Las barbas de Capistrano

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No fueron pocas las contemporáneas del virrey Abascal que yo alcance a conocer y tratar que, cuando hablaban de varones de poblada barba, solían decir:"Este hombre tiene más pelos en la cara que Capistrano".

Por supuesto que ellas no conocieron al tal Capistrano, y la frase la habían aprendido de sus abuelas y madres.

Buscaba yo ayer un dato que me interesaba en la Crónica franciscana(1) del padre Torrubia, dato que no encontré, cuando ¡váyase lo uno por lo otro! las barbas de Capistrano aparecieron ante mis quevedos, y como no soy baúl cerrado, ahí va la historieta.

Muy gran devoto de nuestro padre san Francisco era, allá por los años de 1780, don Juan Capistrano Ronceros, rico minero de Pasco, avecindado en Lima. De más es decir que mensualmenle contribuía con gruesa limosna para el culto del seráfico y que, por ende, los frailes lo trataban con mucho mimo, consideración y respeto.

Este don Juan Capistrano militó, en los tiempos del virrey Amat, entre los guardianes del fortín que, en las riberas del río Perene, se levantara para defender esa región de un ataque de indios salvajes, los que al cabo asaltaron el fortín con éxito para ellos. Entre las ruinas se conserva todavía un cañón fundido en el Perú, en el que se lee la inscripción siguiente:


Quien a mi rey ofendiere
a veinte cuadras me espere
17414
Ave María.


Una pulmonía doble, de esas que no perdonan, atacó de improviso á Capistrano; y cinco galenos, en junta, declararon que la enfermedad era tan incortable como un solo de espadas con cinco matadores, salvo un renuncio, obra de la Providencia. Pero, como ésta no quiso tomar cartas en el juego, tuvo el paciente que emprender viaje al otro barrio.

Yacía, tibio aun, el cadáver en el dormitorio, del que cuidaban, en una habitación vecina, dos mujeres abrumadas de sueño y de cansancio, cuando se les apareció un franciscano, con capucha calada y brazos cruzados sobre el pecho, quien las dijo:—" Hermanitas, ya queda amortajado el difunto". Y dicho esto, desapareció, dejando patidifusas á las guardianas que no habían visto entrar alma viviente en el cuarto mortuorio.

La esposa de Capistrano hizo llamar al padre guardián, que era de los íntimos de la casa, y éste la aseguró que ninguno de sus recoletos había puesto pie fuera de claustros después de las ocho de la noche. La única novedad ocurrida era que la efigie de san Francisco había amanecido despojada de hábito, capilla y cordón, prendas con las que aparecía amortajado el difunto, al que se hizo muy pomposo entierro, dándose sepultura al cadáver en el cementerio vecino á la huerta, que era donde reposaban los restos de los conventuales y de los buenos cristianos favorecedores del culto seráfico.

Pasaron más de veinte años y acaeció la muerte del mayorazgo de don Juan, el cual había imitado á su padre en la devoción. En su testamento dejaba un bonito legado á los franciscanos, pidiéndoles ser sepultado en la misma fosa en que yacía su padre.

Abierta la sepultura de Capistrano se encontró el cadáver incorrupto, lo que nada de maravilloso ofrece. Lo que sí tiene tres pares de perendengues, en materia de milagros, y que yo creo á pie juntillas porque lo asegura el padre Torrubia, que fui la veracidad andando, es..., es que al muerto le habían crecido las barbas y que éstas le llegaban hasta la cintura, lujo de que no disfrutó ni el mismo Jaime el Barbudo.


(1) Chronica de la Seraphica Religion del Glorioso P. San Franisco de Asis. Novena parte.Roma,1756. Fol 20 h. 490 p.