La isla de los pingüinos: 004

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La isla de los pingüinos Anatole France




LIBRO TERCERO LA EDAD MEDIA Y EL RENACIMIENTO





I. BRIAN EL PIADOSO Y LA REINA GLAMORGANA



El rey de Alca, descendiente de Draco, hijo de Kraken, llevaba sobre la cabeza una espantosa cresta de dragón, insignia sagrada que le hacía ser venerado y temido por los pueblos. No dejaba de guerrear con sus vasallos y súbditos ni con los príncipes de las islas y de los continentes vecinos.

De los reyes más antiguos se conserva sólo el nombre, y no sabemos pronunciarlo ni escribirlo. El primer dracónida cuya historia se conoce, fue Brian el Piadoso, estimado por su astucia y tu esfuerzo en la guerra y en la caza.

Era muy cristiano, amante de los estudios y protector de los hombres consagrados a la vida monástica.

En la sala de su palacio, donde bajo las vigas ahumadas pendían cabezas y cuernos de animales feroces, daba festines y convidaba a todos los trovadores de Alcay de las islas vecinas que cantaban los triunfos de los héroes. Justiciero y magnánimo, pero poseído por un ardiente amor de gloria, no podía reprimir su envidia, y condenó a muerte a cuantos le aventajaron en el arte de trovar.

Expulsados los monjes de Yvern por los paganos que desolaban la Bretaña, el rey Brian mandó construir para ellos un monasterio de madera próximo a su palacio. Diariamente iba con su esposa, la reina Glamorgana, a la capilla del monasterio, asistían a las ceremonias y cantaban himnos al Señor.

Entre los monjes hallábase uno llamado Oddoul, famoso en la flor de la juventud por su ciencia y sus virtudes. El diablo, decidido a perderle, con frecuencia ponía en su camino una pecadora tentación. Tomando varias formas, le mostró sucesivamente un brioso caballo, una hermosa virgen y una copa de hidromiel.

Más adelante, agitando unos dados dentro de un cubilete, le dijo:

—Si quieres, jugaré contigo la soberanía del mundo contra un pelo de tu cabeza.

Pero el hombre del Señor, escudado por el signo de la Cruz, rechazó al enemigo. Seguro ya de que nunca lograría seducirle, imaginó el diablo un hábil artificio para perderle. Se acercó a la reina, que dormía en su lecho una noche de verano, le presentó la imagen del juvenil monje, a quien ella veía en el monasterio de madera, y puso un encanto maléfico en aquella imagen.

De pronto infiltróse el amor, como un veneno sutil, en las venas de Glamorgana, consumida por el deseo de realizar con Oddoul sus ansias amorosas.

Encontró repetidos pretextos para conducirle a su presencia y le propuso que instruyera a sus hijos en la lectura y el canto. Le dijo:

—Cuidaré de su educación y presenciaré vuestras lecciones para instruirme, de modo que daréis al mismo tiempo enseñanza a los hijos y a la madre.

Pero el juvenil monje se resistía. Para excusarse alegaba unas veces su poca ciencia y otras su condición, que le vedaba el trato de las mujeres. Sus negativas agigantaron los deseos de Glamorgana. Un día que desmayaba en su lecho, porque su mal se hizo intolerable, mandó llamar a Oddoul.

Compareció el monje, obediente, pero ni pasó la puerta, ni alzó los ojos del suelo, con lo cual aumentaron las ansias y el dolor de la reina.

—Mira —le dijo—: las fuerzas me faltan; una sombra cubre mis ojos; mi cuerpo está helado y ardiente a la vez.

Y como él no resollara ni se moviera, la señora le llamó, suplicante: —¡Acércate, acércate a mí!

Extendió sus brazos, alargados por el deseo, y trató de asirle y atraerle.

Pero el monje reprochó aquella impudicia y huyó.

Entonces, dominada por la ira y temerosa de que Uddoul publicase las ansias que inspiraba y no satisfacía, resolvióse a comprometerle para que le condenasen.

Con voz lastimera, que resonaba en todo el palacio, pidió socorro, como si en verdad se hallara en grave peligro. Al aproximarse las doncellas vieron huir al monje y vieron a la reina que apresuradamente se cubría con las ropas de su lecho.

Todas a su vez proclamaron a gritos el crimen, y cuando, atraído por aquel alboroto, entró el rey Brian, la reina Glamorgana le mostró su cabello en desorden, sus ojos abrillantados por el llanto y su pecho, que, desesperada, en la furia de su amor, se había desgarrado ella misma con las uñas.

—Señor y esposo mío —exclamó—, ved las huellas de los ultrajes que acabo de sufrir. Impulsado por un deseo infame, Oddoul se acercó a mi lecho y quiso vencer con violencia mi repugnancia y mi pudor.

Al oír aquellas quejas y al ver aquella sangre, enfurecido, el rey ordenó a sus guardias que se apoderasen del monje y que le quemaran vivo frente al palacio para que lo viese la reina.

Enterado de la triste aventura, el abad de Yvern visitó al rey y le dijo:

—Rey Brian, advertid en este ejemplo la diferencia entre una mujer cristiana y una mujer pagana. La romana Lucrecia fue la más virtuosa de las princesas idólatras, pero le faltaron energías para defenderse contra los ataques de un joven afeminado, y, avergonzada de su debilidad, entregóse a la desesperación, mientras que la reina Glamorgana pudo resistir victoriosamente a los ataques de un criminal forzudo, rabioso y poseído por el más terrible de los demonios.

Entretanto, Oddoul esperaba en un calabozo de palacio el momento de ser quemado vivo. Pero Dios no permitió que la inocencia resultase castigada: envióle un ángel, que, bajo la forma de una doncella de la reina llamada Gudruna, le sacó del calabozo y le condujo al aposento en que habitaba la doncella cuya figura le sirvió de disfraz.

El ángel dijo al joven Oddoul:

—Te amo porque te atreves a todo.

El joven Oddoul creyó que hablaba con la propia Gudruna, y adujo, sin alzar los ojos:

—Sólo con el auxilio del Señor pude resistir las pretensiones de la reina y provocar la cólera de tan poderosa mujer.

El ángel preguntó: —¿No tuviste los propósitos de que la reina te acusa?

—No los tuve. No hice nada —respondió el monje con la mano puesta sobre el corazón.

—¿No hiciste nada?

—Nada hice, y la sola idea de un acto semejante me horroriza.

—Entonces —dijo el ángel—, ¿por qué viniste aquí, mentecato?

Y abrió la puerta para facilitar al monje la salida.

Oddoul se sintió violentamente impulsado hacia afuera, y apenas había llegado a la calle, una mano vació un orinal sobre su cabeza.

Oddoul meditaba:

«Tus caminos son misteriosos, Señor, y tus propósitos, impenetrables».



II. DRACO EL GRANDE. - TRASLACIÓN DE LAS RELIQUIAS DE SANTA ORBEROSA



La sucesión directa de Brian el Piadoso extinguióse hacia el año 900 en la persona de Collica, llamado Nariz Corta. Un primo de este príncipe, Bosco el Magnánimo, le sucedió. Atento a fortalecer el trono y asesinar a todos sus parientes, fue origen de una duradera dinastía de reyes poderosos.

Uno de ellos, Draco el Grande, se hizo famoso por sus guerras. Le derrotaron con más frecuencia que a los otros; pero en esta insistencia de la derrota se reconoce a los capitanes heroicos. En veinte años incendió más de veinte mil cabañas, haciendas caseríos, pueblos, villas, ciudades y Universidades.

Arrasaba con igual indiferencia las tierras enemigas y sus propios dominios, y solía decir para explicar su conducta:

—La guerra sin incendio es como la carne sin mostaza: una cosa insípida.

Su justicia era rigurosa. Cuando los campesinos a quienes hacía prisioneros no podían pagar el rescate, los ahorcaba, y si alguna infeliz mujer se atrevía a implorarle favor para su marido insolvente, la arrastraba, sujeta por el cabello a la cola de su caballo. Vivía como un soldado, sin molicie, y nos complacemos en reconocer que sus costumbres eran puras. No solamente mantuvo en su reino la gloria hereditaria, sino que hasta en sus mayores derrotas realzó el honor del pueblo pingüino.

Draco el Grande hizo trasladar a Alca las reliquias de Santa Orberosa.

El cuerpo de la bienaventurada había sido enterrado en una gruta de la playa de las Sombras.

Los primeros peregrinos que la visitaron fueron los mozos y las mozas de los pueblos próximos. Iban con preferencia, por parejas, al anochecer, como si los piadosos deseos buscaran para satisfacerse la sombra y la soledad. Dedicaban a la santa un culto fervoroso y discreto; no gustaban de publicar las emociones que sentían en su recogimiento; pero los delataban algunas veces frases de amor y suspiros angustiosos mezclados con el santo nombre de Orberosa. Unos decían que allí se olvidaron del mundo, y otros, que al salir de la gruta se hallaban siempre satisfechos. Las mozas, en sus íntimas confidencias recordaban los goces que habían sentido.

Tales fueron los milagros que realizó la virgen de Alca en los comienzos de su gloriosa eternidad, y que tenía la vaga dulzura de las alboradas. Pronto el misterio de la gruta extendióse por los pueblos próximos como un perfume sutil. Fue para las almas puras un motivo de alegría y edificación, y los hombres corrompidos trataron vanamente de alejar a los fieles, con mentiras y calumnias, de los manantiales de gracia que corrían sobre la tumba de la santa. La Iglesia hizo lo posible para que aquellos fervores del Cielo no quedasen reservados a un corto número de criaturas y se extendieran por toda la cristiandad pingüina. Unos monjes se instalaron en la gruta, construyeron un monasterio, una capilla y una hospedería. Comenzaron a afluir peregrinos.

Como fortalecida por su larga residencia en el Cielo, la bienaventurada Orberosa realizó milagros cada vez mayores en favor de los que iban a depositar una ofrenda sobre su tumba. Hizo concebir esperanzas a las mujeres estériles, envió ensueños a los viejos celosos para tranquilizarles acerca de la fidelidad de sus esposas, puesta en duda injustamente, y mantuvo alejadas de la comarca las pestes, las epizootias, las hambres, las tempestades, los dragones de Capadocia.

Pero durante los disturbios que desolaron el país en el reinado de Collica y de sus sucesores, la tumba de Santa Orberosa fue despojada de sus riquezas, el monasterio fue incendiado y los monjes dispersados.

El camino, durante largo tiempo apisonado por devotas peregrinaciones, desapareció bajo los juncos, la maleza y los cardos azules de los arenales.

Hacía ya cien años que sólo visitaban la tumba milagrosa las comadrejas y los murciélagos, cuando la santa se apareció a un campesino de los contornos, llamado Mormodic.

—Soy la virgen Orberosa —le dijo—, y quiero que restablezcas mi santuario. Advierte a los habitantes de las cercanías que si dejan mi memoria en olvido y mi tumba sin ofrendas, un nuevo dragón desolará la Pingüinia.

Clérigos muy sabios hicieron informaciones acerca de semejante aparición y la reputaron verdadera, no diabólica, sino celestial.

El monasterio fue alzado nuevamente y los peregrinos afluyeron con abundancia. La virgen Orberosa hizo milagros cada vez mayores. Curaba enfermedades perniciosas, como la cojera, la hidropesía, la parálisis y el baile de San Vito. Los monjes guardianes de la tumba gozaban de una envidiable opulencia, cuando la santa se apareció al rey Draco el Grande, le ordenó que la reconociese por patrona celestial del reino y que llevara sus restos preciosos a la catedral de Alca.

Las reliquias de aquella virgen fueron trasladadas con gran pompa a la iglesia metropolitana y depositadas en el centro del coro, dentro de una urna de oro con esmaltes y piedras preciosas.

El cabildo registró los milagros en que intervino la bienaventurada Orberosa.

Draco el Grande, que no dejaba un momento de proteger y exaltar la fe cristiana, al morir piadosamente legó muchos de sus bienes a la Iglesia.



III. LA REINA CRUCHA



Espantosos desórdenes siguieron a la muerte de Draco el Grande. Los sucesores de este príncipe han sido acusados con frecuencia por su debilidad, y es cierto que ninguno siguió ni de lejos el ejemplo de su valeroso antecesor.

Su hijo Chum, que era cojo, no cuidó de acrecer el territorio pingüino. Bolo, hijo de Chum, murió asesinado por la guardia de palacio en el momento de subir al trono, a los nueve años de edad. Sucedióle su hermano Gun, que sólo tenía siete años, y se dejó guiar por su madre, la reina Crucha.

Crucha era hermosa, instruida, inteligente; pero no sabía resistir a las pasiones.

He aquí de qué modo se expresa en su Crónica el venerable Talpa, en lo que se refiere a esta reina ilustre:

«La reina Crucha, por la belleza de su rostro y la perfección de su figura, podrá compararse, tal vez con ventaja, a Semíramis de Babilonia, a Pentesilea, reina de las Amazonas, y a Salomé, hija de Herodías.

Pero en su cuerpo ostentó varias singularidades que pueden suponerse encantadoras o desapacibles, según las opiniones contradictorias de los hombres y los juicios del mundo. Tenía en la frente dos cuernecitos, que ocultó siempre bajo su abundante cabellera dorada. Tenía un ojo azul y otro negro; el cuello, inclinado hacia la izquierda, como Alejandro de Macedonia; seis dedos en la mano derecha y una cabecita de mono debajo del ombligo.

Su apostura, era majestuosa, y su trato, afable. Magnífica y espléndida en sus generosidades, no siempre conseguía someter la razón al deseo.

Al ver en sus caballerizas a un joven palafrenero de singular belleza, sintióse de pronto poseída por amorosas ansias y le confió el mando de sus ejércitos. Lo que se debe alabar sin reservas en esta reina famosa es la abundancia de dones que hizo a las iglesias, monasterios y capillas del reino, y especialmente a la santa casa de Beargarden, donde, por la gracia del Señor, profesé a los catorce años de edad. Ha encargado tantas misas por el descanso de su alma, que todos los sacerdotes de la Iglesia pingüina se han transformado, por decirlo así, en un cirio encendido a los ojos del Cielo para atraer la misericordia divina sobre la augusta Crucha».

Estos renglones, y algunos otros de que me he valido para enriquecer mi texto, bastan para juzgar sobre el valor histórico y literario de las Gesta pingüinoruna. Por desgracia, dicha crónicas se interrumpe bruscamente en el tercer año de Draco el Simple, sucesor de Gun el Débil. Llegado a éste punto de mi historia, deploro la falta de un guía tan amable y seguro.

Durante los dos siglos siguientes, los pingüinos vivieron en una anarquía sanguinaria. Se olvidaron todas las artes. Entre la ignorancia general, a la sombra del claustro, los monjes se entregaban al estudio, copiaban con celo infatigable las Santas Escrituras, y para suplir la escasez de pergaminos, raspaban los manuscritos viejos, sobre los cuales transcribían la palabra divina. De este modo se vieron florecer las Biblias en la tierra pingüina como las rosas en el rosal.

Un monje de la orden de San Benito, Ermold el Pingüino, consiguió borrar cuatro mil manuscritos griegos y latinos y copió en ellos cuatro mil veces el Evangelio de San Juan. Así destruyeron en gran parte las obras maestras de la poesía y de la elocuencia antigua.

Lo cual no es obstáculo para que los historiadores reconozcan, con rara unanimidad, que los conventos pingüinos fueron el refugio de las letras durante la Edad Media.

Las guerras seculares de los pingüinos y de los marsuinos llenan el fin de este período. Es muy difícil discernir la verdad acerca de tales guerras, no por falta de relatos, sino por su abundancia excesiva.

Los cronistas marsuinos contradicen absolutamente a los cronistas pingüinos, y por añadidura los pingüinos se contradicen entre sí, de igual modo que los marsuinos. Encontré dos cronistas de acuerdo, pero uno había copiado al otro. Sólo es indudable que las matanzas, las violaciones, los incendios y los saqueos se sucedían sin interrupción.

Bajo el desdichado príncipe Bosco IX, el reino estuvo a dos dedos de su ruina. Al saberse que la flota marsuina, formada por seiscientas naves, se dirigía al puerto de Alca, el obispo dispuso que se formara una solemne procesión. El cabildo, los magistrados, los miembros del Parlamento y los profesores de la Universidad, fueron a la catedral para sacar en andas la urna que encerraba las reliquias de Santa Orberosa, y la pasearon por toda la ciudad seguidos del pueblo entero, que cantaba himnos.

La santa patrona de la Pingüinia no fue inútilmente invocada, pero los marsuinos atacaron la ciudad por tierra y por mar, la tomaron por asalto, y durante tres días y tres noches mataron, robaron, violaron e incendiaron con la indiferencia que engendra y lleva en sí la costumbre.

Es verdaderamente admirable que durante aquella edad de hierro la fe se conservara intacta entre los pingüinos. El esplendor de las santas verdades deslumbraba entonces a las almas, no corrompidas aún por el sofisma. Esto explica la unidad de creencias. Una práctica constante de la Iglesia contribuyó, sin duda, a mantener esta dichosa comunión de los fieles, y consistía en quemar sin escrúpulo a todo pingüino que no pensara como los demás.



IV. LAS LETRAS: JOHANNES TALPA



Durante la minoría del rey Gun, Johannes Talpa, monje de Beargarden, compuso en el monasterio donde había profesado a los once años y de donde no salió jamás ni un solo día de su vida, sus célebres crónicas latinas en doce libros: Gesta pingüinorum.

El monasterio de Beargarden yergue sus altos muros en la cúspide de un pico inaccesible. Sólo se descubren alrededor, las azuladas cimas de los montes que horadan las nubes:

Cuando empezó a redactar su Gesta pingüinorum, Johannes Talpa era ya viejo, y tuvo el cuidado de advertirlo en su obra: «Mi cabeza perdió hace tiempo el adorno de sus bucles rubios —dice— y mi cráneo es parecido a los espejos de metal, convexos, consultados afanosamente por las damas pingüinas. Mi cuerpo, naturalmente corto, se redujo y se encorvó con los años. Mi barba blanca da calor a mi pecho».

Con una sencillez encantadora, Talpa nos refiere algunas circunstancias de su vida y algunos rasgos de su carácter: «Descendiente de una familia noble y destinado desde la infancia al estado eclesiástico, me instruyeron en la gramática y en la música. Aprendí a leer bajo la disciplina de un maestro llamado Amicus, y que muy bien pudo llamarse “Inimicus”. Era yo algo tardo en el conocimiento de las letras, y él me azotaba de tal modo que bien pudiera decirse que imprimió el alfabeto a correazos sobre mis nalgas».

Luego confiesa Talpa sus naturales inclinaciones a la voluptuosidad. Ved unas frases muy expresivas:

«En mi juventud, el ardor de mis sentidos era tal, que a la sombra de los bosques me pareció algunas veces hervir en una marmita más bien que respirar el aire fresco Huía de las mujeres, ¡en vano!, porque bastaba la forma de una campanilla o de una botella para representármelas». Mientras redactaba su Crónica, una tierra terrible, a la vez extranjera y civil, desolaba a tierra pingüina. Los soldados de Crucha se fortificaron en el monasterio de Beargarden para defenderlo contra los bárbaros marsuinos. A fin de hacerlo inexpugnable, abrieron aspilleras en los muros, y levantaron la techumbre de plomo de la iglesia para fundir balas de honda. Encendían por la noche, en los patios y en los claustros, grandes hogueras, en las cuales asaban bueyes enteros enfilados en viejos troncos de pino de la montaña; y reunidos en torno entre el humo cargado de olores de resina y de grasa agotaban toneles de vino y de cerveza. Sus cantos, sus blasfemias y el estruendo de sus disputas no permitían oír los toques matinales de las campanas. Por fin, los marsuinos, después de franquear los desfiladeros, pusieron sitio al monasterio. Eran guerreros del Norte, vestidos y armados de cobre. Sobre las rocas escarpadas apoyaban escaleras de mil quinientos pies de altura, que en la oscuridad tormentosa se rompían bajo el peso de los cuerpos y de las almas, y lanzaban racimos de hombres en las simas y en los precipicios. Turbaba el silencio un espantoso quejido, y luego principiaba el asalto. Los pingüinos arrojaban torrentes de pez derretida sobre los asaltadores, que, abrasados, ardían como antorchas.

Sesenta veces los furiosos marsuinos intentaron el escalo y fueron sesenta veces rechazados.

Hacía diez meses que tenían el monasterio estrechamente cercado, y el día de la Epifanía un pastor del valle les enseñó una senda oculta por la cual pudieron encaramarse. Penetraron en los subterráneos de la abadía, extendiéronse por los claustros, las cocinas, la iglesia, las salas capitulares, los lavaderos, las celdas, los refectorios, los dormitorios; incendiaron, mataron y violaron, sin reparar en la edad ni en el sexo. Los pingüinos descendieron de pronto y corrieron a empuñar las armas. Ciegos de cólera y espanto heríanse los unos a los otros, mientras los marsuinos se golpeaban con sus hachas al disputarse furiosamente los cálices, los incensarios, los candeleros, las dalmáticas, los relicarios, las cruces de oro y de pedrería.

Había impregnado el aire un acre olor de carne asada. Los gritos de muerte y los lamentos resonaban entre las llamas. Por los aleros del monasterio, millares de monjes presurosos, como un rastro de hormigas, caían en el valle. Y, entretanto, Johannes Talpa escribía su Crónica. Los soldados de Crucha, en retirada, obstruyeron con moles de roca todas las salidas del monasterio para encerrar a los marsuinos en el recinto incendiado; y para aplastar al enemigo bajo los desprendimientos de las columnas y de los muros servíanse, como de un ariete, de algún viejo tronco de encina. Las maderas se desprendían con estrépito y los arcos sublimes de las naves se desplomaban al choque de las vigas gigantescas balanceadas por seiscientos hombres a la vez. Pronto quedó solamente de la rica y populosa abadía, la celda de Johannes Talpa, sujeta por un azar maravilloso a los restos de un caballete humeante. Y el viejo cronista continuaba escribe que te escribe.

El ensimismamiento de naturaleza tan extraordinaria pudiera parecer excesivo en una analista consagrado a catalogar sucesos de su época, pero por muy distraído y desligado que se halle uno de lo que sucede a su alrededor, se siente la influencia. Consulté el manuscrito original de Johannes Talga en la Biblioteca Nacional, donde se archivó. Es un pergamino de seiscientas veintiocho hojas de escritura muy enrevesada, unas letras, en vez de seguir en línea recta, escapan en todas direcciones, empujándose y cayendo las unas sobre las otras, desordenadas, o, por decir mejor, en un tumulto espantoso. Son tan deformes, que la mayor parte de las veces no sólo es difícil reconocerlas, sino que se confunden con rasgos inútiles y numerosos. Esas páginas, inestimables sin duda, se resienten de la turbación en medio de la cual fueron trazadas. Su lectura es difícil, pero el estilo del religioso de Beargarden no conserva rastro de ninguna emoción. El tono de su Gesta pingüinorum nunca deja de ser sencillo. La narración es rápida, y tan concisa que raya en la sequedad. Las reflexiones son escasas y generalmente juiciosas.



V. LAS ARTES. —LOS PRIMITIVOS DE LA PINTURA PINGÜINA



Los críticos pingüinos afirman con insistencia que el arte pingüino se distinguió desde su nacimiento por una originalidad potente y deliciosa, y que sería inútil buscar en otras naciones las cualidades de gracia y reflexión características de sus primeras obras. Los marsuinos pretenden que sus artistas fueron constantemente los iniciadores y los maestros de los pingüinos. Es difícil establecer un juicio seguro, porque los pingüinos, antes de admirar a sus pintores primitivos, destruyeron todas sus obras.

No debe afligirnos mucho semejante pérdida.

Sin embargo, la deploro vivamente, porque venero las antigüedades pingüinas y me complace profesar un culto a los primitivos.

Son deliciosos. No digo que todos se parezcan, porque no me gusta exagerar, pero tienen caracteres comunes que se hallan repetidos en todas las escuelas. Me refiero a fórmulas que jamás abandonan y a la minuciosidad de su ejecución. Lo que saben, lo saben bien. Felizmente podemos formarnos una idea de los primitivos pingüinos por los primitivos italianos, flamencos, alemanes, y por los primitivos franceses, que son superiores a todos porque, a juicio del señor Gruyer, tienen más lógica, y la lógica es una cualidad esencialmente francesa.

Aun cuando se lo negaran obstinadamente, habría que reconocer a Francia el privilegio de coleccionar ya sus primitivos, mientras las otras naciones no los tenían aún.

La Exposición de los primitivos franceses en el pabellón de Marsán, en 1904, contenía varios cuadritos contemporáneos de los últimos Valois y de Enrique IV.

Hice muchos viajes para ver cuadros de VanDyck, de Memling, de Rogier van der Weyden, del maestro de La muerte de María y de Ambrosio Lorenzetti. Sin embargo, no acabé mi iniciación en Brujas, ni en Colonia, ni en Siena, ni en Perusa: en la pequeña ciudad de Arezzo fue donde me convertí en adepto consciente de la pintura ingenua. Hace de esto diez años, y acaso más.

En aquel tiempo de indigencia y sencillez, los Museos de los Municipios, oficialmente cerrados, abríanse a todas horas para los forestieri. Por media lira, una vieja me enseñó una noche, a la luz de la vela, el sórdido Museo de Arezzo, en el cual descubrí una pintura de Margaritone, un San Francisco, cuya piadosa tristeza me arrancó lágrimas.

Quedé profundamente conmovido: Margaritone de Arezzo fue para mí desde aquel día el primitivo más estimado.

Las obras de este maestro me inducen a suponer cómo serían las de los primitivos pingüinos.

En este concepto no se juzgará inoportuno que le preste aquí bastante atención, ya que no en el detalle de sus obras, por lo menos en su aspecto más general y, si me atrevo a decirlo, más representativo.

Poseemos cinco o seis cuadros que llevan su nombre. Su obra capital, conservada en la National Gallery, de Londres, representa a la Virgen María sentada en su trono con el Niño Jesús entre los brazos. Lo que sorprende más cuando se contempla esta figura son sus proporciones. El cuerpo, desde el cuello a los pies, sostiene dos veces la longitud de la cabeza, de modo que resulta rechoncho. Esta obra no es menos notable por el color que por el dibujo.

El famoso Margaritone sólo poseía un reducido número de colores y los empleaba en toda su pureza, sin graduar nunca los tonos. Así resultan sus composiciones más llamativas u armoniosas. Las mejillas de la Virgen y las del niño son de un puro bermellón que el viejo maestro pica sobre cada rostro en dos circunferencias que parecen trazadas a compás.

Un sabio crítico del siglo XVIII, el abate Lauzi, trata las obras de Margaritone con desdén. «Son verdaderos mamarrachos —dijo—. En aquella época desdichada no sabían dibujar ni pintar». Así opinaban entonces los inteligentes. Pero Margaritone y sus contemporáneos serían pronto vengados de tan cruel desprecio.

Había nacido en el siglo XIX en los pueblos bíblicos y en las residencias señoriales de la puritana Inglaterra una muchedumbre de minúsculos Samuel y minúsculos San Juan rizados como corderitos, los cuales, convertidos de 1840 a 1850 en sabios con gafas, instituyeron el culto de los primitivos.

El eminente teorizador del prerrafaelismo, sir James Tuckett, no duda en colocar la Madona de la Nationall Gallery entre las obras maestras del arte cristiano. «Por haber dado a la cabeza de la Virgen —dice James Tuckett— un tercio del tamaño total de la figura, el antiguo maestro fija la atención del espectador sobre las partes más sublimes del cuerpo humano, principalmente sobre los ojos, calificados de órganos espirituales. En esta pintura el colorido conspira con el dibujo para producir una impresión ideal y mística. El bermellón de las mejillas no evoca el aspecto natural de la piel; más bien parece que el viejo maestro aplica sobre los rostros de la Virgen y del Niño las rosas del Paraíso».

Vemos brillar en esta crítica un reflejo de la obra. El seráfico esteta de Edimburgo, Mac Silly, ha expresado de una manera más penetrante aún y más contundentemente la impresión que produjo en su espíritu esa joya de la pintura primitiva.

«La Madona de Margaritone —dice el reverendo Mac Silly— realiza el fin trascendente del arte. Inspira a sus espectadores sentimientos infantiles, inocentes y puros. Y eso es tan verdad que, a los sesenta y seis años, después de contemplarla gozoso durante más de tres horas, me creía transformado en una tierna criatura. Mientras en mi coche, a mi regreso, atravesaba el Trafalgar Square, agitaba yo el estuche de mis gafas como si fuera un sonajero, reía y silabeaba. Y cuando la muchacha que servía la mesa me puso delante la sopa, con una ingenuidad de los primeros años me llevé la cuchara a la oreja.

En tales efectos —añade Mac Silly— se reconoce la excelencia de una obra de arte».

Margaritone, según referencias de Vasari, murió a los setenta y siete años, «y lamentaba no vivir lo suficiente para ver el nacimiento de un nuevo arte y admirar la gloria de nuevos artistas». Estos renglones, que traduzco literalmente, inspiraron a sir James Tuckett las páginas más deliciosas de su estudio. Forman parte del Breviario de los estetas, y todos los prerrafaelistas las saben de memoria.

Quiero copiarlas para que sean el más precioso adorno de mi libro. Todo el mundo reconoce que no se ha escrito nada tan sublime desde los profetas de Israel.


«La visión de Margaritone


”Margaritone cargado de años y de sufrimientos, visitaba un día el estudio de un joven pintor recientemente establecido en la ciudad. Fijó su atención una madona que, a pesar de ser rígida y severa, gracias a la exactitud de sus proporciones y a una diabólica mezcla de sombra y de luz, tenía relieve y expresión de vida.

”Aquella contemplación reveló al inocente y sublime obrero de Arezzo el porvenir de la pintura, y exclamó espantado, llevándose las manos a la frente:

”—¡Cuánta desdicha me hace presentir esta imagen!” Adivino en ella el fin del arte cristiano, que pinta las almas e inspira un ardiente deseo celestial. Los pintores futuros no se limitarán, como éste, a recordar sobre una pared o sobre una tabla la materia maldita de que nuestro cuerpo está formado, la celebrarán y la glorificarán: revestirán sus figuras con las dañinas apariencias de la carne, y esas figuras parecerán personas reales, se adivinarán sus cuerpos, las vestiduras revelarán sus formas. Santa Magdalena tendrá pechos, Santa Marta vientre, Santa Bárbara muslos, Santa Inés nalgas, San Sebastián revelará su gracia adolescente y San Jorge desplegará bajo su arnés las riquezas musculares de una virilidad robusta. Los apóstoles, los confesores, los doctores y hasta el mismo Dios Padre, serán representados por hombres como nosotros. Los ángeles afectarán una belleza equívoca, ambigua, misteriosa, que turbará los corazones. ¿Qué anhelos celestiales podrán inspirar esas obras? Ninguno, pero aprenderemos a saborear en ellas las formas de la vida terrestre. ¿Hasta dónde llegarán los pintores con sus atrevimientos indiscretos? Llegarán a pintarnos mujeres y hombres desnudos como los ídolos romanos. Habrá un arte profano y un arte sagrado, pero el arte sagrado será tan profano como el otro.

”—¡Atrás, demonios! —gritó el viejo maestro.

”Porque descubría en una visión profética a los justos ya los santos desnudos como atletas melancólicos; descubría los Apolos tocando el violín sobre la cima floreciente entre las musas vestidas con túnicas ligeras; descubría las Venus recostadas a la sombra de los mirtos y las Dánaes ofreciendo a la lluvia de oro su carne deliciosa; descubría los Jesús en los pórticos entre los patricios las damas rubias, los músicos, los pajes, los negros, los perros y las cotorras; descubría en una confusión incomprensible de miembros humanos, de alas extendidas y de velos flotantes, las Natividades tumultuosas, las Santas Familias opulentas, las Crucifixiones enfáticas, descubría la Santa Catalina, Santa Bárbara, Santa Inés, que humillaban a los patricios con la majestuosidad de sus terciopelos, de sus brocados, de sus perlas y con los esplendores de sus pechos; descubría las auroras que derramaban sus rosas y la multitud de Dianas y de ninfas sorprendidas a la sombra de los árboles junto al río…

”Y el gran Margaritone murió sofocado por la horrible adivinación del Renacimiento y de la escuela boloñesa».



VI. MARBODE



Poseemos un precioso monumento de la literatura pingüina en el siglo XVI; la relación de un viaje a los infiernos, imaginado por el monje Marbode, de la Orden de San Benito, a quien inspiraba el poeta Virgilio un ferviente entusiasmo.

Dicha relación, escrita en latín correcto, ha sido publicada por Clos de Lunes y la ofrecemos traducida por primera vez. Creo hacer a mis compatriotas un buen servicio al facilitarles la lectura de estas páginas, aunque seguramente no constituyen una excepción en la literatura latina de la Edad Media.

Existen varias ficciones que pueden comparársele; y citaremos el Viaje de San Bredán, La visión de Alberico, El Purgatorio de San Patricio, descripciones imaginarias de las moradas eternas, como La Divina Comedia, de Dante Alighieri.

Entre las obras compuestas con semejante asunto, la relación de Marbode fue de las más tardías; pero, sin duda, no es la menos estimable.


«Marbode baja a los infiernos


”En el año 1543 de la Encarnación del Hijo de Dios, pocos días antes de que los enemigos de la Cruz entrasen en la ciudad de Helena y del gran Conatantino, fueme permitido a mí, el hermano Marbode, monje indigno, ver y oír lo que nadie vio ni oyó jamás. Hice de todo ello una exacta relación para que la memoria de lo que sé no fenezca y acabe conmigo, pues la existencia del hombre no es durable.

”El primer día de mayo de dicho año, a la hora de las vísperas, en la abadía de Corrigán, sentado en una piedra del claustro cerca de la fuente coronada de escaramujos, leía, según mi costumbre, un canto del poeta venerado entre todos (Virgilio), que ha descrito las faenas campestres y la vida pastoril. Tendía la tarde su manto de púrpura sobre los arcos del claustro y murmuraba yo en voz emocionada los versos que nos dicen cómo Dido, la fenicia, pasea bajo los mirtos del infierno su herida reciente aún.

”En aquel momento, el hermano Hilario pasó junto a mí, seguido por el hermano Jacinto, el portero. Ilustrado en las edades bárbaras anteriores a la insurrección de las musas, el hermano Hilario no se inició en la sabiduría de los antiguos; pero la poesía del Mantuano, como antorcha sutil, penetró en su inteligencia para iluminarla.

”—Hermano Marbode —me dijo—, ¿esos versos que suspiráis con el pecho palpitante y los ojos encendidos, pertenecen a la famosa Eneida, de la cual ni de día ni de noche apartáis apenas los ojos?

”Respondíle que leía el pasaje de Virgilio donde el hijo de Anquises descubre a Dido, semejante a la luna entre la floresta.

”—Hermano Marbode —me replicó—, estoy seguro de que Virgilio expresa en cualquiera ocasión prudentes máximas y pensamientos profundos, pero los santos que modula en la flauta siracusana presentan un sentido tan hermoso y una doctrina tan sublime, que nos dejan deslumbrados.

”—Cuidado, padre —terció el hermano Jacinto con voz alterada—. Virgilio fue un mago que realizó prodigios con ayuda de los demonios. Así es como le fue posible horadar una montaña cerca de Nápoles y fabricar un caballo de bronce que tenía la virtud de curar a todos los caballos enfermos. Era nigromante, y aún se conserva en una ciudad italiana el espejo donde reflejaba las apariciones de los muertos. Una cortesana de Nápoles le invitó a llegar hasta ella en el cesto empleado para subir las provisiones, y le tuvo toda la noche suspendido en el aire.

”Como si no hubiera oído esa perorata:

—Virgilio es un profeta —replicó el hermano Hilario—, un profeta que dejó muy atrás a las sibilas, a la hija de Príamo y al gran adivinador de cosas futuras, Platón de Atenas. En el cuarto de sus cantos siracusanos hallaréis anunciado el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, en un lenguaje que más parece del Cielo que de la Tierra. En mi época estudiantil, cuando yo leía por vez primera jam redit et virgo, halléme sumergido en un delicioso encanto; pero luego sentí un vivo dolor al imaginar que, privado para siempre de la presencia de Dios, el autor de aquel canto profético, el más hermoso que salió de labios humanos, languidecía entre los gentiles en las tinieblas eternas. Este cruel pensamiento no me abandonó: me perseguía en mis estudios, en mis rezos, en mis meditaciones, en mis penitencias. Reflexionando que Virgilio se hallaba alejado para siempre de la presencia de Dios, y que tal vez hasta sufría en el infierno la suerte de los réprobos, ya no pude vivir tranquilo, y varias veces al día, con los brazos tendidos hacia el cielo, suplicante, clamaba “¡Reveladme, Señor, la suerte que reservasteis a quien supo cantar en la Tierra como cantan los ángeles en el Cielo!”.

”Cesaron mis angustias algunos años después, cuando leí en un libro antiguo que, al ir a Nápoles el apóstol San Pablo, santificó la tumba del príncipe de los poetas con sus lágrimas. Esto me hizo suponer que Virgilio, como el emperador Trajano, entró en el Paraíso por haber tenido en el error un presentimiento de la verdad. No hay obligación de creerlo, pero me tranquiliza suponer que así sea.

”El viejo Hilario dióme las buenas noches y se alejó con el hermano Jacinto.

”Me entregué de nuevo al delicioso estudio de mi poeta. Mientras, con el libro en la mano, meditaba de qué modo aquellos a quienes el amor hizo morir de un mal cruel siguen ocultos senderos en el intrincado bosque de mirtos. El clamor tembloroso de las estrellas mezclóse con las rosas silvestres deshojadas en el cristal de la fuente. De pronto, los reflejos, los perfumes y la paz del cielo me anonadaron. Un monstruoso aquilón, envuelto en oscuridad tormentosa, me arrebató entre sus mugidos y lanzóme corno una brizna de paja por encima de los campos, de las ciudades, de los ríos, de las montañas a través de las nubes tronadoras, durante una noche formada por una larga serie de noches y de días. Y cuando al fin, rendida su obstinada fiereza, el huracán se calmó, vime lejos del país natal, en el fondo de un valle, rodeado de cipreses. Entonces una mujer de austera belleza, que arrastraba largos velos, apoyó su mano izquierda en mi hombro, y señalando con la derecha una encina de macizo follaje:

”—¡Mirad! —me dijo.

”Al punto recordé a la sibila que guarda el bosque sagrado del Averno y advertí que formaba parte de aquel árbol frondoso la rama de oro agradable a la bella Proserpina.

”Me levanté y dije:

”—Así, ¡oh profética virgen!, adivinas mi deseo y lo satisfaces, muestras a mis ojos el árbol donde luce la rama resplandeciente, sin la cual nadie pudiera entrar vivo en la mansión de los muertos. Y es indudable que yo deseaba con fervor acercarme a la sombra de Virgilio.

”Arranqué del tronco antiguo la rama de oro y me lancé sin miedo al abismo humeante que conduce a las orillas fangosas del Estigio, donde revolotean las sombras como seca hojarasca, y al ver la rama de Proserpina, Caronte me recibió en su barca, que gimió bajo mi peso, y abordé la orilla de los muertos anunciado por los silenciosos ladridos del triple Cerbero. Hice intención de arrojarlo la sombra de una piedra, y el monstruo vano desapareció. Entre los juncos plañían los niños, cuyos ojos se abrían y se cerraban a un tiempo en la suave luz diurna. En el fondo de una caverna oscura, Minos juzgaba a los hombres. Penetré en el bosque de mirtos donde vagaban lánguidamente las víctimas del Amor: Fedra, Pocris, la triste Erifilea, Evadné, Pasifae, Laodamia, Cenis y Dido, la fenicia. Luego atravesé los polvorientos campos reservados a los guerreros ilustres. Más allá se abrían dos caminos: el de la izquierda conduce a la morada de los impíos. Encaminéme por el de la derecha, que conduce al Elíseo y a otras mansiones de Plutón. Suspendí la rama sagrada a la puerta de la diosa y llegué a los campos amenos sumergidos en luz purpurina. Las sombras de los poetas y de los filósofos conversaban gravemente. Las Gracias y las Musas formaban sobre la hierba coros alados. Acompañándose con su lira rústica, el anciano Homero cantaba. Sus ojos, cerrados, carecían de luz, pero de su boca brotaban imágenes con resplandores divinos. Vi a Solón, a Demócrito y a Pitágoras, que presenciaban en la pradera los juegos de los mozos, y, a través del follaje de un antiguo laurel, vi a Hesíodo y a Orfeo, al melancólico Eurípides y a la varonil Safo. Reconocí, al pasar, sentados en la orilla de un fresco arroyo, al poeta Horacio, a Vario, a Galo y a Licorida. Un poco más allá, Virgilio, apoyado en el tronco de una carrasca oscura, pensativo, contemplaba los bosques. De buena estatura y cuerpo delgado, aún conservaba su tez curtida, su aspecto rústico, su exterior desaliño, las incultas apariencias que disfrazaron su genio. Le saludé devotamente, pero no supe hablar en mucho rato.

”Al fin, cuando la voz pudo salir de mi garganta oprimida:

”—¡Oh tú, Virgilio, tan estimado por las musas ausonianas, honor del hombre latino! —exclamé—. Por ti he sentido la belleza. Por ti he frecuentado la mesa de los dioses y el lecho de las diosas. Recibe alabanzas de tu adorador más humilde.

”—Levántate, forastero —me respondió el poeta divino— reconozco en ti un humano viviente por la sombra que tu cuerpo dibuja sobre la hierba en un atardecer eterno. No eres el primer hombre que visitó antes de morir estos lugares, aun cuando entre nosotros y los que gozan de la vida el trato es difícil. Suspende los elogios: no me agradan. El confuso clamoreo de la gloria ofendió siempre mis oídos. Por eso huí de Roma, donde me conocían los desocupados y los curiosos, y trabajé en la soledad de mi querida Parténope. Además, para saborear tus alabanzas me sería preciso asegurarme antes de si los hombres de tu siglo comprenden mis versos. ¿Quién eres?

”—Me llamo Marbode, soy del reino de Alca, hice profesión de fe religiosa en la abadía de Corrigán, leo tus versos día y noche, y sólo por acercarme a ti bajé a los infiernos. Me impacienta el deseo de conocer tu destino. En la Tierra, los doctos se contradicen: unos juzgan probable que, por haber vivido bajo el influjo de los demonios, ardas en llamas inextinguibles; otros, más cautos, reservan su opinión, porque suponen inseguro y engañoso cuanto se dice de los muertos, varios, no en verdad los más hábiles, afirman que por haber ennoblecido el tono de las musas sicilianas anunciando que una nueva progenitura descendería de los cielos fuiste admitido, como el emperador Trajano, a gozar de la beatitud eterna en el Paraíso cristiano.

”—Ya ves que no es cierto —respondió la sombra, sonriente.

”—Vine a encontrarte, ¡oh Virgilio, entre los héroes y los sabios, en estos Campos Elíseos que antes describiste! ¿De modo que nadie ha venido a verte de parte de Aquel que reina en las alturas?

”Después de un prolongado silencio dijo:

”—No quiero ocultarte nada. Envióme un mensaje un hombre sencillo, para decirme que me aguardaba, que, aun cuando yo no estuviera iniciado en sus misterios, en atención a mis cantos proféticos, me reservaba un lugar entre los de la secta nueva. Pero no creí conveniente aceptarlo, y sigo en esta mansión. No comparto con los griegos los entusiasmos que les inspiran los Campos Elíseos, no gozo las dichas que hacen perder a Proserpina el recuerdo de su madre, ni creo firmemente las decisiones que mi Eneida contiene. Instruido por los filósofos y los físicos, adquirí un exacto presentimiento de la verdad. La vida en los infiernos queda muy apagada: no se siente placer ni pena. Se vive como si no se viviese. Los muertos disfrutan sólo de la existencia que les concede la memoria de los vivos. Prefiero continuar así.

”—Pero ¿qué razones alegaste, Virgilio, para justificar tu extraña negativa?

”—Las di excelentes. Dije al enviado de Dios que yo no merecía el honor que me reservaba y que suponían a mis versos un sentido que no tienen. En mi égloga cuarta no abjuré las creencias de mis abuelos. Sólo los judíos ignorantes pudieron interpretar en favor de un Dios bárbaro un canto que celebra el renacimiento de la Edad de Oro, anunciado por los oráculos sibilinos. Alegué como disculpa que yo no podía ocupar un sitio con el cual me favorecían por error y al cual no tuve ningún derecho. Recordé también mi humor y mis gustos, que disuenan de las costumbres de los cielos nuevos.

”No soy un ser insociable —dije al mensajero—. En la vida hice gala de un carácter apacible y abierto, y aun cuando la sencillez extremada de mis costumbres me señalan como sospechoso de avaricia, nunca tuve nada por mí solo; mi biblioteca estuvo a todos abierta y ajusté mi conducta a esta hermosa frase de Eurípides: «Todo ha de ser común entre amigos.» Los elogios, que al tratarse de mí consideré inoportunos, éranme gratos en alabanza de Vario o de Macro. En el fondo, soy rústico y agreste, me satisface la compañía de los animales. Puse tanto empeño en observarlos y los cuidé con tan esmerada solicitud, que adquirí fama, y no sin motivo, de ser un excelente veterinario. Me han dicho que las gentes de vuestra secta se conceden un alma inmortal, que les niegan a los animales. Es un contrasentido que me hace dudar de su razón. Tengo amor a los rebaños y también, casi excesivo, a los pastores. Esto no debe pareceros razonable. Hay una máxima a la cual he procurado ajustar mis actos: «Nada con exceso». Más que mi débil salud, me condujo mi filosofía a usar de las cosas con mesura. Profeso la sobriedad. Una lechuga y algunas aceitunas con un sorbo de falerno me bastaban para mantenerme. Frecuenté con moderación los lechos de las mujeres placenteras y no me detuvieron más de lo conveniente los bailes, al son del crótalo, de una joven siria. Pero si contuve mis deseos, fue para satisfacción y por buena disciplina. Temer los placeres y huir de la voluptuosidad me hubiera parecido el más abyecto ultraje que puede hacerse a la Naturaleza. Me aseguran que, durante su vida, los elegidos de Dios se abstienen de alimentarse bien, huyen del contacto con mujeres y se imponen voluntariamente sufrimientos inútiles. Me disgustaría tropezarme con esos criminales, cuyo frenesí me produce horror. No se debe confiar en que un poeta se ajuste muy estrictamente a una doctrina física y moral. Soy romano, y los romanos no saben conducir sutilmente, como los griegos, las especulaciones profundas, y si adoptan una filosofía, es principalmente para sacar ventajas prácticas.

”Sirón, que disfrutaba entre nosotros de mucho renombre, al enseñarme el sistema de Epicuro me libró de terrores vanos y me apartó de las crueldades que la religión enseña a los hombres ignorantes. Aprendí de Zenón a soportar con firmeza los males inevitables; admití las ideas de Pitágoras acerca de las almas de los hombres y de los animales, cuando les atribuye a todos un origen divino, lo cual nos conduce a contemplarnos sin orgullo y sin vergüenza. Los alejandrinos me enseñaron que la tierra, al principio blanda y dúctil, se afirmó a medida que Nereo se retiraba para reducirse a sus moradas húmedas; cómo insensiblemente se formaron las cosas; de qué manera, desprendidas de las nubes desechas, las lluvias alimentaron los bosques silenciosos, por qué progresos, en fin, raros animales aparecieron entre las montañas sin nombre.

”No me sería posible acostumbrarme a vuestra cosmogonía, más conveniente para un conductor de camellos de los desiertos de Siria que para un discípulo de Aristarco de Samos. ‘¿Cómo viviría yo en la mansión de vuestra beatitud, donde no tengo amigos, ni ascendientes, ni maestros, ni dioses, sin serme posible ver al hijo augusto de Rea, ni tampoco a Venus, de dulce sonrisa; ni a Pan, ni a las jóvenes dríades, ni a los silvanos y al viejo Sileno pintarrajeados por Eglé con la púrpura de las moras?’. Con estas razones rogué al hombre sencillo que me excusara ante el sucesor de Júpiter.

”—¿Y desde entonces, ¡oh venerable sombra!, no recibiste de El nuevos mensajes?

”—Ninguno.

”—Para consolarse de tu ausencia tiene tres poetas: Commodiano, Prudencio y Fortunato, nacidos los tres en días tenebrosos, ignorantes de la prosodia y de la gramática. ¿Y no tuviste nunca, ¡oh Mantuano!, alguna otra noticia del Dios cuya oferta rechazaste?

”—Ninguna guarda mi memoria.

”—¿No me dijiste que otros vivientes se presentaron a ti antes que yo en estos lugares?

”—Ahora lo recuerdo. Hará cosa de siglo y medio (es difícil a las sombras contar, los días y los años) fui turbado en mi profunda paz por una extraña visita. Cuando vagaba entre los lívidos follajes, a la orilla del Estigio, vi alzarse ante mí una forma humana, más opaca y oscura que la de los habitantes de estas orillas; reconocí a un viviente. Era de elevada estatura, delgado, con la nariz aguileña, la barba estrecha y las mejillas descarnadas; sus ojos negros brillaban llameantes; un capuchón rojo ceñido por una corona de laurel cubría su cabeza; sus huesos se clavaban en la túnica larga, estrecha y oscura que le vestía. Me saludó con una deferencia reveladora de un orgullo indómito y me dirigió la palabra en un lenguaje más incorrecto y oscuro aún que el de los galos que el divino Julio incorporó a sus legiones. Acabé por comprender que había nacido cerca de Fiésole, en una colonia etrusca fundada por Sila a orillas del Arno, que obtuvo dos honores municipales, pero que, al estallar sangrientas discordias entre el Senado, los caballeros y el pueblo, se lanzó con impetuoso corazón en ellas, y, vencido, expulsado, arrastraba por el mundo un largo destierro. Me pintó la Italia desgarrada por más disturbios y guerras que en los tiempos de mi juventud y ansiosa por el advenimiento de un nuevo Augusto. Me lastimaron sus desdichas, que me recordaban las que yo había sufrido. Le agitaba sin cesar un alma temeraria, y su pensamiento concebía grandes empresas; pero su rudeza y su ignorancia me probaron, ¡ay!, el triunfo de la barbarie. Desconocía la literatura, la ciencia y hasta la lengua de los griegos; no poseía tampoco, acerca del origen del mundo y de la naturaleza de los dioses, ninguna tradición antigua. Recitaba con gravedad fábulas que en la Roma de mi tiempo hubieran hecho reír a los niños. El vulgo cree fácilmente en monstruos y, sobre todo los etruscos, poblaron los infiernos de demonios repugnantes. Basta saber que las imaginaciones calenturientas de su infancia no los han abandonado en tantos siglos, para explicarse la continuación y el progreso de la ignorancia y de la miseria; pero que uno de sus magistrados, cuyo espíritu sobresale de la medida común, comparta las ilusiones populares y se espante de esos demonios repulsivos que en tiempos de Porsena pintaban los habitantes de ese país sobre los muros de sus tumbas, es cosa que debe entristecer al sabio. Aquel etrusco me recitó versos compuestos por él en un dialecto nuevo que llamaba lengua vulgar, y cuyo sentido no pude comprender. Oírle me produjo más sorpresa que encanto, pues marcaba el ritmo y repetía, a intervalos regulares, tres o cuatro veces el mismo son. Este artificio me pareció poco ingenioso, aun cuando no corresponde a los muertos juzgar las novedades. No debo reprochar a ese colono de Sila, nacido en una época desdichada, sus versos inarmónicos y peores, a ser posible, que los de Bavio y Maevio. Tengo contra él quejas más graves. ¡El hecho es monstruoso y apenas creíble!

”Ese hombre, al volver a la Tierra, propaló acerca de mí odiosas mentiras: afirmó, en varios lugares de sus poemas bárbaros, que yo le serví de guía en el infierno doloroso que nunca he conocido, y aseguró insolentemente que yo trataba de falsos y embusteros a los dioses de Roma y que tenía por verdadero Dios al sucesor actual de Júpiter. Amigo mío, cuando al volver a la dulce luz del día recobres tu patria, desmiente esas afirmaciones abominables; di a tu pueblo que el cantor del piadoso Eneas no ensalzó jamás al Dios de los judíos. Me aseguran que su poder declina y que se reconoce por signos ciertos la proximidad de su ocaso. Este suceso me alegraría, si fuese posible alegrarse en estas moradas, donde no se sienten ya temores ni deseos.

”Despidióse con una ligera cortesía y se alejó. Contemplé su sombra, que se deslizaba sobre los asfodelos sin encorvar los tallos; la vi desvanecerse a medida que se alejaba; la vi desaparecer antes de llegar al bosque de laureles. Entonces comprendí el sentido de estas palabras: Los muertos disfrutan sólo de la existencia que les concede la memoria de los vivos. Y me encaminé, pesaroso, a través de la mustia pradera, hasta la Puerta de Cuerno.

”Afirmo que todo lo que acabo de escribir es verídico».



VII. SIGNOS EN LA LUNA



Cuando la Pingüinia continuaba aún sumida en la ignorancia y en la barbarie, Gilles Loisellier, monje franciscano conocido por sus escritos firmados con el nombre de Aegidio Aucupe, estudiaba con infatigable ardor las ciencias y las letras, y dedicaba sus noches a las matemáticas y a la música, las dos hermanas adorables; como él las llamaba, hijas armoniosas del Número y de la Imaginación. Era versado en medicina y astrología y sospechoso de practicar la magia. Parece seguro que operaba metamorfosis y descubría cosas ocultas.

Los monjes de su monasterio, al encontrar en su celda libros griegos que no entendían, los creyeron formularios de magia y denunciaron como brujo a su hermano sapientísimo. Aegidio Aucupe huyó, y en la isla de Irlanda vivió treinta años en constantes estudios. Iba de monasterio en monasterio a la rebusca de manuscritos griegos o latinos, de los cuales sacaba copias. Estudiaba también Física y Alquimia. Logró adquirir una ciencia universal y descubrió secretos acerca de los animales, las plantas y las piedras. Le sorprendieron un día encerrado con una mujer de asombrosa hermosura que cantaba al son de un laúd, y que resultó ser una máquina por él ingeniosamente construida.

Cruzó varias veces el mar de Irlanda para desembarcar en el País de Gales, donde visitaba las bibliotecas de los monasterios. En una de sus travesías, de noche, desde el puente del navío advirtió que debajo de las aguas nadaban emparejados dos esturiones. Tenía muy buen oído y conocía el idioma de los peces. Oyó que uno de los esturiones dijo al otro:

—El hombre que veíamos en la luna y que llevaba sobre la espalda un haz de leña, cayó al mar.

Y el otro esturión respondió:

—Ahora se verá en el disco de plata la imagen de dos enamorados que se besan en la boca.

Algunos años después, de regreso a su país, Aegidio Aucupe encontró restauradas las letras antiguas y honradas las ciencias, se habían suavizado las costumbres, los hombres no perseguían con sus ultrajes a las ninfas de las fuentes, de los bosques y de las montañas; colocaban en los jardines las imágenes de las Musas y de las Gracias decentes, y devolvían a la diosa de los labios de ambrosía, voluptuosidad de los hombres y de los dioses, la estimación antigua. Se reconciliaban con la Naturaleza, sonreían a los terrores vanos y alzaban los ojos al cielo sin temor de leer, como otras veces, señales de cólera y amenazas de condenación.

Aquel espectáculo recordó a Aegidio Aucupe lo que habían anunciado los dos esturiones del mar de Erin.




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