La novela española: 10

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Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.



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SEAMOS ESPAÑOLES.

Tal es, trazada á grandes rasgos, la historia de la novela española.

Para levantarla de la postracion en que yace, mejor dicho, para crearla de nuevo, digna de su pasado y del porvenir, cuyos problemas tanto preocupan á los hijos de este siglo; sólo son necesarias dignidad por parte de los escritores, sensatez por parte del público.

Hoy todo el mundo quiere meterse á autor; el que no á novelista á poeta, el que no á poeta á filósofo, el que no á filósofo á político y el que no á político á novelista; siendo lo peor que de tal gente, el que no carece de instruccion carece de inventiva, el que no peca de charlatán de galiparla, peca de purista ramplón y trasnochado, excediéndose ambos á dos á si propios en lo de morder á diestro y siniestro, á guisa de hidrófobos ó víboras.

La carrera de las letras es de suyo espinosa y difícil. Enemiga de las medianías, quiere para sí talentos privilegiados, hombres con la fé de un mártir, con el entusiasmo de un apóstol; y de aquí el que de mil llamados quizá no lleguen á dos los escogidos.

Por otra parte, siendo la novela la enciclopedia del siglo, el que aspire á brillar hoy debidamente en ella necesita, demás de una rica imaginación regulada por el freno del raciocinio, de profundos y vastos conocimientos en todos los ramos del saber y en particular en el de la lengua en que escriba.

Obras dadas á luz sin pureza, sin corrección, ni galanura, viven la vida de las flores, la vida de la popularidad, transitoria como el arrebato de la pasion, como el trasportamiento del delirio, para morir después sin dejar tras de sí huella alguna.

Escudados en el recuerdo del Amadis de Gaula, que llenó el mundo con su nombre, en el de El Conde Lucanor que inauguró los cuentos ó novelas de cortas dimensiones, en el de la Diana enamorada que alcanzó eclipsar á su modelo, en el del Lazarillo de Tórmes y las Guerras civiles de Granada, que crearon los géneros satírico é histórico, en el de El Criticón que hermanó la crítica á la fantasía, en el de Las Soledades de Aurelia que presentó el primer ejemplo de la novela religiosa, y en el del inimitado é inimitable D. Quijote, obras todas escritas años y aun siglos ántes de que aparecieran en Francia Madama Lafayette, Fenelon y Voltaire, en Inglaterra Sidney, Ana Radcliffe y Richardson, en Escocia Walter y Hoffman en Alemania; escudados, digo, en semejantes recuerdos, debemos de acometerla empresa de abrir nuevo horizonte á la novela española, fundando una escuela digna de nuestros antepasados, basada en la libertad sin utopias y en el Cristianismo sin preocupaciones, cuyo guia sea el bien de la patria, cuyo númen el progreso, cuya tendencia echar por tierra, entre otras cosas por el estilo, esa otra escuela que, nacida en la Sodoma de Europa, en París, para probarla injusticia conque á sí propia se ha bautizado con el sobrenombre de social, se burla de Dios y la virtud, disculpa el robo y el asesinato, santifica la prostitucion y el adulterio, y, como complemento de sus teorías, poetiza y ensalza el suicidio.

El fin de toda literatura, y en particular de la novela, espejo fiel de la política de las naciones, debe de ser el progreso verdadero, no el falso; y los Españoles continuarémos desacertados mientras imitemos á los obreros de la moderna Babilonia en lo que jamas debimos imitarles, no en su afecto á la instruccion y al trabajo, si en su inmoralidad y desvaríos.

Tiempo es ya de que nos decidamos resueltamente.

O pasémonos con armas y bagajes á los franceses, maldiciendo de la fatal estrella que iluminó por primera vez nuestra cuna, ó seamos en la novela, en el teatro, en todo, dignamente españoles, cual corresponde á nuestra historia, como desde el mundo que pasó nos lo están clamando nuestros padres, como desde el mundo de lo porvenir nos lo exigirán nuestros hijos.


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