La posada o España en Madrid: 04

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IV
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La posada o España en Madrid Ramón de Mesonero Romanos


Sentados, pues, majestuosamente en un ancho escaño, colocado a la espalda del vestíbulo de entrada, el famoso Cabezal y su adjunto el herrador; aquél a la diestra mano, y éste al costado izquierdo; el primero embozado en su manta de Palencia y el segundo apoyado en su bastón de fresno con remates de Vizcaya; colocados en pie en respetuoso grupo circular todos los aspirantes y mantenedores de aquella lid, y asomando, en fin, por el balconcillo que daba encima del cobertizo la rosada faz de la joven Anselma, premio casi indudable y última perspectiva del afortunado vencedor, déjase conocer la importancia del acto, y su completa semejanza con los antiguos torneos y justas de la edad media, en que los osados caballeros venían desde luengas tierras a punto donde poder manifestar su garbosidad y arrojo ante los ojos de la hermosura.

Dio principio a la ceremonia un sentido razonamiento del buen Cabezal, en que hizo presentes las razones que le asistían para retirarse de los negocios públicos, y envolverse en la tranquilidad de la vida privada, con todos aquellos considerandos que en igualdad de circunstancias hubiera explanado un Séneca, y que nuestras costumbres político-modernas suelen poner en boca de los magnates dimisionarios, y que quieren ser reelegidos. Con la diferencia que el honrado Cabezal, que ignoraba quién fuera Séneca, así como también el lenguaje político cortesano, procedía en ello con la mayor sinceridad, siguiendo sólo los impulsos de su conciencia, y bien convencido de que desde la muerte del Endino, sus débiles manos no eran ya a propósito para regir debidamente la riendas de aquel estado.

Seguidamente el herrador Faco, en calidad de superintendente y juez de alzadas del establecimiento, dio cuenta a la junta de su estado financiero; del presupuesto eventual de sus beneficios y gastos, y del balance de sus almacenes, y mobiliario; no tratando, empero, de la propiedad de la finca, cuyo dominio se reservaba Cabezal, y concluyendo con animarles a presentar incontinenti sus proposiciones de traspaso, a fin de proceder en su vista a la definitiva adjudicación.

Aquí del rascar de las orejas de los circunstantes; aquí el hacer círculos en la arena con las varas; aquí el atar y desatar de las fajas y de los botines de la pretina; aquí el arquear de las cejas, tragar saliva, mirar a un lado y a otro, como tomando en cuenta hasta las más mínimas partes de aquel conjunto; aquí el mirarse mutuamente con desconfianza y aparente deferencia, instándose los unos a los otros a romper el silencio, sin que ninguno se atreviese a ser el primero. Aquí, en fin, el balbucear algunas palabras, aventurar tal cual pregunta, rectificar varias indicaciones, y volverse a recoger en lo más hondo de una profunda meditación.

Por último, después de media hora larga de escena muda, en que sólo se oía el pausado compás de las campanillas de los machos que retozaban en las cuadras, y el silbido de Periquillo que servía de reclamo para atraer a la puerta del parador algunas aves trashumantes de las que tienen sus nidos hacia la calle de la Arganzuela, se oyó en fin entre los concurrentes un gruñido semejante al último ¡ay! del infeliz marranillo cuando cede la existencia al formidable impulso de la cuchilla. Y siguiendo acústicamente la procedencia de tal sonido, volvieron todos los ojos hacia un extremo del círculo, y conocieron que aquél había sido lanzado por la agostada garganta del segador Farruco, quien alzando majestuosamente la cabeza, y como hombre seguro de sostener lo que propone, exclamó:

-En Dios y en mi ánima, iba a decir, que si vustedes no risuellan, yo risullaré.

-¡Bravo, Farruco, bien por el segador! -exclamaron todos, como admirados de esta brusca interpelación de parte de quien menos la esperaban.

-Silencio, señores (dijo el herrador); Farruco tiene la palabra.

-Es el casu (prosiguió Farruco), que yo non sé cómo icirlu; peru, si ma dan el edificiu, y toudo lu que en él se contién, ainda mais, la moza, para mí sulitu, pudiera ser que yu meta de traspasu hasta duscientus riales, pagadus en cuatru plazus dende aquí hasta la virgen del outru agostu.

-Bravo, bravo (volvió a resonar por el concurso en medio de estrepitosas carcajadas), bien por Farruco el segador. ¡Doscientos reales en cuatro plazos! Vamos, señores, animarse, que si no queda el campo por Galicia. ¡Viva Santiago! ¡uff!... -Con otros alegres dichos y demostraciones que para todos eran claras menos para el honrado y paciente segador.

-Ira de Deu (gritó a este tiempo el catalán, blandiendo el látigo por encima de las cabezas del amotinado concurso). ¿Será ya hor que nos antandams en formalidat y prudensia? ¡Les diables carguen con este Castilla en que tot se hase riendo como les carrers de Hostalrich! Poqs rasons, pues, y al negosio, que se va hasiendo tard, y a mí me aspera mis galers a les ports de la siudad. Vean ells si les acomod trasients llibrs per tot, pagaders en Granollers, en cas de mi sosio Alberto Blanquets, de la matrícula de San Feliú de Guixols.

-Otra, otra (dijo gravemente el aragonés); aguarda, aguarda, con lo que sale media lengua. Yo adelanto trescientos pesos mondos y redondos; con más, toda la fruta que gaste el señor amo, y la estameña franciscana que necesite para la mortaja, y ofrezco icir tres misas a las ánimas por mor de la señá Cabezala que Dios tenga allá abajo; y endiñale un risponso en el Pilar, que la Virgen se ha e reír de gusto.

-¡Que viva el aragonés! (gritó el concurso alborozado), y a los ojos del anciano Cabezal se asomó una lágrima, tributo del amor conyugal, cuyo recuerdo había dispertado Francho el moro.

-A que si valen seis taullas de tierra de buen arros, orilla del Grao, y como hasta diez libras de seda en el Cañamelar para la próxima cosecha, aquí hay un valensiano que dará todo esto, y las grasias si el señor amo quiere sederle el parador.

-¿Qué eztán uzteez jablando ahí, compaez? Aquí hay un hombre, tío Cabesal: y detraz dezte hombre hay un compae que zale por mí, y ez primo der cuñao de la zobrina der regidor de Morón, que tiene parte con otros sinco en er macho con que traje la carga de aseite pa el compae Cabesal en la pazcua anterior; el cual zi zale (que zí zaldrá), por mi honor y juramento, esde luego pedirá a zu prima que le diga ar cuñao, que pía a la sobrina der regidor, que haga que zu tío ponga por hipoteca la parte trazera der macho, pa servir ar señor Cabesal y a toda la buena gente que moz ezcucha.

-¡Que viva Utrera! (exclamaron todos con algazara) y arriba Currillo que nos ha ganado la palmeta prontito y bien; ¡dichoso el que tiene compadres para sacarle de un ahogo! ¡que viva Curro y el cuarto trasero del macho de su compadre, que son tal para cual!

-Grasias, señorez (repetía Curro); pero bien zabe Dioz que no lo desía por tanto.

-Basta ya de bromas, señores, si ustedes gustan, que la mañana se pasa, y todavía tengo que llegar a Valdemoro a comer. Veo por lo visto que aquí todos son dimes y diretes, y el amo, a lo que entiendo, no nos ha llamado para oírnos ladrar. -Esto dijo con importante gravedad el manchego, y adelantándose un paso en medio del corro; -Yo (continuó con valentía) voy a tomar la gaita por otro lado, y creo que vuesas mercedes habrán de llevar el paso con el sonsonete. Aquí mismo, al contado, todo en doblones de a ocho, corrientes y pasados por estas manos que se ha de comer la tierra, aquí está mi argumento, y mi elocuencia está aquí. (Y lo decía por un taleguillo de cordellate que alzaba con la diestra mano.) A ver, a ver, si hay alguien que me lo empuje, porque si no, mío queda el parador; y cuenta, herrador, a ver si me equivoco; mil pesos, dobles, justos y limpios, hay dentro del taleguillo; esos doy, y pues que no hay ni puede haber competencia, señores, pueden vuesas mercedes si gustan llegarse a oír misa, que ahora poco estaban repicando en San Millán.

Un confuso rumor de desaprobación y algunas interjecciones expresivas dieron a conocer el enojo que semejante arrogancia había inspirado a la asamblea; el opulento Azumbres no por eso desconcertó su continente, antes bien sacando pausadamente la vara del cinto tomóla con la diestra mano, y pasando a la izquierda el taleguillo de los doblones, paseó sus insultantes miradas por toda la concurrencia, como aquel que está seguro de no encontrar enemigos dignos de combatir con él.