Las mentiras de Lerzundi

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Allá en los remotos días de mi niñez conocí al general de caballería don Agustín Lerzundi. Era él, por entonces, aunque frisaba con medio siglo, lo que las francesas llaman un bel homme. Alto, de vigorosa musculatura, de frente despejada y grandes ojos negros, barba abundante, limpia y luciente como el ébano, elegante en el vestir, vamos, era el general todo lo que se entiende por un buen mozo. Añadamos que su renombre de valiente, en el campo de batalla, era de los ejecutoriados y que, por serlo, no se ponen en tela de juicio.

Como jinete era el primero en el ejército, y su gallardía sobre el brioso caballo de pelea no hallaba rivales.

Cuentasé que, siendo comandante, recibió del Ministerio de la Guerra órdenes para proveer a su regimiento de caballada, procurando recobrar los caballos que hubieran pertenecido al ejército y que se encontraran en poder de particulares. Don Agustín echó la zarpa encima a cuanto bucéfalo encontró en la ciudad. Los propietarios acudieron al cuartel de Barbones reclamando la devolución, y Lerzundi, recibiéndolos muy cortésmente, les contestaba:

—Con mucho gusto, señor mío, devolveré a usted el caballo que reclama, si me comprueba que es propiedad suya y no del Estado.

— Muy bien, señor comandante. Basta con ver la marca que lleva el caballo en la anca izquierda. Es la inicial de mi apellido.

¿La marca era una A? Pues Lerzundi decía:—"Al canchón con el caballo, que esa A significa Artillería volante." ¡Era una B? Entonces el jamelgo pertenecía a Batidores montados. Para Lerzundi la C significaba Coraceros o Carabineros, la D Dragones, la E Escolta, la F Fusileros de descubierta, la G Granaderos de a caballo, la L Lanceros, la P Parque; en fin, a todas las letras del alfabeto les encontraba descifración militar. Según él, todos los caballos habían sido robados de la antigua caballada del ejército. Lerzundi los reivindicaba en nombre de la patria.

Sexagenario ya, reumático, con el cuerpo lleno de alifafes y el alma llena de desengaños, dejó el servicio, y con letras de cuartel o de retiro fue a avecindarse en el Cuzco, donde poseía un pequeño fundo, y donde vivía tranquilamente sin tomar cartas en la política, y tan alejado de la autoridad como de la oposición. Un día estalló un motín o bochinche revolucionario; y Lerzundi, por amor al oficio, que maldito si a él le importaba que se llevase una legión de diablos al gobierno, con el cual no tenía vínculos, se echó a la calle a hacer el papel de Quijote amparador de la desvalida autoridad. Los revoltosos no se anduvieron con melindres y le clavaron una bala de a onza en el pecho, enviándolo sin más pasaporte al mundo de donde nadie ha regresado.

Sarah Bemardt contaba que, representando en un teatro de América, después del segundo acto entró en su camarín a visitarla el Presidente de la república. Terminó el tercer acto, y entró también a felicitarla un nuevo Presidente. De acto a acto había habido una revolución. ; Cosas de América!... contadas por los franceses, como si dijéramos por Lerzundi, pues lo único que ha sobrevivido a este general es su fama de mentiroso.

El célebre Manolito Gásquez, de quien tanto alardean los andaluces, no mentía con más gracejo e ingenio que mi paisano, el limeño don Agustín Lerzundi. Dejando no poco en el tintero, paso a comprobarlo.

I

Conversábase en un corro de amigos, siendo el tema referir cada uno el lance más crítico en que se hubiera encontrado. Tocóle turno a Lerzundi, y dijo:

—Pues, señores, cuando yo era mozo y alegroncillo con las hijas de Eva, fui una tarde con otros camaradas á la picantería de ña Petita en el Cercado. Allí encontramos una muchacheria del coco y de rechupete mozas todas de mucho cututeo; hembras, en fin, de la hebra. Ello es que, entre un camaroncito pipirindingue, acompañado de un vaso de chicha de jora, y un bocadito de seviche en zumo de naranja agria, seguido de una cepita del congratulámini quitapesares, nos dieron las ocho de la noche, hora en que la obscuridad del Cercado era superior á la del Limbo. Nos disponíamos ya á emprender el regreso a la ciudad, llevando cada uno de bracero á la percuncha respectiva, cuando sentimos un gran tropel de caballos que se detuvieron a la puerta de la picantería, y una voz aguardentosa que gritó:

— ¡ Rendirse todo el mundo, vivos y muertos, que aquí está Lacunza el Guapo!

Las mozas no tuvieron pataleta, . que eran hembras de mucho juego y curtidas en el peligro; pero chillaron recio y sostenido, y como palomas asustadas por el gavilán corrieron a refugiarse en la huerta, encerrándose en ella a tranca y cerrojo.

Nosotros estábamos desarmados, y escapó cada cual por donde Dios quiso ayudarlo; pues los que nos asaltaron eran nada menos que los ladrones de la famosa cuadrilla del facineroso negro Lacunza, cuyas fechorías tenían en alarma la capital. Yo, escalando como gato una pared, que de esos prodigios hace el miedo, conseguí subir al techo; pero los bandidos empezaron a menudearme, con sus carabinas, pelotillas de plomo. Corre que corre, y de techo en techo, no paré hasta Monserrate (1).

—Eso es mucho— comentó uno de los oyentes.— ¿Y las bocacalles, general? ¿Y las bocacalles?

— ¡Hombre! ¡En qué poca agua se ahoga usted!— contestó Lerzundi.— ¡Las bocacalles! ¡Valiente obstáculo!... Esas las saltaba de un brinco.

Roberto Robert, que saltó desde el almuerzo de un domingo a la comida de un jueves, sin tropezar siquiera con un garbanzo, no dio brinco mayor que el de las bocacalles de mi paisano.

II

Siendo Lerzundi capitán, una de nuestras rebujinas políticas lo forzó a ir a comer en el extranjero el, a veces amargo, pan del ostracismo. Residió por seis meses en Río Janeiro, y su corta permanencia en la capital del, por entonces, imperio americano, fue venero en que ejercitó más tarde su vena de mentiroso inofensivo.

Corrieron años tras años; después de una revolución venía otra revolución; hoy se perdía una batalla, y mañana se ganaba otra batalla; cachiporrazo va, cachiporrazo viene; tan pronto vencido como vencedor; ello es que don Agustín Lerzundi llegó a ceñir la faja de General de brigada. Declaro aquí (y lo ratificaré en el valle de Josaphat, si algún militroncho se picare y me exigiese retractación) que entre un centenar, por lo menos, de generales que, en mi tierra, he alcanzado a conocer, ninguno me pareció más general a la de veras que don Agustín Lerzundi. ¡Vaya un general bizarro! No se diría sino que Dios lo había criado para general y... para mentiroso.

Acompañaba siempre á Lerzundi el teniente López, un muchachote bobiculto que no conoció el Brasil más que en el mapamundi, y á quien su jefe, citándole no sé qué artículo de las Ordenanzas que prohíbe al inferior desmentir al superior, impuso la obligación de corroborar siempre cuanto él le preguntase en público.

Hablábase en una tertulia sobre la delicadeza y finura de algunas telas, producto de la industria moderna, y el general exclamó:

—¡Oh! ¡Para finos los pañuelos que me regaló el emperador de Brasil! ¿Se acuerda usted, teniente López?

— Sí, mi general... ¡finos muy finos!

—Calculen ustedes— prosiguió Lerzundi— si serían finos que los lavaba yo mismo echándolos, previamente, a remojar en un vaso de agua. Recién llegado al Brasil me aconsejaron, que como preservativo contra la fiebre amarilla, acostumbrase beber un vaso de leche a la hora de acostarme, y nunca olvidaba la mucama colocar éste sobre el velador. Sucedió que una noche llegué á mi cuarto rendido de sueño y apuré el consabido vaso, no sin chocarme algo que la leche tuviese mucha nata, y me prometí reconvenir por ello a la criada. Al otro día vínome gana de desaguar cañería y... ¡jala! ¡jala! ¡jala! salieron los doce pañuelos. Me los había bebido la víspera en lugar de leche ¿no es verdad, teniente López?

—Sí, mi general, mucha verdad— contestó con aire beatífico el sufrido ayudante.

III

Pero un día no estuvo el teniente López con el humor de seguir aceptando humildemente complicidad en las mentiras. Quiso echar, por cuenta propia, una mentirilla y... ese fué el día de su desgracia; porque el general lo separó de su lado, lo puso a disposición del Estado Mayor, éste lo destinó en filas, y en la primera zinguizarra ó escaramuza á que concurrió, lo desmondongaron de un balazo.

Historiemos la mentira que ocasionó tan triste suceso.

Hablábase de pesca y caza.

—¡Oh! Para escopeta la ,que me regaló el emperador del Brasil. ¿No es verdad, teniente López?

—Sí, mi general... ¡buena!... ¡muy buena!

—Pues, señores, fui una mañana de caza, y en lo más enmarañado de un bosque descubrí un árbol en cuyas ramas habría por lo menos unas mil palomas... Teniente López ¿serían mil las palomas?

—Sí, mi general... tal vez más que menos.

— ¿Qué hice? Me eché la escopeta á la cara, fijé el punto de mira y... ¡pum! ¡fuego! ¿No es verdad, teniente López?

— Sí, mi general... Me consta que su señoría disparó.

—¿Cuántas palomas creen ustedes que mataría del tiro?

—Tres o cuatro— contestó uno de los tertulios.

— ¡Quiá¡ Noventa y nueve palomas... ¿o es verdad, teniente López?

—Sí, mi general... Noventa y nueve palomas... y un lorito.

Pero Lerzundi aspiraba al monopolio de la mentira, y no tolerando una mentirilla en su subalterno, replicó:

—¡Hombre, López...! ¿Cómo es eso?... Yo no vi el lorito.

-Pues, mi general— contestó picado el ayudante -,yo tampoco vi las noventa y nueve palomas.

(1) El Cercado y Monserrate son, en línea recta, extremos de la ciudad ó sea un trayecto de más de dos millas.