La novela española: 06

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VI.[editar]

VERDADES AMARGAS.

Pero ¿cómo es posible que la salud dé de sí la agonía, que la robustez dé de sí la raquitis, que la luz dé de sí las tinieblas?

¡Ah! La muerte de nuestra novela, como de nuestra literatura en general, como de nuestra política, como de nuestra importancia social en el mundo, estaba iniciada de muy antiguo, no desde Felipe II, desde Cárlos V, desde los Reyes Isabel y Fernando.

Conviene decirlo de una vez. Muchas de nuestras glorias son glorias de relumbron, de brillo ilusorio, falso, cual el del fósforo que resplandece en la oscuridad para extinguirse ante la luz.

Y esa luz debe derramarla hoy la crítica moderna para que nos sirva de guia en lo futuro.

Los Reyes Católicos terminan en Granada la epopeya comenzada ocho siglos hacía; realizan el pensamiento de nuestra unidad política; impulsan á Colon al descubrimiento de América; inauguran las conquistas de África; y gracias al Gran Capitán, al vencedor de Ceriñola, arrojan de Italia á los Franceses para unir á sus dominios el reino de Nápoles, como lo estaba ya Sicilia; pero crean el Tribunal de la Inquisicion, la serpiente de la inteligencia, la negacion completa del progreso.

Cárlos V tiene la suerte de contar entre sus insignes caudillos á Hernan Cortés, Almagro y Pizarro, que agregan tres nuevas joyas á su diadema, Méjico, Chile y el Perú; emperador de un pueblo que dá de sí á los héroes de las Navas, de Esquirós, de Pavía, de Muhlberg y de Túnez, oye su nombre repetido por la victoria en África é Italia, en Alemania, Francia y los Países-Bajos, por doquiera, para fundar un imperio superior al de Cárlo-Magno; mas al propio tiempo que comienza á considerar á América únicamente como una rica mina, que da de sí preciosos metales, levanta en los campos de Villalar un patíbulo á la libertad, sin cuya benéfica egida el encumbramiento de las naciones es ilusorio, momentáneo, y el esplendor de una literatura transitorio y efímero.

Y viene Felipe II; y aunque con la espada de Juan de Austria destruye por siempre en Lepanto el poder marítimo de los Turcos, y con la del duque de Alba reduce á su obediencia el Portugal, como no reconoce otra musa que la ambicion, ni otro númen que el despotismo, subleva á los Moriscos de las Alpujarras; borra con la sangre de Lanuza los fueros de Aragon; se empeña en las costosas guerras de Flándes, por atender á las cuales pierde á Trípoli, Túnez y Bujía dejando abandonadas las Américas al mercantilismo de los Ingleses; fomenta el espíritu militar, aventurero, enemigo del trabajo y de la industria; acrecienta el número de los establecimientos religiosos, donde se vive la vida de la holganza; ahoga en Toledo la voz de nuestras Cortes; y cuando la Providencia le llama ante su tribunal inapelable, deja en pos de sí un pueblo, cuyas virtudes ha corrompido, cuya fé ha emponzoñado con el virus de la supersticion, cuyo carácter ha enervado con el látigo del despotismo.

Y le sigue Felipe III, aunque buen padre de familia, político indigno por la nulidad de su talento de colocarse al frente de un Estado, cuya población y recursos han agotado las guerras sostenidas en el extranjero por su padre Felipe II y su abuelo Cárlos de Gante; débil monarca que, juguete de los caprichos de sus privados, continúa creyendo que la prosperidad de España se halla encerrada en las minas de allende el Atlántico; imbecil fanático que favorece la influencia de los jesuitas y arroja lejos de sí la única y verdadera riqueza que nos quedaba en agricultura é industria, los moriscos. Y le sucede Felipe IV, dado á los placeres del amor mayormente que á los sinsabores de la administración pública; y el Rey Poeta, entregado como su padre en brazos del favoritismo, pasa alegremente las horas en la corte del Buen Retiro, ora galanteando á las damas, ora aplaudiendo los autos de Calderon, mientras que los Españoles somos humillados en Italia en la Valtelina y en Flándes en Rocroy, miéntras Cataluña se constituye en república independiente, Portugal coloca sobre su trono á Juan IV, Nápoles se insurrecciona á la voz del pescador Masaniello y Francia nos arrebata en el tratado de los Pirineos, complemento del de Westfalia, el cetro con que desde el imperio de Cárlos V habiamos gobernado á Europa y regido los destinos del mundo.

Y aparece Cárlos II, bajo la tutela de su madre Mariana de Austria, que inaugura, puede decirse, su regencia con el ignominioso decreto de 22 de Setiembre de 1665, por el cual manda se cierren los teatros hasta que el Príncipe, su hijo, tenga edad bastante para asistir á ellos. Y no prohibe la lectura de toda clase de libros, porque no era menester tanto: que habiamos llegado á tal extremo, que obras como la Historia de la Conquista de Méjico de Solís, último autor célebre de aquel siglo, apénas pudo hallar dos ó tres centenares de lectores.

De este modo nuestra decadencia llega á su colmo; y los destinos se venden en subasta; y la nacion se encuentra sin un sólo navío, sin un general, ni un sábio, ni un politico, ni un poeta, ni un novelista.

Vano es dirigir la vista en torno nuestro, porque ya ni siquiera brillan espadas como las de Gonzalo de Córdoba, Cisneros, Juan de Austria, el duque de Alba, el marques de Santa Cruz, Alejandro Farnesio ó Espínola; ni escriben plumas como la de Cervántes; ni suenan liras como las de Lope ó Calderon. España es un inmenso sepulcro, donde únicamente se escuchan los conjuros de un fraile, del capuchino alemán Mauro Tenda, y los ayes de un rey, del estúpido Carlos II.

La literatura, que en el reinado anterior habíase acogido en su huida al teatro para brillar en él con mayor esplendor que nunca, apenas presenta un corto número de escritores, casi todos insignificantes, dignos de un público sin vigor, sin ilusiones, ni entusiasmo, sin ese entusiasmo nacional, indispensable para que las letras, las ciencias y las artes se desarrollen y florezcan. ¿Ni cómo habia de existir otro público, cuando las extravagancias de los secuaces de Góngora habían concluido por corromperle y estragarle, cual hoy le están por opuesta senda estragando los escribidores galo-bufos?

Tal era al espirar el siglo XVII el espectáculo que presentaba nuestra infeliz patria, en cuya corte Austria y Francia se disputaban á guisa de hienas el cetro español, á la vez que los diplomáticos de La-Haya se repartian nuestro suelo, cual si se tratara de un país por conquistar, de las montañas del Riff ó de alguna de las vírgenes sabanas de América.

¡Oh! Al recordar los desaciertos pasados no era de extrañar lo sucedido.

Habiendo regido tantos años el fanatismo en religion, el despotismo en política, la ambicion por inspiradora de una y otra y la Inquisición como la esfinge del mal, que todo lo presidia; nada más lógico que España cayera, de la manera que cayó, desde el cielo de su poder al abismo de su impotencia.

De un alcázar, construido defectuosamente por su base, tan sólo es de esperar su ruina; de una nacion, que lleva en sus entrañas el veneno del oscurantismo, tan sólo es de esperar su muerte.



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