La mujer del porvenir: 5

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La mujer del porvenir
Capítulo IV : La historia

de Concepción Arenal



Lo que se llama historia en la vida intelectual de la mujer es una patraña, porque no se puede hacer la historia de lo que no existe. Las mujeres no han tenido hasta aquí vida intelectual: algunas, venciendo todo género de obstáculos, se elevaron muy altas en las regiones del pensamiento, como otras tantas protestas que decían al hombre: «Calumnias a la mitad del género humano.» Pero a estos rayos de luz se les llamó unarara excepción, sin dudar ni un momento que pueda haber error ni daño en pensarlo así. Es de notar que en todos sus juicios acerca de las mujeres los hombres se creen infalibles: su opinión es una especie de dogma; sus ideas, artículos de fe. Aun los que están dispuestos a discutirlo todo admiten mal la discusión en este terreno; parece que en él no se puede encender una luz sin incurrir en la nota de incendiario; que todo llamamiento es somatén, y que el orden ha de establecerse necesariamente en silencio y a tientas. Esta observación, de cuya exactitud puede cerciorarse cualquiera, debería dar a todos que pensar.

En los pueblos salvajes, la mujer, instrumento pasajero de placeres brutales, es horriblemente desdichada. Su feroz tirano la sacrifica y la abruma de trabajo y de dolor. Sin más ley que la fuerza ni más necesidades que groseros apetitos, oprime a la pobre esclava, que no halla misericordia, porque su verdugo no sabe lo que es amor, compasión ni justicia; tampoco sabe lo que es felicidad.

La vida del bárbaro ya no es tan dura ni tan rudo su entendimiento. Empieza a pensar, a sentir, a guarecerse de la intemperie; su mujer le parece hermosa y, aunque con un amor grosero, la ama.

El hombre se civiliza, se hace más sensible, más humano, más justo; se mejora. Entonces, hasta sus necesidades materiales deben satisfacerse de un modo menos material; quiere adornar su casa y su persona; quiere que la mujer sea bella, y para esto necesita pensar en que, al menos materialmente, no sufra, y cuida, en efecto, de que sus sufrimientos no disminuyan sus atractivos: este egoísmo está ya muy lejos del egoísmo salvaje, y prueba bien que el hombre es mejor a medida que es menos grosero. Cuando da un paso más; cuando su corazón empieza a tener necesidades; cuando observa que en aquel ser, donde al principio no había visto más que belleza material, hay tesoros de amor que pueden serlo de dicha para él, entonces el instinto se hace sentimiento, se purifica, se espiritualiza y el placer se convierte en felicidad. Pero, veleidoso, busca el bien en uniones pasajeras o, grosero todavía, se deja arrastrar muchas veces por sus instintos brutales. Entonces aparece una religión que diviniza la castidad, santifica el amor, bendice la unión de los dos sexos y hace del matrimonio un sacramento. La mujer pudo creerse doblemente redimida por el que murió en la cruz.

Elevada a compañera del hombre, quedó moralmente rehabilitada. El guerrero del Norte rompió lanzas por su belleza y por su virtud; su amor formó el caballero, hermosa creación que puso un freno a la fuerza, dio amparo a la debilidad y apoyó a la justicia. La virtud de la mujer fue una necesidad para la familia, y con su honra se identificó el honor del esposo y del padre.

Así ha vivido mucho tiempo elevada hasta el hombre por el corazón, considerada inferior a él porque era físicamente más débil, y la fuerza lo era todo en la sociedad. Pero la manera de ser de los pueblos cambia; empiezan a cultivarse las artes y las ciencias; al ejercicio de los músculos sucede el de las facultades intelectuales, y el mundo recibe leyes, no del que maneja con más bríos una lanza, sino del que discurre mejor. El hombre estudia, medita, sabe; y así como al principio de la civilización quiso adornar materialmente a la mujer para gozarse más en su hermosura física, ahora empieza a sentir un vacío, viendo que no puede asociarla a los altos goces de la inteligencia, y se ha preguntado: «¿La mujer podrá ser verdaderamente mi compañera? ¿Sus facultades intelectuales cultivadas podrán levantarse hasta las altas regiones del pensamiento? ¿Su razón podrá comprender la mía y auxiliarla?» A estas preguntas el hombre no ha respondido todavía; pero el problema se ha planteado y el tiempo despejará la incógnita.

En todas las cuestiones de sentimiento, de honra, de delicadeza y de conciencia, la mujer ha mostrado que llega a donde puede llegarse apenas se la ha sacado del envilecimiento en que yacía. Tratándose de las facultades intelectuales, no ha podido hacer esta demostración por estarle vedado el terreno en que se cultivan. Alguna vez se ha entrado por él con gran trabajo y no pequeño peligro, recogiendo óptimos frutos y siendo calificada, como hemos dicho, de excepción rara, que no se admite como argumento en pro de su inteligencia. Algunos hechos hay, sin embargo, que hablan muy alto en favor de ella.

El hombre, padre cariñoso, no ha querido privar a su hija, porque no era varón, de la herencia paterna, y cuando las naciones se consideraban como el patrimonio de los reyes, a falta de varón, las mujeres han subido al trono. ¿Han dado a esa altura muestras de incapacidad intelectual? Cuéntese el número de reyes y de reinas en los países en que las hembras pueden ceñir la corona y véase si no están en mayor proporción las reinas notables por sus talentos y aptitud para el mando. Isabel I, doña María de Molina, Isabel de Inglaterra, Cristina de Suecia, las Catalinas de Rusia forman un grupo de mujeres inteligentes que, si se compara al corto número de las que han reinado, debe hacer pararse al más resuelto campeón de la inferioridad intelectual de la mujer.

En las artes se distinguen las mujeres a pesar de la desventaja con que las cultivan. Aunque, por regla general, con menos instrucción que el hombre, no se muestran inferiores en la escena, y son cómicas, trágicas y cantatrices eminentes. ¿Para esto no se necesita inteligencia, y mucha inteligencia?

En el trono y en el teatro, que es donde han podido brillar los talentos de la mujer, brillan, cuando menos, al par de los del hombre. ¿Qué razón hay para afirmar tan resueltamente que en otros terrenos, si no fuesen vedados para ella, no manifestaría análoga aptitud?

Y si de los hechos públicos que pueden consignarse en la historia pasamos a los privados y observamos en el hogar doméstico, ¿quién no recuerda haber oído en su casa o en las ajenas que muchas veces, comparando a los hermanos de diferente sexo, se dice: «Aquí están cambiados; la fulanita debía ser hombre, porque aprende incomparablemente mejor que su hermano, etc.» Al cabo de algunos años las aventajadas facultades de la niña estarán, por falta de ejercicio, embotadas en la mujer, que parecerá vulgar, y el hermano habrá recibido un título académico, y será muy superior a ella, y su superioridad será un hecho, y un argumento poderoso en favor de la de su sexo.

En los adultos sin educar no se advierte diferencia en las facultades intelectuales de los dos sexos. Tampoco se nota entre los niños y niñas de las clases educadas.

PROBLEMA. -¿A qué edad empieza la superioridad intelectual del hombre? Si coincide con la de la instrucción, ¿no hay motivo para sospechar que depende de ella? La historia no puede aún ofrecer datos para resolver el problema, inspira dudas, pero no autoriza afirmaciones contra la aptitud intelectual de la mujer.

Tenemos a la vista una noticia de M. Trippeau sobre la instrucción superior en los Estados Unidos. Copiaremos algunos párrafos de ella para que los observadores imparciales vayan tomando nota de hechos que en ciertos casos, como sucede en éste, son argumentos.

«No fueron los pobres maestros de escuela los que menor tributo pagaron a la muerte en esta guerra (la de los Estados del Norte con los del Sur). Del Estado de Connecticut solamente se alistaron 2.500 en el ejército del Norte y han sido contados los que han vuelto a su hogar. Fue necesario, pues, que las maestras se multiplicaran para sustituirlos, y así se verificó, de tal modo, que de cada 100 escuelas de los Estados Unidos, 70 están dirigidas por mujeres.

»Las consecuencias de la guerra han sometido el talento de éstas a una nueva prueba. El triunfo del Norte sobre el Sur ha rescatado una población de negros calculada en 4.000.000 de almas, que gemían sujetas a la ominosa esclavitud. La religión y la humanidad, como era consiguiente, se ocupan de aliviar la suerte de los infelices, que al día siguiente de ser manumitidos se veían arrojados por sus señores y obligados a buscar el sustento y el de sus hijos en el trabajo. Pero en los Estados Unidos no podían faltar numerosas asociaciones para la fundación de escuelas, y, en efecto, en los del Norte se fundaron más de 6.000 para los niños negros de ambos sexos. Con este motivo se hizo un llamamiento entusiasta a las personas bien acomodadas, de esas que allí se asocian siempre, y ya como por costumbre, a todos los actos de beneficencia, y desde el año de 1863 se han establecido 4.000 escuelas para la juventud de color en los Estados del Sur.

»La enseñanza en estos nuevos centros de caridad y de instrucción se ha encomendado a las mujeres, a estas generosas misioneras de la ciencia, que no han vacilado en abandonar su país y sus familias para consagrarse a un trabajo penoso de suyo, y más todavía por la acogida poco benévola que de ordinario encontraban en las poblaciones donde se establecían. Yo he tenido ocasión de verlas en el ejercicio de sus funciones, y no sé qué admirar más, si su celo e inteligencia, o los sorprendentes resultados de su enseñanza. Así se explica que en las memorias anuales de los inspectores de las escuelas públicas se consigne siempre por estos funcionarios que las mujeres demuestran en el magisterio, una inteligencia, una habilidad y un tacto que difícilmente se encontraría en los hombres, hasta el punto de que si de algo se las puede motejar, es del excesivo ardor con que se entregan al trabajo, a veces con perjuicio de su salud.

»La enseñanza en las escuelas públicas de los Estados Unidos dista mucho de hallarse encerrada en los límites de la que nosotros llamamos instrucción primaria; puesto que comprende las materias de la escuela elemental, las de los colegios de enseñanza especial y la mayor parte de las que son propias de los Liceos (Institutos en España); y con ser así, se dispensa gratuitamente a los alumnos de ambos sexos, desde cinco hasta dieciocho años. Latín, Griego, Alemán, Francés, Historia (en particular de los Estados Unidos), Geografía, Literatura, Aritmética, Álgebra, Geometría, Astronomía, Física, Química, Historia Natural, Anatomía; todas estas lenguas y ciencias se enseñan así a las niñas como a los niños, reunidos en las mismas escuelas, en las mismas salas y generalmente sentados en los mismos bancos.

»Ahora bien: como hay muchos Estados que para la enseñanza prefieren decididamente a las maestras, calcúlense los conocimientos que deberán atesorar para obtener su título de capacidad. Así es que nada asombraría tanto a un habitante de Nueva York, de Boston o de Filadelfia como el que se tratase de convencerle de que, entre las diferentes ramas de los conocimientos humanos, hay algunas que deben reservarse a los hombres, con entera exclusión de las mujeres.

»Mr. Vassar, enriquecido por el comercio, concibió la idea de consagrar su pingüe fortuna a la creación de un gran establecimiento de enseñanza, en donde las jóvenes pudieran recibirla tan vasta como la que se da a los varones en los mejores colegios de los Estados Unidos. Para realizar semejante proyecto se puso en relación con los hombres más entendidos, de los que en diferentes países se dedicaban a elevar por medio de la enseñanza el nivel intelectual de las mujeres, y en 1861 puso por obra su plan, que había meditado mucho, y fundó el colegio que de su nombre se llama Vassar.

»El día en que la Legislatura de Nueva York, aceptando el ofrecimiento hecho por el señor Vassar, decretó la incorporación de este colegio a la Universidad, es una fecha importante en la historia de la instrucción pública de los Estados Unidos, porque en ella quedó solemnemente reconocido el derecho de la mujer a recibir la enseñanza superior, hasta entonces reservada a los hombres, proclamándose con no menos solemnidad el principio de igualdad de inteligencia en ambos sexos.

»La edad de catorce años es la fijada para que las alumnas sean admitidas en el colegio, en donde los estudios duran cuatro años. Para cursar el primero de éstos se requiere que las aspirantes sepan traducir y comentar de César (4 libros), de Cicerón (4 discursos), de Virgilio (6 libros), y que hayan estudiado álgebra hasta las ecuaciones de segundo grado, retórica y un compendio de historia general.

»La enseñanza de los cuatro años comprende: la de las lenguas latina, griega, francesa, alemana e italiana; la de las matemáticas, física, química, geología, botánica, zoología, anatomía, fisiología, retórica, literatura inglesa, literatura extranjera, lógica y economía política.

»La consideración más importante que nos inspira el colegio Vassar es que las alumnas no resultan inferiores bajo ningún concepto, y sean cualesquiera los estudios a que se dediquen, a los jóvenes de los demás colegios que tienen la misma edad y circunstancias. De ello he podido convencerme plenamente asistiendo, como lo he hecho, a todas las clases, y viendo a las alumnas siempre dispuestas a contestar con el mayor lucimiento a cuantas preguntas se les dirigían. Iguales resultados he tenido ocasión de observar en los demás establecimientos de enseñanza superior destinados a las mujeres»3.

Estos hechos, ¿no son de bastante bulto para hacer dudar siquiera a los que temen más comprometer su infalibilidad que su justicia, y llaman bueno al camino trillado, sueño a todo lo que no se ha realizado, peligro a cualquiera innovación, trastorno al movimiento y creen atentatorio a la dignidad del género humano que se eleve el nivel intelectual de la mitad de él?

Todavía queda por algún tiempo el recurso de negar hechos que no son muy conocidos; pero día vendrá en que sean evidentes y abrumadores para los que miran con desdén las teorías. Día vendrá en que los hombres eminentes que hoy sostienen la incapacidad intelectual de la mujer serán citados como prueba del tributo que a veces pagan a su época las grandes inteligencias, y se leerán sus escritos con el asombro y el desconsuelo que causa ver en los de Platón y Aristóteles la defensa de la esclavitud.