por una virgen. Si hay entre vosotros alguna virgen muy pura y en absoluto intacta, que se levante para salir al encuentro del monstruo, que le ciña el cuello con el cordón de la cintura, y sólo con esto podrá conducirle fácilmente como si fuera un perrito.

El monje bajó de la piedra, se puso la capucha y se fue a publicar por otros pueblos el aviso del bienaventurado Mael. Acurrucada sobre la paja que le servía de lecho amoroso, con un codo apoyado en la rodilla y la cara en la mano, Orberosa meditaba lo que oyó. Aun cuando le diera menos que temer por Kraken la virtud de una virgen que la fuerza de los hombres armados, intranquilizaba el aviso del bienaventurado Mael; un vago y seguro instinto que guiaba sus acciones advertíala que, a pesar de todo, peligraba la seguridad su marido.

Y preguntó al boyero:

—Amor mío, ¿qué piensas tú del dragón?

El rústico sacudió la cabeza, para decir:

—Es cierto que en los tiempos antiguos los dragones asolaban la Tierra. Los había del tamaño de montañas. Ahora no los hay. Sin duda, lo que se atribuye un monstruo terrible fue obra de piratas o mercaderes que se llevaron en su navío a la bella Orberosa y los más hermosos niños de Alca; pero si alguno de esos ladrones pretendiera robarme los bueyes, a viva fuerza o con astucia, estoy seguro de impedirlo.

Estas palabras del boyero aumentaron las aprensiones de Orberosa, que reanimó su amante solicitud por el esposo.



IX. DONDE AUN SE TRATA DEL DRAGÓN.



Los días pasaban sin que ninguna virgen se levantara para salir al encuentro del monstruo. Y en el monasterio de madera, el anciano Mael, sentado en un tronco, a la sombra de la higuera antigua y acompañado por un piadoso monje llamado Regimental, se preguntaba con inquietud y tristeza cómo era posible que no apareciese en Alca una sola virgen capaz de combatir al dragón suspiró, y el hermano Regimental suspiró también. Cruzó el jardín en aquel instante un novicio llamado Samuel, y el anciano Mael le llamó, y le dijo:

—He meditado nuevamente acerca de los medios para destruir al monstruo que devora la flor de nuestra juventud, de nuestros rebaños y de nuestras cosechas, y en este concepto la historia de los dragones de San Riok y de San Polo de León me parece sumamente instructiva. El dragón de San Riok tenía ocho varas de largo, la cabeza de gallo y de basilisco, el cuerpo de buey y de serpiente, desolaba las riberas de Elorn en tiempo del rey Britocus. A la edad de dos años, San Riok lo condujo atado hasta el mar, donde lo ahogó sin resistencia. El dragón de San Pablo tenía sesenta pies de largo y no era menos terrible. El bienaventurado apóstol de León lo sujetó con su estola y lo hizo conducir por un mozalbete de noble alcurnia y de probada pureza. Estos ejemplos demuestran que a los ojos de Dios un doncel casto es tan meritorio como una virgen. El Cielo no hace distinciones. Y os digo esto, hijo mío, porque bien pudiéramos irnos los dos a la playa de las Sombras y llegar hasta las cavernas del dragón, le llamaríamos a grandes voces, yo arrollaría mi estola en torno de su cuello y vos le conduciríais atado hasta el mar, donde se ahogaría irremisiblemente.

Al oír estas palabras del anciano, Samuel bajó los ojos sin atreverse a contestar.

—¿Tenéis alguna duda, hijo mío? —dijo Mael.

Contra su costumbre, el hermano Regimental tomó la palabra sin ser interrogado.

—Cualquiera dudaría —dijo—. San Riok sólo tenía dos años cuando venció al dragón. ¿Quién asegura que nueve o diez años después le hubiese vencido? Cuidado, padre mío, porque el dragón que desuela nuestra isla devoró al niño Elo y a otros cuatro o cinco niños de corta edad. El hermano Samuel no es bastante vanidoso para juzgarse a los diecinueve años más inocente que otros a los doce o catorce.

»¡Ay! —prosiguió gimoteando el monje—, ¿quién puede jactarse de ser casto en este mundo, donde todo nos da ejemplo y enseñanza de amor, donde toda la Naturaleza, animales y plantas, nos descubre y nos impone voluptuosidades abrasadoras? Los animales, guiados por el deseo, únense con ardor cada cual a su modo, pero no son comparables los diferentes himeneos de los cuadrúpedos, de los pájaros, de los peces y de los reptiles, con las voluptuosidades de las bodas de los árboles. Cuantas impudicias monstruosas imaginaron los paganos en sus fábulas, sobrepújalas una sencilla flor de los campos, y si conocieseis las fornicaciones de los lirios y de las rosas apartaríais de los altares esos cálices de impurezas, esos vasos de escándalo.

—No habléis así, hermano Regimental —respondió el venerable Mael—. Sometidos a las leyes de la Naturaleza, los animales y las plantas siempre son inocentes, carecen de un alma que salvar, mientras el hombre…

—Tenéis razón —dijo el hermano Regimental—. ¡Son otros cantares! Pero no enviéis al joven Samuel a la conquista del dragón: el dragón se lo comería.

Hace ya cinco años que Samuel no está en condiciones de asombrar a los monstruos con su inocencia. El año del corneta puso el diablo en su camino, para seducirle, a una lechera que se recogía las faldas al cruzar un arroyo. Samuel fue tentado y venció la tentación; pero el demonio, que no descansa, le ofreció en sueños la imagen de aquella moza, y la imagen consiguió lo que no pudo conseguir la realidad: hizo pecar a este novicio, que, al despertarse, inundó con sus lágrimas su lecho profanado. ¡Ay! El arrepentimiento no devuelve la inocencia.

Al oír esta relación, Samuel preguntóse cómo pudo ser conocido su secreto, ignorante de que se valía el demonio de la figura del hermano Regimental para turbar el corazón de los monjes de Alca.

El anciano Mael meditaba y se preguntaba con angustia: —¿Quién nos librará de los dientes del dragón? ¿Quién nos preservará de su aliento? ¿Quién nos salvará de su mirada?

Entretanto, los habitantes de Alca iban envalentonándose. Los labradores de Dombes y los boyeros de Belmont juraban ser más poderosos contra un animal feroz que una débil doncella y decían, a la vez que se golpeaban la parte carnosa del brazo: «¡Que venga el dragón!». Muchos hombres y mujeres lo habían visto, pero no lograban ponerse de acuerdo acerca de su forma y de su color, aun cuando todos negaban que fuese tan enorme como se creía, porque su talla no era mayor que la de un hombre. Organizóse la defensa. Desde el anochecer ponían centinelas en la entrada de los poblados, dispuestos a dar el grito de alarma. Grupos numerosos, provistos de horquillas y de hoces, guardaban por la noche los prados donde se recogían los animales. En el pueblo de Anís, algunos labradores sorprendieron al dragón cuando saltaba la tapia de Morio. Armados de mazas, de hoces y de horquillas le corrieron de cerca. Uno de los perseguidores creyó haberle pinchado con su horquilla, pero tuvo la desgracia de resbalar y caer en una charca. Los otros le alcanzarían seguramente si no se hubieran entretenido en recoger los conejos y las gallinas que el dragón, al huir, soltaba.

Dichos labradores declararon a los ancianos de la ciudad que el monstruo les pareció de forma y de proporciones bastante humanas, aparte de la cabeza y de la cola, que juzgaron verdaderamente horribles.



X. TAMBIÉN REFERENTE AL DRAGÓN DE ALCA



Aquella noche, Kraken se retiró a su caverna más tarde que de costumbre. Quitóse de la cabeza su casco de foca, rematado por dos cuernos de buey, cuya visera estaba provista de formidables garfios.

Arrojó sobre la mesa sus guantes, rematados por garras horribles: cada uña era un pico de gaviota. Se desabrochó el cinturón prolongado en una cola verde con repliegues tortuosos. Luego ordenó a Elo, su paje, que le quitase las botas, y como el niño no consiguiese hacerlo con la presteza deseada, lo tiró de un puntapié al otro lado de la gruta.

Sin mirar a la bella Orberosa, que hilaba un copo de lana, sentóse junto a la chimenea, donde había un cordero puesto en el asador, y murmuró:

—¡Malditos pingüinos! Va siendo un oficio muy perro el de dragón.

—¿Qué dice mi señor? —preguntó la bella Orberosa.

—Ya no me temen —prosiguió Kraken—. Antes huían todos cuando yo me acercaba, traía siempre en el saco gallinas y conejos, cazaba en los campos cerdos y carneros, vacas y bueyes. Ahora esos rústicos ya saben defenderse y velan. Hace poco en el pueblo de Anís, perseguido por los labriegos armados con mazas, hoces y horquillas, me vi obligado a tirar los conejos y las gallinas que llevaba y a recoger mi cola en el brazo para huir con libertad. ¿Es propio de un dragón de Capadocia huir como un ratero con la cola baja el brazo? Cargado de crestas, de cuernos, de garfios, de uñas, de escamas, apenas pude escapar a un bruto que me hundió la punta de su horquilla en la nalga izquierda.

Calló un momento, entregado a meditaciones amargas y prosiguió: —¡Qué idiotas son los pingüinos! Ya estoy harto de arrojar llamas a las narices de tantos imbéciles. ¿Me oyes, Orberosa?

Después de hablar así, el héroe levantó entre sus manos el horrible casco y lo contemplaba silencioso.

Luego dijo:

—Este casco lo construí en forma de cabeza de pez con pieles de foca. Para que fuera más temible le puse cuernos de buey, le añadí una quijada de jabalí, le colgué una cola de caballo pintada de rojo. ¡Ningún habitante de la isla podía mirarlo sin temblar y huir! He sembrado el terror entre los pingüinos. ¿Quién aconsejó al pueblo insolente para que abandonara su natural cobardía, mirase sin miedo estas fauces horribles y persiguiera, esta melena espantosa?

Echó a rodar el casco por el suelo, y prosiguió: —¡Ya no me sirves para nada, casco engañador, y te juro, por todos los demonios del infierno, que nunca volverás a verte sobre mi cabeza!

Al hacer este juramento pisoteaba su casco, sus guantes, sus botas y su cola de repliegues tortuosos.

—Kraken —dijo la bella Orberosa—, ¿permitís a vuestra esclava un artificio para salvar vuestra gloria y vuestros bienes? No despreciéis el auxilio de una mujer. Lo necesitáis, porque los hombres son todos unos imbéciles.

—Mujer —preguntó Kraken—, ¿cuáles son tus propósitos?

Entonces la bella Orberosa enteró a su esposo de que unos monjes recorrían los poblados y enseñaban a los habitantes la manera más conveniente de combatir al dragón. Según las instrucciones monacales, la bestia sería vencida por una virgen. Si una doncella envolviese con el cordón de su cintura el cuello del dragón, le conduciría fácilmente aprisionado, como a un perrito.

—¿Quién te ha dicho que los monjes enseñan tales cosas? —preguntó Kraken.

—Amigo mío —replicóle Orberosa—, no interrumpáis reflexiones graves con una pregunta frívola. Los monjes lo dijeron: «Si se encuentra en Alca una virgen muy pura ¡que se levante!». Yo he decidido, Kraken, responder al llamamiento. Pienso ir en busca del anciano Mael y decirle: «Soy la doncella destinada por el Cielo para humillar al dragón».

Al oír tales palabras, Kraken adujo: —¿Cómo has de ser tú esa doncella tan pura? ¿Y por qué te propones humillarme, Orberosa? ¿Has perdido el juicio? Te advierto que no me dejaré vencer por ti.

—Antes de encolerizarte, ¿no podrías tratar de comprenderme? —suspiró la bella Orberosa, con desprecio profundo y suave.

Luego expuso tranquilamente sus propósitos sutiles.

El héroe la oía, pensativo, y cuando ella acabó de hablar, dijo:

—Orberosa, tu astucia es refinada, y si tus propósitos se realizan conforme a tus previsiones, yo sacaré mucho provecho. Pero ¿cómo serás tú la virgen designada por el Cielo?

—No te preocupes, Kraken, y vámonos a dormir.

Al día siguiente, en la caverna perfumada por el olor de la grasa, Kraken trenzaba un armazón disforme de mimbre y lo recubría con pieles espantosamente erizadas y escamosas. A uno de los extremos del armazón, la bella Orberosa cosió el casco terrible y la visera que llevaba Kraken en sus devastadoras excursiones, y al otro extremo sujetó la cola de repliegues tortuosos que arrastró el héroe.

Cuando aquella labor estuvo acabada, enseñaron a Elo y a los otros cinco muchachos a introducirse en el artefacto y hacerlo avanzar, a la vez que tocaban la trompa y quemaban estopas para que salieran rugidos, llamas y humo por las fauces del dragón.



XI. PROSIGUEN LAS VICISITUDES DEL DRAGÓN DE ALCA



Orberosa, vestida con un corto sayal y con una cuerda a la cintura, se fue al monasterio y preguntó por el bienaventurado Mael. Como estaba prohibido a las mujeres entrar en el claustro, el viejo salió a su encuentro con el báculo pastoral en la diestra y la mano izquierda apoyada en el hombro del hermano Samuel, el más joven de sus discípulos.

Preguntó:

—Mujer, ¿quién eres?

—La virgen Orberosa.

Al oír la respuesta, el monje Mael levantó hacia el cielo sus brazos temblorosos.

—¿Sabes lo que dices, mujer? Es un hecho indudable que Orberosa fue devorada por el dragón, y ahora se me presenta y la veo y la oigo. ¿Acaso, hija mía, en las entrañas de la bestia supiste armarte con el signo de la Cruz para defenderte y salir intacta? Es lo que me parece más verosímil.

—No te has equivocado, padre mío —respondióle Orberosa—; precisamente ocurrió como lo imaginas.

En cuanto salí de las entrañas de la bestia busqué refugio en una ermita de la playa de las Sombras.

Vivía en la soledad, consagrada al rezo y a la meditación entre austeridades inauditas, cuando una voz del Cielo me hizo saber que sólo una virgen puede humillar al dragón, y que yo era la virgen predestinada.

—Muéstrame una señal en prueba de lo que has dicho —insinuó el anciano.

—¿No basta el ser yo misma? —replicó Orberosa.

—Reconozco el poder santo de las que imprimen a su carne un sello de virtud —dijo el apóstol de los Pingüinos—. Pero ¿eres, en verdad, tal como dices?

—Ya veréis los resultados —afirmó Orberosa.

El monje Regimental acercóse y terció en el asunto:

—Será la mejor prueba. El rey Salomón ha dicho: «Hay tres cosas difíciles de conocer y una cuarta imposible. Son las tres: el rastro de la serpiente sobre la piedra, del pájaro en el aire, del navío en el agua; y es la cuarta, la huella del hombre en la mujer». Estimo impertinentes a esas matronas que pretenden rectificar en tales materias al más sabio de los reyes. Si me atendierais, padre mío, no las consultaríais en cuanto se refiere a Orberosa, porque después de oír sus opiniones no habéis de quedar mejor enterado. La virginidad es tan difícil de probar como de conservar. Plinio enseña en su Historia que todos los signos aparentes son imaginarios o inseguros. La que lleva sobre sí las catorce señales de la corrupción puede ser pura completamente a los ojos de los ángeles, y, por el contrario, la que registrada por las matronas con el dedo y con la vista, pliegue por pliegue, resulta intacta, debe acaso tan honrosas apariencias a los artificios de una perversidad refinada. En cuanto a la pureza de la virgen Orberosa, pondría yo las manos en el fuego.

Hablaba de aquel modo porque era el mismo diablo; pero el anciano Mael lo ignoraba y preguntó a Orberosa:

—Hija mía, ¿de qué modo pensáis vencer a una bestia tan feroz como la que os había devorado?

La virgen respondió:

—Mañana, al salir el sol, ¡ah Mael!, convocarás al pueblo sobre la colina, frente al erial desolado, que se extiende hasta la playa de las Sombras, y procurarás que ningún pingüino se acerque a más de quinientos pasos de las rocas, porque moriría envenenado por el aliento del monstruo. El dragón saldrá de su caverna, rodearé su cuello con el cordón de mi cintura y lo conduciré atado como un perro dócil.

—¿No querrás que te acompañe un hombre valiente y piadoso para que sea él quien mate al dragón? —respondió Mael.

—Tú lo has dicho, venerable anciano: entregaré el monstruo a Kraken, el cual le degollará con su espada resplandeciente. Has de saber que el noble Kraken, a quien han creído muerto, aparecerá de nuevo entre los pingüinos para matar al dragón, y del vientre de la bestia saldrán los niños que fueron devorados.

—Lo que me anuncias, ¡oh virgen! —exclamó el apóstol—, me parece prodigioso y sobrenatural.

—Lo es, en efecto —replicó la virgen Orberosa—, y también por aviso del Cielo supe que para corresponder al beneficio que recibe del caballero Kraken, el pueblo pingüino le pagará un tributo anual de trescientos pollos, doce corderos, dos bueyes, tres cerdos, cincuenta sacos de trigo y las frutas y verduras de cada estación. Además, los niños que salgan del vientre de la bestia serán entregados al caballero Kraken para servirle y obedecerle en todo. Si el pueblo pingüino dejase de satisfacer su tributo, se presentaría en la isla otro dragón más terrible que el primero. Y será como lo he dicho.



XII. TERMINA LO REFERENTE AL DRAGÓN DE ALCA



Una muchedumbre de pingüinos, convocada por el anciano Mael, pasó la noche en la playa de las Sombras, pero sin avanzar más allá de la línea que el santo varón había trazado para que a nadie envenenara el aliento del monstruo.

La oscuridad de la noche no se había disipado aún sobre la Tierra cuando, anunciado por un rugido ronco, asomó entre las rocas de la playa la figura vaga y portentosa del dragón. Se arrastraba como una serpiente, y su cuerpo tortuoso parecía tener quince pies de longitud. Al verlo retrocedieron las gentes aterradas, y en seguida, todos los ojos se volvieron hacia la virgen Orberosa, que, a la primera claridad del alba, se destacó vestida de blanco sobre el horizonte rosado. Con intrépido y sencillo andar avanzó hacia la bestia, la cual daba rugidos aterradores y abría sus fauces llameantes. Los pingüinos lanzaron un inmenso grito de horror y de piedad al ver que la virgen desataba el cordón de su cintura para rodear el cuello del dragón y conducirlo atado como un perrito dócil. Después se alzaron atronadoras las aclamaciones de la multitud.

Había recorrido ya parte del erial cuando apareció Kraken, que esgrimía una espada resplandeciente. Como el pueblo le creía muerto, al verlo dejó escapar un grito de sorpresa y de gozo. El héroe se lanzó hacia la bestia, la derribó y le abrió con la espada el vientre, de donde salieron, en camisa, con los cabellos rizados y las manos cruzadas, el niño Elo y los otros mocitos que había devorado el monstruo. Inmediatamente se postraron a los pies de la virgen Orberosa, que, mientras los acariciaba, les decía al oído:

—Recorreréis los poblados y diréis: «Somos las pobres criaturas devoradas por el dragón, y salimos en camisa de su vientre». Los habitantes os darán con abundancia todo lo que podáis desear. Pero si hablarais de otro modo, sólo recibiríais pescozones y bofetadas. ¡Andad!

Varios pingüinos, al ver al dragón reventado, quisieron hacerlo trizas: unos, por espíritu de odio y de venganza, y otros, para apoderarse de la piedra mágica llamada dracontita que se forma en la cabeza de los dragones. Las madres de los niños resucitados corrieron para besar a sus criaturas. Pero el santo barón Mael los detuvo a todos y les advirtió que no eran bastante puros para aproximarse al dragón, sin morir.

El niño Elo y los otros mocitos no tardaron en acercarse al pueblo, y decían:

—Somos las pobres criaturas devoradas por el dragón, y salimos en camisa de su vientre.

Cuantos les oyeron, exclamaron: —¡Criaturas benditas!, ya os daremos con abundancia todo lo que pudierais desear.

La muchedumbre se retiró alegremente. De los grupos se alzaban himnos y cánticos.

Para conmemorar aquel día en que la Providencia libró al pueblo de un cruel azote fueron instituidas procesiones, en las cuales figuraba un dragón encadenado.

Gracias al tributo acordado, Kraken llegó a ser el más rico y poderoso de los pingüinos. Como enseña de su victoria, y para inspirar un terror saludable, llevaba sobre la cabeza una cresta de dragón, y tenía por costumbre decir:

—Ahora que ha muerto el monstruo, el dragón soy yo.

Orberosa encadenó, durante largo tiempo, con sus brazos generosos a los boyeros y pastores, y cuando ya no era agradable ni joven, se consagró al Señor.

Objeto de la veneración pública, fue admitida después de su muerte en el canon de los santos y señalada como la celestial patrona de la Pingüinia.

Kraken dejó un hijo, que llevó como su padre, la cresta del dragón, y al que llamaron por este motivo Draco.

Draco fundó la primera dinastía de los pingüinos.




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