Las beldades de mi tiempo/III

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CAPITULO III


Voy a salvar una gran falta, un olvido, que cometi al publicar mi anterior capítulo, quedándoseme en la punta de la pluma el dar las gracias a mi inteligente contemporánea de 48 a oro como ella se dice, siguiendo la espiritual frase del señor ministro Matta (dimisionado), cuando yo le decía a una interesante señorita con quien en la mesa del doctor Tejedor, debatía algo muy del caso para mí, diciéndole que solo tenía 48 años cumplidos, y él observé que eran a oro.

Confieso que me desconcertó la salida, pues habiéndose cotizado ese dia el oro en la Bolsa a 200 resultaba yo con 96 años, lo que era demasiado para un noviazgo en perspectiva. Yo festejé la broma como hombre vividor, pero me quedó la espina dentro como el dardo del Parto.

Después de mucho cavilar me dije: vamos con el recurso a la Corte Suprema, donde están los jueces sabios para que resuelvan el caso. En intrincados acuerdos y resoluciones, dijeron lo siguiente: que faltando el adjetivo sellado después de 48 a oro; Estese a lo resuelto; y lo resuelto es a papel de curso legal, y entonces nuestros 48 a oro vuelven a su quicio, lo que me complazco en comunicar con efusión juvenil al darle tan grata nueva; pues que damos en la buena edad del reposo, de la calma y de la reflexión para casarnos de nuevo desde que yo la creo viudita.

Salvado el incidente, vamos al cuento.

El general don Lucio Mansilla, mi jefe y amigo, actúa como secretario. Fray Gerundio, que no es otro que don Modesto de Lafuente, tiene a su Tirabeque, y yo que no soy menos que el uno ni el otro, tengo también quien me tire la lengua y me incite a ello, diciéndome: "¡patrón! está muy bonito aquello que escribió la última vez. Escriba otro, señor..." y quien esto me pide es nada menos que ¡Juanita!, mi sirvienta, que anda por casarse y en su apuro, siempre creciente porque le llegue pronto el suspirado momento de la partida, no suelta el traje de novia. En vano le digo yo: Mira, Juanita que se te va a poner viejo, y que a fuerza de usarlo tanto, cuando llegue el caso práctico lo vas a tener inservible. ¡Nada!... no hay razones que la convenzan... ella quiere andar siempre de novia y es excusado el consejo.

Esto mismo de que me estoy apercibiendo, respecto a Juanita, me va a suceder a mi con motivo de estas publicaciones sueltas de algunos capítulos de mi libro, que cuando salga a luz nadie me lo va a comprar, y voy a quedar lucido; ¡yo que creía redituar algo de mis obras literarias en estos tremendos tiempos de crisis que atravesamos!

Pero sigamos.

Ya en mi anterior capítulo, hablaba de la sastrería de Lacombe y Dudignac que vinieron de los primeros al país y se establecieron en la que es hoy calle de la Piedad, pues antes que ellos vinieran, las gentes se vestían de Europa o por los moldes que sacaban en las primeras gacetas que les venían a las manos, y no por medidas como ahora, tan llenas de líneas derechas, o curvas de que tanto tanto abuse hacen hoy los sastres y los modistos; porque las señoras ya no se contentan con que sean modistas las que les tomen la medida, sino que han de ser modistos para que el traje salga más caro, aunque no mejor ¡¡pobres hombres!!

Por ese entonces vinieron también las pecheras para los caballos de las carretas que se tiraban a cincha; que les hicieron una guerra sin cuartel, como la hacen ahora los dueños de las lanchas al Puerto Madero que les quita la pitanza de sacarse dos o tres botellas de vino o de ricos licores de cada cajón en el trayecto a la aduana, a donde nunca llegaban en el mismo día, sino al siguiente, para trabajar de noche en su oficio.

Y para que no se crea que es invención mía, lo que dije —de que esta sastrería, era la de don Juan Manuel y la de Quiroga— voy a intercalar aquí una cuenta, cuya copia del original tengo de un amigo, en la cual figura la chaqueta azul que este último llevaba, puesta cuando fué asesinado el 20 de febrero de 1833 por Santos Pérez, fusilado, a su vez, en compañía de los Reynafé, en la plaza de la Victoria; y un año después, para ocultar el crimen de complicidad, o mejor dicho la iniciativa del mismo Rozas en aquel asesinato, como es de notoriedad.

He aquí la cuenta:

Su Excelencia don Juan M. de Rozas.

A Lacombe y Dudignac


A saber:
Debe
1830


Agosto 27. Un chaleco de lanilla color ante finísimo
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$35
Un pantalón de paño azul con franjas bordadas
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$140
Un chaleco de seda color pasas
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$35
Una chaqueta de paño azul para su hijo
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$70
Una chaqueta de paño azul mas
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$70
Un chaleco id
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$14
Un pantalón de paño azul
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$175
Dos pantalones id id
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$155
Un chaleco cotonia color ante
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$24
Uno id id con pintitas
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$24
Una chaqueta de merino azul [1]
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$20

 
Total . . $ 762

 


Buenos Aires, 30 de Octubre de 1830.

Pero sigamos con los recuerdos que vengo evocando, y que confirman el caudal de los datos que tengo recogidos.

Así como ahora todo el mundo se viene a vivir al norte, entonces la flor de la canela estábamos todos al sud, y las curiosidades andaban por acá también en busca de alimentos. Hasta los saladeros, esos establecimientos que con sus faenas hicieron las sólidas fortunas de tantos y cuyos productos eran casi la única exportación con la que correspondíamos a la importación, se establecieron con el sistema de Cambaceres a las márgenes del río de Barracas, en toda su extensión.

Pero, entonces, no teníamos más que una deuda con los ingleses; y corría la plata blanca —como decíamos a la acuñada, para distinguirla de las tiras del papel moneda que manejado hasta en las manos de Rozas con honradez, salvo al país, ¡quién lo creyera!

Para defendernos, y aguantar las guerras exteriores exteriores del bloqueo francés, y del anglo-francés, a que puso término el tratado firmado por el baron de Makau en el sitio de Buenos Aires del 52; para la defensa de la ciudad sitiada por Urquiza, que encontro las onzas de oro a alto precio, pero que a cada emisión nueva, para pagar las tropas y comprar defensas, el papel se valorizaba.

Así el Banco de la Provincia salvo la patria de las garras de los sitiadores en 1853.

Pero estos mismos elementos puestos en manos de los buitres del unicato en perpetuo jolgorio, jugando a la taba, en vez del ajedrez, con que se entretenían los hombres honrados en tiempos de Rivadavia, han traído la agonía como oonsecuencia a sus bochornosos procederes, que nos tienen a las puertas del abismo.

Pero huyamos del tiempo presente a donde nos arrastra la idea de los males que nos aquejan, y vamos a los de las bonanzas que son los pasados, siempre en los barrios del sud, en donde vivían tantos tipos ingénitos cuyos reeuerdos con aquellas criollas traen una sonrisa a los labios que a la par del gaucho legendario desaparecen (ante las gringas insulsas e interesadas que vienen con otras costumbres y necesidades) con la actual civilización que no necesita de ese hombre de fierro que en medio de la pampa desprendía su lazo y aprisionaba al animal bravío, que se había criado en plena libertad sin acercarse a las poblaciones ni ver gentes; lo ataba, o lo echaba al suelo para ponerle la montura, y muchas veces cuando se levantaba, era con el jinete encima, bellaqueando como un loco, y el gaucho firme, siendo lo mas interesante de admirar aquella. lucha de destreza y de pugilato, o de civilización y barbarie, hasta tornarlo en caballo manso, o sea marido racional, como decía la mujer del capataz, doña María, para probar que así lo habia conquistado a su marido, el gaucho más indómito del partido o de los mismos potros de la estancia, y que lo tenía ahora como guante de cabritilla color patito.

Por aquí tenía también su hogar doña Simona, mujer célebre por haber tenido cuatro maridos, a imitación de Lucrecia Borgia, y cuya historia merece entrar aquí por su especialidad.

Doña Simona, como digo, tuvo cuatro maridos. Muerto que fué el primero, tomó el sombrero del extinto y lo colocó para recuerdo en uno de los pilares de la cuja, su cama de matrimonio.

Se casó en segundas nupcias, y también tuvo, no sé si la suerte o la desgracia de enviudar, y ¡zas! el sombrero del muerto al otro pilar... ¿Y qué creerán ustedes que hizo? ¿acaso que se quedara siempre vestida de negro, como hacen todas ahora queriendo probar fidelidad al de su tumba? ¡No, señor! se casó de nuevo con un tercero, y a los pocos meses, al hoyo, y su sombrero al tercer pilar de la cuja.

Después de este fracaso ¿se aquietó del todo me dirán ustedes?... Nada de eso; pues encontró al cuarto valiente torero con quien se casó y lo trajo al mismo techo donde los anteriores habían pagado tan caro su amor excesivo muriendo en sus manos. Era hermosa doña Simona.

Este cuarto marido por quien doña Simona tuvo un amor que rayaba en delirio, fué, como digo, un torero, que viendo los restos de sus antecesores de la prenda aquella —dijo- "Lo que es el mío (aludiendo a los tres sombreros allí colgados) no lo has de poner"; y lo cumplió. El día menos esperado desapareció de la casa para no volver más, pero con la particularidad que lo único que se llevó fueron los tres sombreros aquellos, recuerdos de amor de la viuda, por no decir de la arpía. Por lo cual recomiendo mucho a las del gremio (jóvenes) que no tengan a la vista prendas de sus pasados consortes para que no se los roben y se queden sin ellos.

Pero el objeto de este libro fué para hablarles de las beldades de mi tiempo, que ya vendrán, pues recién ando por el lejano hemisferio de los años 30 al año 40, y las que entonces eran beldades, las que tuvieron en sus manos el cetro de la belleza, que atraían las miradas de todos los leones de su época, provocando desesperaciones, muchos de los cuales terminaron con un suicidio...

¡Si las vieran ahora, a lo que ha quedado reducida tanta belleza! me creerían un visionario, y perdería en un instante el renombrado buen gusto que todos me reconocen, ¡y me admiran!

¡Qué tallos espigados de flores aquellas! ¡Qué ojos o que centellas en caras tan atrayentes! ¡qué mirar o qué titilar de aquellas dos estrellas rutilantes más penetrantes en los encastillados corazones que las balas de los encorazados con cañones de Armstrong que ahora atraviesan blindados de 18 pulgadas de espesor!...

A esa época ha debido pertenecer la siguiente inspirada estrofa de no recuerdo que autor. Decía:

¡Ojos claros serenos!
Que de dulce mirar sois alabados
¿Por qué cuando me mirais, mirais aislados?
¡Ojos claros serenos!
¡Ya que así me mirais; miradme al ménos!


¿Si las vieran ahora? ¡Qué decadencias! qué abatimiento!

¡Qué ojos velados y tristes por las sombras de la edad!

¡Qué desencantos en fin de los cuales huímos tanto como nos atraían! y como decía un amigo mío cuando las veía venir en la dirección que estábamos: — De la que nos escapamos, mi querido Santiaguito; —y emprendíamos la retirada, para no mortificarlas con nuestra indiferencia después de tanto adorarlas!

Pero lo que más me admira a mí, es que crean los que me conocen y me ven tan fresco y más joven que el doctor Santillán, que yo al hablarles de las beldades de mi tiempo les iba a hacer revelaciones sobre las que dejo descriptas ——¡qué inocencia, qué candor! Yo creía que ya habían pasado los tiempos de los zonzos... y me he dado el más soberano chasco- pues las beldades de mi tiempo son las de ahora, como una hermosa rubia que ví el otro día y me dijeron se llamaba Inés Dorrego, recién venida de Europa, y una verdadera preciosidad llamada Quirno Pizarro, de 16 años, que estuvo unos días con la señora de Juan Cruz Varela, mando su permanencia en ese hotel, que si la llevan a Europa y toma cartas en el primer certamen que suele haber por allí, de seguro sale la República Argentina triunfante, y la bellecita esa se trae el premio.

Y como iba diciendo, estas espléndidas mujeres de ahora, se cruzan por todas partes dejando su estela de fuego en nuestros juveniles corazones que no dejan de latir jamás.

Y pedirme ahora las beldades de antaño, cuando en ogaño los invernáculos (las casas) están atestadas de todo lo bueno y de todo lo nuevo, etcétera, etc., etc.

Es por esto que no paso de las de 18 abriles; el otro día nomás, en el tren del Norte que marcaba yo esta cifra, a una linda e inteligente señorita que veranea por allí. Pues yo no tengo sino 19... No me conviene, señorita, le dije.

Y asombrada porque no esperaba esta salida mía, me replicó: ¿No le conviene de 19 años que son los que tengo? No, señorita! ... me he plantado en esta cifra de 18 y de ahí no doy un paso más.

Pero ya este capítulo se hace demasiado largo y aun me quedan muehas cosas viejas que contar, que serán el tema del que viene, como dice ese pico de oro del Padre Jordán, en sus conferencias de los domingos en la Catedral al despedirse de su rebaño y a las que nunca falto como buen feligrés.




A PESCA DE NOTICIAS [2]
Marzo 20.


Me he esmerado, como les consta a mis buenos lectores, en hacer constar en cada oportunidad que no seré yo quien corrija los manuscritos del señor Santiago Calzadilla, cuyos interesantes escritos engalanan frecuentemente las columnas a mi cargo. Considero que enmendarlos, pretendiendo hacerlo mejor, sería despojar al original de la espontaneidad, que es su mérito principal y establecer responsabilidad personal en las alusiones con que el señor Calzadilla sazona sus intencionados artículos y que deben corresponderle por entero. Por eso, aunque a veces me haya parecido que se equivocaba, el autor, he guardado prudente silencio. En el último capítulo publicado de su libro en preparación, citó cierta poesía, y he aquí que así como le rectificaron lo de las peras, le rectifican ahora sus veleidades literarias. He aquí, como: "Simpático Argos: De tu pesca de hoy he recortado estas líneas: "A esa época ha debido pertenecer la siguiente inspirada estrofa de no recuerdo qué autor.

Decía:

Ojos claros serenos!
Que de dulce mirar sois alabados
¿Por qué cuando me mirais, mirais aislados?
...............................................
¡Ojos claros serenos!
¡Ya que asi me mirais; miradme al ménos!

...............................................

La esfrofa a que el señor Calzadilla se refiere, es una composición entera, el precioso madrigal de Gutierre de Cetina, que bien merece ser transcripto con alguna mayor fidelidad. Su autor lo escribió así:

Ojos claros, serenos,
Que de dulce mirar sois celebrados,
¿Por qué si me mirais, mirais airados?
Si cuanto más piadosos
Más bellos parecéis a quien os mira,
¿Por qué a mi sólo me mirais con ira?
¡Ojos claros, serenos!
Ya que así me mirais, miradme al ménos.

Salud amigo Argos. — El licenciado Vidriera. —¡Lo que son las cosas! Yo prefiero la versión Calzadilla. Le encuentro mucha novedad, así en la versificación como en el sentido mismo de la estrofa. Cantar ojos que miran, "aislados", es decir, hacer del estrabismo un concepto poético, es todo lo más nuevo posible. Quédese el licenciado Vidriera con sus escrúpulos; yo me quedo con mis gustos.

  1. De puño y letra de Rozas... "Se hizo y se volvió" por chica.
  2. Por ser observaciones de mi amigo Argos, intercalo en esto capítulo la rectificación a que el alude... que todo es para lo mejor.