La velada del helecho: 04

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Capítulo IV
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La velada del helecho Gertrudis Gómez de Avellaneda


Era el 27 de junio: habían trascurrido tres días desde la noche de la velada y Arnoldo Kessman no había vuelto a aparecer por la casa de su querida. No era ciertamente la primera vez que pasase tanto tiempo, y aun otro más dilatado sin verse nuestros jóvenes; pues distaba cerca de tres leguas el castillo de Montsalvens, y no siempre alcanzaba permiso el paje para ir a pasearse a Neirivue, ni tenía proporción de escaparse sin que se notase su ausencia. Nunca, empero, había sido tan alarmante y dolorosa para Ida la separación de su amante como lo era la vez a que nos referimos: la doncella, que no podía explicarse a sí misma satisfactoriamente la conducta de aquel en las últimas horas de la velada, ansiaba ocasión de hablarle, y después de pasar tres largos días en inútil expectativa, resolvió hacer ella alguna diligencia para encontrar a aquel que parecía olvidarla. Era domingo y tales días, en la buena estación, solían las zagalas subir al Moléson en las primeras horas de la mañana para correr y bailar a sus anchuras aprovechando la festividad. Arnoldo había asistido algunas veces a aquellas reuniones matutinas, y no dejaba Ida de tomar parte en ellas siempre que Juan Bautista se hallaba favorablemente dispuesto en el instante de pedirle su permiso. Por fortuna sucedió así el día 27 de junio, y la joven, que no había dormido mucho la noche anterior, saltó del lecho a los primeros gorjeos de las aves que saludaban al alba, y vistiéndose con ligereza corrió a juntarse a la lozana tropa juvenil que iba a emprender la subida al compás de los tamboriles y zampoñas.

Estaba alegre y fresca la madrugada, y las muchachas gozosas y juguetonas como los pájaros que saltaban trinando entre las ramas de los árboles, y como los corderos y ternerillos que triscaban subiendo por las hervosas faldas de la montaña; pero nada alcanzaba a distraer a nuestra heroína de sus amorosas inquietudes, y en medio del regocijo de la naturaleza parecía presentir su corazón que aquel día, que comenzaba tan sereno y tan puro, sería origen para ella de graves e inesperados sucesos.

El Moléson, elevado 1997 metros sobre el nivel del mar, notable por su forma pintoresca, por sus riquísimos pastos y por las plantas útiles y raras que abundan en él, es además uno de los puntos de más hermosas vistas que pueden gozarse en aquella parte de la Suiza. No lejos de su cúspide se eleva también la del Jomman desde la cual exclamaba trasportado el célebre autor del Childe-Harold: «¡Esto es hermoso como la ilusión de un sueño!». En efecto, así en aquella altura como en la del Moléson admira embelesado el viajero uno de los cuadros más grandiosos que puede presentar la naturaleza. La vista se extiende por todo el rico territorio de Friburgo; contempla el de Vaud encajonado entre elevadas cumbres; recorre gran parte del de Berna, Soleure y Neuchatel, con su borrascoso lago; alcanza las amenas orillas del Morat, y siguiendo la inmensa cordillera del Jura, penetra en el Cantón de Basilea; descubre la Saboya y el bajo Valais, y se pierde en el magnífico anfiteatro de los Alpes.

Las vacadas y rebaños de las cercanías cubrían las pendientes de la montaña, y mientras los pastores que las custodiaban se reunían a las jóvenes y preparaban sentados en la yerba un desayuno frugal, Ida de pie en lo más elevado de la cima tendía a un lado y a otro sus afanosas miradas, indiferentes, sin embargo, al soberbio espectáculo que se ofrecía ante ellas. ¡Arnoldo no estaba allí, Arnoldo no aparecía por ninguna de las subidas del monte!

Ida, para quien ningún atractivo tenía ya aquella fiesta campestre, se escabulló sin ser notada en el instante en que se disponía una contradanza, y comenzó a bajar sola y triste por el sendero más corto. Insensible a la fatiga y a los ardores del sol no hizo la menor parada durante el camino, y apenas podrían ser las once de la mañana cuando se encontró otra vez a la puerta de su casa. Un grito de jubilosa sorpresa se escapó al punto de su pecho: ¡Arnoldo la aguardaba en los umbrales! Hasta aquel momento no había sentido su cansancio la preocupada joven: entonces no pudo resistir a este y a su emoción, y cayó casi desfallecida en los brazos de su amante. Arnoldo la estrechaba apasionadamente sobre su corazón; pero no articulaba palabra, y era tan singular la expresión de su rostro que ni el observador más hábil hubiera podido decidir si indicaban satisfacción o enojo, placer o dolor, esperanza o pavura.

-¡Cuánto he deseado veros! -dijo por último la doncella-. Dadme el brazo Arnoldo, y entremos en mi casa: necesito sentarme; apenas puedo tenerme. He subido y bajado la montaña en busca vuestra, y aunque estoy acostumbrada a largas caminatas, y el gozo que siento ahora me hace dulce la fatiga, con todo, me encuentro verdaderamente rendido. ¿Qué os habéis hecho? -prosiguió con ternura, mientras subía apoyada en el mancebo la empinada escalera de su morada-. ¿Os ha sido imposible hasta ahora alcanzar permiso del conde para venir a Neirivue?

-¡De hoy en adelante -respondió Arnoldo-, no será menester licencia de nadie para veros! He dejado el servicio del señor de Montsalvens.

-¿Habéis sido despedido, Kessman?

-No, Ida, me he despedido yo: ¿soy acaso siervo del conde? ¿No está a mi arbitrio servir a quién me acomode?

-Parecéis muy alterado, amigo mío: ¿habréis recibido algún injusto castigo? ¿alguna afrenta? ¿Tuvisteis la desgracia de irritar a vuestro señor?

-No: le he dicho simplemente que no me convenía permanecer más tiempo a su servicio porque iba a casarme.

-¡A casaros!

-De eso quería hablaros.

-¡Arnoldo! ¡temo que no esté muy en caja vuestra cabeza! ¡Estáis demudado, y luego, decís unas cosas!

El ex paje pasó sus manos por su frente y sus cabellos cual si quisiera borrar todas las señales de la extraña turbación que leía la doncella en su semblante, y dijo luego con acento más tranquilo:

-Sí, Ida, espero obtener vuestra mano, y quisiera hablar hoy mismo a vuestro padre. ¿Sabéis dónde se halla?

-Miradlo venir hacia aquí; pero ¿qué pensáis decirle, Kessman? ¿No estáis persuadido vos mismo de que jamás consentirá?

-Callad, Ida, y dejadme con él; mas no, pronunciad antes que estáis pronta a ser mi mujer si vuestro padre lo aprueba.

-¿Podríais dudarlo? pero decidme vos, en nombre del cielo, Kessman...

Antes de que pudiera terminar su frase la sorprendida joven entró Juan Bautista en la estancia, y al encontrar a su hija sola con Arnoldo frunció su poblado entrecejo, y aun hizo ademán de querer expresar su descontento con alguna ruda palabra, que ya acudía a sus labios, cuando adelantándose el joven, le dijo resueltamente:

-En vuestra busca vengo, señor Keller, necesito hablaros.

-¡Hacedlo pues! -respondió con sequedad el ganadero, sentándose junto a una mesa en la que empezó a desenvolver un gran paquete de pólvora que acababa de comprar.

-Debéis conocer -dijo acercándose Arnoldo, mientras Ida, toda amedrentada, se arrinconaba al extremo opuesto de la sala-, debéis conocer, señor Keller, que hace más de un año que amo apasionadamente a vuestra hija, y no concibo felicidad posible si no alcanzo que me la deis por mujer.

-¡Hum! ¿qué decís? -pronunció Juan Bautista soltando su paquete y mirando al joven pasmado de su audacia-. ¡Daros por mujer a mi hija!

-Esa es toda mi ambición -repuso aquel, perdiendo visiblemente la serenidad con que comenzó a explicarse.

-Bien lo comprendo -dijo con maligna sonrisa el ganadero-. Ida es hija única de un hombre que puede alfombrar con sus quesos todo el camino de Neirivue hasta el Moléson: pero aunque me hagáis la justicia de creer que no soy ni avariento ni orgulloso, bien podríais conocer que no es posible consienta en entregar mi heredera a quien nada posee en el mundo. No es justo que Ida compre a su marido, ¿entendéis? Hay un antiguo refrán que dice: «para que un casamiento sea dichoso, es menester que uno de los dos lleve el almuerzo y el otro la comida».

-Eso me parece muy bien -replicó el joven-; pero no presumo que exijáis sea un potentado vuestro yerno.

-No, ciertamente -dijo Keller-; ni un potentado ni un mendigo; ni más ni menos que mi hija; pero sabed, Kessman, que el día que se case Ida llevará por dote a su marido un alpage de primer clase con una sennte de doscientas vacas de las mejores del país, con la añadidura de trescientos ducados de Berna en buena moneda de oro.

-¿Os bastaría -dijo Arnoldo-, que esa dote pudiera ser aumentada por el marido de Ida con mil piezas de oro de treinta y dos franken?

-¿Qué duda cabe? -contestó el ganadero, que no sabía qué pensar de todo aquello. Os he dicho que no ambiciono por yerno un potentado, que me contento con que mi hija no caiga con su dote en manos de un descamisado; esto no lo digo por vos, Arnoldo, no trato de ofenderos en lo más leve. Si se le presenta un partido ventajoso, y por tal estimaría al mozo que comenzase su carrera con mil piezas de oro de treinta y dos franken, no solo lo aceptaría gustoso, sino que hasta aumentaría la dote de la niña con cincuenta vacas más.

-Pues yo venía precisamente a rogaros, señor Keller, que me guardéis en depósito esa suma, que traigo encima y que me pesa sobrado -dijo el joven desenvolviendo su talle de dos anchas fajas elásticas que tenían por entretela lucientes monedas de oro. Las cuales empezaron a caer sobre la mesa a medida que las sacaba su dueño de aquella especie de cárcel.

Juan Bautista, con los ojos desmesuradamente abiertos y atentos los oídos al sonido del metal (pues no se fiaba del testimonio de un solo sentido), miraba sucesivamente a Arnoldo y al dinero, sin acabar de persuadirse con todo eso de que era realidad lo que pasaba a su vista.

-Aquí tenéis mil piezas de treinta y dos franken -dijo Kessman cuando acabó de amontonar delante del ganadero todo el oro que traía-: podéis contarlas si gustáis.

Hízolo así Juan Bautista, mientras su interlocutor, aprovechando el momento, buscó con los ojos a Ida, que alelada con lo que presenciaba desde su rincón, apenas podía decir si estaba despierta o dormida. El joven se acercó a ella, la tocó por la mano, y el ganadero se halló con entrambos enfrente cuando concluyó la cuenta.

-Mira, Ida, mira -dijo trasportado-: ¡mil piezas de oro de treinta y dos franken! ¡de Arnoldo, todo es de Arnoldo! ¿no es así, mi guapo Kessman? ¿vuestro exclusivamente?

-Sí, señor Keller; esa suma me pertenece, y si ella os parece suficiente para equilibrar mi posición con la de Ida, los dos os suplicamos ahora que señaléis sin demora el día de nuestra anhelada unión.

-Ningún inconveniente veo -respondió Juan Bautista-; ¿pero sabéis que no hubiera sospechado jamás fuese tan generoso el conde de Montsalvens? ¡Mil piezas de oro de treinta y dos franken!... Creo ahora positivamente, mi querido Arnoldo, que era fundada, exacta la suposición que hacían en el lugar... sí, el señor de Montsalvens es vuestro padre.

-No es el conde de Montsalvens quien me ha hecho ese donativo -repuso el mancebo bajando los ojos y cambiando de color dos o tres veces en un minuto.

-¡No ha sido el conde!... pues mirad, me alegro, Arnoldo; me alegro que no debáis la vida ni la fortuna a ese usurpador de los dominios ajenos. Pero decidnos pronto, decidnos quién es el protector generoso...

Arnoldo le interrumpió diciendo con tanto enfado como descontento:

-Os ruego encarecidamente que no me hagáis pregunta ninguna: debéis comprender que hay a veces circunstancias... circunstancias graves que exigen secreto, y...

-Estoy en todo -dijo Keller-, queriendo prestar a su ancha y mofletuda cara un aire de sutil penetración. Hay mezcladas en este negocio personas de importancia; se sabe que pertenecéis a una noble familia: todos los dicen así, vuestros padres o ilustres parientes os habrán hecho ese regalo para que podáis estableceros; nada más natural; pero en fin, cuando uno no ha nacido con autorización del cura párroco es menester que las cosas se hagan con cierto misterio, sobre todo tratándose de gentes encumbradas. En mi concepto, nada os perjudica, querido joven, nada absolutamente el que seáis... pues; el que vuestros padres no puedan reconoceros públicamente: no por eso dejáis de ser noble y tener derecho a que miren por vos, como ya, a Dios gracias, empiezan a hacerlo: ¡Oh! yo os aseguro que debéis esperar mucho de la ternura paternal, tanto tiempo reprimida. Decidme solamente...

-¡Nada! nada sobre este particular, mi amado señor Keller -le interrumpió Arnoldo-; vuelvo a suplicaros que no me hagáis preguntas que me hacen padecer, porque no debo, no puedo responder a ellas. Básteos saber que ese dinero es mío, y tened la bondad de guardarlo, pues habiendo dejado para siempre el castillo de Montsalvens, e ignorando aun dónde he de albergarme esta noche, no quisiera tenerlo conmigo.

-Quedáis desde este instante instalado en mi casa... en la vuestra, hijo mío, pues ya la debéis considerar como propia; ve, Ida, haz que la criada disponga para Arnoldo la salida verde del segundo piso.

La joven obedeció corriendo y saltando de gozo. Las suposiciones de su padre respecto a la procedencia del súbdito caudal de su amante, habían parecido a Ida completamente satisfactorias, y cualesquiera que hubiesen podido ser los temores que se le ocurrieran en el primer momento de tan extraordinaria sorpresa, todos quedaron agradablemente disipados, dejando reinar absoluta la seductora idea de que nada se oponía ya a la ventura de su amor; que iba a ser en breve para ella un deber tan dulce como sagrado. Mientras tanto había sacado Keller de un escaparate una bolsa de piel de gamuza, en que guardó el dinero diciendo durante esta operación a su futuro yerno, que la miraba en silencio:

-Puesto que deseáis señalemos hoy el día de la boda y que os quedáis en casa desde luego, creo, mi buen Arnoldo, que lo más pronto es lo mejor, para evitar hablillas y murmuraciones del lugar. Así, pues, id vos ahora mismo a prevenir al cura, a fin de que todo se arregle con la brevedad posible, y yo por mi parte avisaré al escribano y daré parte a los amigos; pues si no lo lleváis a mal celebraremos mañana el contrato y la comida de boda, y al día siguiente, o el último del mes que cumple Ida sus diez y ocho años, se puede verificar la ceremonia nupcial.

-Me parece muy bien -respondió Kessman-, y espero que me dispenséis además el obsequio de ser nuestro padrino.

-Sí que lo seré, hijo mío; pero ¡maldita casualidad que se haya marchado hoy al amanecer a Friburgo ese barón de Charmey! Si estuviera en su castillo él y no otro os acompañaría al altar: ¡Oh sí! es bien seguro que lo haría con mil amores. ¡Pero no está! me lo ha dicho William esta mañana.

-Renuncio sin pena al honor de tener por padrino a ese personaje -dijo Arnoldo-, que aun no había olvidado las atenciones del joven barón hacia Ida-; me agrada más que lo seáis vos, señor Keller.

-Bien, bien, yo os lo agradezco infinito: ¡Eh! he aquí ya bien encerrado vuestro oro: voy a meterlo en mi arca y saldré al instante a cumplir mi parte de diligencias. Marchad vos a casa del cura: ya conocéis el adagio, casamiento y caldo escaldando. ¡Hasta la vista buen mozo! dadme un abrazo: ¡así! vendréis a comer en familia, ¿no es verdad?

-Estaré de vuelta antes de una hora.

-Corriente; daréis conversación a vuestra futura hasta las dos o las tres que vuelva yo. La dejo confiada a vuestra honradez; sé que sois un excelente chico y que nada anticiparéis.

Hablando así salió el ganadero de la estancia para ir a guardar los doblones de su presunto hijo, y ansioso de correr enseguida por toda la villa divulgando aquellos sorprendentes sucesos, y asegurando que Arnoldo había descubierto ser hijo natural de un magnate opulentísimo, a quien motivos poderosos obligaron a guardar hasta entonces el más profundo silencio; pero que acababa de reconocerlo, haciéndole por primera demostración de su paternal afecto un regalo de dos mil piezas de oro de 32 franken; pues no ignoraba Juan Bautista que en lo tocante a intereses pecuniarios es asaz general la antigua costumbre de atribuirse el duplo de lo que realmente se posee, siempre que no sea mayor la conveniencia de rebajarlo en proporción del aumento.

Kessman por su parte salió también, menos por ver al cura que por respirar al aire libre, buscar la soledad y entregarse sin testigos a los contrarios sentimientos que se combatían en su alma. Logró en efecto presentarse más tranquilo a la hora de la comida, y sostuvo las conversaciones de la noche con bastante desembarazo; pero cuando se halló solo encerrado en la salita verde que le habían señalado para dormitorio; cuando se volvió a encontrar consigo mismo en el silencio y pavura de la lata noche, esforzándose por conciliar el sueño que tenazmente le huía, entonces, decimos, cambió completamente de aspecto y hubiera causado lástima a su mayor enemigo (si algunos tenía) la deplorable situación de su conturbado espíritu. ¡Oh! bien se echaba de ver que un recuerdo horroroso, un remordimiento profundo se albergaba en aquella alma. Los descompasados pasos con que recorría el triste recinto de su estrecha estancia, cuyo color sombrío prestaba siniestros reflejos a la lámpara que la alumbraba; los estremecimientos nerviosos que por momentos le asaltaban; la especie de pánico terror con que se asombraba al más leve rumor de la madera que crujía, del gato que saltaba al tejado; la expresión particular de sus ojos y la contracción de sus labios... todo estaba indicando que el malaventurado joven se hallaba muy distante de la serenidad bajo el mismo techo que él la inocente Ida en su lecho virginal.

Cayó por último de rodillas después de su prolongada y tétrica agitación, y un torrente de amargas y ardientes lágrimas brotó de repente de sus párpados.

-¡Oh Dios! ¡Dios de misericordia! -exclamó con voz ahogada-: ¡ten misericordia de mí!.. ¡he sucumbido al violento poder de una pasión insensata en un momento de delirio y fascinación!... ¡pero no me deseches para siempre! ¡no me condenes como merezco! ¡Dios mío! ¡Dios mío! -añadía golpeando su frente contra el duro pavimento-: ten piedad de mí, y no permitas que ella participe de mi horrendo castigo, pues no ha sido cómplice, aunque sí causa inocente de mi delito.

Aun permaneció postrado y llorando delante de Dios una gran parte de la noche, y esto pareció calmarle; pues se adormeció un momento cerca de la madrugada, y cuando al despertar al otro día vio su estancia inundada de luz y a Keller que estaba poniendo sobre su velador hermosos ramilletes de flores salpicadas de rocío, que Ida había ido a recoger por sí misma a las faldas de la montaña, y que se las enviaba como primer saludo; cuando oyó cantar las aves y mugir las vacas y sintió por todas partes el movimiento y la actividad de la vida, pareciole que todos sus anteriores pesares no habían sido más que una tormentosa pesadilla, y que salía de ella con nuevo aliento y vigor.

En efecto, el cielo despejado y sereno, la tierra alegre y engalanada con la pompa de la estación y de la aurora, todo contribuía a hacer olvidar las tétricas meditaciones de la noche, y anunciaba que aquel día en que se iban a celebrar los convenios matrimoniales, presidiría dignamente tan faustos preliminares de una próxima ventura.

Arnoldo se sintió gratamente impresionado por las influencias exteriores, y cuando se presentó delante de su amada, su hermoso aunque descolorido semblante había recobrado la natural expresión de apasionada dulzura. Pero bien pronto fue menester separarse: aquel era un gran día; Keller no paraba dando disposiciones para el suntuoso banquete con que, siempre espléndido, había determinado solemnizar la celebración de los contratos. Ida, que esperaba a todas las mujeres del lugar que hablan de acudir a felicitarla, tenía que preparar sus galas; Arnoldo, que debía hacer su regalo de boda en el acto de firmarse las capitulaciones, aun no lo había comprado: cada cual, pues, tiraba por su lado, y todo era agitación en la casa del ganadero, que tenía la gloria además de haberla hecho extensiva a toda la villa; pues no había quien no hablase de los acontecimientos ocurridos y de los que debían ser su consecuencia inmediata.

-¿No os decía yo que Juan Bautista Keller era el hombre más afortunado del mundo? -pronunciaba la frescota propietaria de una de las mejores viñas del país, mientras en unión con tres o cuatro vecinas iba colocando por sí misma en un cestón los hermosos frascos de barro vidriado llenos de excelente vino que destinaba por regalo a los novios. ¡Ya veis! su hija no se casa con el barón, pero el paje se convierte de pronto en rico caballero para ser su yerno: eso es tener buena estrella, o no las hay buenas en el firmamento.

-Hace mucho tiempo que había oído yo decir que el joven Kessman era noble; pero a la verdad no se me había ocurrido nunca que podía salir siendo hijo de un conde: ¿no dijo Keller que era conde el padre de su yerno?

-¿Conde decías?... ¡príncipe! a mí me han asegurado que es un príncipe de no sé dónde.

-Tenéis razón, vecina; Juan Bautista es el hijo de la dicha: todavía lo habéis de ver a él mismo, en carne y hueso, hacerse conde y príncipe el día menos pensado.

-¡Callad!, vecina, callad, que hay cosas capaces de hacer dudar de la justicia divina; porque pregunto yo: ¿qué virtudes tan grandes son las de ciertas gentes que en todo son benditas por Dios nuestro Señor? ¿qué es lo que han hecho para merecer su constante fortuna?... ¡Ay! otras hay que se consumen trabajando y nunca salen de pobres.

-Vos no podéis quejaros: vuestras viñas prosperan a pedir de boca; ¡pero yo, pobre de mí! yo soy viuda de todo un escudero de buena alcurnia, y aun no he podido reunir un miserable sennte de 100 vacas!...

-¿Pues qué decís de mí? -saltó otra-: mi marido era el jefe de los monteros del conde de la Gruyere, nuestro señor, y sin culpa ninguna se ve arrojado del castillo y obligado a ganar el pan guardando los ganados ajenos.

-Mi hijo se hubiera muerto de hambre después que salió del servicio del conde de Montsalvens, si ese buen joven, que Dios bendiga, el baroncito de Charmey, no le hubiera hecho su paje de cámara: por cierto, vecinas, que ha venido a verme esta mañanita; él fue quien me despertó, ¿y sabéis lo que me dijo?

-¿Qué? -preguntaron a la vez todas aquellas comadres.

-Me dijo -prosiguió la otra con tono de confidencia-, que el barón iba a... a... ¿sabéis que lo he olvidado?... Pero debió ser a Friburgo, porque allí es según creo donde se ventilas esas cosas.

-¿Qué cosas, vecina, si no habéis dicho nada?

-¿No lo dije? ¡ah, si tengo una cabeza! pues bien; ¿no habéis oído decir que las mejores posesiones que hoy hacen parte de los señoríos de Montsalvens, pertenecen en justicia al joven barón?

-Eso es positivo, y luego que despache este regalo os he de poner también claro los derechos del señor de Charmey sobre los dichos dominios, que podéis jurar en conciencia ser tan suyos como míos estos frascos, mientras no salgan de mi casa se entiende.

-Pues bien; mi hijo dice que el barón ha ido a reclamar lo que le pertenece, y que William, el conserje del castillo, da por seguro que ha de volver triunfante antes de mucho.

-Ya lo creo: si eso no es más que enseñar sus títulos y ya está; lo extraño es que no se le haya ocurrido hasta ahora a ese buen barón el hacerlos valer; pero ¡Dios mío!... ¿qué hora es esta que suena? ¡las nueve, y a las once se firman los contratos! dejadme, os ruego, vecinas mías, tengo que mandar mi regalo y que arreglar mi vestido color de escarlata.

-Nosotras también estamos convidadas.

-¡Oh, todo el pueblo! ese Keller es rumboso: respecto a esto no se le puede tildar.

Las mujeres se separaron para hacer sus toilletes, y en idéntica ocupación se halló una considerable parte de la gente femenina del lugar, hasta que sonaron las once en la gran campana de la iglesia. Entonces los ámbitos de la casa de Keller comenzaron a llenarse de lucida concurrencia. Ida hacía los honores, vestida sencillamente con infinita gracias, y poco después se presentó el ganadero enlazado un brazo al de su yerno futuro, y ostentando sus más lujosos atavíos. Unánime aclamación resonó entonces en la sala, y todos los asistentes se apresuraron a porfía a ir a felicitar a entrambos, y en especial al hijo del opulento príncipe que recibía por primer caricia paternal dos mil piezas de oro de 32 franken. Al mismo tiempo apareció el escribano con las manos cargadas de papeles, y leyó en alta voz la escritura dotal de la novia, en la que declaraba el esposo recibir de su padre político un extenso alpage con 200 vacas gordas, otro más pequeño con 50, y la cantidad de 300 ducados de Berna en buena moneda de oro.

-¡Viva el rico ganadero! ¡viva el generoso papá! -exclamaron los testigos-; mientras Keller entregaba a su yerno las escrituras de donación, y en un lindo bolso de seda los trescientos escudos mencionados. Nuevos vítores resonaron al ver en manos del joven aquella dote considerable para ser de una villana, y se aumentó el entusiasmo cuando el joven declaró en alta voz que dotaba por su parte a la joven desposada con mil piezas de oro de treinta y dos franken.

-¡La mitad de su fortuna actual! -decía Keller al oído de sus vecinos-: ¡le regala la mitad de su fortuna actual! ¿pero qué es eso para él? ¡el hijo de un potentado!

-¡Viva el señor Arnoldo Kessman! ¡viva el novio rumboso! -decían todos exaltados por aquel rasgo de desprendimiento y de conyugal ternura, y el joven firmó las escrituras entre un concierto de aplausos.

En aquel momento un nuevo tropel de gente invadió la sala de la reunión, y todo ruido cesó, y todas las miradas se preguntaron con lenguaje mudo qué significaba aquello, al notar que los recién venidos eran hombres armados, y traían la divisa de una casa ilustre y poderosa.

-Señores -dijo Keller adelantándose-: ¿Qué buscáis en mi casa armados de este modo en un día de regocijo para mi familia?

-¿No se halla aquí -preguntó el que hacía veces de jefe-, el ex paje Arnoldo Kessman?

-Es novio de mi hija -respondió Juan Bautista-; hele allí, ¿qué queréis de él?

-¡Arnoldo Kessman! -pronunció entonces con atronante voz el hombre armado que capitaneaba a los otros-. En nombre del muy alto y poderoso señor conde de Montsalvens, quedáis preso desde este instante: seguidme, tengo orden de poneros incomunicado en uno de los calabozos del castillo.

-¡Preso! -exclamaron todos asombrados-. ¿Pero de qué delito es acusado este joven? -preguntó todo trastornado el ganadero.

-Se ha perpetrado un robo de la mayor importancia en el castillo de su señoría -respondió con destemplada voz el hombre armado-, y todas las sospechas recaen en ese mancebo. Asidlo vosotros -añadió dirigiéndose a su gente.

-¡No es menester -dijo Arnoldo, adelantándose a ellos pálido como un espectro-: estoy pronto a seguiros!


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