La mujer del porvenir: 8

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La mujer del porvenir
Capítulo VII : Consecuencias para la sociedad de la supuesta incapacidad intelectual de la mujer

de Concepción Arenal



Todo lo que altera los componentes ha de alterar el compuesto. En los dos capítulos anteriores tenemos los sumandos; en éste no hay más que verificar la suma.

Si por la falta de educación de la mujer, ella y el hombre son peores y más desgraciados, peor y más desgraciada será la sociedad. La prostitución aumentará a medida de la miseria y la ignorancia de las mujeres, y en la misma proporción aumentarán las enfermedades vergonzosas que degradan las razas y los delitos que llenan las prisiones, porque es muy raro que una mujer pura sea criminal, y que en las grandes maldades de un hombre no entre por algo alguna mujer mala.

La religión, esta poderosa palanca social que debía fortificar a la mujer, queda muchas veces debilitada por ella; al desfigurarla, la desacredita; carece de conocimientos para razonar sus creencias, contesta a los argumentos de los impíos cerrando los ojos y no puede ser, como debía, el lazo entre la ciencia y la fe. La educación es imposible con la ignorancia y la falta de prestigio de la mujer. El catedrático enseña al abogado, al médico o al ingeniero; pero al hombre le educan la madre, la mujer y la hija, porque la educación dura toda la vida. En la práctica de todas las profesiones, de todas las ciencias, entra por mucho, entra por la mayor parte, el elemento moral, la honradez, la elevación de miras, el noble orgullo, el sentimiento. ¿De qué sirve un operador sin conciencia que calcula las ventajas de la operación por los miles de reales que puede valerle? ¿El abogado que defiende todas las causas malas con tal que le paguen en buena moneda? ¿El militar que se rebela por un grado? ¿El notario que da fe de lo que no ha visto, siempre que vea provecho? ¿El farmacéutico que difama o engaña al médico y sacrifica el enfermo por embolsarse íntegro el precio de una droga cara? ¿El ingeniero que arriesga la vida de los viajeros o de los operarios por recibir la gratificación del contratista? ¿El empleado, el hombre político que toma dinero a cuenta de maldades, ni el juez que vende la justicia? ¿Para qué sirve la ciencia a todos estos hombres sino para hacer más repugnante, para hacer inconcebible su degradación?

Pero se dirá: el hombre tiene resortes nobles, tiene la idea del deber; la mujer le olvida muchas veces, cede con frecuencia a sus malas inclinaciones, y en el mundo ha de haber siempre quien escuche la voz de su interés y esté sordo a la de su conciencia.

Así es la verdad; pero es igualmente cierto que, negando a la mujer toda competencia intelectual en las cosas de la vida, se disminuye la influencia de muchos sentimientos y, por consiguiente, de la moralidad. La ciencia y la razón tienen su puesto, la benevolencia y la ternura tienen el suyo, y es absurdo, al organizar una sociedad de seres sensibles, prescindir del sentimiento. Medítese la historia y se verá cuántos siglos necesita a veces la razón para llegar a la justicia que el corazón comprende instantáneamente.

No sólo la prostitución, como hemos dicho, degrada las razas; también contribuyen a este mal grave los matrimonios precoces. El hombre, por regla general, no se casa hasta concluir su educación industrial, mercantil, artística o científica; hasta que puede dedicarse a una profesión u oficio y sostener la familia de que va a ser jefe. La mujer, como no tiene más carrera que el matrimonio, se casa así que se le presenta ocasión, y cuanto antes mejor. Los padres suelen tener una impaciencia, que en algunos podríamos llamar febril, por colocar a sus hijas; muchas se casan, más que por amor, por temor de verse en el abandono y en la pobreza. Las consecuencias de los malos matrimonios son fatales para la sociedad, y aunque estén bien avenidos, una niña, ni física ni moralmente, debe ser madre. Cuando todavía no está completamente formada, los nuevos seres a que da vida son débiles y la debilitan. Del matrimonio precoz viene la vejez precoz y la prole raquítica; viene la inexperiencia para criar a los hijos y para educarlos; viene la pérdida de los atractivos físicos y el alejamiento del esposo; vienen el mal gobierno de la casa y los caprichos infantiles, y el arrepentirse la mujer de los compromisos irrevocables, contraídos por la niña, y el sentir su primera, su única pasión por un hombre a quien no puede unirse, y vienen todos los males que a la sociedad llevan todas estas cosas.

Gran número de profesiones, todas las que exigen más imperiosamente sensibilidad y buenas costumbres, se desempeñarían mejor por las mujeres, a quienes están vedadas.

Al hablar de su educación, se habla sólo de la madre, y se prescinde de las que no lo son: error grave y reminiscencia brutal de los tiempos en que la mujer se miraba nada más que como hembra. Dedicaremos un capítulo especial a la mujer soltera, por cuya razón sólo indicamos aquí que por falta de educación intelectual deja de prestar a la sociedad grandes servicios la mujer que no se casa.

Así como es absurdo excluir el sentimiento de la organización social, lo es del propio modo prescindir de la razón en las cosas del sentimiento. Ya no se niega en teoría que la caridad es de la competencia de la mujer; pero se ve que en la práctica es un obstáculo su ignorancia; que las que compadecen no saben; que se separan la caridad y la beneficencia, y que en este ramo hay empleados, con gran perjuicio de la sociedad y de la desgracia. Este mal es grave, muy grave: la beneficencia pública y la caridad privada se resienten de la falta de educación intelectual de la mujer, de su falta de medios pecuniarios, de iniciativa, de esa perseverancia firme y razonada, que es la única capaz de vencer los grandes obstáculos, y que no puede existir en quien no tiene más que buena voluntad. Las prisiones de mujeres piden también a grandes voces el concurso reunido de la caridad y de la inteligencia.

Los impulsos benévolos y compasivos de la mujer se esterilizan en todo o en parte por falta de aptitud para el trabajo intelectual, por ignorar cómo puede realizarse un buen pensamiento, o por no saber combatir las inteligencias egoístas, para las cuales es muy cómodo poder incluir la compasión entre las debilidades del sexo, y desdeñar los deberes de humanidad como cosas de mujeres.

La mujer, que debía ser un grande auxiliar del progreso, se convierte a veces en un gran obstáculo por falta de educación intelectual. Todo error, toda preocupación, todo fanatismo, toda rutina, han de hallar poderoso valedor en su ignorancia, y ninguna reforma puede prometerse apoyo de quien no comprende sus ventajas. Por regla general, las mujeres que están a favor de las reformas lo hacen, por afecto a los hombres reformadores, o por instinto, y aquel voto que no se razona es ocasionado a exageraciones y extremos, más propios para perjudicar que para servir la causa que patrocinan.

Debemos insistir de nuevo, porque la cuestión es de gran importancia para la sociedad, en que, siendo la prostitución hija de la miseria y de la ignorancia de la mujer, debe combatirse ilustrándola, no cerrándole los caminos por donde puede ganar el pan honradamente. La civilización sustituye el trabajo de la inteligencia al de la fuerza bruta, las máquinas a los trabajos manuales, y como algunos de éstos son los únicos a que puede dedicarse la mujer, tiene cada día menos ocupación, más miseria y se prostituye más. La mecánica va haciendo todo lo que ella hacía. ¿Se la condenará a que sea una máquina inútil, desechada, porque hay otras más perfectas? Irá entonces a engrosar el ejército de las prostitutas, a envenenar material y moralmente la sociedad, a escupir sobre ella su oprobio, a escarnecer la virtud con su carcajada, a destilar ignominia y dolor sobre todo lo que la rodea, porque estas máquinas, que sienten y sufren, cuando son inútiles se convierten en máquinas infernales.

No acabaríamos nunca si quisiéramos enumerar todos los males de la falta de educación de la mujer, y seguirlos por todos sus variados caminos, y ver cómo se combinan y multiplican y crecen: basta lo dicho para comprender que no pueden sembrarse errores sin recoger desventuras.