La velada del helecho: 01

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Capítulo I
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La velada del helecho Gertrudis Gómez de Avellaneda


Al tomar la pluma para escribir esta sencilla leyenda de los pasados tiempos no se me oculta la imposibilidad en que me hallo de conservarle toda la magia de su simplicidad, y de prestarle aquel vivo interés con que sería indudablemente acogida por los benévolos lectores (a quienes la dedico), si en vez de presentársela hoy con las comunes formas de la novela, pudiera hacerles su revelación verbal junto al fuego de la chimenea en una fría y prolongada noche de diciembre; pero más que todo, si me fuera dado trasportarlos de un golpe al país en que se verificaron los hechos que voy a referirles, y apropiarme por mi parte el tono, el gesto y las inflexiones de voz con que deben ser realzados en boca de los rústicos habitantes de aquellas montañas. No me arredraré, sin embargo, en vista de las desventajas de mi posición, y la historia cuyo nombre sirve de encabezamiento a estas líneas saldrá de mi pluma tal cual llegó a mis oídos en los acentos de un joven viajero, que tocándome muy de cerca por los vínculos de la sangre, me perdonará sin duda el que me haya decidido a confiársela a la negra prensa, desnuda del encanto con que su expresión la revestía.

Era la víspera del día en que solemniza la Iglesia la fausta natividad del precursor del Mesías. El sol iba a ocultarse detrás de las majestuosas cimas del Moléson y del Jomman (en español Diente de Jaman), magníficas ramificaciones de los Alpes en la parte occidental de la Suiza, y la pequeña y pintoresca villa de Neirivue, situada a alguna distancia de las orillas del río Sarine en el cantón de Friburgo, presentaba en aquella tarde el espectáculo de un movimiento inusitado entre sus pacíficos moradores. La causa, sin embargo, no era otra que el estar convidados una parte de ellos, que en la época de nuestra historia no llegaban a doscientos, a pasar la velada en la casa del rico ganadero Juan Bautista Keller, poseedor del más grande y hermoso Chalet (o casería) de cuantos se conocían en Neirivue, el cual celebraba en él todos los años, en compañía de sus amigos, la noche que antecede a la festividad de su glorioso patrón.

Los viejos del país, que podían atestiguar la antigüedad que tenía en él la costumbre de solemnizar la mencionada noche con una alegre velada, acudían gozosos a tomar parte en la fiesta del espléndido Keller, que en tales circunstancias ponía a disposición de sus convidados los más exquisitos productos de su quesera, y los mejores vinos de Berna y de Friburgo. Los mozos, por su parte, no desperdiciaban la ocasión de ir a solazarse un poco de las fatigas de sus diarias faenas, animado además, cada uno de ellos con la lisonjera esperanza de merecer la dicha de bailar con la joven Ida Keller, que no era solamente una de las más ricas herederas del lugar, sino también la más apuesta y gentil doncella de cuantas pudieran encontrarse en muchas leguas a la redonda. A pesar de esto era tan modesta y tan amable la hija de Juan Bautista, que la querían de todo corazón sus compañeras, y andaban también muy listas en ir a felicitarla por el santo de su padre, ataviándose por tan plausible motivo con sus galas de los domingos.

Veíanse, pues, circular por las calles de la humilde población, dirigiéndose de todas partes al Chalet de Keller, bulliciosos pelotones de zagalas y pastores, entonando a coros aquellos cantos particulares de su país, cuyo mágico poder sería probablemente nulo para los oídos del extranjero, si no conociese de antemano ser tan grande el que ejerce sobre los naturales, que, según nos han hecho saber el elocuente autor de la nueva Heloísa, hubo que prohibir, bajo pena de muerte, que se tocasen aquellas melodías llamadas Ranz de las vacas entre los soldados suizos, a causa de ser tan enérgica y profunda la impresión que hacían en ellos, que desertaban para volver a su patria, o morían de dolor por no poder verificarlo.

La siempre limpia casería del opulento ganadero ostentaba aquel día las señales del extraordinario esmero con que procuraba la bella Ida hacerla más agradable y digna de los regocijos de que iba a ser teatro. Hallábase construida aisladamente a las orillas de un arroyuelo formado por parte de las aguas del torrente de Hongryn, que después de perderse entre las villas de Allières y Montvon vuelve a aparecer cerca de la Neirivue, cuyo nombre toma, andando para ello cerca de legua y media por un canal subterráneo.

Lo exterior de aquel sencillo edificio de madera no ofrecía nada que notable fuese, mas cuando se traspasaban sus humildes dinteles, echábase de ver que no carecía en él su dueño de ciertas comodidades, no comunes en los Chalets, que no consistían generalmente sino en cuatro extensas paredes de madera formando un cuadro, con techo de tablas sobrecargado de piedras para servir de abrigo en el mal tiempo a los ganaderos y a sus reses, que se aposentaban juntos en maravillosa armonía.

Distinguíase el de Keller tanto por la mayor solidez de su construcción, como por su capacidad y buen arreglo. Constaba como los otros de un solo piso bajo, pero suficiente para prestar alojamiento a los varios pastores que empleaba Juan Bautista en la guarda de su numeroso ganado, teniendo además un espacioso departamento reservado para el propietario, y que será el único de que hablaremos, por ser el destinado a servir de punto de reunión a los convidados a la velada de San Juan. Componíase, pues, dicha parte de la casería de dos salitas cuadrilongas, de las cuales una estaba señalada el día a que nos referimos para la recepción de los convidados, y la otra para las mesas en que debían disfrutar más tarde la agradable refacción que se les preparaba. Servían de ornato a las paredes de la primera varias cornamentas de gamuza, que indicaban no ser Keller menos buen cazador que ganadero; confirmando la verdad de dichas señales los grandes cuchillos de monte que alternaban con aquellas, y las escopetas que en unión con gruesos garrotes de agudas y férreas puntas (indispensables a los que transitan por los Alpes), se veían hacinadas debajo de las altas rinconeras clavadas en los cuatro ángulos de la sala. Dos largos bancos de pino se extendían por dos testeros de esta, y una monstruosa mesa de encina que ocupaba otro, y algunas sillas de haya agrupadas cerca del hogar enfrente de aquella, completaban el mueblaje que tenía por exuberancia la añadidura de cuatro figuras de aliso hábilmente labrado, representando a la Santa Virgen, al bienaventurado San Juan Bautista, al glorioso apóstol San Pedro y al bendito San Nicolás, que es objeto de especial devoción entre los friburgueses. Se ostentaban las mencionadas efigies sobre las rinconeras de encina, entre jarrones de flores agrupadas con tal arte y variedad de colores, que demostraban haber andado en ellas la delicada mano de Ida Keller.

A pesar de la buena disposición de su Chalet, el ganadero era bastante rico para no vivir en él, y había hecho construir en el centro de la villa una linda casa de dos cuerpos, en la que se daba la importancia de un señor feudal, si bien conservando siempre a su Chalet el exclusivo privilegio de servir de teatro a las campesinas fiestas de la víspera de su santo.

La tarde era serena y el sol acababa de desaparecer, dejando coronadas las montañas con brillantes aureolas de sus últimos rayos, cuando los convidados de Keller comenzaron a llegar al Chalet, que al punto fue iluminado con numerosas hachas de viento, sembradas en las márgenes del arroyo, y por grandes faroles que se encendieron en lo interior de la casa. Juan Bautista, con un aire de hospitalidad verdaderamente patriarcal, salió al encuentro de sus huéspedes, mientras que su graciosa hija, puesta de pie en el umbral, tendía por todos los grupos que se aproximaban anhelantes miradas cual si intentase distinguir algún objeto, que sin duda no logró encontrar, pues exhalando un largo suspiro se adelantó enseguida a recibir a sus alegres compañeras con una sonrisa que tenía algo de forzada y melancólica.

En breve fue tan numerosa la concurrencia, que hallándose apretados en la pequeña sala del Chalet y viendo la serenidad del tiempo, corrieron los jóvenes de ambos sexos a esparcirse y a bailar a las orillas del arroyo; mientras que las personas de edad madura tomaban posesión, en fuerza del hábito, de las inmediaciones del apagado hogar.

A los sonidos del tamboril y la zampoña, que tocaban dos pastores, la bulliciosa tropa juvenil comenzó a bailar con creciente vigor; pero Ida continuaba distraída y displicente, negándose a tomar parte en el baile por más que la invitasen a porfía los mejores mozos de la reunión, y que la diesen incitantes ejemplos de compañeras. Sin embargo, quien la observase atentamente hubiera notado poco después iluminarse de repente su mirada con la inefable expresión de la esperanza; mientras sus oídos parecían atender con la vigilancia de un perro a cierto leve rumor que apenas se podía percibir entre el ruido que armaban los bailadores; y también habría echado de ver que una sonrisa deliciosa vagó fugaz sobre el carmín de sus labios en el instante en que vino a interrumpir momentáneamente la danza pastoril la aparición de un nuevo personaje.

Era este un joven como de veintidós a veintitrés años, delgado, esbelto, de estructura nerviosa, con hermosos ojos y rizados cabellos oscuros, tez fina y pálida, y manos cuya blancura indicaba no pertenecer a un hombre consagrado a los trabajos del campo. «¡Arnoldo Kessman! ¡Arnoldo Kessman!», exclamaron al verle los circunstantes. «¡Que baile con Ida!». «Sí, que baile con Ida», -repitieron, aunque de mala gana, los mancebos.

El recién llegado obedeció presentando su diestra a la hermosa hija de Keller, que no se negó esta vez a tomar parte en la danza: no, empero, sin decir antes a su pareja con tono de reconvención:

-¡Sois el último que habéis venido, Kessman!

-Ya sabéis que soy un verdadero esclavo, Ida -respondió el joven al conducirla-: os he dicho cien veces que estoy sujeto al hombre más astuto e intratable de la Helvecia.

-¡Oh! ¡salid de su casa! dejad a ese rudo conde de Montsalvens -repuso la doncella-, ¿os parece justo que no podamos vernos sino cuando su capricho lo permite?

El joven suspiró, pero no contestó palabra porque la danza se comenzaba en aquel momento. Mientras ella dura quiero dar algunas noticias a mis amables lectores respecto al individuo cuya presencia ha disipado los enojos de la linda Keller, y del otro que parece haber sido causa de la tardanza que diera origen a aquellos.

No era ciertamente la época de nuestra historia de las más prósperas para el feudalismo, en la antigua Helvecia sobre todo; pero hay que advertir que el lugar que tenemos por especial teatro es precisamente el que conservó por más tiempo el sello de aquel sistema.

Corrían los primeros años del siglo XV, y no se contaba todavía Friburgo entre los cantones emancipados, cuya confederación aun no estaba consolidada con las victorias de Grandson y de Morat, obtenidas a mediados del mismo siglo. No se preveía entonces aquella próxima ruina del poder de Borgoña, ni menos se contaba con los repetidos desastres que habían de forzar poco después al emperador de Alemania a renunciar sus derechos y a celebrar la paz con la Suiza. Los friburgueses, constantemente agradecidos a los privilegios que les concediera Rodolfo de Hamburgo por los años de 1274, se mantenían fieles y adictos a la potestad del Austria, fidelidad en que preservaron en medio del contagio de tan opuestos y victoriosos ejemplos hasta que en 1450 la misma Austria tuvo a bien eximirle de sus juramentos.

Así, pues, aunque el feudalismo hubiese comenzado a caer en Helvecia desde el siglo XIII; aunque las cruzadas disminuyendo las familias privilegiadas, favorecieran el desarrollo de las ciudades, y que la triunfante insurrección de Uri, Schwytz y Unterwalden, en 1308, hubiese dado un golpe mortal a la nobleza, ligada con el Austria en contra de ellos; ni esto ni los nuevos levantamientos que se sucedían rápidamente, siempre coronados con el triunfo, habían podido destruir el prestigio de las casas aristocráticas en el cantón de Friburgo, que leal por excelencia en aquella época dio repetidas muestras más tarde de su decidida inclinación a la oligarquía. El feudalismo, pues, amenazado por todas partes, y muchas completamente hundido, declinaba con gran lentitud en aquel lugar, y hallaba en él una seguridad que en vano hubiera buscado en ningún otro de la antigua Helvecia, que tomó el nombre de Suiza desde el sangriento bautismo de Morgarten.

Entre los grandes señores, cuyos dominios se hallaban en Friburgo, uno de los más ricos e ilustres, después de los condes de la Gruyere, era el de Montsalvens; y al poseedor de aquel título en el año de nuestra historia servía en clase de paje Arnoldo Kessman, que, como ya han podido adivinar nuestros lectores, es el amante preferido de la bella Ida Keller. Según se decía entre las gentes de Neirivue, pertenecía aquel joven a una familia noble, aunque no legítimamente, y era tan pobre que nada poseía en el mundo sino la protección de su señor, de la cual, a decir verdad, poco podía esperar atendido el profundo egoísmo que caracterizaba a aquel personaje. Pero Arnoldo vivía en su castillo desde los primeros años de su vida, y aunque debía ser forzosamente infeliz en la dependencia de un hombre tan rudo como lo era, según la opinión general, el conde Montsalvens, el pobre joven a quien amenazaba la indigencia, aceptaba agradecido el amargo pan que se le concedía bajo aquel techo inhospitalario.

Instruidos ya los lectores de estas no insignificantes circunstancias, volvamos a buscar a la juvenil cuadrilla que acababa de terminar su prolongada danza.

-¡Arnoldo! -decía un robusto mocetón, que veía con envidia las preferencias que aquel alcanzaba de la bella hija de Juan Bautista, y que deseaba probar ante esta la superioridad de su propio mérito, graduado por él según la extensión de las fuerzas corporales-. ¡Arnoldo! ¿queréis luchar conmigo? aquel que derribe a su contrario tendrá derecho de estar toda la velada cerca de Ida Keller.

-Forma un talle como el mío cada uno de vuestros brazos, Gerster -respondió el provocado-; pero no importa: lucharé con vos si lo permiten estas beldades.

-No por cierto -dijo Ida asiéndose de uno de los brazos de su amante-. Mirad, amigos, el cielo se va oscureciendo mucho, y viene de las montañas un viento desagradable. Os ruego que volvamos al Chalet, donde ya debe estar preparada la frugal colación en que tenéis la bondad de querer acompañarnos.

-Tiene razón Ida -dijo otra de las doncellas-: ¡estaba tan hermoso el tiempo hace un momento!... ¡Kessman! -añadió riéndose-, habéis traído con vos la tempestad.

-Es que la llevo siempre en el corazón -dijo Kessman en voz baja a su bella compañera, y empezó a andar con ella en dirección al Chalet, siguiéndolos en pelotón toda aquella gente turbulenta, que inundó con un torrente el hasta entonces pacífico recinto en que platicaban las personas sensatas.

Habían discutido sin alterarse sobre los precios de los cereales en aquel año; graduado la exportación de quesos que tuviera Friburgo; y aun entraban ya en la enumeración de las arbitrariedades y rapiñas del gobernador austriaco, a quien cordialmente detestaban a pesar de sufrir pacientemente su yugo, cuando se vieron de pronto interrumpidas sus importantes conversaciones por la bulliciosa tropa que invadió sus dominios y desterró de ellos para siempre toda esperanza de calma. En balde los más ancianos, que son por lo común los más tenaces, intentaron repetidas veces reanudar el roto hilo de sus agradables pláticas; imposible era entenderse en medio de la algazara de la joven cuadrilla que intentaba continuar en la sala el baile comenzado en el campo, y para acallar a unos y disipar el enojo de otros, Juan Bautista creyó lo más prudente anunciar en alta voz que iban a dar las nueve, y que le parecía conveniente pasar a la otra sala donde la refacción los esperaba.

Nadie oyó con disgusto tan halagüeña invitación y en un instante se vieron sitiadas por todos lados dos largas mesas, colocadas paralelamente en medio del cuadrilongo que formaba el nuevo recinto, las que, cubiertas por blancos manteles, ostentaban a porfía los más ricos quesos del país y las más exquisitas mantecas, alternando con promontorios de sazonadas y diversas frutas, y flanqueadas por anchas ánforas llenas de vino, y por cestillos de mimbres atestados de tortas de cebada amasadas con manteca, y de blancos panecillos de trigo.

Durante algunos minutos preocupó tanto a los convidados de Keller la presencia de aquellos apetitosos objetos que no se limitaba a gozar con el solo sentido de la vista, que reinó gran silencio en toda la compañía y pudo oírse el ruido del viento que arreciaba por instantes, probando que el inconstante cielo de la Suiza había hecho suceder la tempestad a la deliciosa calma con que comenzó la noche.

Sin embargo, la gente desvelada no parecía inquietarse por aquel cambio repentino a que están asaz habituados los moradores del país, y como la estación alejaba los temores de una avalancha, ni los silbidos del viento, ni los sordos y dilatados truenos que devolvían las montañas, interrumpieron las inequívocas señales con que daban a entender a Juan Bautista que encontraban verdaderamente deliciosa la colación prevenida.

Dos personas únicamente hacían poco honor a los incitantes manjares; eran Ida y Arnoldo, que aprovechándose de la general distracción entablaron en voz baja el diálogo siguiente.


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