Las canciones que oyó la niña

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Nota: Poema publicado en el libro En las orillas del Sar (1909).


LAS CANCIONES QUE OYÓ LA NIÑA

UNA

 Tras de los limpios cristales
Se agitaba la blanca cortina,
Y adiviné que tu aliento
  Perfumado la movía.

   Sola estabas en tu alcoba
Y detrás de la tela blanquísima
Te ocultabas, ¡cruel!, a mis ojos...
  Mas mis ojos te veían.

 Con cerrojos cerraste la puerta,
Pero yo penetré en tu aposento,
A través de las gruesas paredes,
  Cual penetran los espectros;
Porque no hay para el alma cerrojos,
  Ángel de mis pensamientos.

 Codicioso admiré tu hermosura,
  Y al sorprender los misterios
Que a mis ojos velabas..., ¡perdóname!,
  Te estreché contra mi seno.

Mas... me ahogaba el aroma purísimo
  Que exhalabas de tu pecho,
  Y hube de soltar mi presa
  Lleno de remordimiento.

øøø

   Te seguiré adonde vayas,
  Aunque te vayas muy lejos,
  Y en vano echarás cerrojos
  Para guardar tus secretos;
Porque no impedirá que mi espíritu
  Pueda llegar hasta ellos.

 Pero... ya no me temas, bien mío;
  Que aunque sorprenda tu sueño,
  Y aunque en tanto estés dormida
A tu lado me tienda en tu lecho,
  Contemplaré tu semblante,
  Mas no tocaré tu cuerpo,
Pues lo impide el aroma purísimo
  Que se exhala de tu seno.
  Y como ahuyenta la aurora
  Los vapores soñolientos
De la noche callada y sombría,
Así ahuyenta mis malos deseos.


OTRA

 Hoy uno y otro mañana
Rodando, rodando el mundo,
Si cual te amé no amaste todavía,
Al fin ha de llegar el amor tuyo.

 ¡Y yo no quiero que llegue!...
Ni que ames nunca, cual te amé, á ninguno;
Antes que te abras de otro sol al rayo,
Véate yo secar, fresco capullo.