La mujer del porvenir: 12

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La mujer del porvenir
Capítulo XI : ¿Qué será de los hijos cuando la madre pueda ejercer una profesión u oficio lucrativo?

de Concepción Arenal



Se supone que todas las mujeres son madres, que todas pueden dedicarse exclusivamente al cuidado de sus hijos, y que toda la vida de la mujer necesita estar empleada en llenar los deberes materiales, minuciosos, incesantes de la maternidad. Partiendo de supuestos falsos, las consecuencias no pueden ser verdaderas.

Hay un gran número de mujeres que no son madres: de ellas trataremos en el capítulo de la mujer soltera.

La inmensa mayoría, compuesta de mujeres pobres, no puede dedicarse al cuidado asiduo e incesante de sus hijos pequeñuelos, porque necesitan trabajar para darles pan. Unas veces llevan consigo al hijo que amamantan, exponiéndole a la intemperie; otras le dejan al cuidado de alguna anciana, o le dejan solo: si hay alguna casa benéfica donde le recojan mientras van a su trabajo, es gran favor para el inocente y gran descanso para ellas. En la mayoría de los casos, es gratuita la suposición de que la mujer está ni puede estar continuamente al cuidado de sus hijos.

Queda reducida la cuestión a saber cuál será mejor: que deje la casa para ejercer una profesión u oficio lucrativo o para dedicarse a un trabajo material, penoso y mal pagado. Afirmamos, sin vacilar, que la mujer más educada, más perfecta, más útil, puede atender más constantemente al cuidado de sus hijos, porque puede estar más tiempo en casa y tener más vagar. Su trabajo, muy mal retribuido, lo será cada vez menos, porque es mecánico, y como máquina, es inferior a las que perfecciona todos los días el genio del hombre. Para ganar, no digamos algunos reales, sino algunos céntimos, necesita estar trabajando en su casa, o fuera, todo el día, y a veces una parte de la noche. Si entrara por algo la inteligencia en su obra, se pagaría mejor, ganaría mayor suma en menos tiempo y podría dedicar más a sus hijos. Para que los atienda, pedimos que, según su clase, tenga educación y utilice las facultades que ha recibido de Dios. Es extraño modo de observar fijarse en un corto número de mujeres de la clase media que se dedican asiduamente al cuidado de sus hijos y prescindir de la inmensa mayoría de mujeres pobres que para buscar pan tienen que dejarlos o no atenderlos bastante.

El hijo necesita siempre de su madre, aunque la mantenga. ¿Quién le amará como ella le ama? Pero el cuidado asiduo de todos los momentos no es necesario sino en los primeros años de la vida. La mujer vive sesenta o setenta años; según su fecundidad, tiene hijos pequeños, cuatro, seis, ocho, diez o doce años. ¿Es esto la vida? Aunque en este período tuviera que dedicarse al cuidado exclusivo de sus hijos y no pudiera hacer otra cosa; aunque no estuviera a su lado madre o tía anciana que la ayudase, o hermana que le diera auxilio, antes y después de este período, y aun en el mismo, ¿no tiene la mujer tiempo y necesidad de cultivar sus facultades para que su trabajo sea más útil y más lucrativo y para perfeccionarse?

Esta consideración se aplica, como a las mujeres del pueblo, a las de las clases elevadas, y más aún, porque en ellas son las mujeres menos fecundas, y es menos el tiempo en que la lactancia y corta edad de los hijos exigen cuidados incesantes. ¿Y lo son siempre tanto como se dice? El ama, la niñera, la abuela, la tía o la hermana, ¿no procuran algún descanso y dejan algún tiempo que puede emplearse con utilidad mayor, según el mayor grado de perfección a que se haya llegado? Cuando el esposo está enfermo o abrumado de trabajo, para ayudarle; cuando falta, para suplirle, ¿no podría la mujer hallar algunas horas que dedicar a trabajos lucrativos, para que sus hijos no careciesen de lo necesario y para que la enfermedad o la muerte del padre no fueran la ruina de la familia?

Aun en este período, no muy largo comparado con la vida entera, en que los hijos pequeños necesitan cuidados continuos, se ve que las mujeres pueden disponer de algún tiempo, que unas emplean útilmente y otras malgastan de una manera lastimosa.

La mujer educada será madre, no sólo más inteligente y capaz de allegar recursos para sus hijos, sino más tierna y cariñosa; las infanticidas no son personas instruidas, ni tampoco las que tratan a sus hijos con incomprensible dureza. Lo repetimos: la mujer no sale ni puede salirse de la ley eterna, por la cual todo ser que se educa dulcifica su carácter, se hace más humano, y cuando la mujer dilate los horizontes de su entendimiento; cuando comprenda las armonías del mundo moral; cuando vea toda la fealdad del vicio y del crimen y toda la hermosura de la virtud; cuando su exaltación se convierta en entusiasmo y sus instintos se eleven a sentimientos; cuando su razón pueda servirle de faro en las borrascas de la vida y de apoyo contra los embates del mundo; cuando el ejercicio de las facultades más nobles eleve su ser, purifique sus afectos y le dé mayor delicadeza y sensibilidad; cuando, en fin, sea más buena, ¿no será mejor madre?

Si no fuera éste nuestro íntimo convencimiento; si tuviéramos la más leve duda de que la mujer, al cultivar su inteligencia, disminuía en lo más mínimo su cariño maternal, arrojaríamos estas páginas al fuego. ¿Cómo habíamos de querer despojar a la humanidad de su sentimiento más elevador?

En todos los amores de la tierra se revela, por algún egoísmo, el miserable barro de que está hecho el hombre: sólo el amor de una madre nos puede dar idea del amor del Cielo; sólo en él hay pureza inmaculada, abnegación que no conoce límites, perdón para todas las culpas, olvido para todas las faltas, y piedad y misericordia sin medida: sólo él purifica cuanto toca, hace comprender al alma un mundo de afectos sublimes y la pone en relación con el Infinito.

Mirad en su prisión a la mujer más despreciable, a la prostituta delincuente; vedla trasfigurada al lado de su hijo enfermo, y escuchad las palabras sublimes que no se manchan al pasar por sus labios impuros.

Ved aquel reo en capilla; es un monstruo: cínico e impenitente, repugna y espanta. ¡Su madre! Al verla llegar se estremece el centinela y se conmueve hasta el verdugo. Cuando la sacan, la expresión del monstruo ha cambiado; aquella alma empedernida se ha conmovido, e inclina su frente ungida por las lágrimas de la que le dio el ser. Allí donde todo inspiraba repugnancia y horror, hay algo que hace sentir compasión y respeto; aquella atmósfera pestilente se ha purificado al pasar por ella el amor desolado de una madre.

Y este amor, lo más grande que hay en el mundo moral, ¿había de ser incompatible con la perfección del entendimiento, lo más grande que hay en el mundo de la inteligencia? ¿Había de haber antagonismo entre los atributos más nobles de la humanidad? ¿No sería posible la armonía entre las cosas más sublimes, ni que la mujer que piensa fuese madre amorosa?

Dios, que es inteligencia y amor, ¿apartaría en la madre el amor de la inteligencia? ¡Hijos de las mujeres pensadoras y amantes, vosotros responderéis algún día a esta especie de blasfemia!