La madre Naturaleza: 29

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La madre Naturaleza Emilia Pardo Bazán


Capítulo XXIX

Muchas veces bajaba el marqués de Ulloa a la científica tertulia de su cocina, sobre todo en invierno, cuando los vastos salones estaban convertidos en una nevera, y el lar con su alegre chisporroteo convidaba a acurrucarse en el banquillo del rincón y dormitar al arrullo de las discusiones. En verano, y habiendo labores agrícolas emprendidas, prefería don Pedro el corro al aire libre de los jornaleros y jornaleras, donde se comentaban verbosamente los mínimos incidentes del día, el peso y el color de la espiga, el grueso de la paja. Y en todas estaciones, podía asegurarse que el hidalgo, a las diez y media, estaba retirado ya en su dormitorio.

No lo había escogido como necio: era una habitación contigua al archivo, y aunque no de las mayores de la casa, abrigada del frío y del calor por lo grueso de las paredes. Parecía un nido de urraca, tal revoltillo de cachivaches había en ella. Olía allí a perro de caza, y a ese otro tufillo llamado de hombre, siendo cosa segura que no lo despide ningún hombre aseado, y sí el tabaco frío, la ropa mal cuidada y el sudor rancio. Escopetas, morrales, polainas raídas, sombreros de distintas formas y materias, bastones, garrotes, cachiporras, calabazas, frascos de pólvora, mugrientos collares de cascabeles, espigas enormes de maíz, conservadas por su tamaño, chaquetones de somonte, pantalones con perneras de cuero, yacían amontonados por los rincones, cubiertos con una capa de polvo, sobre la cual era dable, no sólo escribir con el dedo, sino hasta grabar en hueco con buen realce. Único mueble serio de la habitación era la cama, de testero salomónico y fondo de red, y la vasta mesa-escritorio, forrado por delante de un cuero de Córdoba que lucía los encantadores tonos pasados y mates del oro, la plata, los rojos y azules que suelen prevalecer en tan hermoso producto de la industria nacional. En el centro, sobre un medallón de damasco carmesí rodeado de orlas de oro, estaba pintado el montés blasón de los Moscosos, las cabezas de lobo, el pino y la puente. Al hidalgo le servía la mesa para toda clase de menesteres y usos. Allí picaba tabaco y liaba cigarrillos; allí amontonaba su escasa correspondencia, haciendo oficio de prensapapeles una pistola de arzón inservible; allí tenía libros de cuentas que no consultaba jamás, así como mazos de plumas de ganso y otras de acero comidas de orín, al lado de una resma de papel sucio por las orillas ya, aunque su virginidad estuviese intacta; allí rodaba la cajita de píldoras contra el estreñimiento y el cajón de ricos habanos, el rollo de bramante y la navaja mohosa; y cuando venía el tiempo de las perdices y don Pedro intentaba reverdecer sus lauros cinegéticos, allí se cargaban a mano los cartuchos y allí se limpiaban y atersaban a fuerza de gamuza y aceite las mortíferas armas.

Mientras Gabriel y Perucho discutían cosas harto graves en la estancia próxima, el hidalgo, recogido ya a la suya, entreteníase en contar las rayitas que durante la jornada había hecho en una caña con el cortaplumas. Cada rayita representaba una gavilla de trigo, y con este procedimiento sabía a punto fijo la cantidad de gavillas majadas. Abierta estaba la ventana, a causa del mucho calor, y por ella entraban las falenas enamoradas de la luz a girar dementes sobre el tubo del quinqué: alguna vez un murciélago negro y fatídico venía, revoloteando torpemente, a caer sobre la mesa o a batir contra un rincón del cuarto. En el cielo asomaba ya la luna, triste e indiferente.

La puerta se abrió con fragor y estruendo; el hidalgo soltó su caña y miró... Casi en el mismo instante se deslizaba en el corredor una sombra, un hombre que no hacía ruido al andar, por la plausible razón de que llevaba los pies descalzos. Una de las cosas mejor montadas en las aldeas -con mayor perfección que en los palacios, o con mayor descaro por lo menos- es el espionaje, y difícilmente hará un señor que vive rodeado de labriegos cosa que ellos no olfateen y atisben, siempre que el atisbarla convenga a sus miras o importe a su curiosidad. Este dato se refiere sobre todo al campesino de Galicia. Bajo el aspecto soñoliento y las trazas cariñosas y humildes del aldeano gallego, se esconde una trastienda, una penetración y una diplomacia incomparables, pudiéndose decir de él que siente crecer la hierba y corta un pelo en el aire, si no tan aprisa, quizás con mayor destreza que el gitano más ladino. A la perspicacia une la tenacidad y la paciencia; y si tuviese también la energía y el arranque, de cierto no habría raza como esta en el mundo. En suma, lo que el gallego se empeña en saber, lo rastrea mejor que el zorro rastrea el ave descarriada. Primero se dejaría nuestro Gallo arrancar la cresta y la cola, que no ir a pegar el oído a la puerta de los señores aquella noche memorable. Resignándose a la ignominia de la descalcez, rondó el cuarto del comandante; pero, ¡oh dolor!, nada se oía: el salón era extenso, y Gabriel precavido en cerrar y situarse. Ahora la cosa mudaba de aspecto: el dormitorio del marqués era chico, y allí sí que no se diría palabra que se le escapase al Gallo.

Una sola inquietud: ¿no saldría el comandante a cogerle con las manos en la masa? Se arrimó a la puerta de Gabriel y le oyó pasear arriba y abajo, con paso acelerado, indicio de agitación... -¡No sale! -dedujo el sultán-: ¡aguarda ahí por el otro!-. Así era en efecto. Gabriel no quería meter la mano entre la cuña y la madera, y esperaba impaciente, pero esperaba. -Mis atribuciones no llegan a tanto... -decía para sí-: allá se las hayan padre e hijo... Que se desengañe, que se convenza... Ya veremos después.

Tranquilo por esa parte el sultán, volvió al observatorio. Algo le estorbaba una vieja mampara, que reforzando la puerta, apagaba el ruido de las voces. Con todo, las más altas le llegaban bien distintas, y él no necesitaba otra cosa para coger el hilo del diálogo.

Acalorado, muy acalorado... Perucho preguntaba y el señor de Ulloa daba explicaciones en tono brusco, a manera de persona que confirma una verdad sabida y conocida hace tiempo... ¡Calle!, aquí empieza el asombro del Gallo... el mocoso del rapaz, en vez de alegrarse, se pone como un potro bravo... ¡Un genio tan maino como gasta siempre, y ahora qué fantesía! ¡Dios nos libre! Está diciéndole trescientas al señor... Si este lo toma por malas, se va a armar la de saquinte... Le echa en cara que no lo reconoció desde pequeñito... ¡Se insolenta! Hoy hay aquí un terremoto... El señor... no se oye cuasimente... de indinado que está, parece que le sale la voz de dentro de una olla... ¿Y el rapaz? Ese berra bien... ¡ay lo que está diciendo...! Que se va y que se va y que se va de esta casa arrenegada... Que se larga aunque tenga que pedir limosna por el mundo adelante... Que más que se esté muriendo el señor y lo llame para cerrarle los ojos, no viene, sino que lo amarren con cordeles y lo traigan así codo con codo atado... Que se cisca en lo que le deje por testamento, y que no quiere de él ni la hostia... Ojo... habla el señor... ¡No se oye miga...!, todo lo entrapalla con toser y con la rabia que tiene... ¡El rapaz!... Que bueno, que si le mandan la Guardia Civil para traerlo acá de pareja en pareja, que vendrá a la fuerza pero que se ahorcará con la faja o se tirará al Avieiro... Que de lo que gane trabajando le ha de enviar el dinero que gastó con él, y que después no le debe nada, y ya lo puede aborrecer a su gusto... Ahora el señor alborota... Que no lo tiente, que conforme lo hizo también lo deshace... que le tira a la cabeza un demonio... Que maldito y condenado sea... ¡Arre!

Esta última exclamación la lanzó para sí el Gallo, porque estuvo a punto de ser aplastado segunda vez por la puerta, que el montañés empujó furioso para salir, al mismo tiempo que voceaba, volviendo el rostro hacia el interior del cuarto:

-Pues con más motivo le maldigo yo, y maldito sea por toda la eternidad, amén. ¡Que no esté yo solo en el infierno!

Tan aturdido y ebrio salía, que ni reparó en la presencia de una persona arrimada a la puerta. Corriendo se volvió a la habitación del comandante, entró en ella... Bien quisiera continuar sus investigaciones el sultán, pero ni el rumor más mínimo llegó a sus oídos: si se hablaba allí, debía ser en voz muy queda, lo mismo que cuando se confiesan las gentes.


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