Las mil y una noches:0864

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Las mil y una noches - Tomo VI
el desligador

de Anónimo


EL DESLIGADOR[editar]

Se cuenta que en la ciudad de Damasco, en el país de Scham, había en su tienda un joven mercader que era cual la luna en su decimocuarta noche, tan hermoso y atrayente, que ni uno solo de los compradores del zoco se resistía a su maravillosa belleza. Porque era, en verdad, una alegría para los ojos que le miraban y una condenación para el alma del espectador.

Y de él es de quien ha dicho el poeta:

¡Mi señor es el rey de la belleza, y en su cuerpo, obra de su Creador, no hay ni un rincón despreciable, pues todo es igualmente perfecto!

¡Son sus formas tan delicadas como duro es su corazón; sus rasgados ojos declaran la guerra a los indiferentes y producen incendios en los corazones más fríos!

¡Sus cabellos son enroscados y negros como escorpiones; su talle flexible como la rama del árbol ban y fino como el tallo del bambú!

¡Y su grupa, que es notable, tiembla, cuando se balancea, como la leche cuajada en la escudilla del beduino!

Un día entre los días, el joven, como de ordinario, estaba sentado delante de su tienda, con sus grandes ojos negros y la seducción de su rostro, cuando entró una dama para hacer compras. Y la recibió él con dignidad, y trabaron conversación acerca de la venta y la compra. Pero, al cabo de un momento, absolutamente subyugada por sus encantos, le dijo la dama: "¡Oh rostro de luna! quisiera volver a verte mañana. ¡Y quedarás contento de mí!" Y le dejó, tras de comprar algo que pagó sin regatear, y se fué por su camino.

Y como le había prometido, volvió a la tienda al día siguiente a la misma hora. Pero llevaba de la mano a una adolescente mucho más joven que ella, y más bonita y más atractiva y más deseable. Y el joven mercader, al ver a la recién llegada, no se ocupó ya más que de ella, y no reparó en la primera más que si no la viese. Y ésta acabó por decirle al oído: "¡Oh rostro bendito! ¡por Alah, que no has escogido mal! Y si quieres, serviré de intermediaria entre tú y esta adolescente, que es mi propia hija". Y dijo el joven: "En tu mano está la bendición, ¡oh dama selecta! Ciertamente, por el Profeta (¡con él la plegaria y la paz!), es extremado mi deseo de esta adolescente hija tuya. Pero ¡ay! el deseo no es la realidad, y a juzgar por las apariencias, tu hija es demasiado rica para mí". Pero ella protestó diciendo: "¡Por el Profeta, ¡oh hijo mío! no te preocupes de eso! Porque te hacemos gracia de la dote que el esposo debe inscribir a nombre de la esposa, y tomamos a nuestro cargo todos los gastos de la boda y demás dispendios. ¡Tú no tienes más que dejarnos, y te encontrarás con buena cama, pan caliente, carne firme y bienestar! ¡Porque, cuando se halla un ser tan hermoso como tú, se le toma tal y como es, sin pedirle otra cosa que el que se porte con gallardía en el momento que tú sabes, y permanezca seco y duro mucho tiempo!"

Y el joven contestó: "No hay inconveniente".

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.