Las Maravillas Del Cielo/VII

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Las Maravillas Del Cielo de Roque Gálvez y Encinar
Capítulo VII.
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CAPÍTULO VII.


Al día siguiente, después del almuerzo, D. Alberto se dirigió á los niños y les habló del siguiente modo:

—Hoy hemos de anticipar nuestra conferencia, porque he de deciros algo acerca del Sol, y no sería natural que hablásemos del astro del día rodeados de las tinieblas de la noche. Así, pues, subiremos á la azotea, y aun cuando cojamos un poquito de calor, trataremos de hacer algunas observaciones acerca del rey de nuestro sistema.

Los niños, á quienes cada día agradaban más aquellas conferencias astronómicas, acogieron con gran satisfacción la noticia, y esa satisfacción se acrecentó más cuando su papá les anunció que, como premio de su aplicación y amor al estudio, les llevaría aquella noche al teatro.

Subieron, pues, á la azotea palmoteando de júbilo; D. Alberto, después de haberles hecho sentar á la sombra, empezó su explicación en los siguientes términos

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Efecto luminoso del sol naciente.

—Os he hablado ya de todos los planetas del sistema solar y de nuestro satélite la Luna; justo es que os diga algo del astro esplendoroso que sirve de centro á nuestro sistema y da á todos los planetas calor, luz y vida.

El Sol, cuyo brillo irresistible no puede soportar la vista á pesar de la inmensa distancia que de nosotros le separa, es un astro un millón trescientas setenta y dos mil veces mayor en volumen que la Tierra y novecientas veces más grande que todos los planetas y satélites reunidos. Su diámetro es ciento nueve veces mayor que el de nuestro mundo (1.380.000 kilómetros), de modo que suponiendo que la Tierra estuviese situada en el centro del Sol, y la Luna girase como ahora en torno suyo, aun faltarían cerca de 300.000 kilometros para llegar á la superficie del astro del día.

La circunferencia del Sol en el Ecuador es de 4.330.000 kilómetros, distancia inmensa, que con nuestros más rápidos vapores y ferrocarriles tardaría en recorrerse muy cerca de treinta años.

Ya sabéis que se llama masa de un cuerpo á la cantidad de materia de que se compone, y densidad á la relación de esa materia con el tamaño ó volumen del cuerpo. Para conocer la masa de un cuerpo hay que pesarlo, y cuando entre dos cuerpos que pesan lo mismo, uno es mayor que otro, se dice que tiene más volumen é igual masa, pero menos densidad. Pues bien: el Sol, que es cerca de un millón cuatrocientas mil veces mayor que la Tierra, pesa sólo trescientas veinticinco mil veces más, lo que indica que el Sol es unas cuatro veces menos denso, ó lo que es igual, que en igualdad de volumen pesaría cuatro veces menos que nuestro globo. Ya os he dicho que la densidad media de la Tierra es cinco veces y media superior á la del agua; de modo que nuestro mundo pesa como si todo él fuese una esfera maciza de mineral de hierro. Ahora bien: el Sol pesa como si todo él estuviese formado de una sustancia un poco más densa que el agua; el carbón de piedra por ejemplo.

—¿No podrá suceder —preguntó la niña— que sea una gran masa de carbón ardiendo?

—Algunos astrónomos lo han creído así, hija mía; pero se ha desechado esa opinión desde que por medio de un aparato llamado espectrógrafo, y que permite conocer la naturaleza de un cuerpo por el color de la llama que produce, se ha visto que en el Sol existen casi todos los cuerpos que conocemos en la Tierra, como el oxígeno, el hidrógeno, el carbono, el silicio, el azufre, el hierro, el cobre, el potasio, el sodio, el calcio y otros muchos. No se han encontrado en la superficie del Sol las rayas características de los espectros del oro, de la plata ni de otros metales preciosos, sin que esto sea negar que existan, pues su mayor densidad puede haberles llevado hacia el centro de la masa solar, como seguramente se encontrarán en muy grandes cantidades en las profundidades de la Tierra. Además, se ha calculado que si el Sol fuese una gran esfera de carbón de piedra encendido, no podría transmitir á los planetas sino una pequeña parte del calor que ahora les envía.

El Sol, como todos los cuerpos celestes, tiene un movimiento de rotación y otro de traslación. Invierte en el primero veinticinco días y trece horas, de modo que la velocidad de ese movimiento en el ecuador solar viene á ser de unos dos kilómetros por segundo, ó sea más de cuatro veces más rápida que la rotación terrestre. En cuanto al movimiento de traslación del Sol, es mucho más lento que el de la Tierra. Cada año avanza aquel astro sobre 240 millones de kilómetros hacia una estrella de la constelación de Hércules, alrededor de la cual gira y cuya distancia no ha sido posible calcular aún. Así, pues, ese Sol inmenso sirve de planeta á otro Sol, cuyas dimensiones serán sin duda mucho mayores y que desde aquí aparece sólo como una estrella muy pequeña.

La distancia que separa la Tierra del Sol es, por término medio, 148 millones de kilómetros. Si el movimiento de traslación de nuestro planeta fuese bruscamente detenido por cualquier causa, caeríamos en línea recta sobre el Sol, y tardaríamos en llegar hasta él sesenta y dos días y medio. En el primer segundo nuestra caída no sería sino de tres milímetros y siete millonésimas de metro, y esta velocidad iría aumentando sucesivamente según los cuadrados de los tiempos, hasta llegar á ser de muchas leguas en el último segundo.

—¿No podría usted indicarnos —dijo Luis— algunas particularidades de esa caída sobre el Sol, como lo hizo usted al referirse á la caída de la Luna?

—Lo haré con mucho gusto, hijo mío —dijo don Alberto— y supondré para ello que la Tierra comienza á caer sobre el Sol un día primero de año, que es la época en que ambos astros se hallan á menor distancia uno de otro. Bueno es que os advierta que la suposición de que la Tierra pudiera caer sobre el Sol sin que en el momento de comenzar esa caída hubiese sufrido con cualquier otro astro un choque de funestas consecuencias para la vida de la humanidad, es ya muy aventurada; pues como os hice notar en otra ocasión, el solo hecho de detenerse la Tierra en su vuelta alrededor del Sol determinaría la producción de un calor capaz de convertirla en ascua. Mas prescindamos de esto y demos por sentado que la Tierra comienza á caer sobre el Sol conservando su movimiento de rotación, que es el que da origen al día y á la noche.

Durante los diez primeros días de Enero apenas se sentiría esta caída en el hemisferio Norte; pero en el Sur aumentaría el calor del estío tres ó cuatro grados sobre lo usual. Ya hacia el 20 de Enero habría avanzado la Tierra en su caída al Sol sobre 16 millones de kilómetros, y una temperatura primaveral reemplazaría á los fríos del invierno. Esa temperatura iría aumentando progresivamente en los siguientes días; las plantas empezarían á desarrollarse con una inusitada rapidez; las mareas serían mucho más altas que de costumbre, y el día último de Enero, el disco del Sol enviaría á la Tierra dos veces más luz que de ordinario, y la temperatura empezaría á ser calurosa. Esto en nuestro hemisferio, pues en el meridional ya no podría resistirse el calor, que pasaría de 60 grados á la sombra.

En este primer mes de la caída de la Tierra franquearíamos algo menos de la cuarta parte de la distancia que nos separa del Sol, y los fenómenos más notables consistirían, como os he indicado, en el paso gradual, pero muy acelerado, del invierno á la primavera y al estío; en el aumento progresivo de la luz, que al finalizar el mes sería tan viva, que nos costaría trabajo mirar un terreno iluminado por los rayos solares; en el crecimiento veloz y exagerado de los vegetales, pues entonces podría decirse, sin hablar en broma, que se veía crecer la hierba, y los labradores tendrían que apresurarse á hacer la siega de los granos, y, por fin, en un rápido deshielo, que daría lugar á tremendas inundaciones. Ya entonces se apreciaría á simple vista el aumento de tamaño aparente del disco solar.

Hacia el 3 de Febrero tocaríamos en la órbita de Venus, y el calor se acercaría en nuestra latitud á 50 grados á la sombra. Algunos vegetales seguirían creciendo y desarrollando un follaje extraordinario; otros empezarían á secarse bajo la influencia abrasadora de aquel Sol dos veces canicular.

Una evaporación inmensa disminuiría el caudal de los arroyos y ríos, y levantaría espesas brumas sobre la superficie de los mares, lo que mitigaría en gran parte los ardores de la radiación solar, aumentando extraordinariamente la proporción de vapor de agua en la atmósfera. El aire se iría enrareciendo, lo que haría fatigosa la respiración, y, sin embargo, la presión atmosférica, en vez de disminuir, se acrecentaría progresivamente. Esta aparente contradicción se explica teniendo en cuenta que, si bien los materiales que forman la atmósfera recibirían constantes refuerzos, en cambio se elevaría mucho más la capa gaseosa que rodea nuestro globo.

El 10 de Febrero habríamos avanzado ya hacia el Sol más de 60 millones de kilómetros, y no bajaría de 80 grados centígrados el calor que nos enviase; verdad es que la mayor elevación de la atmósfera neutralizaría en gran parte la violencia de esa verdadera lluvia de fuego. A pesar de todo, los arroyos estarían ya secos, y los grandes ríos, en gran parte evaporados, dejarían al descubierto mucha extensión de su cauce. Sería necesario que los hombres empezasen á refugiarse en sótanos ó cavernas de gran profundidad para ir haciendo frente á situación tan angustiosa. Hacia el 20 de Febrero cortaría nuestro planeta la órbita de Mercurio, y ya entonces recibiría un calor de más de 200 grados y una luz intensísima. Es probable que ya para entonces hubieran dejado de ser visibles las estrellas y la misma Luna, pues la densidad de la atmósfera y el exceso de vapor de agua en la misma, impedirían que llegase á nosotros la débil luz de esos astros; en todo caso, la Luna se divisaría de un modo muy confuso y como una mancha pálida muy aumentada por la refracción atmosférica.

El Sol, á pesar de la gran fuerza de su luz, nos. presentaría su disco muy enrojecido y debilitado á través de aquellas espesas nubes.

En los días siguientes, la vida orgánica empezaría á desaparecer de la Tierra. Los grandes ríos se habrían reducido á charcos humeantes; el mar presentaría el aspecto imponente y terrible de una inmensa extensión de agua hirviendo, y entre espesas nubes de blanco vapor se alzarían en su superficie, ya muy rebajada de su nivel, oleadas gigantescas, formadas por la ebullición y por la fuerza atractiva del Sol, que determinaría colosales mareas.

Los árboles y los animales habrían desaparecido ya, convirtiéndose en humo y carbón, y el subsuelo se caldearía bien pronto, imposibilitando la vida de los últimos seres humanos refugiados en las cavernas ó sótanos.

—¿Y no les quedaría el recurso de refugiarse á mayores profundidades? —preguntó Luis.

—Sólo hasta cierto punto, porque más abajo de la zona en que la temperatura es constante, y que está casi á flor de tierra, el calor empieza á aumentar, por término medio, un grado por cada 30 metros que se profundizan, de modo que el bajar mucho equivaldría á caer en un horno encendido por huir de otro. El interior de la Tierra, según todas las probabilidades, es un inmenso mar de metales fundidos é inflamados, cuya temperatura pasará en el centro de 200.000 grados, si es que se puede llegar á semejante calor; así es que por todas partes nos amenazaría el mismo peligro. Pero ya que tantas cosas inadmisibles hay que aceptar para suponer la caída de la Tierra en el Sol, supongamos que como espectadores de la catástrofe quedaban, no ya cuerpos, sino espíritus, almas, ante las que el fuego es impotente.

El último día de Febrero la Tierra estaría ya á unos 16 millones de kilómetros del Sol, y este astro aparecería ya cien veces mayor en superficie de lo que ahora le vemos, y emitiría un calor capaz de elevar á 3.000 grados los pirómetros que sirven para medir la temperatura en los hornos de fundición. Las rocas más duras empezarían á derretirse, y en sustitución de los océanos de agua, que habían, desaparecido, se formarían otros que cubrirían la Tierra y estarían formados por la fusión de la mayor parte de los cuerpos. La atmósfera, formada ya por todas las sustancias evaporables y volatilizables, y distendida además por el Sol, sería al menos veinte veces más alta que ahora, y estaría iluminada por una claridad roja, cada día más intensa.

El día 3 de Marzo ya no distaríamos del Sol sino cuatro millones de kilómetros, y nos acercaríamos á él con prodigiosa velocidad; el calor recibido por la Tierra pasaría de 30.000 grados, y el fuego central, abriéndose paso á través de la ya tenue corteza sólida, sepultaría en oleadas de lava hirviente cuanto pudiera recordar la estancia de la humanidad sobre la Tierra. Así, la superposición de una capa terrestre á la superficial bastaría para destruir de un modo irreparable todos cuantos progresos ha realizado nuestra especie al través de muchos siglos de luchas y sufrimientos.

Unas horas más y terminaría todo. El disco del Sol se iría ensanchando por momentos hasta cubrir el cielo, formando una especie de gigantesco embudo, cuyos bordes parecerían prolongarse en todos sentidos. En el momento del choque, la Tierra estaría ya casi tan ardiente como la misma superficie del Sol, y penetraría con ímpetu á través de su masa, en la que quedaría engullida como un cántaro de agua en un río. Sin embargo, esta caída determinaría una elevación tal de temperatura, que la Tierra se reduciría casi en su totalidad á vapor candente, y el Sol recibiría un refuerzo de calor capaz de hacerle arder, con la misma fuerza que ahora, durante cerca de noventa y cinco años más.

—¡Soberbia pedrada! —dijo Luis.

—Habría que agregar otra: la de la Luna, que no por ser pequeña dejaría de aumentar el calor del Sol en la proporción necesaria para que alimentase su fuego quince meses más.

No hay que hablar ya de vida en semejante infierno. ¿Cuál es la temperatura del astro del día? Algunos han afirmado muy seriamente que algunos millones de grados centígrados; yo no creo en la posibilidad de semejante energía calorífica, porque así como el calor tiene un mínimum, determinado ya con exactitud por la ciencia (289 grados bajo cero), debe tener también un máximum. Mas dejemos esto, y convengamos en que de todas maneras el calor solar, aunque no llegue a millones de grados, debe ser tal, que haga ilusoria toda idea de vida orgánica. Allí no puede haber seres vivientes: los habrá cuando se apague.

—Pues qué, ¿se apagará el Sol algún día?—preguntó Luis.

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El Sol.

—Sin duda alguna; como se han apagado la Tierra y los demás planetas. Todos los astros pasan por un período de incandescencia, en que desprenden luz y calor más ó menos intensos. Cuando arden con más fuerza, su luz es azulada ó violeta: después esa luz se hace blanca; luego amarillenta; más tarde anaranjada y rojiza, y por fin roja muy encendida, con tendencia a obscurecerse cada vez

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El Sol en un eclipse total.

más. Ahora bien: la luz de nuestro Sol es ya rojiza; de modo que podemos considerarle como un astro en decadencia, siquiera le falten aún para apagarse millares de siglos. Hay multitud de estrellas en que se observan los demás matices que os he dicho, y no faltan tampoco soles negros ó enteramente apagados, que no se ven, pero cuya

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Mancha solar, apreciada al telescopio.

fuerza atractiva se siente y sirve para calcular el sitio en que se hallan.

—Perdone usted una nueva pregunta—dijo

Luis:—suponiendo que el Sol se apague un día y
SOL 1 2 3 4 5 6 7 8 9
Tamaños comparados del Sol y de los planetas.
pueda tener personas, animales, árboles, hierbas,

ríos y mares como la Tierra, ¿con qué luz se alumbraría?

—Probablemente para entonces habría llegado ya muy cerca de la estrella de Hércules, en torno de la cual gira, pues puede suceder muy bien que describa alrededor de ella una elipse muy prolongada; y así como hoy esta a una distancia inmensa, se acerque después lo bastante para recibir torrentes de luz y calor, que siembren en su superficie la animación y la vida.

De todos modos, las condiciones de la vida solar habrían de ser muy distintas de las de la Tierra.

En efecto, en la superficie del Sol pesan los cuerpos veintiocho veces más que en nuestro planeta de modo que un hombre de regulares carnes, transportado allí, pesaría mas de 180 arrobas; el esfuerzo que hacemos para dar un paso largo, apenas nos haría avanzar tres centímetros; si ahora tardamos diez minutos en ir desde la Puerta del Sol al Prado, invertiríamos entonces, yendo a buen paso, cinco horas; un tren express de los más rápidos andaría tres kilómetros por hora, y si llegábamos á caer al suelo y no nos hacíamos mil pedazos en la caída, ya no tendríamos fuerza para levantarnos ni aun para mover una pierna. La caída de un cuerpo en el Sol es en el primer segundo de más de 134 metros; allí caerían las cosas con la velocidad del rayo, y bastarían seis segundos para llegar al suelo desde la cima del Mont-Blanc. Asi, pues, para que un hombre dotado de la misma fuerza muscular que en la Tierra, pudiese avanzar en relación á su tamaño lo mismo que aquí, no podría pasar de seis centímetros de altura. Claro está que no hay razón alguna para que los habitantes del Sol, cuando pueda haberlos, no tengan un tamaño y una fuerza proporcionados á las condiciones de su mundo.

Una vez expuestas estas generalidades acerca del Sol, haremos algunas observaciones por medio del anteojo, al que he tenido cuidado de revestir con un grueso cristal negro, con el fin de quitar su fuerza á los rayos solares, pues de no hacerlo así correríamos dos riesgos, el de recibir una quemadura espantosa, y el de perder la vista. El Sol se venga de los que se atreven á mirarle cara á cara, cegándolos; conque juzgad lo que ocurrirá contemplándole á través de un anteojo como éste, que aproxima de ochenta á cien veces los objetos.

Más de una vez se han lamentado desgracias de este género por falta de precaución; pero ahora os podéis acercar sin temor alguno, pues el cristal negro es muy grueso y no estallará.

Luis fué el primero que se acercó á contemplar la radiante faz del astro del día.

—¡Qué hermoso aparece así el Sol! —exclamó.— Le veo casi tan grande como la mesa en que comemos, y no presenta rayo alguno. En cambio, veo que tiene bastantes manchas, sobre todo en la zona central. Además, su superficie es muy granulosa, y en ciertos sitios mucho más brillante que en otros. En cuanto á las manchas, unas parecen

cavernas, y otras verdaderos: torbellinos.
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La Via láctea.
—¿Has observado bien?—dijo D. Alberto,

mientras la niña se aproximaba á su vez al aparato;—el Sol tiene manchas que hasta hace algún tiempo creían los astrónomos que serían nubes de la atmósfera solar; pero ahora parece ya fuera de duda que son espantosas simas abiertas en la superficie del astro, y algunas de las cuales miden de 60 á 80.000 leguas de anchura, de modo que la Tierra podría desaparecer en ellas como una piedra en un pozo. En cuanto á las manchas mas brillantes, reciben el nombre de fáculas, y quizá son regiones en que la inflamación es mas viva. Cuando hay algún eclipse de Sol, esto es, cuando la Luna se interpone entre este astro y la Tierra, se observa que en los bordes solares hay protuberancias ó llamaradas, que no son otra cosa que erupciones de hidrógeno y de otros gases, que llegan á 80 ó 100.000 leguas de altura.

Adela que había estado contemplando el Sol largo rato, se retiró de su punto de mira, muy asombrada de lo que había visto, pero con cierto desencanto al ver manchas en su radiante esfera de luz.

—Eso te probará, hija mía—la dijo D. Alberto—que no hay belleza alguna, fuera de la divina, que merezca el nombre de perfecta.

Para terminar la conferencia de hoy, os diré que, según la teoría más probable, todo los planetas, á saber: Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, los asteroides, Júpiter, Saturno Urano y Neptuno, formaron un día parte de la masa solar, y han ido desprendiéndose del ecuador del Sol, merced al movimiento de rotación de ese astro, que en épocas muy remotas se extendía quizá hasta las órbitas de los más lejanos planetas. A su vez los satélites han nacido de los planetas en tiempos en que éstos eran gaseosos y tenían un movimiento de rotación mucho más acelerado, relativamente, que el que conservan ahora. La Luna, pues, formó un día parte de la Tierra, desprendiéndose de nuestro ecuador en forma de un anillo gaseoso, que poco á poco fué condensándose y adquiriendo forme esférica.

Ahora, y para que tendáis una idea gráfica del tamaño comparado del Sol y de los planetas, os diré que, suponiendo que el Sol estuviese representado por una de esas grandes bolas de piedra que rematan algunos puentes, ó por una sandía enorme, Mercurio no sería sino un grano de mostaza; Venus, un grano de pimienta; la Tierra, un guisante; la Luna, una cabeza de alfiler pequeño; Marte, una cabeza de alfiler grueso ; los asteroides, polvos de salvadera; Júpiter, una granada; Saturno, una naranja de mediana dimensión, Urano, una cereza gruesa, y Neptuno, una ciruela pequeña. La masa del Sol viene á ser setecientas veces mayor que la de todos los planetas reunidos. Terminaré diciéndoos que el Sol es una de las muchas estrellas que forman la llamada Vía Láctea ó Camino de Santiago, que atraviesa como una faja blanquecina la mayor parte del cielo, y está formada por millones de astros casi invisibles, por la inmensa distancia que nos separa de ellos. Los niños quedaron complacidísimos de esta conferencia, que les había revelado muchos de los misterios del mundo solar. Por la noche pasaron en el teatro un rato excelente, pero, á la verdad, no mejor que aquellos en que oían las explicaciones de D. Alberto.