La palomita

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La palomita
de José Joaquín de Olmedo


¿Dime de dónde vienes?,
dímelo por tu vida,
¿dónde vas?, ¿de quién eres,
amable palomita?

-El amoroso Olmedo
a su Nise me envía,
a la graciosa Nise,
su amor y su delicia.
Yo antes era de Venus,
y de las más queridas,
yo su carro tiraba
y en todo la servía.
Mas del calor huyendo
en un estivo día,
o por buscar la sombra,
que es del amor amiga,
con mi amante palomo,
blanco como yo misma,
en una selva umbrosa
entré, y me vi perdida.
Que un cazador amable
que allí por caso había
nos mira, y nos asesta
su cañón homicida.
Mas se contuvo luego,
no sé por qué, y con risa
como que algo recuerda
oí que me decía:
«Si acaso eres de aquellas
que allá en la Chipre tiran
el carro de la madre
de amorosas delicias,
vuela allá desalada,
cándida palomita,
y en tu arrullo que entiende
sólo Venus divina,
dile que su poeta
te libertó la vida».

Ajena ya del susto
volé alegre y festiva
a referirle a Venus
lo de la selva umbría.
En su caliente seno
me acoge y me decía:
«Ya estás en mi regazo
¿qué temes, cuitadilla?,
no más de susto tiemblen
tus cándidas alitas.
Pero yo premiar quiero
al que debes la vida.
Ve a mi tierno poeta,
dile que soy su amiga,
y ofrécele mi gracia
y protección divina».

De entonces dejé a Venus,
dejé a Chipre por Lima,
y vine a ser de Olmedo,
que es la ternura misma.
De entonces soy su esclava,
y le sirvo muy fina:
suya soy, y son suyas
estas letras que miras.
Libertad cuando torne
dijo que me daría:
mas yo sin él no quiero
ni libertad ni vida.
Con mi arrullo le aduermo,
mi pico le acaricia,
le cubro con mis alas
en las mañanas frías.
Comer quiero, y el grano
pico en su mano misma;
y si dormir, me arrulla
su blanda y dulce lira.

Pero... ingrato me engaña;
todo, todo es mentira,
sus melosas palabras,
sus besos y caricias.
Yo estoy, oh pasajero,
de los celos perdida,
pues mi amo sólo quiere
a una niña muy linda;
y aun conmigo estos versos
le manda a mi enemiga,
a la graciosa Nise,
su amor y su delicia.
Adiós, sé delicado
y calles, que la dicha
de amar y ser amado,
entre las almas finas,
crece con el misterio
mengua con la noticia.
Y adiós, que me detengo
más de lo que debía,
y temo que mi ingrato
al volver me reciba
sin ojos placentero,
sin su amable sonrisa,
pues el que ama y espera
con lo menor se irrita.