La madre Naturaleza: 05

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La madre Naturaleza Emilia Pardo Bazán


Capítulo V

Subía la diligencia de Santiago el repecho que hay antes de llegar a la villa de Cebre. Era la hora de mayor calor, las tres de la tarde. La persona de más duras entrañas se compadecería de los viajeros encerrados en aquel cajón, donde si toda incomodidad tiene su asiento, el que lo paga suele contentarse con la mitad de uno.

Venía atestado el coche, que era de los más angostos, desvencijados, duros y fementidos. En el interior, hombro contra hombro del vecino del lado, e incrustadas las piernas en las del frontero, se acomodaban cinco estudiantes de carrera mayor en vacaciones, una moza chata, portadora de un cesto de quesos, el notario de Cebre, y la mujer de un empleado de Orense, con el apéndice de un niño de brazo. La atmósfera del interior era sol, sol disuelto en polvo, sol blanquecino, crudo, implacable, centuplicado por la oscura refracción de los puercos vidrios, que ningún viajero osaba bajar, por temor de ahogarse entre la polvareda. La respiración se dificultaba: gotas de sudor rezumaban de los semblantes, y moscas y tábanos -cuyo fastidioso enjambre había elegido allí domicilio- se agolpaban en los pescuezos y labios, chupándolas. No había modo de espantar a tan impertinentes bichos, porque ni nadie podía revolverse, ni ellos, enconados por el ambiente de fuego, soltaban la presa a dos tirones. Al desabrido cosquilleo del polvo en las fosas nasales se unía el punzante mal olor de los quesos, y aun sobresalía el desapacible tufo del correaje y el vaho nauseabundo tan peculiar a las diligencias como el olor del carbón de piedra a los vapores .A despecho de todas estas molestias y otras muchas propias de semejante lugar, los estudiantes no perdían ripio, y armaban tal algazara y chacota, secundándolos el notario, que sus dichos, más picantes que el aguijón de los tábanos, habían parado como un tomate las orejas de la moza, la cual apretaba su cesta de quesos lo mismo que si fuese el más perfumado ramillete del mundo. La mujer del empleado, aunque nada iba con ella, creíase obligada por sus deberes de buena esposa y madre de familia a suspirar a cada minuto levantando los ojos al cielo, mientras abanicaba con un periódico al dormido vástago.

No disfrutaban mayor desahogo los de la berlina. De ordinario era esta el sitio de preferencia; pero aquel día una especial circunstancia lo había convertido en el más incómodo. Al salir de Santiago muy de madrugada, los dos pasajeros que ya ocupaban las esquinas de la berlina entrevieron con terror, a la dudosa luz del amanecer, otro pasajero de dimensiones anormales, que se aproximaba a la portezuela, sin duda con ánimo de subir y apoderarse del tercer asiento. Al pronto no distinguieron sino un bulto oscuro, gigantesco, que exhalaba una especie de gruñido, y se les ocurrió si sería algún animalazo extraño; pero oyeron al mayoral -viejo terne conocido por el Navarro, aunque era, según frase del país, más gallego que las vacas- exclamar, en el tono flamenco y desenfadado que la gente de tralla cree indispensable requisito de su oficio, y con la mitad del labio, pues el otro medio sujetaba una venenosa tagarnina:

-¡Maldita sea mi suerte! ¿Cura a bordo? Vuelco tenemos.

Casi al mismo tiempo el pasajero de la esquina izquierda, vivaracho, pequeño y moreno, tocó en el codo al de la derecha, que era alto, y le dijo a media voz:

-Es el Arcipreste de Loiro... Veremos cómo se amaña para pasar al medio... Nosotros no soltamos nuestro rincón... ¡Se prepara buen sainete!...


Mirole el otro viajero y encogiose de hombros, sin responder palabra. Entre el mayoral y el zagal procuraban izar la humanidad del Arcipreste hasta las alturas de la berlina: empresa harto difícil, pues requería que el enorme vejestorio pusiese un pie en el cubo de la rueda, luego otro en el aro, y luego le empujasen y embutiesen dentro por la estrecha abertura de la portezuela. El viajero pequeño reía a socapa, calculando el fracaso probable de la tentativa, por estar ocupado el rincón. Grande fue su sorpresa al ver que el viajero alto llevaba la mano a su gorra de viaje, indicando un saludo; y en seguida se corría hacia el asiento del centro, para dejar paso franco; y después, viendo que ni aun así conseguían introducir al obeso y octogenario Arcipreste, alargaba sus enguantadas manos y tiraba de él con fuerza hacia el interior, logrando por fin que atravesase la portezuela y se desplomase en el asiento del rincón, haciendo retemblar con su peso la berlina y llenándola toda con su desmesurada corpulencia, al paso que refunfuñaba un -Felices días nos dé Dios.

De soslayo -porque después de entrar el Arcipreste nadie podía rebullirse y todos se encontraban estrictamente encajados, prensados como sardina en banasta- el viajero chico insinuó a su compañero:

-¡Pero hombre, que se ha fastidiado usted! Ahora tiene usted que aguantarse en el medio todo el viaje. ¡Ha sido usted un tonto! El entremés era dejarle, a ver qué hacía.

Enarcó las cejas el viajero de los guantes, dudando si mandar a paseo a aquel cernícalo o darle una lección. Al fin se volvió, como pudo, y dijo bajando la voz:

-Es un viejo y un sacerdote.

El viajero pequeño le miró con curiosidad, arrugando el gesto, y procurando discernir mejor, a la pálida luz del amanecer, las trazas del enguantado caballero. Parecíale hombre ya maduro, bien barbado, descolorido de rostro, alto de estatura, no muy entrado en carnes -sin ser lo que se llama flaco- y vestido de un modo especialmente decoroso y correcto, por lo cual el observador pensó:

-Este me huele a título o diputado de los conservadores. ¿Quién será, demonios, que no lo he visto nunca? -Y después de reflexionar breves instantes:- De fijo -decidió- es algún forastero que va a la finca del marqués de las Cruces o la del de San Rafael... Claro. Allí todo el mundo se come los santos y les hace el salamelé a los curas... Pues el marqués de las Cruces no es, que a ese bien le conozco. El de San Rafael, menos... ¡ojalá! Nos haría reventar de risa con sus dichos... señor más ocurrente y más natural... ¿Será alguno de los maridos de las sobrinas? ¡Ca!, vendría la señora también con él. Pero, ¿quién rayos será?

Ya no tuvo punto de reposo el activo y bullidor cerebro del viajero chico, a quien no en vano daban amigos y adversarios (de las dos cosas tenía cosecha, a fuer de temible cacique) el sobrenombre significativo de Trampeta, queriendo expresar la fertilidad en expedientes y enredos que le distinguía. Toda la potencia escrutadora del intelecto trampetil se aplicó a despejar la incógnita del misterioso viajero que cedía el asiento del rincón a los curas. Con más atención que ningún novelista de los que se precian de describir con pelos y señales; con más escama que un agente de policía que sigue una pista, dedicose a estudiar e interpretar a su modo los actos de su compañero de viaje, a fin de rastrear algo. Después de que arrancó la diligencia, el viajero no había hecho sino bajar un cristal, el que le tocaba enfrente, con ánimo sin duda de mirar el paisaje; pero al convencerse de que no se veían por allí sino los hierros del pescante y los pies zapatudos del mayoral, volvió a subirlo, y se recostó en el respaldo, resignadamente, no sin lanzar una ojeada, de tiempo en tiempo, hacia las ventanillas. Transcurrido un cuarto de hora, cuando ya habían perdido de vista el pueblo, sacó una petaca fina, y abriéndola, la ofreció a ambos compañeros sin hablar, pero con ademán cortés. Trampeta alargó sus dedos peludos y cortos y cogió un cigarrillo diciendo: -Se estima-. El Arcipreste entreabrió un ojo (iba como aletargado, resoplando y con la cabeza temblona) y dijo que no con las cejas; al mismo tiempo deslizó la incierta mano, que de puro gruesa parecía hidrópica, bajo el balandrán, y exhibió una tabaquera de forma prehistórica, un gran fusique de plata, que arrimó a la nariz, sorbiendo con notoria complacencia el rapé.

-No toma sino polvo... Está más viejo que la Bula... Yo no sé cómo no ha reventado ya -exclamó Trampeta, sin cuidarse de bajar la voz; por lo cual el otro viajero le amonestó algo severamente:

-Mire usted que este señor puede oír lo que usted dice de él.

-¡Ca! Más sordo que una tapia -gritó Trampeta, como para probar su aserto-. Aunque le dispare un cañón junto a la oreja, ni esto. Siempre fue algo teniente; pero ahora, ¡María Santísima! La sordera, como usted me enseña, es un mal que crece mucho con los años. Y vamos a ver: ¿dirá usted al verlo tan acabado, que este bendito Arcipreste fue un remeje que te remejerás de elecciones, que nos dejaba a todos tamañitos? Hoy no es ni su sombra... En sus tiempos era un demonio con sotana: no había quien se la empatase en toda la provincia. Cuentan que una vez dio un puntapié a la urna... Sin ir más lejos, allá cuando la Revolución, la gloriosa, ¿usté me entiende?, que andaban los carlistas muy alterados, como usté me enseña, por poco entre ese condenado y otros de su laya me hacen perder una elección reñidísima, y me sacan avante al Marqués de Ulloa contra el candidato del gobierno.

Al nombre del Marqués de Ulloa, el viajero enguantado, que hasta entonces escuchaba como quien oye llover, y sin ocuparse más que del cigarrillo suave que fumaba, prestó atención y aun intentó volverse; pero esto no era factible, atendido que cada vez iban más apretados, porque el Arcipreste, reclinando la cabeza en la esquina, y cubriéndose la cara con un pañuelo blanco, adoptaba postura más cómoda, y ocupaba todavía más sitio.

-¿Dice usted que las elecciones en que figuró el Marqués de Ulloa?...

-Sí señor, sí señor... -repuso Trampeta, todo esponjado y contento de acertar con algo que interesaba al viajero y le hacía dar señales de vida-. Por cierto que después...

-El Marqués de Ulloa -interrumpió el viajero- es don Pedro Moscoso, ¿verdad?

-El mismo que viste y calza. Por cierto que...

-¿El yerno del señor de la Lage?

No era sólo atención, era interés muy vivo lo que revelaba el semblante del enguantado, y no pudiendo volver el cuerpo, torcía la barba sobre el hombro, clavando en Trampeta sus ojos garzos y grandes, de párpado marchito y enrojecido, como suelen tenerlo las personas que leen mucho o viven aprisa.

-Aajá -articuló Trampeta afirmando con cabeza y manos y con todo el rebullicio de cuerpo que consentía la apretura-: ¡aajá! El mismito. ¿Al parecer usted lo conoce?

No contestó el de los guantes, pero dijo con las pupilas: -Siga usted-. Trampeta, aunque tan observador y ladino, no era capaz de darse un punto a la lengua cuando esta le picaba.

-¡Aquellas fueron unas elecciones... de la mar salada! Quedó que contar de ellas en el país para veinte años... Y como además de los líos que hubo en ellas, vino después la muerte del mayordomo del marqués, que fue una cosa atroz...

A pesar de la sordera del Arcipreste, aquí bajó la voz Trampeta, y sus ojos vivos, ratoniles, se posaron oblicuamente en el clérigo. Este roncaba ya, con ahogado resuello de apoplético. El cacique se tranquilizó y prosiguió:

-Lo despabilaron en un monte por mandato de los mismos suyos; ni visto ni oído... ¡Un balazo limpio, de esos que dejan sequito a un hombre!

-Ese mayordomo... -murmuró el de los guantes, fijando la vista en Trampeta, como si quisiera preguntarle algo; pero se contuvo y no prosiguió. Afortunadamente para él, Trampeta no era hombre de dejar cojo el cuento.

-Como usted me enseña, mi amigo, donde pasan ciertas cosas siempre hay misterios y demoniuras... ¿Usted conoce al marqués? Bueno: pues entonces ya sabe usted que vivía... mal arreglado, o enredado, o embrutecido, como se quiera decir, con la hija de ese mayordomo que mataron... ¡y qué moza era, me valga Dios! Como unas flores. Pues cuando el marqués determinó de casarse con la hija del señor de la Lage...

El enguantado hizo un movimiento.

-¿También lo conoció, eh? -preguntó Trampeta.

Dijo el viajero que sí con la cabeza, y el bueno del Secretario prosiguió:

-Pues, ¿usted me entiende? La boda del señorito no le hizo maldita la gracia al truchimán del mayordomo, que tenía más conchas que un galápago, y como no pudo vengarse de otro modo, fue y, ¿qué hizo? Preparó las elecciones muy preparaditas, y cuando el marqués estaba cerca de triunfar, no sé cómo judas lo amañó...

Aquí la mirada de Trampeta se hizo más oblicua y casi torva.

-En fin, que vendió completamente a su amo, lo mismo que vende uno los cerdos en el mercado, con perdón: una jugarreta que le costó al señorito la diputación, ni más ni menos... Y como usted me enseña... al vengativo de Barbacana, que es más malo que la quina...

Pausa breve.

-¿Usted no sabrá quién es Barbacana? ¡Dios nos libre! Entonces era el tirano del país; uno de esos tiranones terribles, como usted me enseña... Ahora ya va de capa caída... los años le pesan... le tenemos metido el resuello en el cuerpo... vaya si se lo tenemos... ¿Usted irá a Orense?, ¡pues pregúntele usted al gobernador qué apunte es Barbacana...!

Al decir esto observaba Trampeta el rostro del enguantado, a ver si la referencia al gobernador le producía efecto. Viendo que no, pensó para su sayo: -No debe de ser diputado, ni cosa así-. Y añadió:

-En fin, que se cree... ¿Usted me entiende?, que fue Barbacana quien... (Ademán muy expresivo de despabilar una luz con los dedos.)

-¿Dice usted que mataron a ese hombre, al mayordomo del marqués de Ulloa? -preguntó por fin el viajero de los guantes-. ¿Y dónde, y quién y por qué?

-¿Quién? Un satélite de Barbacana, un facineroso malhechor relajado que se llama el Tuerto... Así que Barbacana tiene una rachita2, ya anda él muy campante por el país, metiendo miedos a todo dios... ¡Uno de tantos escándalos! Pero ahora les hemos de atar corto de vez. ¿Dónde? En un monte, propiedad del marqués... por el día y por el sol. ¿Por qué? Pues como dije, en venganza de que le hizo al marqués perder las elecciones.

-Y la hija de ese hombre... ¿qué ha sido de ella? -interrogó el viajero, acariciándose la barba con la enguantada mano, para simular indiferencia que no sentía.

-Ese es otro cantar... ¿Usted ya sabrá que el marqués enviudó de allí a poco?

Una tristeza, una angustia profunda se grabó en el rostro del viajero. Si Trampeta le mirase, ahora sí que vería la alteración de sus facciones. Pero Trampeta a la sazón encendía dificultosamente el cigarro.

-Enviudó, porque la señorita se puso tisis... Parece que le dio muy mala vida por causa de la raída de la moza, y que andaba San Benito de Palermo... Ella era poquita cosa; de poco estuche... Pss...

Aumentó la turbación del viajero al decir esto Trampeta, y la revelaron visibles señales. Sus ojos, que tenían más de pensativos que de brillantes, chispearon un momento; frunció el entrecejo, y por su frente despejada corrieron una tras otra, como olas, tres o cuatro arrugas bastante profundas. Respiró tan fuerte y hondo, que Trampeta, volviéndose, le miró con mayor curiosidad aún.

-Parece que la historia le toca a este señor de cerca... Tate... Hay que ver lo que se habla... ¡Me caso! No se me quita el vicio de ser parlanchín.

Había amanecido del todo, disipándose la niebla; el sol doraba ya con alegre reflejo las cimas de los árboles, las aguas de los manantialillos que brincaban del monte a la carretera, los cristales de las casitas que de trecho en trecho se asomaban curiosas con su cerca, sus dos manzanos, su emparrado de vid, su meda de centeno junto al hórreo. A aquella hora, en que el calor no hostigaba todavía a jacos ni a viajeros, y la tierra despertaba impregnada de rocío nocturno, y el sol se bebía la ligera brétema, no molestaría ir en la berlina, a no ser por los ronquidos del Arcipreste, más hondos y atronadores cada vez, por su estorboso volumen, por las blasfemias del mayoral, por el olor desagradable del forro del coche. La claridad diurna alumbraba las facciones del viajero de los guantes, descubriendo en su barba corrida, bien recortada y no muy recia, unos cuantos hilos de plata; en su dentadura una mella; en sus sienes lo ralo del pelo; en sus mejillas, de piel fina y coloración mate, la azul señal de algunos granos de pólvora incrustados bajo el cutis. A un lado y a otro de la nariz, los quevedos de acero que solía gastar le habían labrado una especie de surco, rojo o amoratado. Su mirada, intensa, dulce, miope, tenía esa concentración propia de las personas muy inteligentes, bien avenidas con los libros, inclinadas a la reflexión y aun al ensueño.

El cacique, en guardia contra las preguntas que se le pudiesen dirigir, esperaba; pero pasó un rato, y el viajero nada dijo; suspiró como quien desahoga el pecho, y limpió con el pañuelo los quevedos, cerrándolos cuidadosamente para no romperlos. Trampeta le atisbaba receloso.

-¡Borrico de mí! -pensó-. Dice que conoce al marqués... Será su amigo, y no querrá más chismes... Aunque don Pedro Moscoso, ¡qué ha de ser amigo de ninguna persona tan así... tan decente!

Ocupábase el viajero, después de bajarse con dificultad, en sacar de un cestito de paja un frasco blanco, forrado también de paja hasta el gollete, con reluciente tapadera de metal.

-¿Gusta usted un trago de vermut? -dijo al cacique.

-No señor... Se aprecia... Llevo anís estrellado y buen aguardiente, que es lo mejor para el flato estando en ayunas... Pero ya maté el gusano antes de salir.

Bebió el enguantado por un vaso oblongo, recogió todo, y desabrochando mal como pudo las correas de su manta de viaje, tomó de dentro un libro, amarillo, con las hojas sin cortar. Abrió como unas veinte o treinta sirviéndose de un cortaplumas, mirando a Trampeta como en espera de que terminaría la crónica chismográfica tan brillantemente comenzada. Vacilaba y deseaba hablar. Se decidió por fin.

-La hija del mayordomo... -articuló.

¡Qué tentación tan fuerte para el cacique! Más fuerte que su virtud. Ya no pudo contenerse.

-Pues así que murió la señora, todo el mundo pensó que el marqués se casaba con ella... porque la muchacha tenía un chiquillo, y al marqués le había dado por tomarle un cariño atroz, de repente... así como a la hija verdadera, la que tuvo de su señora, no le hacía apenas caso... Y por cuanto salimos con que la moza apareció muy prendada y en tratos con un tal Ángel, el gaitero de Naya, un buen mozo también, y jurando y perjurando que el chiquillo era hijo del gaitero dichoso... No hubo fuerzas humanas que la disuadiesen: que me caso, que me caso, y va y se casa con su querido, y el marqués, por no apartarse del chiquillo, los deja seguir de criados en casa, al frente de la labranza... y le da carrera al muchacho, y me lo trae hecho un señorito. Y unos dicen que si esto, que si aquello, que si lo otro, que si lo de más allá. Las lenguas, como usted me enseña, no hay quien las ate, ¿eh?, y usted, un suponer, no va a ponerle un tapón en la boca a todos.

Al llegar aquí Trampeta, el viajero frunció las cejas otra vez. Después de dudar un instante, dijo reposada y cortésmente:

-Con permiso de usted.

Y tomando a sus pies, de entre el lío de la manta, un libro, se puso a leer sosegadamente, aprovechando el paso de procesión con que la diligencia subía, ¡a la cumbre, a la cumbre!

Túvose Trampeta por chasqueado. Los indicios de curiosidad e interés del viajero prometían plática larga y tendida, de esas que de repente, en un coche de línea, convierten en amigos íntimos a los dos indiferentes que un cuarto de hora antes dormitaban hombro contra hombro. Y héteme aquí que ahora el compañero se ponía a leer sin hacerle más caso. Echó una mirada sesga al libro, por si algo rastreaba: nuevo desengaño. El libro estaba en un idioma que Trampeta no conocía ni aun para servirlo.

¿Hay hablador curioso que se resigne a no chistar, dejando en paz a los que huyen de él refugiándose en un libro? Mil pretextos encontró Trampeta para distraer a su vecino y llamarle la atención. Ya le enseñaba un punto de vista, ya le nombraba un sitio, ya le bosquejaba en pocas palabras y muchos guiños de inteligencia la historia del dueño de alguna quinta. Fuese por cortesía o porque le agradase, el enguantado atendía gustoso. Cerraba el libro metiendo el dedo índice por entre dos páginas para no perder la señal, y escuchaba, inclinando la cabeza, las indicaciones topográficas y chismográficas del cacique.

Habrían andado cosa de tres horas, y ya el sol, el polvo y los tábanos comenzaban a crucificar a los viajeros, cuando Trampeta tiró repentinamente de la manga al enguantado.

-A bajarse tocan -le advirtió muy solícito como quien presta un servicio notable.

-¿Decía usted? -exclamó el viajero sorprendido.

-¿No va a la finca del marqués de las Cruces? Pues aquel es el soto. ¡Mayoral! ¡Para, mayoraal!

-No señor. Si no voy allí.

-¡Ah! Pensé. Ha de dispensar.

La misma escena se repitió poco más adelante, en el empalme del camino que conduce a la soberbia quinta del marqués de San Rafael. Trampeta bien quisiera preguntar al enguantado -«¿A dónde judas va entonces?»- pero con toda su petulante grosería de cacique mimado por personajes muy conspicuos, dueño y señor feudal de un mediano trozo de territorio gallego, y por contera y remate, mal criado y zafio desde sus años juveniles, supo, a fuer de listo, notar en el semblante, modales y trazas del viajero misterioso cierto no sé qué sumamente difícil de describir, combinación de firmeza, de resolución y de superioridad, que sin violencia rechazaba la excesiva curiosidad dejándola burlada.


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