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La tradición de Pavón

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La tradición de Pavón


Esta batalla, desgraciadamente no la última entre argentinos, tuvo la fortuna por sus resultados, fuese el punto de arranque de la definitiva organización nacional.

I

Cincuenta años han pasado!

¿Por qué marchaban á la muerte el 17 de Septiembre de 1861 treinta y seis mil argentinos, unos frente á otros, por iguales partes más ó menos, como se encontraban divididos el resto de sus conciudadanos?

Sobre verde campo dilatado, pradera en flor de anticipada primavera incitando á la alegría del vivir en la fecunda provincia de Santa Fe, cuya prosperidad le ha convertido en granero de la República, cuyos sobrantes de riqueza en millares de millones del dorado grano se exportan, ¿por qué resonaban en todos sus ámbitos órdenes y clarines de matanza? ¿Es que para tener ópima cosecha indispensable fuera abonar la tierra, una vez más, con sangre de hermanos?

Nada más distante de nuestro ánimo al tributar homenaje á los promotores de triunfo tan benéfico en sus resultados, que el de revivir apasionamientos ó reabrir heridas cicatrizadas.

Acciones hay que se valorizan por sus consecuencias, y fué la de aquel día algo más que la brillante carga de caballería llevándose todo por delante, de un lado; á la vez que por el opuesto el ímpetu de la infantería de Buenos Aires vencía todo obstáculo hasta formar sus armas en pabellón en los jardines de Palacio, durmiendo sobre el campo de batalla.

Esas armas en descanso, cuyos pabellones desarmáronse sólo cuando déspota extranjero invadió el suelo de la Patria, marchando desde entonces en estrecha fila los que allí se desgarraban, y esas mismas denominaciones «porteños» y «provincianos» que empezaran á desvanecerse, no fueron los menores timbres de jornada que terminó en el abrazo nacional...

II

Las 2 y 20 señalaban, en esa nublada tarde de un viernes, relojes que se abrieron al resonar el cañonazo con que el mayor Nelson (de la artillería al mando del Coronel Santa Cruz) inició la batalla, en momentos que el General Urquiza bajando de la azotea en la Estancia que respaldaba sus infantes, repetía: «¡Se vienen los porteños y se vinieron!» Descubriendo, por el orden de marcha, dirigíanse á atacar el centro, tratando de dividir su línea, mandó al General Galarce cargara con la caballería de la derecha la que tenía á su frente.

Hora antedicha era cuando se divisó nubecita azulada ascendiendo en espiral, ensanchando círculos de humo, y en pos de relámpago fugaz, negra bala silbadora transportando la muerte que después del primer y segundo rebote picó en medio del brioso «obscuro» cabalgado por Mitre y el «picazo» que montaba su secretario.

Con la apacibilidad de siempre:

—No se ha decidido por ninguno de los dos—dijo indiferente el General.

—¡Por lo que no le quedamos resentidos!—contestó con igual aplomo el doctor Gutiérrez (José María).

Alguna de las que le siguieron á corta distancia de los tenientes Dardo Rocha y José Ignacio Garmendia, dió en tierra con un ilustre médico. Alma de la joven generación de Córdoba, era á la vez eco elocuente del partido liberal en el interior. Discípulo de otro cirujano notable, última víctima en Caseros, fué, como su maestro, una de las primeras de Pavón. En la prensa de su ilustrada provincia, en el Congreso del Paraná, como en el campamento á que llegó de los primeros encabezando jóvenes liberales de todas las provincias, el doctor Modestino Pizarro fué la representación genuina del partido liberal. Porque bueno es recordar que no obstante acriminaban los defensores de la ley federal jurada de estrechas ideas de localismo á Buenos Aires, en sus Cámaras, en su prensa, en su ejército, hallábanse dignamente representadas las catorce provincias en el partido liberal de ideas más avanzadas.

Buenos Aires no se encontró sola en lucha tan prolongada por constitucionalizar la República. Si Corrientes, Salta y Tucumán no arribaron á tiempo, no fueron las únicas que impidieron se levantara muralla china en el Arroyo del Medio, á manera de cordón sanitario contra el contagio del progreso á ese lado.

Expulsada la representación de Buenos Aires del Congreso Federal en el Paraná, uno de sus diputados exclamó:

—Abriremos las puertas á cañonazos, para congregarnos definitivamente!...

III

Sordo rumor lejano primeramente, aumentando luego, creciendo y creciendo hasta retemblar toda la tierra, se aproxima, llega y pasa como tromba devastadora. Espeso terragal entenebrece los aires, y gritos, ayes y exclamaciones aumentan confusión. ¡Es la caballería de Buenos Aires que se dispersa! A pesar de rebalsar las dos alas de la contraria, deserta del campo sin disparar un tiro ni cruzar una lanza.

El Comandante Ortega en su última noche había dicho en el fogón de la gran guardia avanzada, desconfiando de milicos novatos, los mismos que dispararan en Cepeda:

—Al soldado que dispare debe rasurársele un bigote, semejando el castigo con que Wéllington afrentó los cazadores ingleses, vistiéndoles con polleras en España, al doblarse frente las águilas imperiales.

Y ambos jefes, éste y el Coronel Benavente, beneméritos en la Cruzada Libertadora con Lavalle, cayeron los primeros al arrojarse á detener fugitivos. Estaba reservado al decano hoy del ejército argentino, Teniente General Alvarez, volver el lustre de la caballería porteña sobre el extranjero, reviviendo las hazañas de los Granaderos de San Martín con el regimiento de ese nombre y en los cenagosos esteros paraguayos.

Las infanterías, calzando guantes blancos jefes y oficiales, sonreían con desprecio al ver desapareciendo el poncho flotante que corría á esconderse en los confines del desierto.

Ese primer contraste lejos de ser precursor de otra derrota, sirvió para hacer resaltar el triunfo de los disminuídos, pero no apocados. No á pie firme, sino con paso acelerado llegaron éstos á apoderarse de baterías á su frente, después de un fuerte cañoneo que conmovió la línea de los federales. El Coronel Paunero, jefe de Estado Mayor, recibió orden de avanzar con los batallones del centro, apoderándose de la infantería y cañones, secundado por los batallones al mando de los Coroneles Agüero y Mitre. Este saltando sobre un segundo caballo (muerto el primero por bala de cañón), trataba de persuadir con su voz de trueno á los entusiastas del 2.° de línea de que avanzando precipitadamente desviaban la muerte, pues descendiendo de la loma más pronto salvaban la zona peligrosa, cruzando las balas por elevación. El Comandante Gainza, espada y revólver en mano, enderezaba á caballazos los reclutas de Zárate y don Mateo Martínez ensayaba el «2 de Oros» para sus hazañas en la guerra de cinco años.


Una hermosa carga de diez mil caballos lanzada á media rienda sobre la verde pampa pasó con alas de huracán entre torbellino de tierra: los clarines tocando a degüello, choque de vainas, retintín de espuelas, gritos y órdenes de mando, rozó el costado de los cuadros de la reserva, persiguiendo fugitivos la famosa caballería entrerriana, reguero de muertos y heridos; hombres y caballos rodaban en confuso tropel.

IV

Múltiples episodios de valor descollaron en uno y otro ejército, como antes y después se repitieron en toda ocasión por soldados argentinos.

Pero algo más que dos ó tres cargas á fondo fué aquello, si el éxito se valoriza por sus resultados, y Pavón hizo época, como observamos, punto de arranque de luminosas proyecciones que aclararon el camino.

Desde aquella hora histórica, la República toda, una é indivisible bajo el imperio de la más adelantada Constitución sin caudillos que levantaran la cabeza sobre las tablas de la ley, á su fuego se forjó el eslabón que solidificara unión no más quebrantada.

¡Cuántos progresos sobrevinieron! Difundiéndose por todas partes la escuela, riel que encamina y adelanta, cuya difusión de conocimientos atrae y pone en contacto los más distantes miembros de la familia argentina, á la par que ese otro riel que importa y exporta ensanchando la heredad, empezaron allí!...

Desque que observó el General Mitre la dispersión de su caballería, varió de estrategia, y en un movimiento de conversión hizo avanzar todo el ejército á coronar la cuchilla que á su frente dominaba, y luego por ataque oblicuo, en rápido movimiento envolvente dió el golpe de gracia final.

Brillantes hechos de uno y otro lado. Mas á qué detallar los certeros tiros del cañón de José M.ª Moreno y Melchor Romero que hicieran remolinear la división de López Jordán y Saa, quien venía á enseñar como se rompen cuadros á lanza seca; las banderas tomadas por el 6 de línea, cuyo jefe Arredondo, rehusó la que le ofrecieran las arroyeras, prometiendo tomarla del enemigo que eran del mismo color; la última víctima, en aquel bello joven romano, (el recomendado de Garibaldi, conde Pezzutti-Peglione) caído entre las sombras de la noche al avanzar á orillas de Pavón para llenar con su agua la caramañola; y tantos y tantos otros dignos de recordación.

V

En luchas entre hermanos no hay victoria. Se obtuvo aquí la preponderancia de un principio. Si Rivas, Faccio, Abella, Roseti, Orma, Lavalle, Nazar, Campos, Somoza, Balza, descollaron por su bravura, no menos en filas opuestas Virasoro y Victoria, Arnold, Fontes, Galarce, Laprida, Goytía, Nadal, Barrera, Leguizamón y Lamela, resaltaron en la lucha, con tenacidad de raza.

No hubo sólo el triunfo de una idea; fué el complemento de la revolución de Mayo, sustentado por largos años de cruentos sacrificios. Lo repetimos: de su escenario levantóse inconmovible la nacionalidad, por lo que confirma la más grande victoria. El pueblo liberal de toda la República estuvo allí de parabienes.


Después de 50 años, volvimos á ese palenque. ¡Cuánto ha cambiado el campo de batalla! El progreso todo lo transforma. Ya no campo, ni batalla, ni otras armas brillan al sol de este Septiembre, sino las del trabajo. Pluguiera á Dios encontráranse todos los campos estrechados por la agricultura, impropios é inconvenientes para desplegar iras y furores, ambiciones y rivalidades que la civilización enfrena. Sólo cuando la razón calla, el tambor toca generala.

Por aquella hermosa portada entró un día triunfante la nacionalidad; por ella las catorce hermanas emprendieron marcha al progreso, que es la marcha triunfal que mejor hoy resuena en clarines argentinos.

Nuestra rica naturaleza, más humana, ha extendido manto de verde grana como velo de olvido sobre viejas contiendas. En el sangriento escenario donde la muerte se condensó, la vista abarca doradas mieses por todas partes. Cien molinos elevan el agua que corre fertilizando la heredad subdividida; las huellas de cañones que rodaron en doble contienda (años 1820-1861) han sido borradas por verdes taludes y altos terraplenes sobre los que rueda la locomotora del progreso. Media docena de vías férreas en todas direcciones. Doble número de Estaciones comprueban que allí donde se detiene una locomotora, alrededor de cada Estación brota un pueblo.

Finalizando con números cuya elocuencia es más convincente: uno de los resultados no menos plausibles de la acción que conmemoramos en su cincuentenario, de notar es que el estrecho campo entre Cañada Rica y Pavón, adquirido en siete mil pesos bolivianos en 1860, acaba de valuarse en millón y medio de pesos nacionales legua.

¿En qué parte del mundo la tierra aumenta de precio doscientas veces en cincuenta años?

He aquí otro resultado de lo que surgió de Pavón.

¡Cuán cierto que diez millones gastados en vías férreas, atraen más prosperidad y producen mayor riqueza que doscientos millones en buques de guerra!

¡Un piadoso recuerdo para los argentinos que cincuenta años ha perecieron en defensa de sus ideales!