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Camino blanco, viejo camino

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Camino blanco, viejo camino
de Rosalía de Castro
Nota: Poema publicado en el libro En las orillas del Sar (1909).


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Camino blanco, viejo camino,
Desigual, pedregoso y estrecho,
Donde el eco apacible resuena
Del arroyo que pasa bullendo,
Y en donde detiene su vuelo inconstante,
O el paso ligero,
De la fruta que brota en las zarzas
Buscando el sabroso y agreste alimento,
El gorrión adusto,
Los niños hambrientos,
Las cabras monteses
Y el perro sin dueño...
Blanca senda, camino olvidado,
¡Bullicioso y alegre otro tiempo!
Del que solo y a pie de la vida
Va andando su larga jornada, más bello
Y agradable a los ojos pareces
Cuanto más solitario y más yermo.
Que al cruzar por la ruta espaciosa
Donde lucen sus trenes soberbios
Los dichosos del mundo, descalzo,

Sudoroso y de polvo cubierto,
¡Qué extrañeza y profundo desvío
Infunde en las almas el pobre viajero!

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Aun parece que asoman tras del Miranda altivo
De mayo los albores, ¡y pasó ya septiembre!
Aun parece que torna la errante golondrina
Y en pos de otras regiones ya el raudo vuelo tiende.

Ayer flores y aromas, ayer canto de pájaros
Y mares de verdura y de doradas mieses;
Hoy nubes que sombrías hacia Occidente avanzan,
El brillo del relámpago y el eco del torrente.

Pasó, pasó el verano rápido, como pasa
Un venturoso sueño del amor en la fiebre,
Y ya secas las hojas en las ramas desnudas,
Tiemblan descoloridas esperando la muerte.

¡Ah!, cuando en esas noches tormentosas y largas
La luna brille a intervalos sobre la blanca nieve,
¡De cuántos, que dichosos ayer la contemplaron,
Alumbrarán la tumba sus rayos transparentes!

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Cerrado capullo de pálidas tintas,
Modesta hermosura de frente graciosa,

¿Por quién has perdido la paz de tu alma?
¿A quién regalaste la miel de tu boca?

A quien te detesta quizás, y le causan
Enejo tus labios de candido aroma,
Porque busca la rosa encendida
Que abre al sol de la tarde sus hojas.

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En sus ojos rasgados y azules,
Donde brilla el candor de los ángeles,
Ver creía la sombra siniestra
De todos los males.

En sus anchas y negras pupilas,
Donde luz y tinieblas combaten,
Ver creía el sereno y hermoso
Resplandor de la dicha inefable.

Del amor espejismos traidores,
Risueños, fugaces...
Cuando vuestro fulgor sobrehumano
Se disipa... ¡Qué densas!... ¡Qué grandes
Son las sombras que envuelven las almas
A quienes con vuestros reflejos cegasteis!


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Fué cielo de su espíritu, fué sueño de sus sueños,
Y vida de su vida, y aliento de su aliento;
Y fué, desde que rota cayó la venda al suelo,
Algo que mata el alma y que envilece el cuerpo.

De la vida en la lucha perenne y fatigosa
Siempre el ansia incesante y el mismo anhelo siempre;
Que no ha de tener término sino cuando, cerrados,
Ya duerman nuestros ojos el sueño de la muerte.

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— Te amo... ¿por qué me odias?
— Te odio... ¿por qué me amas? —
Secreto es éste el más triste
Y misterioso del alma.

Mas ello es verdad... ¡Verdad
Dura y atormentadora!
— Me odias, porque te amo;
Te amo, porque me odias.

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Nada me importa, blanca ó negra mariposa,
Que dichas anunciándome ó malhadadas nuevas,
En torno de mi lámpara ó de mi frente en torno,
Os agitéis inquietas.

La venturosa copa del placer para siempre
Rota a mis pies está,
Y en la del dolor llena..., ¡llena hasta desbordarse!,
Ni penas ni amarguras pueden caber ya más.

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Muda la luna y como siempre pálida
Mientras recorre la azulada esfera,
Seguida de su séquito
De nubes y de estrellas,
Rencorosa despierta en mi memoria
Yo no sé qué fantasmas y quimeras.
 
Y con sus dulces misteriosos rayos
Derrama en mis entrañas tanta hiél,
Que pienso con placer que ella, la eterna,
Ha de pasar también.

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Nos dicen que se adoran la aurora y el crepúsculo,
Mas entre el sol que nace y el que triste declina,
Medió siempre el abismo que media entre la cuna
Y el sepulcro en la vida.

Pero llegará un tiempo quizás, cuando los siglos
No se cuenten y el mundo por siempre haya pasado,
En el que nunca tornen tras de la noche el alba
Ni se hunda entre las sombras del sol el tibio rayo.

Si de lo eterno entonces en el mar infinito
Todo aquello que ha sido ha de vivir más tarde,
Acaso alba y crepúsculo, si en lo inmenso se encuentran,
En uno se confundan para no separarse.

Para no separarse... ¡Ilusión bienhechora
De inmortal esperanza, cual las que el hombre inventa!
¿Mas quien sabe si en tanto hacia su fin caminan,
Como el hombre, los astros con ser eternos sueñan?

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Una sombra tristísima, indefinible y vaga
Como lo incierto, siempre ante mis ojos va,
Tras de otra vaga sombra que sin cesar la huye,
Corriendo sin cesar.
Ignoro su destino...; mas no sé por qué temo
Al ver su ansia mortal,
Que ni han de parar nunca, ni encontrarse jamás.