La mujer del ciego, ¿para quién se afeita? 2

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El Museo universal (1868)
La mujer del ciego, ¿para quién se afeita? 2
 de Ventura Ruiz Aguilera

Nota: Se ha conservado la ortografía original.

De la serie:

COSTUMBRES.

PROVERBIOS EJEMPLARES.

LA MUJER DEL CIEGO ¿PARA QUIÉN SE AFEITA?
III

A las dos horas de haber comido, emprendió nuevamente Narcisa la tarea de la vestimenta. Justo es decir que, antes de todo, entró en la alcoba donde Luís descansaba, dióle algunos besos y hasta le hizo tomar por su mano dos cucharaditas de un jarabe calmante. El traje que después se puso hubiera realzado estraordinariamente su hermosura, á necesitar su hermosura, para ser simpática, el auxilio de la modista; pero, en fin, tampoco la perjudicaba, y aun á los ojos de los que no comprenden que lo sencillo es cualidad de lo bello, debió hacerla mas encantadora.

Márcos se quedó velando al niño; Narcisa subió al carruaje que en la puerta de su casa se había parado, y en el que ya la esperaban su amiga Loreto y el intrépido Valentín, primo de la viudita americana, porque Loreto era viuda.

De allí partieron para el Real.

En frente del palco de Loreto, estaban Eladia y su mamá, señora que no lo parecía, por su fealdad, su facha ordinaria, su estatura gigantesca y sus formas estupendamente voluminosas que, cuando se ponía en píe, le daban el aspecto de uno de los monstruosos animales antidiluvianos de que nos hablan los geólogos. Sin embargo, un hábil cronista de soireés, hombre-incensario, persona dé estómago agradecido, reseñando la última dada por la gruesa matrona, tuvo el valor épico de llamarla simpática.

Al entrar Loreto y Narcisa en su palco, Eladia les disparó un beso, llevándose á la boca los dedos apiñados por las yemas y abriéndolos rápidamente al separarlos de ella. Sus amigas correspondieron con idénticas demostraciones de afecto. Hubieran podido compararse estos besos á los dulces de pega que suelen regalarse en Carnaval, y que consisten en acíbar con un baño de azúcar.

Contrastaba con la enormidad del volúmen de doña Segunda, madre de Eladia, la sutileza corporal de Cándido, cuyo rostro, inmediato al purpúreo de su presunta suegra, visto de perfil asemejábase por lo agudo (según el lenguaje figurado de Valentín, que maliciosamente contemplaba este grupo) al cuchillo de un melonero calando una sandía.

La comparación de la cala dió mucho que reír, por lo propia, á Loreto y á Narcisa, las cuales ignoraban que Cándido, á su vez, abría con su lengua de acero la reputación de la mujer de Márcos, observando sencillamente que era lástima diese con las apariencias pábulo á murmuraciones y hablillas, siendo, por lo demás, una escelente esposa.

—Eso mismo estaba yo pensando; — esclamó la corpulenta matrona.— ¡ Es chocante! Nunca se la ve con su marido.

—Lo peor no es eso; lo peor es, que se la ve á menudo acompañada de pajes como Valentín, cuya fama es suficiente por sí para empañar la virtud mas intachable.

—Además, yo no apruebo que una mujer casada y con hijos esté siempre correteando de acá para allá, y no píense en otra cosa que en adornarse y lucirse. Si todas hacemos lo mismo (añadió, como si hubiera paralelo posible entre ella y Narcisa, ni en físico, ni en edad, ni en nada), si todas hacemos lo mismo ¿qué dejamos para las solteras?

—Es claro —repuso Cándido, pidiendo una agudeza á su ingenio romo,— la mujer casada debe ser una especie de flor de estufa, que no conviene poner demasiado al aire libre, so pena de que una escarcha la hiele.

—¡Pobre Márcos! esclamó, en tono compungido la gigantesca doña Segunda.

—¡Hay nombres predestinados! observó Cándido, encogiéndose de hombros.

Observaciones análogas á estas se hicieron en otros palcos y butacas, por conocidos de los que eran objeto de ellas.

Adelina gorjeó como el ruiseñor de las selvas, en la Sonámbula, ese candoroso idilio de Belliní que reproduce los ecos vírgenes y melodiosos de la naturaleza. ¡Cómo cantaría la diva, cuando hasta doña Segunda interrumpió breves momentos, para oírla, sus consideraciones morales sobre la vida del matrimonio, y sintió agitarse, de emoción , formando á manera do grandes oleadas, la maciza superabundancia de sus carnes!

A Valentín (otro prodigio) á Valentín, nacido y educado durante su infancia en una oscura aldea de provincia, asaltóle, asimismo, tal cual reminiscencia campestre, que le hizo distraer su imaginación del mundo cortesano y sonreírse de encontrar en su alma aquel olvidado resto de su primitiva inocencia.

Narcisa tampoco pudo sustraerse al poder de Amina, cuya voz inundaba el salón, desde la escena, con irresistibles corrientes de fluído magnético: pero el sentimiento despertado en su corazón por la mágia del arte, alternaba sin eclipsarlo , con el recuerdo agradable de las frases que á su hermosura y á su adorno habían dirigido en un entreacto las visitas que recibió en el palco. Recordaba, por ejemplo, que un vejestorio de la alta banca, con mas conchas que un galápago, le habia dicho contemplándola estáticamente:

—¡Superlativa! ¡Admirable!

A lo cual, ella, ruborizándose, y no de enojo, respondió:

—¡Burlón!

Recordaba que Valentín le habia preguntado:

—Narcisa, ¿ usted sabe si en el cielo se estila el peinado á la Valliere?

Y que ella contestó:

—Eso quien debe saberlo son los ángeles.

Y que él repuso:

—Por lo mismo se lo he preguntado á usted.

Terminada la ópera, Loreto y Valentín dejaron á Narcisa en su casa, donde todos pudieron notar la satisfacción de que estaba poseída.

Y aquí el cronista tiene el sentimiento de declarar que, careciendo de facultades para introducirse en la alcoba de su heroína, le es de todo punto imposible decir si ésta soñó á voces con los triunfos de su vanidad exaltada por las lisonjas, ó con los deberes propios de su estado.

IV.

A los dos días de este acontecimiento teatral, recibió Márcos un anónimo, reducido á felicitarle irónicamente por la confianza inconcebible que tenía en la virtud efe su mujer, á quien se comparaba á una colmena de esquisita miel que, rodeada de multitud de osos, sin colmenero que la vigilase, permanecía milagrosamente intacta. Entre los osos mas perseverantes, citábase á Valentín.

En la soirée á que poco después convidó Loreto á Narcisa, ocupó ésta, según costumbre, un lugar do, preferencia en el grupo de las solteras. Las mamas provectas y aun las casadas jóvenes, en general, formaban raíicho aparte, ó no eran, al menos, objeto preferente de las atenciones asiduas de la juventud masculina. Gustábale á Narcisa el suave arrullo de aquellos palominos de frac negro y corbata blanca: decirla que era bella, elegante, discreta, espiritual; llamarla primero allí y después en los periódicos, reina de los salones, silfide vaporosa, hada de las Mil y una noches; ponderar en hipérboles nunca oídos lo aéreo, lo celeste de su traje, el brillo y el valor de sus aderezos, de sus pulseras, de sus joyas, era coronarla de laurel.

Durante la soirée bailó (iba á decir que de mala gana, pero no lo digo porque no es cierto) un pausado rigodón con su marido; algunas otras cosas con varios jóvenes, y tres veces con Valentín. sobre cuyo pechó reclinó su gentil cabeza, en unas habaneras, Baile espresivo que la complacía en estremo por ser uno de esos en que una hermosa halla ocasión de ostentar mejor la dulce languidez de sus ojos.

Marcos, fingiéndose el distraído, pudo, no obstante, observar desde un ángulo del salón, donde con otros caballeros se entretenía en hablar de los asuntos del día, miradas maliciosas que alternativamente se fijaban en él y en Narcisa. Las habaneras en particular, que, otras veces, había visto indiferente, le dieron mal rato en la noche de que se trata, y se comprende la causa: lluvia sobre mojado; el anónimo le había dado recientemente la voz de alerta, y su dignidad, puesta de centinela, principiaba á echar el quién vive á todo acto sospechoso. Respetos y consideraciones que es ocioso indicar, le impidieron á la sazón arrojarse al cuello de Valentín v estrangularlo en medio de la sala. Pero Marcos era hombre de claro juicio, y un instante de reflexión fue suficiente para mirar bajo un punto de. vista imparcial, lo que tanto le había indignado. ¿Quién era el verdaderamente culpable de los tres, él, Narcisa ó Valentín? O mejor dicho; ¿quién era el más culpable, puesto que los tres podrían ser acusados? La conciencia de Marcos, hay que consignarlo en elogio de su rectitud, le condenó á él mismo en primer termino. Si él, por efecto de una condescendencia criminal, no hubiese dado á Narcisa mas alas de lo que á su tranquilidad convenía, Narcisa quizá no hubiera abandonado tan á menudo el hogar doméstico, para hacer escursiones peligrosas, buscando una libertad que la mujer casada que se respeta halla siempre en la dulce esclavitud que la imponen sus deberes de esposa y de madre.

Con todo, aquella noche adoptó Márcos una resolución, que á la mañana siguiente puso en conocimiento de Narcisa, cuando ésta se preparaba á salir á la calle.

—Narcisa—la dijo, — he determinado pasar una temporada en nuestra posesión de la Rioja. ¿Qué te parece?

—Perfectamente. ¡Si es tu gusto!

—¿Con que lo apruebas?

—¿No he de aprobarlo?

—Quiero respirar el aire puro del campo: en este Madrid me ahogo. Luisito también necesita reponerse.

—Sí, sí, tienes razón; el pobre niño está en los huesos desde la última enfermedad.

—Corriente; puesto que nos acompañas, puedes ir arreglando el equipaje. Narcisa hizo un mohín de disgusto.

—No, yo no he dicho que os acompañaré; me es imposible. Además, ¿quién se queda al frente de la casa? esclamó al punto.

—¡Psit! Levantaremos casa.

—Es una locura, Márcos.

—Todo lo contrario, luja mía; lo he meditado bien, y creo firmemente que conviene á nuestra salud y á nuestros intereses.

—Pero señor, ¿qué ocurre? ¿Acaso has perdido en algún negocio? —No es eso.

—Entonces, no adivino tu idea, á no ser que te propongas que nos muramos allí de aburrimiento, sin otra sociedad que los pájaros y media docena de palurdos.

—¿Y yo? ¿Y tus hijos?

—Por otra parte, ¿cómo salgo yo de los compromisos que tengo contraidos?

—¿Compromisos de qué? Narcisa pensó un poco la respuesta, y dijo:

—A fines de junio be de ¡r con Loroto y Eladio ¡i Biarritz, aquel clima me prueba, y les he dado palabra de acompañarlas. —fiien; de aquí allá veremos. Filomena interrumpió el diálogo del matrimonio, para entregar á su amo una carta. Abrióla Márcos, enteróse del contenido y dijo á la doncella:

—Diga usted al que la ha traído, que la señora está enferma y no puede ir. Salió Filomena, y Narcisa preguntó á su marido que de quién era la carta.

—Es de doña Segunda, que te esperaba para asistir á las conferencias. Volvió Filomena, anunciando á Valentín. Márcos dió igual respuesta que á la carta de doña Segunda, preguntando en seguida á Narcisa:

—¿Quién lia presentado aquí á ese trasto?

—Es primo de Loreto, y vendrá de parte de ella á ver si hemos descansado.

—¡Vaya un mozo cumplido! observó Márcos. Narcisa le miró fijamente, como para interrogarle acerca de su conducta, y luego bajó los ojos, adivinando tal vez en el gesto de aquel las razones que la justificaban. La seriedad de Márcos la sorprendió y la afligió un tanto. A guiarse por su primer impulso, huhiérase rehelado iracunda contra la desusada autoridad de su marido, que entonces le pareció despótica en sumo grado; pero este primer impulso estrellóse ante el aspecto rada vez mas grave de Márcos, á quien, con la idea quizá de desarmarlo, preguntó con acento de dulzura:

—¿Estás quejoso de mí? ¿He cometido alguna falta?

—Sí, respondió él lacónicamente.

—Dímela, pues, para enmendarme.

Narcisa hablaba con sinceridad: no era mala, era frivola, y lo sano del corazón compensaba en ella con usura lo débil de la cabeza. Márcos entregó el anónimo á su mujer: leyólo Narcisa, toda trémula, cubiertos sus ojos de lágrimas, y de mortal palidez el rostro. Pasaron algunos instantes, y repuesta de su agitación, dijo:

—¡Miserables! ¡Qué modo de interpretar los actos mas inocentes y mas sencillos! ¿Y tú has podido creer...

—Nada he, creído; yo sé la mujer que tengo, y porque lo sé, deseo que tu misma delicadeza ofendida busque remedio al mal que engañosas apariencias han causado en ella. Narcisa estrechó las manos de su marido, y esclamó de repente:

—¡Gracias, Márcos, gracias! hoy mismo, si quieres, partiremos para la Rioja.

—He variado de modo de pensar; tu respuesta me tranquiliza. Veremos si guardando también, por su parte, la colmena el colmenero, hay osos que se atrevan á ella. Luego añadió, desarrugando completamente el ceño:

—Narcisa, ¿quieres oírme un sermón?... Sí quieres; veo que tu mirada me responde afirmativamente, y por tanto, comienzo. Hay un antiguo proverbio que dice: la mujer del ciego, ¿para quién se afeita? Con este proverbio se vitupera la mama de la libertad y el adorno escesivos en las casadas, las cuales, por razón de su estado, se hallan en el deber de consagrarse muy principalmente á conservar vivo el amor del esposo que han elegido, y al cuidado de la familia, pues de lo contrario, las apariencias hacen creer que hay empeño en agradar á los estraños en perjuicio de los propios. Si yo fuera poeta, diria que la mujer casada no debe mirarse en otro espejo que en su marido, ni menos convertirse en espejo para que todos se miren en ella: con que la imagen de su marido se copie en él, esto es, en su alma, basta. No pretendo yo, y liarlas pruebas tienes de ello, que la mujer sea una esclava y que se apolille por falta de aire; pero el teatro de sus triunfos mas legítimos no es la Castellana, ni el salón de la soirée, ni la tienda de la modista, ni el Real, sino el recinto del hogar; y me parece que la que al título de esposa, une la dicha y la gloria de la maternidad, no perdería nada en privarse alguna vez de oir la voz de una operista por el placer inefable de oír la de los hijos, ni en aligerar su toilette por esmerarse en el cuidado de la prole Ten por cierto, que lo que no gane en el corazón de un marido cuerdo una mujer prudente, con el atractivo de sus virtudes, menos 10 ganará con los adminículos que cada ocho días ordena y manda Le Petit Courrier des dames. He dicho. Narcisa repitió entonces: —También yo he dicho: mañana partiremos para la Rioja. —¡Pero hija!... —Ahora es empeño mió. —Comprendo: quieres á la mala costumbre quebrarle la pierna? Pues... amén. ¡A la Rioja!

Ventura Ruiz Aguilera.