La masacre de la escuela Santa María de Iquique/V

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Movimiento Obrero y Modernidad en Chile:
Una relectura desde la matanza de Santa María de Iquique
por Felipe Rivera[1]


La Fractura

La matanza de Santa María de Iquique marca uno de los momentos más luctuosos de la historia moderna de Chile, que deja en evidencia la gran fractura de la sociedad chilena. Mundos que progresiva y profundamente se fueron disociando, derivaron en proyectos de sociedad e identidad que se construyeron en función de una distancia dicotómica. Fue justamente esta tensión la que marcó la particularidad de la modernidad chilena hacia el centenario, una modernidad que por un lado bregaba por el reconocimiento de un nuevo actor social sin otro espacio de integración social que no fuese su trabajo, y por el otro, sectores que se aferraban a estructuras de poder y prestigio heredados de la colonia y, que al mismo tiempo, recibían con beneplácito los beneficios de la incorporación al capitalismo moderno. Todo ello enmarcado en un proceso de profundas transformaciones de las fuerzas productivas, que posibilitó la negación cada vez más extendida por parte del Estado de la legitimidad del movimiento popular.

Esta fractura no es un hecho novedoso —como lo demuestra Salazar [2], pasando por diferentes intensidades y dinámicas durante la historia de Chile: fue el “Araucano” y el “Español” en la conquista y colonia, fue el “Inquilino” y el “Patrón” en la hacienda. Pero esta distancia era mitigada (no exenta de conflictos) por importantes fuerzas sociales y por la intensidad de los vínculos construidos en una cotidianeidad que unía sus destinos[3]. En cambio, en el período que nos convoca, fue el ensanchamiento progresivo de esta distancia entre el “Aristócrata” y el “Roto”, la que marca la especificidad de la modernidad, en tanto las relaciones de trabajo deja de ser un espacio regulado por instituciones o principios morales en función de lo que se entiende por el bien común, pasando a ser un asunto entre individuos privados, que encuentra su equilibrio en las fuerzas de la “oferta y demanda”, dejando de estar reglamentado por variables de corte moral o ético propias de la comunidad, pasando a ser reguladas por lo que Polanyi definió como la Utopía del Mercado Autorregulado.[4]

Esta distancia moderna se comienza a construir con la abolición después de la independencia de todos aquellos conjuntos de leyes que regulan la vida social durante la colonia. Esta desregulación de la sociedad trajo consigo una fuerza de diferenciación que se tornó incontrarrestable —es necesario recordar que el Derecho Colonial fue pensado como un mecanismo de protección, que evitara la esclavitud y exterminio de las poblaciones originarias, la pauperización de los grupos marginales e impidiera la autonomía de la hacienda como unidad mercantil. Sin este tinglado legal, queda el camino libre para que se desaten las fuerzas de diferenciación social, la que se vio potenciada por la incorporación de Chile al comercio mundial, lo cual venía aparejado de pingües ganancias para las elites terratenientes antes limitadas por la Corona, lo que desencadenó el desmoronamiento de los mecanismos que tradicionalmente habían regulado el vínculo entre los diferentes estamentos de la sociedad colonial.

Quizás quien mejor analiza este proceso en la elite, fue Eyzaguirre [5] —aunque desde una óptica “antimoderna” e hispanista. Puntualiza que la incorporación al comercio mundial y el aumento significativo de los ingresos de la aristocracia terrateniente fue acompañada de un “consumo conspicuo” y el abandono del “estilo de vida agrario”, que se expresó en la desaparición de la mentalidad austera y laboriosa, y con ello, la debacle del sistema paternalista de la hacienda, que trajo como resultado el aumento de las diferencias sociales y la pérdida del “liderazgo moral y político” de la elite, dando espacio a la popularidad del discurso revolucionario y de lucha de clases. Esta crítica a la aristocracia criolla se puede rastrear en gran parte de los intelectuales y pensadores del centenario —como Encina, Mac Iver, Palacios, Pinochet, Recabarren, entre otros—, que se dejaba sentir en una sensación de decadencia y desánimo respecto del futuro:

“Me parece que no somos felices; se nota en el malestar que no es de cierta clase de personas ni de ciertas regiones del país, sino de todo el país y de la generalidad de los que lo habitan. La holgura antigua se ha trocado en estrechez, la energía para la lucha de la vida en laxitud, la confianza en temor, las expectativas en decepciones. El presente no es satisfactorio y el porvenir aparece entre sombras que producen intranquilidad.”[6]

Por otra parte, los sectores populares eran vistos por la elite —bajo el mote de “Roto”— como aquel ser incompleto, entre la bestialidad y la humanidad, entre el niño y el adolescente, entre la civilización y la barbarie. Manso y laborioso, pero a la vuelta de la esquina, pendenciero y holgazán. Obediente y servicial, pero con oídos límpidos e irreflexivos a cualquier “agitador” o “revoltoso”, siempre a un paso del descontrol, que dejaba —supuestamente— en evidencia la “inferioridad moral” de los sectores populares, que sin el patrón están condenados al infortunio.

Evidentemente bajo estas premisas no estaba llamado “el Roto” a ser actor de su destino y menos de la nación, pues nada se podía esperar de él más que ignorancia y bestialidad, la que se veía acrecentada por el “abandono” en que se encontraban fruto de la decadencia moral que evidenciaba la elite; o en palabra de Tancredo Pinochet:

“Yo he dicho, Excelencia —cuando se asegura que el ochenta por ciento de Chile es liberal y que sólo un veinte por ciento es conservador—, que ésta es una impostura; que la verdad es que el noventa por ciento de la población de Chile es nada, ni demócrata, ni liberal, ni conservadora, ni radical. ¿Puede una vaca ser liberal democrática, excelentísimo señor? ¿Puede el inquilino chileno ser conservador o radical? ¿Puede tener ideas políticas? ¿Puede tener orientación social? He dicho que el noventa por ciento de la población de Chile no es nada, Excelencia, o es una recua de animales, a quienes se les tiene deliberadamente en este estado de salvajismo por el torcido criterio de una oligarquía de ideas sociales rancias, que no es capaz de comprender su propia conveniencia.”[7]

Lo anterior denota la profunda y cada vez mayor división de nuestro país a comienzo del siglo XX, que imprime su sello en todas las instituciones nacionales y patrones culturales de la sociedad chilena. El origen de este divorcio ha sido analizado desde diversas ópticas: el “desarrollo de las fuerzas productivas” como expresión de la integración plena de Chile al capitalismo mundial (visiones estructurales); la “efervescencia liberal” en que cayó la aristocracia fruto del influjo europeo y las grandes ganancias en la explotación de recursos naturales (visiones hispanistas); la decadencia de la “hacienda” y el “ethos católico” como reguladores y orientadores de las relaciones sociales (visiones conservadoras), o la carencia de un “espíritu schumpeteriano” en la aristocracia y clases populares para emprender un proceso de transformación productiva (visiones liberales). Independiente del camino explicativo que se tome, queda en evidencia que los dados estaban tirados: la sociedad tendía a la disociación, y los patrones culturales, institucionales y sociales que regularon la vida colonial se muestran como incapaces de volver a construir una síntesis para pensarse como un todo social. La cuestión social se ha instalado, como bien lo describe el Dr. Julio Valdés Canje en su carta al presidente Ramón Barros Luco:

“...tal vez en ningún país de la tierra hai tanta diferencia entre la clase alta i la de los proletarios como en Chile, en ninguna parte el despotismo de los magnates i el despojo de los débiles reviste las característica que aquí. Estas afirmaciones deben ser para vos i para todos aquellos que han nacido en la opulencia, un poco difíciles de aceptar, por que vivís en un mundo en que nada de esto se ve i naturalmente no habéis salido a buscar aquello cuya existencia ignoráis. I esto no solo os pasa a vois i a los magnates, pues todas las personas decentes, cual más cual menos, padecemos la misma ceguera; i la causa está en que las víctimas no se quejan. Pero es necesario abrir los ojos para remediar males que de un momento a otro pueden producir una catástrofe.”[8]


Queda en evidencia que la Matanza de la Escuela de Santa María
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Mapa de la provincia, salitreras y red ferroviaria de Tarapacá, 1897.
de Iquique no es un hecho aislado de violencia política-social, sino que condensa con gesto violento, la incomprensión respecto a la emergencia de un otro que no entiende y para el cual no tiene instrumentos para dialogar. Es de esta forma que Santa María sintetiza un fracaso, no sólo por la muerte de un millar de personas inocentes, sino que también es un fracaso de la idea de “nación” como espacio de integración social, de Estado como promotor del

bien común, de democracia como mecanismo de participación y movilización social y del desarrollo como estrategia de mejoramiento de la calidad de vida de toda la población. Esto redundará en que el Estado pierda la legitimidad —legitimidad relativa como señalan diversos autores [9], pues sólo era legítimo para la oligarquía— que construyó durante el siglo XIX a través de la guerra de la independencia y la consolidación de las fronteras nacionales[10], que dará pie a la acción política de las clases populares contra un Estado que desde ese momento se entiende, definitivamente, como opresivo.

El Territorio[11]

El territorio es uno de los elementos cruciales para entender las dinámicas sociales que acaecieron a fines del siglo XIX y a principio del siglo XX, en especial si tomamos en consideración que las jóvenes repúblicas se enfrascaron en el siglo XIX en sendas disputas para definir o consolidar sus fronteras, las cuales no sólo definieron territorios y los recursos asociados, sino que sentaron las bases de la conformación de las identidades nacionales[12]. Por otro lado, la movilidad poblacional —comportamiento ampliamente asentado durante la colonia— cambiará de orientación, en tanto se verá reducida progresivamente la migración estacional o circular entre territorios rurales, adquiriendo los centros urbanos y productivos mayor gravitación en las fuerzas de atracción y retención o poblacional.

La lucha emancipatoria de Chile culminó con la conformación de un Estado / Nacional, inserto en el circuito del comercio mundial, anteriormente restringido por las normativas reales y por el monopolio de la navegación ejercido por Lima. A escala territorial, esta mayor autonomía económica redundó en la gran importancia que adquirirá Valparaíso durante gran parte del siglo XIX. La consolidación del puerto como punto de abastecimiento, distribución y centro de negocios del Océano Pacífico, que se manifestó en el vertiginoso crecimiento de la ciudad en términos comerciales, urbanísticos y de producción cultural, manufacturera, de servicios financieros y navieros. Valparaíso se constituye en la primera ciudad propiamente moderna en Chile, en tanto la configuración de su territorio se estructura en torno a las clases sociales y las modalidades de producción capitalista. Este hecho se traduce, desde una óptica demográfica, en procesos migratorios que tienden a concentrar a la población en zonas urbanas, lo que rompe el patrón de movilidad colonial que es preferentemente rural, de mano de obra de muy baja o nula calificación y donde primaban relaciones de tipo patronal más que salarial. No es de extrañar que el primer movimiento masivo de protesta obrera acaeciera en esta ciudad en 1903, en tanto fue el principal foco desde donde se expandió una conciencia moderna y la lucha reivindicatoria por mejores condiciones laborales.[13]

El crecimiento económico y comercial de Chile en la primera mitad del siglo XIX se nutrió de la diversificación de la matriz productiva y comercial, que abonó a la descentralización mediante la conformación de núcleos dinámicos en algunas provincias. Estos centros se transformaron en focos de atracción de población proveniente de una diversidad de orígenes, lo que tuvo además un impacto directo en la constitución de identidades sociales, fruto del proceso de salarización de las relaciones laborales. En el caso de la Zona Central, la producción triguera reaccionó con evidente espíritu de superación ante el aumento de la demanda extranjera.[14] Chile continuó siendo uno de los principales proveedores de cereales del Perú y de la costa del Pacífico, y se abrieron nuevos mercados, como el europeo (en especial Inglaterra) y los de California y Australia (estos últimos marcados por la fiebre del oro). Esto llevó al aumento de la superficie cultivada, al fortalecimiento de la hacienda como unidad económica y a cambios en la localización de la población, pero sin introducir transformaciones sustantivas en la estructura social, puesto que la mano de obra siguió operando bajo el modelo de inquilinaje y peones rurales[15]. Otra consecuencia demográfica del “boom” triguero, fue la gradual expansión de la frontera agrícola meridional.[16]

El Norte Chico también vivió una rápida expansión económica a raíz de la explotación de nuevos yacimientos mineros, como las minas de plata de Chañarcillo (1832) y Caracoles (1870).[17] Esto posibilitó aumentar la producción de plata de 10.000 kilos anuales a comienzo del siglo XIX, a 150.000 kilos en 1887. La explotación del cobre, que había comenzado a fines del siglo XVIII se consolida hacia 1840 con los yacimientos de Tamaya, Vallenar, Chañaral, Paposo y la Ligua. El impulso de la producción cuprífera llevó a que Chile se convirtiera en el mayor productor de cobre del mundo entre 1850 y 1880, llegando a producir el 62% del metal en 1876, siendo su principal destino Inglaterra [18]. Este auge minero tuvo múltiples implicancias, entre otras:

  1. la conformación de polos de atracción poblacional y desarrollo urbano en el norte del país, especialmente Copiapó;
  2. el encadenamiento productivo de los centros de explotación minera con localidades ligadas a procesos complementarios, como las fundiciones (Tongoy, Guayacán, Lirquén, Lota, etc.) y los puertos de salida del mineral (Caldera, Chañaral, Huasco, Carrizal, Tongoy, etc.);
  3. una mayor conectividad territorial y un aumento de la capacidad de transporte de minerales merced a la construcción de ferrocarriles (como el de Caldera a Copiapó en 1849);
  4. la introducción de adelantos tecnológicos a los procesos mineros, como los hor nos de reverbero;
  5. un impulso a la producción ag rícola para cubrir la demanda de las zonas mineras y,
  6. la demanda de carbón para las fundiciones y las actividades navieras.

El Estado desempeñó un papel central en el crecimiento económico y la consolidación de las fronteras nacionales decimonónicas. Así lo ponen de manifiesto, por ejemplo, las medidas encaminadas a:

  1. asegurar la ocupación efectiva del Estrecho de Magallanes que consolide la función mercantil de Valparaíso (fundación del Fuerte Bulnes en 1843 y de Punta Arenas en 1849);
  2. la conectividad territorial a través de fuertes inversiones en materia de ferrocarriles y telégrafos, que posibilitó tanto el desplazamiento poblacional, como la aceleración de las comunicaciones por medio del telégrafo;[19]
  3. incorporar la Araucanía al territorio nacional (bajo el eufemismo de “pacificación de la Araucanía”) para fomentar el progresivo avance de la frontera agrícola, fortalecida por la instalación en la zona de nacionales e inmigrantes europeos, y,
  4. desplazamiento de población (y la frontera) hacia el Norte Grande, motivado por el decaimiento de la explotación minera en el Norte Chico (por agotamiento de minas y la baja del precio de los metales a contar de 1850), el descubrimiento del valor comercial del guano y, la razón más importante y que explica en gran medida la dinámica económica chilena desde 1875 a 1925, la explotación salitrera. “Desde el punto de vista económico, la incorporación de las provincias de Tarapacá y Antofagasta significó la incorporación de las enor mes fuerzas productivas existentes en ellas” [20]


De esta forma el movimiento de capitales estuvo acompañado del
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Escuela Domingo Santa María y plaza Montt, 1907.
movimiento de mano de obra. Lo que explica el decaimiento de Valparaíso como centro neurálgico del comercio y la industria

nacional, en tanto los esfuerzos y recursos se redireccionaron hacia el norte en desmedro del puerto, que se suma a un decaimiento de Chile en el comercio mundial del trigo y cobre a partir de 1860.

Desde una óptica sociodemográfica, esto implicó el traslado de compatriotas para “chilenizar” estos territorios atraídos por la explotación del salitre. Es interesante analizar de qué manera operaron los mecanismos y estrategias de atracción poblacional hacia el Norte Grande, que posibilitaron en un corto tiempo no sólo instalar una institucionalidad Estatal y económica, sino un sentimiento de “chilenidad”,[21] lo que reviste vital importancia, pues las estructuras económicas precapitalistas tendían a limitar la movilidad de la mano de obra, por lo que el gran tema que debía enfrentar la industria salitrera era cómo instalar la institución del mercado de trabajo asalariado, y para ello utilizó una diversidad de estrategias que le posibilitara tener un ejército de trabajadores que sirviera a la vez de fuerza de trabajo y de factor de ajuste. Dentro de los grupos, estrategias y oleadas migratorias al Norte Grande cabe mencionar:

  1. el contingente miliar movilizado por la Guerra del Pacífico fue el primer gran movimiento de población a la zona, y es en base a éste que se chileniza la región;
  2. un segundo contingente provino de los pequeños productores mineros del Norte Chico, que ante el decaimiento de la industria del cobre migran en búsqueda de mejores perspectivas laborales;
  3. población que se desruraliza es la que antes habitaba en haciendas o realizaba trabajos temporales, que ante mejores perspectivas abandona el mundo campesino, y población obrera que habitaba los aglomerados urbanos consolidados (Santiago, Valparaíso y Concepción);
  4. jugó un papel importante en la movilización de la población rural y urbano empobrecida la estrategia del “enganche”, que eran personajes que deambulaban por campos y ciudades, los cuales motivaban a los trabajadores —en base al engaño respecto de los salarios y condiciones laborales— para movilizar trabajadores al norte grande [22]; y una vez ahí instalados, se aplicaban una serie de mecanismos coercitivos para retenerla (retención de salarios, cobros abusivos para mermar capacidad de ahorro, pago con fichas, etc.), lo que marca una continuidad con el pasado colonial;
  5. burocracia y autoridades que constituyen la presencia institucional del Estado de Chile (que va desde intendentes, alcaldes, ejército, profesores, etc.);
  6. capitalistas nacionales e internacionales ligados a las actividades productivas, de transporte y comercialización de la producción salitrera;
  7. profesionales y comerciantes relacionados a la prestación de
    servicios a la población asentada en el Norte Grande, y
    1. mano de obra de trabajadores de los países vecinos (peruanos, bolivianos y argentinos), como de ultramar, como fue el caso de los chinos (Ortiz Letelier, 2007).
      “En las provincias nortinas de Tarapacá y Antofagasta, se produjo una activa e importante concentración proletaria; mientras en 1880 allí había nada más que 2.848 operarios enrolados en la producción del salitre, en 1.890 esa cifra alcanzó a 13.060, es decir, en diez años hubo un aumento del 3% aproximadamente. Agréguese a estas cifras las correspondientes a los obreros que trabajaban en los ferrocarriles, en las maestranzas y fundiciones, en los puertos y en actividades comerciales, en la explotación de las guaneras, de minas de plata y de cobre, etc., y se tendrá entonces allí un centro proletario singularmente denso que cubrirá la mayor parte de los habitantes con que Tarapacá y Antofagasta contaban hacia el año 1.890”.[23]


    La ocupación de los territorios salitreros permite observar los usos geopolíticos que tiene la movilidad de la población como medio de ejercicio de la soberanía. Además en el Norte Grande se aprecia un cambio de la composición social de la población, donde emerge un nuevo actor social, el proletariado, a decir, trabajadores que se mueven en función de la venta de su mano de obra,[24] diferenciándose de la Zona Central, que seguía signada por las estructuras estamentarias de la hacienda. Esto último se entiende al analizar las características de los flujos poblacionales, en tanto es población desterritorializada, a decir, población que por influjo del Estado (ejército, labores burocráticas, obras públicas, empresas del Estado, etc.) o de las fuerzas del mercado de trabajo (oferta y demanda de empleo), rompe con las ligazones del Chile colonial y central, sintetizada en la hacienda y su marco de relaciones patronales. Es población en busca de una relación salarial, no de un patrón que los cobije.

    El Estado Nación

    El Estado se define por el medio que le es propio, que es el uso de la violencia legítima.[25] La violencia es una garantía del mandato, pero no es su legitimidad. La legitimidad existe en la medida en que hay una aceptación de alguna manera consciente, del derecho al mando a un otro. Esta concepción clásica del Estado moderno plantea la interrogante respecto de las fuentes de legitimidad del Estado en el período estudiado. A este respecto, existen visiones bastante contrapuestas en la historiografía nacional, que en gran medida están determinadas por la valoración que se tenga de la figura de Portales y del período parlamentario. Independiente de este punto, existe meridiano consenso en que la fisonomía, el funcionamiento, los cuadros y los intereses defendidos por el Estado, fueron en gran medida los intereses de la elite terrateniente. En este sentido, el principio de legitimidad del Estado decimonónico y de los primeros veinticinco años del siglo XX, descansó en los intereses de la aristocracia criolla.

    El Estado fue expresión de mecanismos de legitimidad que se construían en la exclusión de un amplio espectro de la población por medio del voto censitario —para ser considerado ciudadano con derecho a voto, siendo el más excluyente, la acreditación de un nivel bienes o ingresos—, lo que permite hablar de una suerte de “democracia restringida” Este proceso trajo como consecuencia una suerte de relación “isomorfa”entre los intereses nacionales y de la elite. Así, a través del Estado la elite se vio posibilitada de extender territorialmente su ascendiente y aumentar sus beneficios, como además, disponer de mecanismos de legitimidad nacional y dispositivos simbólicos de cohesión social, como era el discurso nacional para garantizar sus privilegios. La elite criolla no estaba dispuesta a compartir el poder y para ello dispuso de mecanismos de exclusión social para limitar el acceso a la aristocracia [26] o, en otras palabras, “su poder es hegemónico hasta el punto de que la capacidad de asociación con miras a participar del poder no excede los límites de la misma oligarquía”.[27]

    Con posterioridad a la guerra civil de 1891, la política adquirió mayor relevancia en las dinámicas de la elite, en tanto al conformar un régimen parlamentario —aparejado de la universalización del voto masculino que sepa leer y escribir— permitió consolidar e integrar a la elite regional —evitando de paso las sublevaciones de las provincias—, en tanto sus grupos de poder tenían una representación garantizada. Así “el mecanismo de las elecciones cumplió dos funciones específicas: garantizó una representación proporcional en el Estado y con ello la salvaguarda de los intereses particulares (sobre todo de los grupos oligárquicos vinculados al agro, quienes a través de la extensión del voto lograron movilizar un nuevo contingente a las urnas) y aseguró un nivel de legitimación social ante distintos grupos económicos de importancia, como los inversionistas ingleses de la zona salitrera del norte chileno”.[28]

    Es de esta garantía de representación parlamentaria y monopolio del Estado, que la elite criolla pudo desplegar todo su boato y capacidad diletante, que llevó a autores como Alberto Edwards[29] a definirlos como “Fronda Aristocrática”. No hay que extrapolar esta afirmación a que la elite con anterioridad estaba excluida del poder político, sino que la dinámica del sistema impedía que los perdedores participaran de los beneficios del poder.


    El triunfo del liberalismo en Chile no estuvo acompañado de la creación de una institucionalidad liberal, siendo la creación de un
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    Instalaciones salitreras, 1907.
    mercado interno un hecho relativamente tardío en la historia de Chile. Así el liberalismo se tradujo en competencias limitadas de la acción estatal, que se expresó en una reducción de los impuestos que gravaban la producción agrícola y la tierra, para descansar en las entradas que proveía el impuesto al salitre. De esta forma el radio de acción del Estado era restringido, “además de la defensa del territorio y de la mantención del orden público compete administrar unos pocos servicios, tales como correos y postas, vialidad, aduanas, oficialización de documentos, acuñación de moneda, etc. He aquí la esfera de lo estatal. De suerte que la potestad del mandatario se ejerce sobre un mínimo de aspectos de lo social” [30]. Hablamos de esta forma de un “Estado gendarme”[31] mas que de un estado propiamente liberal, el cual tomaba la forma de un “dictador” más que de un “policía de tráfico”, como era el caso de los Estados liberales europeos.

    Pero este juicio debe ser matizado. Pues con anterioridad al período parlamentarista bajo el influjo del boom económico del trigo, el cobre y la plata (entre 1840 y 1860), el Estado realizó un gigantesco esfuerzo en materia de integración[32] y conectividad nacional a través de la construcción del Ferrocarril y el telégrafo. En este sentido, el gobierno de esa época merece el crédito de utilizar la capacidad del Estado y los recursos provenientes del trigo y la minería para el desarrollo ferroviario y del telégrafo, que a diferencia de otros países de la región, fue un emprendimiento público. [33] Medidas que presentan por lo menos tres consecuencias cruciales para el desarrollo de Chile:

    1. posibilitó un dinamismo comercial que se materializó en el surgimiento de grandes fortunas ligadas a las exportaciones;
    2. consolidación de Santiago en el último tercio del siglo XIX, como centro político, administrativo, económico y cultural del país, que se tradujo en la apropiación del dinamismo provincial, el fortalecimiento urbanístico y la atracción de la población por parte de la capital,
    3. facilitó los desplazamientos rápidos de la población, y con la expansión de las comunicaciones, la propagación de la idea de nación.

    El proyecto de Nación, bajo esta perspectiva, es posterior a la emancipación Americana y al Estado mismo, ya que por el predominio que tenia la Hacienda en la estructura colonial, es imposible que se haya asentado una idea o concepción de comunidad mayor a la de la Hacienda misma, en tanto esta operaba como un sistema cerrado y autárquico. Es más, si se analiza el movimiento independentista, tenemos que sus motivaciones son de corte americanista más que nacionalistas, lo que habla que el fraccionamiento de la hispanidad americana es una de las características de la especificidad del modelo de modernidad Latinoamericano. Es así que el escaso acceso al poder y la libertad de comerciar por parte de las elites criollas fueron los elementos desencadenantes de los procesos emancipatorios en el continente —como plantean Anderson[34] y Halperin Donghi—, lo que puede ser explicativo en parte también para la conformación de los Estados Nacionales respecto de los ideales bolivarianos, en tanto asegurarse un radio de influencia política y económica que garantizara sus privilegios. Dentro de los conceptos que enarbolan las elites para justificar la instauración de Estados Oligárquicos en todo el continente, esta el de Nación, es más, todo caudillo que pretendiese instaurar un nuevo orden lo hacía en nombre de la Nación, pero la participación en los destinos de la misma, era un hecho que correspondía a la elite, en especial por las características restringidas del voto y las cortapisas para la conformación de una civilidad y ciudadanía extendida.

    La constitución de aparatos administrativos y militares de manera permanente por parte de las oligarquías en los territorios ya existentes (nos referimos a un sentido de territorialidad antes que de nacionalidad), fueron creando con el pasar del tiempo una identidad nacional[35] apoyado por todo el instrumental simbólico que detenta el Estado (bandera, himno, escudo, sistema educación, etc.). Así la concepción de Nación en la sociedad chilena es construida desde las elites. Tenemos que la Nación emerge como un discurso de corte más político que identitario, y por lo mismo, de escaso raigambre en la sociedad decimonónica, pero lo suficientemente efectivo simbólicamente como para conformar un sentido de pertenencia que le permitió afrontar desafíos al Estado oligárquico que de otra manera habrían sido imposibles, como son las guerras nacionales que configuran los territorios de las repúblicas, como bien plantea Góngora.[36]

    En este sentido, no puede sólo entenderse al Estado como una simple entelequia de la aristocracia, sino que jugó un rol central en la redefinición de las fidelidades sociales antes monopolizadas por la hacienda. De esta manera, la acción del Estado participó activamente en áreas estratégicas del desarrollo social, como la conectividad, las comunicaciones, la educación, etc., que lo posicionaban como una comunidad mayor de intereses nacionales —independiente de quienes lo monopolizaran. En este sentido, no es “el salario” quién fractura la unidad de la hacienda, sino que es la acción modernizadora del Estado, que monopoliza diversos ámbitos antes potestad de otras instituciones (como la ley de cementerios, el Código Civil, etc.), y ve reforzada su acción a través de dos elementos claves, la movilización nacional basado en la guerra[37] y el poder de los símbolos nacionales.[38] De esta manera los movimientos populares de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX no se plantearon en oposición al Estado, sino que en relación a él,[39] de no ser así no se explica la constante interpelación a éste como garante del bien común, y menos posicionar la demanda obrera como un tema de sociedad que debía mediar el Estado. Lo que tenemos es que las clases populares y, más específicamente, la clase obrera, no ponen en tela de juicio la legitimidad del Estado, todo lo contrario, lo reviste de una oportunidad histórica de ser el motor legítimo de la modernización, siendo el Estado, o mejor dicho, los intereses de una aristocracia terrateniente pre-moderna, la que se plantea abiertamente en oposición a los trabajadores.

    La Aristocracia Criolla

    La aristocracia encontraba la base de su poder y prestigio social en la tierra, por ello más que una clase empresarial o burguesa a la europea, la elite chilena se constituyó de terratenientes. Sintomático de esto es que los nuevos grupos sociales que emergieron de actividades de producción modernas (industrias, banca, comercio, etc.), cayeron en los mismos compartimentos estancos de la oligarquía, pues a acto seguido del éxito económico, venía la adquisición de haciendas para formar parte de ésta y sus círculos.[40] O como lo describió Hernán Ramírez Necochea respecto de la fascinación por el latifundio en la aristocracia y en quienes pretendían el acceso a ella:

    “...apegado a la ruina, soberbio, derrochador, irresponsable, lleno de anacronismos, prejuicios aristocráticos y cegado por un arraigado espíritu de clase, sólo aparecía dominado por el interés de poseer vastas superficies territoriales, ejercer señorío sobre sus campesinos y extraer (...) los rendimientos que el trabajo de sus inquilinos y la bondad de la tierra pudiera proporcionarle. Mientras más extensas fueran sus propiedades y mientras mayor fuera la cantidad de hombres sometidos a su voluntad (...) más grande sería su influencia en la sociedad, más poder detentaría como clase”.[41]
    Aparejado a la propiedad de la tierra, estaba un modo específico de comportamiento basado en el “consumo conspicuo” y las conductas europeizantes, como fustigaba Eyzaguirre [42]. Este “estilo de vida” rentista, a decir, prodigarse una vida de ocio basado en una economía agraria y la especulación financiera.[43] Esta condición no fue interpretada por la elite terrateniente como expresión de privilegios sociales, sino como la expresión de una “superioridad moral”, en tanto clase “predestinada” a la conducción y a ser el eje moral de la sociedad chilena. Esto hecha por tierra la idea de una aristocracia austera y laboriosa que pregonaban autores como Encina y Eyzaguirre.
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    Operarios en huelga abriendo calle para recibir a los obreros de la pampa, 1907.
    Las consecuencias de este estilo de vida trajeron aparejado un progresivo divorcio con los otros estamentos sociales, como se vio en el primer capítulo, actuando con indiferencia respecto de los diversos sectores sociales que componían la realidad de Chile a fines del siglo XIX y comienzos del XX. Constatándose que más que una clase burguesa revolucionaria (como fue en el caso europeo), fue una

    clase premoderna terrateniente, y que su dinámica correspondía mucho más a una estructura de castas que a una de clase, condición que se veía reforzada desde el propio Estado.[44]

    Esto le impidió darse cuenta de las transformaciones que acaecían en los sectores populares, pues seguían concibiendo las relaciones productivas y por consiguiente de trabajo, bajo la fórmula hacendal de un vínculo moral, es decir, un modelo paternalista.[45]

    La Clase Obrera

    A diferencia de la aristocracia terrateniente chilena —que habían logrado imprimir un sentido de grupo basados en intereses colectivos y orientaciones culturales compartidas—, los sectores populares presentaban una gran diversidad interna, que impide hablar de una categoría homogénea. Estaba el peón rural, el inquilino de la hacienda, los artesanos, los mineros, los trabajadores industriales, pobladores de suburbios urbanos, los gañanes, entre muchas otras categorías sociales.

    La clase obrera, obviamente, formaba parte del mundo popular, pero presentaba ciertas características que lo diferenciaban de éste, siendo la primordial, que ellos transaban su fuerza de trabajo por un salario. Estos trabajadores “libres” se desplazaban por el territorio como asalariados temporales o estables. Esto marcó una diferencia importante respecto de los otros segmentos populares, en tanto eran aquéllos que más tempranamente habían roto su vínculo con la vida y estructura colonial sintetizada en la hacienda. “En los campos existe alguna relación con el patrón derivada de lejanos vínculos de afecto, en los centros mineros, industriales y urbanos ellos están ausentes. El solo vínculo que los liga deriva del contrato de trabajo”.[46]

    Pero la supuesta “superioridad moral” de la elite terrateniente se proyectaba también sobre las relaciones laborales, en tanto la provisión de mano de obra no se estructuró en relación a un salario en una operación mercantil transparente, sino que el empleo fue visto como una manera de prodigar una subsistencia básica a quien consideraban inferiores, pero por otro lado, también era un mecanismo para generar servilismo y reafirmar y actualizar la estructura estamental que provenía de la colonia, siendo el salario el espacio en este nuevo orden social, donde la elite “impone” y evidencia en los hechos la alta estima que tenía de si misma.

    Lo anterior dice estrecha relación en como era concebido el pueblo por las clases dirigentes, que se condensa en la figura del “Roto”, ser contradictorio, pues en él cohabitan tanto virtudes como los peores males sociales. De ahí la necesidad de la elite de guiarlo, educar su carácter y prestarle una actitud paternalista.

    “...es una mezcla confusa de virtudes y defectos: patriota y egoísta; hospitalario y duro, hostil; fraternal y pendenciero, agresivo; religioso y fatalista, supersticioso que cree en las ánimas; prudente y aventurero despilfarrador; sufrido, porfiado e inconstante; inteligente, con un admirable poder asimilador e ignorante; abierto en ciertos momentos, desconfiado casi siempre; resignado con su suerte, violento con los hombres; triste, pesimista, callado, tranquilo y con ribetes de picardía y buen humor; socarrón, rapiñador, marullero y ebrio.” En resumen, “Su moral es poco sólida; carece del sentimiento del ideal y del íntimo de la creencia, y es escaso su respeto por la ley, la verdad y la propiedad”.[47]

    La única forma de enrielar esta “naturaleza inferior” que suponía el “Roto”, era mediante el trabajo duro y limitado en beneficios, pues existía siempre el peligro que lo gastara en vicios que lo alejaran de lo que suponen las buenas costumbres. Esta siempre a un paso de los actos más brutales, de las peores supersticiones, de los influjos y consejos más malignos. Esta siempre a un paso de las bestias y las peores depravaciones. El “Roto” es un niño sin conciencia formada.

    Pero este “Roto”, como simbólicamente su denominación lo dice, es el primero que realmente “rompe” con el pasado colonial. Por lo mismo, es el sujeto moderno por excelencia de la modernidad criolla, es aquél que visualiza al Estado como una comunidad mayor a los intereses particulares, orientado al bien común. Es la síntesis del sujeto moderno chileno, porque es quien primero entiende el cambio de signo de la época y comprende el carácter emanacipatorio de la modernidad.

    Al unísono, fue quien puso en el tapete de la discusión pública el problema de la cuestión social, la que no sólo tomó forma de protesta, “sino que también como el más significativo esfuerzo de organización popular”.[48] Las denuncias relativas a las malas condiciones de trabajo y de vida por las irregularidades y bajos salarios fueron el eje de los diversos petitorios, reivindicaciones y protestas llevadas a cabo desde mediados del siglo XIX. Esto llevó a desarrollar una orgánica que llegó a cubrir gran parte del territorio, como fueron las Mancomunales, que posteriormente serán los cimientos desde donde se construirá una acción política partidista obrera.

    Es así que la respuesta del movimiento obrero apostó por exponer sus reivindicaciones y problemas planteándose como iguales, como sujetos racionales, por lo que la salida debía ser reflexiva y consensuada, pues entendía que la única forma de ser incluidos en la sociedad era establecer un pacto o contrato entre iguales bajo el alero que brindaba el Estado como proyecto moderno. Pero el evidente retraso e inoperancia del sistema político imperante y de la elite gobernante, le imposibilitó ver la posibilidad histórica del pacto social como modelo de desarrollo y modernización inclusiva. Su respuesta fue un profundo desaliento al ver que su “Roto”, su querido peón era el responsable de todos los desmanes y desórdenes. La explicación, no podía ser otra: había sido víctima de “agitadores extranjeros”.

    “agitadores extranjeros (principalmente españoles, italianos, argentinos, etc.) que ignoraban la psicología de nuestro pueblo y su natural tendencia a la violencia, al pillaje y al saqueo (...), exacerbaron la desesperación de las masas”.[49]

    A modo de epílogo: la Matanza de la Escuela Santa María de Iquique; una Relectura

    Más que relatar los hechos acaecidos en la Escuela Santa María de Iquique —para lo cual existen una multiplicidad de trabajos que reconstruyen meticulosamente los acontecimientos ocurridos en la matanza—, la intención de este último capítulo es poner en escena alguna de las consideraciones planteadas en los capítulos anteriores.

    La primera pregunta que surge, que es a la vez la más obvia, es ¿Por qué sucede este hecho en Iquique? Bueno, evidentemente aquí se concentraban las oficinas centrales en territorio chileno de las salitreras, pero eso como símbolo no es muy potente para movilizar a los millares de trabajadores y sus familias, en arduos éxodos por el desierto abrasante de Tarapacá.

    ¿Qué había en Iquique que era tan potente como símbolo que lograba congregar tal coincidencia de opiniones y ánimos? A este respecto, creemos que la ciudad reúne tres condiciones que lo transforman en un centro que irradia sentido a la huelga obrera:

    1. Es el lugar donde realmente se ve representado el Estado en la zona a través de sus instituciones, a decir, es el espacio de lo público, de la toma de decisiones y donde llegar a acuerdos consensuados (la idea de arbitraje);
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    Plano de la ciudad de Iquique, 1897.
    1. Por otro lado, Iquique representa el primer gran proyecto colectivo como nación chilena, que fue la Guerra del Pacífico, que expandió un sentido de nación en los sectores populares. Condensa un sentido colectivo, de triunfo compartido, del poder del Estado, de soberanía popular.
    2. Por último, Iquique es el espacio de lo heroico, es el lugar donde murió el primer gran mártir republicano, Arturo Prat, es más, los mismos obreros salitreros rememoran esta gesta antes de ser acribillados, en tanto orgullo de morir donde murió Prat.

    La travesía hacia Iquique nada tiene de casual, es un espacio en la memoria de los obreros. Ya antes sus padres, familiares, amigos o, quizás, ellos mismos habían marchado triunfantes por los mismos desiertos y habían contemplado con ojos victoriosos el paisaje de Iquique. Por su parte, Eduardo Devés[50] describe con bastante exactitud el carácter inorgánico que evidenciaba en un principio la marcha a Iquique, y que fue adquiriendo potencia en el transcurso de los días, es más, en fecha cercana había convocado un gran mitin en Zapiga, por lo que no es plausible argumentar la acción concertada, sino que fue la potencia simbólica de Iquique lo que provocó tal magnetismo en el movimiento huelguista.

    ¿Pero cómo es posible movilizar tal contingente de población tan dispersa en el territorio? De esta pregunta emergen dos cuestionamientos. Por un lado ¿Cómo se logró generar tal nivel de expansión territorial y coincidencias en las reivindicaciones obreras? Y un segundo punto “operativo” ¿Qué medio hizo posible el trasladó de tal contingente de población a Iquique?

    Respecto del primer cuestionamiento, es crucial reconocer el impacto de las mancomunales y especialmente de la prensa obrera en la conciencia trabajadora. Era un movimiento ilustrado, en especial bajo el influjo ácrata, quienes veían en la educación un medio de emancipación proletaria. Así se organizaban escuelas populares, se editaron una serie de periódicos y aunque los trabajadores fueran analfabetos, se les leía para que estuvieran informados y desarrollaran su conciencia como trabajadores. Se puede afirmar, de esta manera, que las mancomunales desarrollaron y construyeron una conciencia obrera en todo el territorio —con especial intensidad en el norte—, que a través de un trabajo sistemático lograron abarcar casi todas las oficinas salitreras del Norte Grande de Chile y desarrollar un nivel orgánico en el movimiento obrero.

    Por otro lado, son simbólicas las estrategias de desplazamiento que utilizan los huelguistas para trasladarse a Iquique, ya sea tomando —o secuestrando—locomotoras o caminando por la línea férrea, fue el tren el camino por el que transitaron la mayoría de los miles de obreros para llegar a Iquique. Parafraseando a Spencer, quien argumentaba en su modelo organicista de la sociedad que las líneas férreas representaban al sistema circulatorio de una nación, entonces por estos trenes se desplazó la sangre de las futuras víctimas. Pero, además, los trenes son el gran símbolo de la acción pública en el Chile decimonónico, el gran proyecto estatal junto a Valparaíso de Rengifo (el puerto libre), por lo que resulta interesante pensar que los huelguistas siguieron la “vía estatal” para solucionar sus demandas de mayor justicia social. De igual forma puede entenderse la obstinación de no dejar la Escuela Santa María, pues la escuela es otro símbolo poderoso del Estado, y resulta más comprensible el rechazo a instalarse en el hipódromo, espacio caracterizado por el derroche y la vida ociosa de la oligarquía. Es por eso que se comprende de manera más clara la ovación que recibió Eastman a su llegada a Iquique, en tanto era interpretado como un gesto de que el Estado —como garante del bien común— mediaría en las demandas, como ya lo había hecho en Valparaíso en 1903, y con los ferroviarios en Tarapacá ese mismo año de 1907.

    Los obreros buscaban un juez, un ente ecuánime, una institución en la cual depositar sus destinos, sobre la base que los reconociera como iguales, racionales y con derechos, encontrando en el Estado dicho espacio de intereses colectivos (la nación). Pero sólo encontraron un verdugo. He ahí porque este luctuoso acontecimiento representa un fracaso para el Estado y no para el movimiento obrero; pues quien desaprovecha la oportunidad de construir un principio de legitimidad ampliado y un pacto social modernizador es el Estado en tanto incapacidad de desentenderse de los intereses premodernos de la elite.

    Todas estas elucubraciones tienen su sustento en un hecho que resulta crucial para entender el carácter moderno y racional del movimiento obrero de Santa María de Iquique (contradiciendo el planteamiento de Devés), que se expresa en que al momento de ser conminados a abandonar la Escuela y regresar a sus labores, los dirigentes apelaron a sus derechos constitucionales de libre tránsito y reunión, es decir, a la misma legalidad del Estado que los interpelaba a abandonar sus propósitos. Como parece ser una constante en nuestro país, es el constitucionalismo el baluarte al que se aferran los espíritus democráticos ante los contextos de crisis.

    Quien violó realmente la legalidad fue la autoridad civil que instruyó acallar los derechos ciudadanos a bala, so pretexto del orden público. Estamos acá en presencia de uno de los patrones del pensamiento político chileno, que es su matriz autoritaria, a decir, suspender el pleno ejercicio de los derechos consagrados constitucionalmente de los ciudadanos basados en percepciones —muchas de ellas discutibles, otras tantas atendibles— de caos social. Se privilegia el orden por sobre las personas, los intereses priman por sobre los derechos. He aquí un elemento muy importante para el análisis, y que grafica tan plenamente el carácter racional y moderno del movimiento huelguista de Iquique de 1907, pues a sabiendas de esta matriz, y bajo la evidencia de cómo para acallar y deslegitimar los movimientos sociales de Valparaíso en 1903, en Santiago en 1905, en Antofagasta en 1906 utilizó el artilugio del orden público, es que los huelguistas impusieron la “ley seca”, que, dicho sea de paso, ha pasado a ser un sello de todos los movimientos sociales en el siglo XX, pues lo más probable es que estos sean deslegitimados bajo el pretexto del orden público, dejando en vilo el ejercicio de los derechos.

    Otro elemento que muestra el carácter moderno del movimiento de obreros salitreros, es el petitorio de demandas que plantan. En ella no hay ninguna exigencia en materia de intervenir la industria, de reducir las ganancias de los empresarios, de afectar la productividad u otras medidas destinadas a menoscabar la industria salitrera, por el contrario, podría hasta afirmarse que el movimiento lo que buscaba era la plena implementación de un régimen capitalista. A decir:

    1. se buscaba “monetarizar” las relaciones laboraless, pues estas se articulaban en función de las fichas, que contravenía la política monetaria vigente en Chile en la época;
    2. en segundo término, propugnaba la plena competencia comercial, en tanto no depender de un solo proveedor en las oficinas (pulperías), pues quedaban sujetos a sus arbitrariedades, se podría decir, grosso modo, que propugnaban la consolidación de un mercado competitivo de provisión de víveres;
    3. garantizar un poder de compra que haga viable la supervivencia de los trabajadores, que ante la falta de una política monetaria sólida, pedían la paridad con la libra de sus sueldos, la que no debía incidir en las ganancias de las empresas, pues ellos vendían en libras su producción.
    4. establecer métodos claros y transparentes de pesos y medidas, es decir, garantizar la transparencia de los sistemas de compra y venta que haga más justo el intercambio comercial;
    5. proteger la salud e integridad de los trabajadores en sus labores, estableciendo protecciones en las tareas más peligrosas, y,
    6. por último, garantizar el retorno a las labores de todos los dirigentes obreros sin castigo, y de ser despedidos, que estos sean indemnizados.


    No se advierte en qué punto de este petitorio se encuentra el gen de la revolución social o de una actitud contestataria. Por el
    Afiche del Salitre realizado por Camilo Mori.jpg
    Afiche realizado por Camilo Mori.
    contrario, es un petitorio perfectamente compatible con un modelo de modernización de las relaciones y condiciones laborales y de la plena implementación de condiciones capitalistas de producción. En otras palabras, fueron las empresas salitreras y el Estado oligárquico los que desataron la radicalización del movimiento obrero, que llevó a Chile a tener un sistema de partidos políticos determinado por las clases sociales.

    En la vereda opuesta, la elite iquiqueña salitrera se embarcaba en buques para tomar palco y observar a la distancia el triste espectáculo.

    En Iquique, el Estado levantó como estandarte la amenaza a la propiedad privada y el orden público para justificar la masacre, para luego dar como argumento el peligro potencial que incubaba el movimiento, el cual habría sido gestado allende los Andes en Argentina por agitadores extranjeros. Bibliografía

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    Referencias de las fotografías: Archivo Fotográfico Museo Histórico Nacional
    Espinoza, Enrique. Jeografía descriptiva de la República de Chile, Imprenta y Encuadernación Barcelona, Santiago 1897 (mapas de la Provincia de Tarapacá y plano de la ciudad de Iquique)

  1. Antropólogo y Magíster en Sociología, Investigador del Departamento de Estudios, Extensión y Publicaciones de la Biblioteca del Congreso Nacional y Consultor de CEPAL/ CELADE.
  2. Salazar, Gabriel: “Historia contemporánea de Chile”, Tomo I, LOM Editores, Santiago 1999.
  3. Como bien lo graficó Villalobos respecto de la vida en la frontera de la Araucanía y Donoso en sus novelas “Casa de campo”, “El obsceno pájaro de la noche” respecto de la vida en la hacienda
  4. Polanyi, Kart: “La Gran transformación. Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo”, Ediciones La Piqueta, Buenos Aires 1997.
  5. Eyzaguirre, Jaime: “Historia de Chile”. Editorial Zig Zag, Santiago 1973.
  6. Enrique Mac Iver: “Discurso sobre la crisis moral de la República”, citado por Godoy, Hernán:. “Estructura social de Chile”. Editorial Universitaria, Santiago 1971, pp.283-284.
  7. Tancredo Pinochet: “Carta a Juan Luís Sanfuente”, citado por Pinedo, Javier. “El pensamiento de los ensayistas y cientistas sociales en los largos años en Chile" (1958-1973). Los herederos de Francisco Antonio Encina”. Revista Atenea No 4 (semestre II 2005), p. 75.
  8. Valdés Canje, Julio: “Sinceridad. Chile íntimo en 1910”. Imprenta Universitaria, Santiago 1910, p. 219.
  9. Como es el caso de Ramírez Necochea, Julio Jobet, Gabriel Salazar, Julio Pinto, Enrique Fernández, Eduardo Devés, entre otros.
  10. Góngora, Mario: “Ensayo histórico sobre la noción de estado en Chile en los siglos XIX y XX”. Editorial Universitaria, Santiago 1986.
  11. Agradezco para este capítulo los aportes y comentarios a Miguel Villa, quien orientó en lecturas e implicancias sociales, políticas, económicas y culturales en el análisis del territorio y los movimientos de población, independiente de aquello, el resultado de este capítulo es plena responsabilidad del autor. Para una versión complementaria a este capítulo, consultar “Migración interna y desarrollo en Chile: diagnóstico, perspectivas y políticas”, de Miguel Villa y Felipe Rivera, documento presentado en el seminario sobre “Migración Interna y Desarrollo”, llevado a cabo en la CEPAL el 10 de abril de 2007.
  12. Góngora, Mario, op. cit.
  13. Garcés Durán, Mario: “Crisis social y motines populares en el 1900”. LOM Editores, Santiago 2003; Ortiz Letelier, Fernando: “Movimiento obrero en Chile (1891-1919)”. LOM Editores, Santiago 2007.
  14. Sepúlveda, Sergio: “El trigo chileno en el mercado mundial”. Editorial Universitaria, Santiago 1959.
  15. Bauer, Arnold: “Expansión económica de una sociedad tradicional: Chile central en el siglo XIX”. Pontificia Universidad Católica, Historia No 9, Santiago 1970.
  16. Bengoa, José: “Historia social de la agricultura chilena. El poder y la subordinación”. Tomo I. Ediciones SUR, Santiago 1988.
  17. Carmagnani, Marcelo: “El asalariado minero en Chile colonial. Su desarrollo en una sociedad provincial. El Norte Chico, 1690-1800”,.Universidad de Chile, Centro de Historia Colonial, Editorial Universitaria, Santiago 1963; Crocco, Juan: “Geografía económica de Chile: Tomo II”. Capítulo “Volumen, Distribución y Composición de la Población”. Corporación de Fomento de la Producción (CORFO), Santiago 1950.
  18. Crocco, Juan (1950). Ibid; Ortega, Luís y Julio Pinto: “Expansión minera y desar rollo industrial: un caso de crecimiento asociado (Chile, 1850-1914)”. USACH, Santiago 1990; Ortega, Luís: “Acerca de los orígenes de la industrialización chilena, 1860 – 1879”. En Revista Nueva Historia N°2. Asociación de Historiadores Chilenos en Londres, Londres 1988.
  19. Thomson, Ian y Dietrich Angerstein: “Historia del fer rocarril en Chile”. DIBAM, Santiago 1997
  20. Ramírez Necochea, Hernán: “Historia del movimiento obrero en Chile”. En: “Obras escogidas, Volumen I”. LOM Editores, Santiago 2007, p. 401
  21. González, Sergio: “Hombres y mujeres de la Pampa. Tarapacá en el ciclo de expansión del salitre”, LOM Editores, Santiago 2002.
  22. Ortiz Letelier, Fernando, op. cit.
  23. Ramírez Necochea, Hernán, op cit, pp. 410-411.
  24. Ramirez Necochea, Hernán, op. cit.; Pinto Vallejos, Julio: “Trabajos y rebeldía en la pampa salitrera. El ciclo del salitre y la reconfiguración de las identidades populares (1850-1900)”. USACH, Santiago 1998.
  25. Weber, Max: “El Estado nacional y la política económica” (1895). En: Weber, Max. Obras selectas. Distal, Buenos Aires 2003.
  26. Fernández, Enrique: “Estado y sociedad en Chile, 1891-1931. el estado excluyente, la lógica estatal oligárquica y la formación de la sociedad”. LOM Editores, Santiago 2003, p.36.
  27. Barros Lazaeta, Luís y Ximena Vergara Johnson: “El modo de ser aristocrático. El caso de la oligarquía chilena hacia el 1900”. Ediciones Aconcagua, Santiago 1978.
  28. Fernández, Enrique, op. cit., p. 36.
  29. Edwards Vives, Alberto: “La fronda aristocrática en Chile”. Editorial Universitaria, Santiago 2005.
  30. Barros Lazaeta, Luís y Ximena Vergara Johnson, op. cit., pp. 25-26
  31. Halperín Donghi, Tulio: “Historia contemporánea de América Latina”. Alianza Editorial, Madrid 1990
  32. Cabría aquí mencionar los esfuerzos en materia de educación pública en todos sus niveles.
  33. Thomson, Ian y Dietrich Angerstein, op. cit.
  34. Anderson, Benedict: “Comunidades imaginadas” Editorial Fondo de Cultura Económica, México D. F. 1993.
  35. Graciarena, Jorge: “El Estado Latinoamericano en Perspectiva. Figuras, Crisis, Prospectiva”. En: Rev. Pensamiento Iberoamericano. No 5 (Madrid Junio de 1984), pp.39-74.
  36. Góngora, Mario, op. cit.
  37. Ibid.
  38. Graciarena, Jorge, op.cit.
  39. Faletto, Enzo: “Transformaciones culturales e identidades sociales” Revista de Humanidades Facultad de Filosofía y Humanidades Universidad de Chile, Nº 20 (Santiago 2000), pp. 53-60.
  40. Fernández, Enrique, op. cit.
  41. Ramírez Necochea, Hernán, op. cit., p. 307.
  42. Eyzaguir re, Jaime, op. cit.
  43. Barros Lazaeta, Luís y Ximena Vergara Johnson, op. cit.
  44. Vial Correa, Gonzalo: “Historia de Chile”. Volumen II, Editorial Santillana del Pacífico S. A . de Ediciones, Santiago 1983.
  45. Fernández, Enrique, op. cit.
  46. Iñiguez Irarrazabal, Pedro: “Notas sobre el desarrollo del pensamiento social en Chile (1901-1906)”. Editorial Jurídica de Chile, Santiago 1968, p. 15.
  47. Cabero, Alberto: “Chile y los Chilenos”. Editorial Nascimento, Santiago 1926. Citado por Fernández, Enrique, op. cit., pp. 32-33.
  48. Garcés Durán, Mario, op. cit., p.82.
  49. Álvarez, Oscar (1936): “Historia del desarrollo industrial en Chile”, Imprenta y Litografía La Ilustración, Santiago 1936, pp. 167.
  50. Devés, Eduardo. “Los que van a morir te saludan. Historia de una masacre: Escuela Santa María de Iquique, 1907”. LOM Editores, Santiago 2002.