La mujer del porvenir: 6

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La mujer del porvenir
Capítulo V : Consecuencias para la mujer de su falta de educación

de Concepción Arenal



El error de que las facultades intelectuales de la mujer no pueden compararse a las del hombre tiene fatales consecuencias, como todos los errores, y más que muchos. Los hay que se podrían llamar simples y otros compuestos; el que tratamos de combatir hoy es de los últimos, y sus resultados se extienden y ramifican al infinito. Aunque la injusticia y el error son malos para todos, aunque cuanto perjudica a la mujer es en perjuicio del hombre, y no puede haber cosa mala para entrambos que sea buena para la sociedad, a fin de fijarnos mejor, veamos algunas consecuencias de la supuesta inferioridad de la mujer.

Primero. Para ella.

Segundo. Para el hombre.

Tercero. Para la sociedad.

En el orden moral la mujer se encuentra rebajada, porque no se puede separar la moralidad de la inteligencia. De aquí el que la legislación la haya tratado como menor en muchos casos, dado poco valor a su testimonio, y que sólo por las necesidades de la justicia, a impulsos de la conciencia e incurriendo en grave contradicción, se la iguale al hombre. Esta desigualdad ante la ley la perjudica, no sólo por los derechos de que la priva, sino por lo que disminuye su prestigio. Rebajada la mujer en el concepto de todos y en el suyo propio, no reclama, no puede reclamar ni aun los derechos que tiene. Todo lo ignora, todo lo teme, todos se atreven a vejar a una mujer sola, y la letra de la ley es muerta cuando la favorece, si no hay una persona del otro sexo que haga valer su justicia. Estos valedores son rara vez desinteresados, y por regla general la engañan y la explotan, sin que pueda evitarlo, sin que lo intente siquiera, porque ella es la primera convencida de su inferioridad.

Las desdichas que esto le acarrea no tienen cuento; soltera, ve disminuirse y tal vez desaparecer el fruto de los sudores de su padre; viuda, mira acaso sumidos en la miseria a sus hijos, que podrían vivir holgadamente sin su incapacidad para los negocios; soltera, casada o viuda, es tenida y se tiene por incapaz de ninguna profesión que exija inteligencia, y esto es lo más grave de todo.

La ley prohíbe a la mujer el ejercicio de todas las profesiones: sólo en estos últimos tiempos se la ha creído apta para enseñar a las niñas las primeras letras.

La opinión ha sacado las últimas consecuencias de estas premisas y ha ido mucho más allá que la ley. En cuanto un trabajo, aunque sea mecánico, exige alguna inteligencia, no se permite a la mujer que en él tome parte, ni ella lo intenta. Cosa bien material es copiar; pero como es preciso, o por lo menos conveniente, tener ortografía, no hay escribientas. Bien propios para las delicadas manos de una mujer son los trabajos de relojería; pero como conviene saber un poco de mecánica, aunque sea rutinaria, ya no hay relojeras. Así podríamos continuar haciendo una larga lista de oficios lucrativos que no exigen fuerza muscular y a que no pueden dedicarse las mujeres. En cambio llevan grandes pesos, sobre todo en algunos países: son lavanderas, etc.

Hay muchos oficios que no exigen mayor inteligencia que otros a que se dedican las mujeres, monopolizados, no obstante, por los hombres, nada más que porque así es costumbre. Esto consiste en que la vida toda de la mujer está encadenada a la rutina; en que el uso, bueno o malo, es para ella ley, y en que el ridículo la amenaza apenas quiere salir del carril trazado. ¿Cómo con su falta de iniciativa, con su debilidad y la idea que tiene de su incompetencia, podrá superar tantos obstáculos? No lo intenta. Su trabajo queda reducido a ocupaciones cada día menos retribuidas, porque las máquinas le hacen una competencia imposible de sostener, y si resta alguna tarea a que pueda dedicarse, acuden tantas operarias, que precisamente les ha de dar la ley, y una ley dura, el que les dé trabajo.

Si se exceptúa alguna artista, alguna maestra y alguna estanquera, en ninguna clase de la sociedad la mujer puede proveer a su subsistencia y la de su familia. Hija, no puede auxiliar a sus padres ancianos; esposa, no puede ayudar al esposo; madre, se ve en el mayor desamparo, si la muerte la deja viuda o la perversidad de su marido la abandona. De aquí la miseria y la desdicha bajo tantas formas; de aquí la prostitución y los matrimonios prematuros o hijos del miserable cálculo y triste necesidad, porque el matrimonio es la única carrera de la mujer.

El concienzudo autor que ha estudiado la prostitución en París observa que la mayor parte de las mujeres que figuran en los afrentosos registros habían sido lanzadas por la miseria al abismo de la prostitución. ¡Cuántas víctimas se le arrancarían si se dejaran a la mujer expeditos todos los caminos para ganar honradamente su subsistencia; si la ley y la opinión no le creasen obstáculos por todas partes; si no tuviera que sostener una lucha en que es a veces tan difícil que triunfe su virtud!

La prostitución es para la mujer el más horrible de los males, y repetiremos con este motivo lo que decíamos hace años en un libro impreso, pero no leído4.

«Nunca se conmueve tan tristemente mi ánimo como al entrar en un hospital de mujeres donde se curan las enfermedades consecuencia de la prostitución. Allí las enfermas no suelen quejarse; saben que a nadie inspiran lástima, y procuran sofocar el dolor físico lo mismo que el dolor moral con chanzas obscenas y con blasfemias y con carcajadas que, como las de un loco, hacen llorar. Quieren embriagarse con el vicio: no les queda otro recurso; quieren escupir sobre las cosas santas parte del desprecio que inspiran; quieren negar lo que para ellas está vedado; quieren reírse del mundo para vengarse del dolor que les causa. ¡Pobres mujeres! Son y se sienten desdichadas, y lo confiesan cuando llega a su lado alguna de esas almas que tienen bastantes lágrimas de compasión para sofocar el fuego siniestro que brilla en la pupila de la prostituta. ¿Quién puede mirar sin profunda lástima aquel ser tan infeliz y tan degradado, que lleva su extravío hasta hacer gala de lo que debía causarle vergüenza? ¿Quién no se aflige al ver a aquella mujer, que fue inocente y fue pura, que pudo ser respetada, querida, y hoy para ganar pan arroja su cuerpo al muladar del vicio que le envenena, vende por algunos reales a un hombre repugnante el derecho de transmitirle una enfermedad asquerosa, y pasa continuamente de los brazos de la lujuria a la cama del hospital, donde a nadie inspira compasión, donde a todos causa desprecio y asco, donde se la cura para que vuelva a servir, como a un animal que enferma y curado puede ser útil? Digo mal; esta comparación no da todavía la idea de lo que inspira en el hospital la mujer deshonesta, cuando sus mismas compañeras se burlan de sus dolores, y cuando el practicante, al cortar o quemar sus carnes, le dirige por vía de consuelo alguna obscena chanza. Si no muere joven, ¡qué cosa más digna de compasión que su vejez anticipada y su muerte, que nadie llora!

»La mujer criminal es sin duda más odiosa, pero no hay nada tan despreciable como la mujer deshonesta; no hay hombre tan vil que no se juzgue superior a ella y la desdeñe. Como la primera necesidad de su ser moral es inspirar amor y sentirlo; como, por más que haga la mujer, no puede ser feliz, sino queriendo y siendo querida, la mujer deshonesta es profundamente desgraciada; cuando dice otra cosa, miente, y mentiras son su gozo cuando parece alegre, su contento cuando canta y su satisfacción cuando ríe. Si pudiera verse el corazón de las mujeres impúdicas que por algún tiempo parecen dichosas, se vería su desgracia como una llaga incurable, cubierta con paño lujoso: y digo algún tiempo porque si la felicidad fuera posible, no duraría más que su hermosura, que dura bien poco.»

A esta inmensa desdicha de la mujer contribuyen eficazmente la falta de educación y la imposibilidad en que muchas veces se halla de ganar honradamente su subsistencia, por no poder ejercer ninguna profesión ni oficio lucrativo.

Es preciso ver cómo viven las mujeres que no tienen más recursos que su trabajo; es preciso seguirlas paso a paso por aquel vía crucistan largo, luchando de día y de noche con la miseria, dando un adiós eterno a todo goce, a toda satisfacción; encerrándose con su destino como con una fiera que quiere su vida y que la tiene al fin, porque la enfermedad acude y la muerte prematura llega. ¿Cómo no ha de llegar, llamada por la pestilente atmósfera de la reducida habitación, por la humedad y el frío intenso y el excesivo calor, y la comida mala y escasa, y el trabajo continuo, que no basta para libertar de la miseria a los seres queridos, y tantas penas del alma, y tantas lágrimas de los tristes ojos a los que no trae alegría el sol al salir, ni promete descanso la campana que toca la oración de la tarde? Quien ve estas existencias y las comprende y las siente, se admira de que no sea mayor el número de las prostitutas, de las suicidas, de las criminales, y cree en Dios y en su conciencia que debe pedir educación para la mujer, que debe reclamar para ella el derecho al trabajo, no en el sentido absurdo de que el Estado esté obligado a darle, sino partiendo del principio equitativo de que la sociedad no puede en justicia prohibir el ejercicio honrado de sus facultades a la mitad del género humano.

Y aunque no giman luchando con los horrores de la miseria, y aunque no se vean unidas a un hombre que no aman o que les es antipático, y aunque no se atropelle su derecho y no se menoscabe su hacienda, ¡cuántos sinsabores y cuánto tedio acibaran la vida de la mujer por su mala educación!

Falta de autoridad en las cosas que no son de su competencia, es decir, en todo lo que no se refiere a los cuidados domésticos, ve extraviarse el esposo o el hijo, lo siente con su instinto o lo percibe con su natural razón, y se esfuerza para apartarlos del mal camino; pero se esfuerza en vano, porque le imponen silencio con un «¿Qué entendéis las mujeres de esto?» y es preciso callar hasta que llore los males que había previsto y que su falta de prestigio no pudo evitar. Harto frecuente es ver que los hombres cometen los desaciertos y las mujeres sufren sus consecuencias; que la que el día del consejo no fue escuchada, el día de la desventura tenga la primera voz para la resignación, y el consuelo y el sacrificio.

El tedio es otra consecuencia de la falta de educación en las mujeres; muchas temen los días de fiesta.Y no se crea que el tedio es un mal de poca importancia y que no puede influir poderosamente en la felicidad doméstica y poner en riesgo la virtud: tal vez es un enemigo más terrible que el dolor. El dolor es activo, se gasta con el tiempo, se alivia; el tedio es una cosa pasiva, es un vacío que se siente siempre lo mismo, si no se siente más. El dolor ocupa, no deja a la imaginación que se extravíe más que en una dirección; si alguna vez da oídos a la tentación del crimen, rechaza las sugestiones del vicio; el tedio puede escuchar todas las voces tentadoras, tiene caminos para todos los extravíos, y no hay aberración que en un momento dado no pueda servirle de espectáculo. El dolor es motivado, impone respeto; el fastidio vago, sin causa determinada, halla poca tolerancia; el dolor hiere, el fastidio corroe.

En la vida íntima, una mujer muy fastidiada es difícil que no sea muy fastidiosa, a menos que tenga grandes tesoros de cariño y de bondad; y más difícil aún que el hombre tolere paciente un malestar a su parecer inmotivado. Su esposa tiene que comer y que vestir, y la casa bien amueblada; ni sus hijos le dan disgustos, ni él tampoco; todos disfrutan salud; ¿qué le falta a aquella criatura, y por qué se le ha de tolerar su mal humor, a ella que, más joven, tenía tan buen carácter? No se lo tolera, y se impacienta, y la paz se turba, y le es desagradable su casa, y tal vez busca otras satisfacciones culpables.

El hombre que no halla razón para tolerar el mal humor de su compañera, no repara que su amor se ha convertido en amistad, acaso tibia; que sus hijos no la ocupan ya incesantemente como en la infancia; que se van de casa a sus ocupaciones y a distraerse con él, y que su mujer pasa la vida casi sola. Los cuidados domésticos la ocupan, pero no lo bastante; no pueden satisfacer las necesidades de su ser moral e intelectual, y cuanto más activa sea y más inteligente, estará peor.

Si es devota, corre riesgo de hacerse beata; si no lo es, está en peligro de disiparse, arruinando a su marido con lujo y diversiones; suponiendo que no le deshonre con excesos, cuando no le sucede ninguna de estas dos cosas, se fastidia en el hogar doméstico, siendo realmente desgraciada. El tedio es una enfermedad del entendimiento que no acomete sino a los ociosos. Las ocupaciones de la mujer no le ocupan más que las manos; llega un tiempo en que a fuerza de abusar de ella en trabajos minuciosos, casi microscópicos, la vista le falta, y hasta la ocupación manual queda reducida a muy poca cosa.

Si las mujeres no tuvieran facultades intelectuales, debían estar satisfechas cuando no sienten grandes penas en el corazón ni les falta lo necesario para la vida material; no obstante, no es así. Tal vez se nos arguya diciendo que incurrimos en un error de hecho; que las mujeres a que aludimos, cuando no se quejan, prueba es de que se encuentran bien, y que su desdicha es obra de nuestra imaginación o del deseo de hallar argumentos en confirmación de nuestras opiniones.

No son los hechos una cosa tan fácil de ver como se cree. ¡Cuántos hombres tocan los desdichados efectos del tedio de su mujer sin sospechar la causa! ¡Cuántas mujeres se hallan mal, o tal vez son desgraciadas sin que acierten por qué, y miran como inevitable su malestar, atribuyendo a sus nervios, a su desdicha o a su culpa, lo que es consecuencia de la inacción de sus facultades más nobles!

El tedio de la mujer hace grandes estragos en la paz doméstica; enemigo invisible y poderoso, parece como que se identifica con las existencias que envenena, y se presenta con el poder de la fatalidad. Es probable, es casi seguro, que muchos lectores creerán que exageramos sus consecuencias; pero todo el que le observe con atención se convencerá del daño que hace, de que produce un malestar en la mujer que se comunica a la familia, y es como ciertas enfermedades que revisten mil formas, pero cuyo origen es el mismo. Fuera de los casos excepcionales de virtud heroica o bondad sublime, cierto grado de malestar es un obstáculo insuperable para derramar el bien en derredor de sí, y cuando se derrama, hay siempre en él una acritud o una melancolía que revelan su triste procedencia.

Todos estos inconvenientes y otros muchos se remediaban con que las mujeres tuvieran ocupaciones útiles y racionales, ocupaciones que las ocupasen, y en que entrase en mayor o menor escala el ejercicio de las facultades más nobles. Las personas que empleen todas las que han recibido de la naturaleza, serán desgraciadas cuando Dios les mande alguna terrible prueba, pero no se fastidian nunca: el tedio es hijo de la ociosidad.

Otro inconveniente de no levantar el espíritu de la mujer a las cosas grandes es hacerla esclava de las pequeñas. Las minuciosidades inútiles y enojosas, los caprichos, la idolatría por la moda, la vanidad pueril, todo esto viene de que su actividad, su amor propio, tiene que colocarse donde puede, y hallando cerrados los caminos que conducen a altos fines, desciende por senderos tortuosos a perderse en un intrincado laberinto. Las necesidades verdaderas, según la clase de cada uno, tienen límites; no los hay para las del capricho y la imaginación, que pide al lujo goces acaso incompatibles con la honra. La mujer se hace esclava del figurín y de la modista, cifrando su bienestar en la elegancia y la riqueza de su traje, y en que la casa esté lujosamente amueblada. Hay pocas disposiciones de nuestro espíritu con tendencias tan invasoras como la vanidad: se desborda si no se le pone coto. ¿Y cómo podrá contrarrestarla con sólidos diques el entendimiento de la mujer sin educación y sin ejercicio? Lejos de hallar grandes obstáculos, la vanidad encuentra poderosos auxiliares en las ocupaciones, en los hábitos, en los devaneos intelectuales de la mujer, y así hace en ella tantos estragos; al verlos, se llaman inclinaciones innatas a las monstruosidades engendradas por el error, e imperfecciones naturales a la ignorancia de la naturaleza o a la impiedad de querer desfigurar con mano sacrílega la obra de Dios.

Es una inmensa desdicha para la mujer el dar mucha importancia a lo que tiene poca, poniéndose bajo el yugo de las cosas pequeñas. Como son tantas, la desgracia puede venirle de muchas partes, y a veces sin voluntad o sin remordimiento del que la envía. En estas penas desproporcionadas al mal que las causa se sustituye el ridículo a la gravedad; la prueba no proporciona triunfos a la virtud, ni da la resignación ejemplo, ni purifica el dolor. La existencia de la mujer se ve muchas veces como acribillada por un enjambre de insectos, que llegan uno a uno, fáciles de aniquilar aislados, irresistibles reunidos, y no los pisa, no los aniquila, porque ha aprendido en mal hora que es para ella imposible. ¡Cuántas veces se parece su abatimiento al de aquel loco inmóvil en su asiento porque creía que era una gruesa cadena el hilo con que estaba atado!

¿Hay para la mujer más desdichas creadas o agravadas por la inactividad de sus facultades intelectuales? Sí, hay otro mal que estremece: la pasión; fiero enemigo ante el cual se halla sin defensa; ¿qué decimos defensa?, le presta auxilio poderoso todo su modo de ser tal como la sociedad le ha forjado en el terrible yunque de su voluntad ciega.

No es ya la mujer la hembra del bárbaro o del salvaje, embrutecida y mártir, que apenas tiene fuerza ni tiempo más que para resistir el dolor y la opresión; no es tampoco la mujer de Oriente, cuya belleza física se precia escarneciendo la hermosura de su alma; el hombre ha comprendido que su corazón es un tesoro, y la mujer del mundo civilizado y cristiano, moralmente rescatada de su largo cautiverio, es amada, puede amar, ama: sus facultades afectivas se han reconocido antes que sus facultades intelectuales, y su corazón no se halla dentro de un círculo de hierro como su inteligencia. Así era necesario; el hombre siente antes que piensa. El cariño, si no es mutuo, no puede ser dichoso, y el hombre no podía prohibir a la mujer el sentimiento sin vedarse a sí propio la felicidad. En el mundo de los afectos, la mujer tiene ya personalidad, nadie le niega su competencia y su derecho.

Tal es la situación de la mujer; abiertos todos los caminos de sentimiento, cerrados todos los de la inteligencia. Impresionable y amante por naturaleza, toda su actividad se lanza por el único camino que no le está vedado.

Amar para ella es la vida, toda la vida; el amor es a la vez un recurso, una ocupación, un sentimiento, y ama sin medida, ciegamente, con locura, con delirio, porque sin el amor, sin algún amor, su existencia es la negación, es la nada. Así se la ve recorrer apasionadamente la escala de todos los amores, los sublimes como los ridículos, desde el santo amor de Dios, al que le inspira su perro o su gato. Más impresionable, más amante que el hombre, para no verse arrastrada por la pasión, necesitaba mayor contrapeso que él, y no tiene ninguno. El hombre cultiva sus facultades intelectuales, preparando así el equilibrio, ya por la actividad que se reparte, ya por el adversario que el día de la lucha hallarán los afectos en la razón ilustrada. El hombre tiene una vida activa y necesidad de prestar atención a las cosas exteriores y de concentrarla en los trabajos del espíritu; así puede prestar menos al sentimiento, preparando contra sus extravíos armas poderosas para defenderse. Su existencia es compleja, el bien y el mal tienen muchos caminos, pero lleva en sí medios variados para buscar el uno y huir del otro.

La vida de la mujer es sedentaria y monótona: no tiene ni actividad ni variedad. Si es vulgar, admite el amor, cualquier amor, como pasatiempo; si no lo es, ama con vehemencia, con pasión. Toda la febril actividad de su alma se concentra en un solo punto; ninguna cosa la distrae de su peligroso éxtasis, y el día que se extravía, nada la contiene, y el día que se aflige, nada la consuela; porque un ser era la luz de sus ojos, y cuando la pierde, queda en la oscuridad y ve extrañas visiones. El mundo con sus trabajos, con sus ruidos, con sus hechos, no turbó sus sueños de felicidad, ni consolará las realidades de su desgracia. En sí no halla recursos para combatir la pasión, que es la única forma en que concibe la vida. Su dicha no tiene más que un molde; roto éste, es imposible. Hará oír el gemido de la mujer piadosa o la carcajada de la prostituta, y según el camino que elija, será digna de desprecio o de respeto, pero nunca será feliz. La pasión para el hombre es un torrente; para la mujer, un abismo.

Tal es la situación de la mujer en el mundo civilizado y cristiano, en que tiene grande actividad la parte afectiva de su alma, mientras permanece en letargo su inteligencia. Más impresionable y más amante por naturaleza, todos los amores de la mujer serán siempre más vehementes; pero con otra educación, más y mejor ocupada, atrayendo una parte de su actividad a sus facultades intelectuales, que pudieran en el día de la lucha hacer de contrapeso, servir de faro y llenar un vacío, la mujer no se vería indefensa contra la pasión que clava en ella la garra, destrozando sus entrañas. De todas sus grandes desdichas ésta es acaso la mayor. Para la mujer vehemente y apasionada, inevitables son las borrascas de la vida, lo sabemos; pero si ha de lanzarse al mar tempestuoso, no privarla siquiera de brújula y de timón.

La inteligencia que ha profundizado más en el estudio de las pasiones, Mad. Staël, dice: «...las leyes mismas de la moralidad, según la opinión de un modo injusto, parecen suspendidas en las relaciones entre las mujeres y los hombres; pueden ser buenos y haberlas causado el más horrible dolor que a un mortal le es dado producir en el alma de otro; pueden engañarlas y pasar por veraces; en fin, pueden recibir de una mujer servicios, pruebas de abnegación que unirían a dos amigos, a dos compañeros de armas, deshonrando al que fuese capaz de olvidarlas; pero si estas mismas pruebas las recibió de una mujer, a nada queda obligado, atribuyéndolo todo al amor, como si un sentimiento, un don más, disminuyera el precio de los otros».

Esto es evidente. Que hay una moral para las relaciones de los hombres entre sí, y otra para su trato con las mujeres; que con ellas los compromisos, la palabra empeñada, el honor, la gratitud, tienen una significación distinta, no es cosa que puede ponerse en duda. Un hombre puede ser mil veces infame, y con tal que lo sea con mujeres, pasará por caballero; puede ser vil, y gozar fama de digno; puede ser cruel, sin que le tengan por malo.

¿Cuál será la causa de este increíble absurdo que apenas se nota? ¡Tal es la desdichada facilidad con que nos acostumbramos a respirar la atmósfera del error! ¿Cómo hay dos criterios, uno aplicable al mal que hacen a las mujeres y otro al que pueden hacerse los hombres entre sí? La razón de esto es la supuesta inferioridad de la mujer; nada puede ser mutuo entre los que no se creen iguales. ¿A qué se juzga obligado, moralmente hablando, un orgulloso aristócrata con el último de sus criados? A muy poca cosa. Y si le habla y le considera, y le compadece, y no le falta en nada, dígalo o no, cree hacerle un favor, y llama a su deber caridad. A medida que sus inferiores se aproximan a él les concede más derechos, es decir, cree que tiene más deberes, y no le parecería decentemirar a su mayordomo o a su contador como a su mozo de cuadra.

Si recorremos la escala de las relaciones que los hombres tienen entre sí, veremos que para con el esclavo, ser inferior, vil y despreciado, apenas hay más que derechos: a medida que el hombre se levanta en la ley y en la opinión, y le creemos más semejante, el número de nuestros deberes se va aproximando al de nuestros derechos, hasta la perfecta igualdad, en que no hay derecho que no imponga un deber.

Si el hombre no se cree obligado con la mujer como con otro hombre, es porque la juzga inferior, y tan cierto es esto, que la opinión le permite perjudicar a una criada mucho más que a una señora, y a medida que su víctima desciende en la escala social, puede subir él en la de la maldad, sin que le llamen malvado.

Hay mujeres que se quejan del matrimonio, atribuyendo a la institución que más las favorece los males que vienen de otra parte. No hay contrato que establezca igualdad ni deberes mutuos entre dos seres, uno de los cuales se cree más perfecto que el otro. El mal no está, pues, en el matrimonio, que favorece mucho a la mujer, dadas sus condiciones, sino en la desventaja con que va a él, siendo inferior en la opinión y en la realidad, porque inferior es su inteligencia no cultivada.

Bajo cualquier aspecto que se considere la vida de la mujer, se ve la necesidad de educarla y las tristes consecuencias de que no se eduque. Físicamente más débil, necesita suplir con la inteligencia la falta de fuerza muscular; más impresionable, más vehemente, ha menester educar sus facultades intelectuales para que sirvan de contrapeso a los extravíos de su imaginación y a los ímpetus de su vehemencia. El hombre, no obstante, le cierra los libros del saber, y, ¡cosa increíble!, le permite que abra los que pueden hacerle un daño incalculable, y no lleva a mal que se envenene con novelas inmorales y que resabie su entendimiento con lecturas frívolas: más lógico y más racional era no enseñarla a leer. Combate el tedio con las novelas; y las novelas, ¿con qué las combatirá? Bebidas hay que aumentan la sed, y distracciones que, buscadas para llenar el vacío, le hacen mayor.

La falta de educación, tan fatal para la mujer, ¿es ventajosa para el hombre? Investiguémoslo.