La sirena negra: 05

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Capítulo V
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La sirena negra Emilia Pardo Bazán


En árida llanura amarilla, cercada por un anfiteatro de montañuelas calvas y telarañosas, iba atardeciendo muy despacio. Crepúsculo interminable; del cielo cárdeno parecía descender lluvia de ceniza sutil; y el sol, que detrás de los cerros se ponía, era un globo sin calor, medio apagado, enorme, una pupila de cíclope agonizante.

Tan doliente paisaje ofrecía los tonos secos, mitigados y polvorientos de los antiguos tapices, y las figuras que sobre el paisaje comenzaron a desfilar en caricaturesca procesión, de tapiz eran también: de tapiz o de orla de códice cuatrocentista. El cuadro se contaba en el número de los espantos que el arte ha querido agregar a los espantos de la naturaleza.

La primer figura que desfiló era la del anciano casi divino: un varón de consumida faz, sobre un becoquín de terciopelo guinda, la tiara de oro escalona tres pisos coronados. El esqueleto, roto y desharrapado por el vientre, que le guía, lleva a cuestas, sobre sus huesos mondos, un féretro. El viejo augusto alza la mano para bendecir y excomulgar... El esqueleto le agarra de un brazo, y, tropezando en sus luengas vestiduras pontificales, se deja llevar el papa al baile siniestro. ¡Danzad, Padre Santo!

Al emperador no ha sido necesario asirle. Es sin duda Carlomagno, el héroe, y desdeña el temor. Marcha recto y majestuoso, arrastrando sus púrpuras y sus armiños, y en la potente diestra, como relámpago de acero, reluce el espadón de justicia, mientras en la siniestra descansa una esfera de zafir, que es el mundo. El confianzudo esqueleto no respeta los atributos del supremo poder; con gesto persuasivo enseña al excelso la inevitable ruta. ¡Danzad, seor imperante!

Trémulo, moroso, el cardenal vuelve la cara; y el esqueleto se burla, con risa sardónica, del miedo del purpurado. Al acercarse al rey para recordarle que es llegada la hora de danzar, el esqueleto se hace moralista, señala al cielo, y arranca el áureo cetro de las manos que lo empuñan. ¡Oh, y qué lindo sermón el que le suelta al patriarca, que lo escucha mohíno y cabizbajo, sin dejarse convencer de que es preciso abandonar el báculo, de que no le valen ni sus vestiduras violeta ni su mitra, donde grupos de gemas complican el prolijo y pueril diseño bizantino! Cuando se acerca al veterano condestable, armado de punta en blanco y apoyado en su montante de guerra, el esqueleto heroico blande su guadaña oscura, como si dijese: «Arma contra arma... veremos de quién es la victoria.»

Para el jactancioso hidalgo, de emplumado birrete, no ha menester el esqueleto ejercitar violencia alguna. Le lleva engañado con razones, con palabras capciosas y elogiosas; le aturde con argucias, le envuelve en fúnebre charla, y, algo receloso, convencido, sin embargo, el hidalgo levanta el pie para comenzar el paso de baile. Al asir al abad de la manga del hábito, el esqueleto no puede reprimir la bufonesca alegría: ¡dance el gordo, dance el orondo, dance el lucio, el del rollizo pestorejo! Y el esqueleto agita sus canillas, muestra el costillar, donde cuelgan arambeles andrajosos de momificada piel. Más ligera, más mofadora es la actitud adoptada con el digno preboste, y es desenfrenada de júbilo la que toma al armarse de una pala de enterrador y prender, saltando al fraile teólogo, que en vano se defiende con silogismos, sorites y entimemas.

No le vale al médico enarbolar su redoma de jarope y hacerse el distraído, mirándola al trasluz; no le vale al astrólogo embebecerse observando el firmamento; no le vale al canónigo resguardarse con su libro de horas; no le sirve al escudero acariciar al gerifalte que lleva gallardamente enhiesto en el puño. A decir verdad, todos procuran no enterarse de que les llaman a la danza obligatoria: el mercader contempla su bolsón, el cartujo finge absorberse en la lectura ascética, el sargento titubea y describe eses de puro borracho, el músico acaricia su tiorba, el abogado se enfrasca en un legajo, el mancebo galán sonríe a una rosa, respirando su perfume lánguidamente; el labriego muestra su azadón, como diciendo: «No puedo menos de ir a cavar la tierra»; el carcelero repica sus llaves, el ermitaño pasa las cuentas de su rosario reverendo... ¡Bah! El esqueleto no se preocupa de tales nimiedades. Su astucia adivina el objeto de las aparentes distracciones. Quizás, viéndoles tan embelesados, pase de largo el terrible bastonero de la Danza general... Sí, ¡pasar él! Les llama, les da escueta orden, les agarra de un brazo con rápido arranque. Hasta le veo acercarse a una cuna y coger de la manita a un pequeñín que, soltando cristalino hilo de baba, y repicando por última vez el sonajero, se aduerme en los brazos secos, sin carne, contra la caja torácica que no encierra corazón...

No dejará el esqueleto sin pareja a sus danzarines. Antes de dar la señal del baile, llegan las damas invitadas (invitadas sin excusa). Para traerlas al sarao, el esqueleto redobla las cortesías irónicas, las sardescas galanterías, las actitudes bufonescas, las postraciones a lo Mefisto.

Ante la reina, que va a entrar en danza con su diadema de florones y su veste orlada del armiño inmaculado, se rinde cortesano, mientras toma su brazo como el que, respetando, apremia. A la duquesa pálida, que se recoge elegantemente el sobrefaldellín de velludo, la rodea el cuello con enamoramiento, casi la abraza, con fúnebre y hediondo abrazo de sepulturero melifluo. Ante la orgullosa fidalga se arrodilla, tratando de estrechar su mano pulida, aristocrática. A la abadesa la descarga del peso del báculo, estorbo para danzar... A la repolluda priora la empuja por los hombros, suavemente. Ante la gentil damisela hace un contrapás, llevando el compás de los brincos con la pala de enterrador. A la daifa galante la echa al cuello el sudario como si fuese un chal. A la nodriza la ordena con risueña mueca de mandíbulas cubrirse el seno y soltar al crío; ¡lo primero, el baile! A la moza de cántaro la estruja la cintura, la da un pellizco con dedos óseos, ¡y a remangar las haldas y a danzar! Y cuando la gentil recién casada, o la casta virgen, se estremecen notando que el aire se vuelve oscuro y que un soplo glacial ha rozado sus mejillas en flor, el esqueleto, aplicando la mano sobre la caja del esternón, en el sitio donde el corazón pudo latir un día, les hace tiernas declaraciones, susurrando en el tono del viento cuando solloza y estridula en las ramas de los sauces elegías amorosas, layes de pasión ultraterrestre...

Y, en el árida llanura, amarillenta, cercada por el anfiteatro de montañas calvas y telarañosas, a la luz del sol que se pone detrás de los cerros, medio apagado, el baile comienza, al pronto, pausado y solemne, sin más música que el choque de los huesos marfileños, pelados y limpios, del esqueleto que dirige la danza general de la Muerte, tal cual se ve en los códices góticos. Danzan reyes con pastoras, monjas con guerreros, emperadores con labriegas, fidalgas con arzobispos. Lo que el amor no ha podido nivelar ni reunir en vida, lo nivela la Seca, la omnipotente, con su gesto coreográfico. Las invitaciones al baile han sido de base amplísima; no habrá piques; no se queda en casa nadie, mientras el baile se forma, apresura su ritmo y repicotea sus airosos puntos. Cogidos de la mano, empujados por la sobrehumana ley, contra la cual no vale resistencia, alzando los pies juveniles o gotosos, meneando los troncos flacos o tripones, castañeteando los dedos rígidos, retorciéndose como debían de retorcerse los Ardientes, en su ronda de martirio y locura, la multitud baila, baila, siguiendo al esqueleto que marca el compás y guía hacia el profundo agujero o sima abierto en mitad de la llanura, donde las parejas, alzando todavía la pierna para un trenzado, caen precipitadas. El corro, sin embargo, no se estrecha: nuevas parejas reemplazan a las que la sima tragó; y suben el pie más aprisa, y contonean la cintura más salerosamente y agitan los brazos y encogen y estiran los dedos, con el trajín peculiar de los agonizantes al rechazar las sábanas y mantas que los cubren. Las caras son del color de la cera; pero, a veces, un reflejo del expirante sol, que no acaba de ponerse, las aviva con un toque rojizo. Vestiduras de púrpura, sayos de piel de carnero, sayotes de bayeta, briales de seda joyante, pingajos de mendigo, se rozan, se confunden en el remolino vertiginoso de la danza general. ¿Dónde están las preocupaciones de clase, las severas prescripciones de la etiqueta? ¿Dónde el imán de la pasión, que hace que dos manos se busquen entre cientos de manos, en una cadena de baile? ¿Dónde el odio, que separa más que altas paredes y millares de leguas? ¿Dónde todo lo que los humanos han creado para entretener el ignoto plazo de tiempo que les concede la Guadañadora, y para olvidar, entre estrépito, farsa, mentira y vanidad, la verdad única?

Una risa silenciosa dilataba mis labios viendo realizado el ideal de fraternidad e igualdad de tan perfecto modo. Nadie se acordaba, entre los danzantes, de lo que había sido durante el tiempo, siempre breve, otorgado por el esqueleto a la ficción vital, a la tramoya humana. O, por mejor decir, ahora que el inexorable acreedor presentaba su cuenta, todos sabían que no habían sido nada, nada, nada, más que puñados de polvo amasados por un alfarero en esta o aquella forma; polvo cuajado en barro quebradizo. Al romperse, sus tiestos y tejuelos se estrechan, cual confundidos en inútil montón se hermanan los restos en el muladar, antes de ser barridos con enfado y desprecio.

La ronda, no obstante, me parece, no sé por qué, escenografía, algo artístico, versificado, pintado, tejido, sin realidad inmediata. Esto, pienso yo, es cosa sugerida por la Edad Media, que, como nadie ignora, fue un periodo triste, renegador de la vida, amigo de la muerte... ¡Bah! ¡Pch!... La tal ronda es un baile viejo; ni más ni menos que la «danza macabra» del poeta judío amigo de don Pedro el Cruel; en suma: literatura y teología... ¡En nuestros tiempos hemos reemplazado la danza macabra por la danza griega de las ninfas y faunos, ronda jocunda, símbolo de la alegría de vivir! Anticuada está la procesión de la Seca...

Y en el mismo punto en que se me ocurre tal observación, que revela mi cultura y mi sentido moderno, el corro de baile, gigante por la grisácea llanura, alzando una polvareda, que es menuda, sutilísima ceniza de corazones -se ensancha para dar paso a nuevas parejas-. Ya no visten éstas ni púrpuras ni terciopelos cortados; ya no cubren sus cabezas tocas ni birretes. Llevan el mismo traje que yo, las propias vestiduras que Camila y que Trini; su ropa la han confeccionado sastres y modistas, sus manos calzan el guante actual. Pero sus caras son también céreas, y en sus mejillas, el sol lánguido difunde el mismo resplandor de hoguera que expira. Y a esa gente nueva que se mete en danza, ¡yo la conozco! Son amigos que desaparecieron, son figuras medio borradas ya de mi recuerdo, que ahora se alzan con el mismo relieve que tenían en vida, cual si me hablasen, cual si acabasen de estrecharme la mano con la suya actualmente helada. A unos les he querido y servido; a otros les he criticado, les he detestado algunas horas de mi existir; a aquél, yo le admiraba, le envidiaba en secreto; al otro, le he llamado imbécil, cretino, en círculos, intelectuales... Y aquél que pasa fue mi rival unos meses, y por él me engañó y mintió y traicionó aquella que alza la pierna bonita, a la señal perentoria dada por el esqueleto con su pala de enterrador... Pasan, pasan, pasa mi existir, resumido, como el de todos los mortales, en unas cuantas fisonomías de semejantes míos, que me hicieron bien o mal, que me inquietaron con el enigma de su espíritu o de su destino. ¡Y he aquí la clave del enigma de ellos y del enigma de los demás y del mío, he aquí la clave!... ¡La clave del enigma humano!... ¡La danza general de la Muerte!...

¡Dios me asista! ¿Me engaño? ¡No! Ahí salen también a danzar los propios, los de mi sangre, los que siento en mí todavía... Danza mi pobre padre, el soñador, con su cabellera romántica al viento; y, arrebatada mal de su grado, danza mí majestuosa madre, resistiendo. apretados los labios y crispada la mano que magullaron las falanges del esqueleto tiránico. ¡Y aparece también la figura más familiar! Camila, la propia Camila, señora distinguidísima, con su original y celebrado traje de terciopelo muselina verde almendra (me enseñó ella este recitado) y su sombrero parisiense de plumaje llorón, entra en danza sirviéndola de pareja un pobre diablo, uno de esos famélicos que se sitúan, astroso el traje y entreabiertas las botas, en las esquinas, al anochecer, para susurrar pedigüeñerías... ¡Oh entonada, oh correcta Camila! ¡Si así creyeses que has de danzar, más pronto danzarías, porque habrías de morirte de repente, de susto y escándalo! ¿Hola? Detrás de Camila veo a Trini, agarrada a un vejancón que parece un sapo de pie... Y Trini danza, danza, sin preocuparse de su pareja: en este baile no se elige; es la promiscuidad de los antiguos ritos, de los cultos a las diosas sin freno. También la Seca -como su derrotada adversaria, la Lozana, la Mentirosa- goza en producir nefandos contubernios, aproximaciones imposibles, himeneos monstruosos, contrastes goyescos...

Quiero gritar, y la voz se me apaga. Acaba de salir a danzar una pareja nueva... ¡Rita! ¡Rita!, ¡y de la mano de su niño; de la mano de Rafaelín!

Para bailar con su nene se ve obligada a bajarse. Sus cabellos de tinieblas, flotando, hacen resaltar la blancura sepulcral de su cara exangüe y delicadísima. El niño, tan rosado, ahora tiene carrillos de azucena... y los dos, arrastrados por el torbellino, fascinados por la mueca sardónica de la Guadañadora, brincan, se contorsionan epilépticos, y corren desbocados hacia la sima central.

Movido de horrible curiosidad, me acerco a la boca del pozo del abismo. Allá en el fondo -si hay fondo-, a profundidad incalculable, creo distinguir otro resplandor semejante al del sol enfermo y exánime que alumbra la llanura gris... Es algo confusamente rojizo, que se inflama y se extingue; es el ojo de carbunclo de un dragón que parpadea... ¡Fuego...! ¡Fuego...! ¡Hay fuego en la sima!


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La voz de Marichu, ronca de susto:

-¡Señorito! ¡Señorito! ¡Venga! ¡La señorita se muere!

Y el médico y yo, despertados a un tiempo, él del feliz sueño de la buena digestión, yo del devaneo de mi fantasía volando con alas de murciélago, nos precipitamos hacia la alcoba.


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