Las mil y una noches:0871

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Las mil y una noches - Tomo VI
pero cuando llegó la 893ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGÓ LA 893ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y el yuzbaschi, con la nariz muy alargada, dijo para sí: "¡Alah maldiga a las viejas calamitosas que ennegrecen de tan mala manera los días de diversión! ¡Y súmalas el Maligno en el agujero más profundo del quinto infierno!" Y así diciendo, escupió al aire con furor, murmurando para su barba: "Escupo sobre ti y sobre la tierra que te cubrirá, ¡oh madre de las calamidades!" Y emprendió el camino de su casa, y llegó a su calle girándole de cólera los ojos. Y divisó al barbero, que estaba parado, con la cabeza vuelta hacia la ventana de la casa, como un perro que espera que le echen un hueso. Y le abordó y le dijo: "¿Qué esperas, ¡oh hombre!? ¿Y qué hay de común entre esta casa y tú?" Y el barbero se inclinó hasta tierra y contestó: "¡Oh sidi yuzbaschi! ¡espero aquí al mejor cliente de mi tienda! ¡Porque mi pan está entre sus manos!" Y el yuzbaschi le preguntó muy asombrado: "¿Qué dices, ¡oh secuaz de los efrits!? ¿Acaso se ha convertido ahora mi casa en punto de cita de los clientes de barberos de tu especie? ¡Vete, ¡oh proxeneta! o conocerás la fuerza de mi brazo!" Y dijo el barbero: "¡El nombre de Alah sobre ti ¡oh mi señor yuzbaschi! y sobre tu casa y sobre los habitantes de tu honorable casa, receptáculo de la honestidad y de todas las virtudes! ¡Pero por tu preciosa vida te juro que mi mejor cliente ha entrado aquí mismo! ¡Y como ya lleva mucho tiempo, y mi trabajo y mi tienda me ponen en la imposibilidad de esperar más, te ruego que le digas, cuando le veas, que no se retarde!" Y el esposo de la joven le dijo: "¿Y qué clase de hombre es tu cliente, oh hijo de alcahuetes y descendencia de procuradores!?" El aludido dijo: "Es un buen mozo, con unos ojos así, y una estatura así, y lo demás por el estilo! ¡Es un perfecto schalabi, un elegante, un refinado de maneras y de aspecto, y generoso, y delicioso, un terrón de azúcar,! ya sidi! un panal de miel, ualahi!"

Cuando el capitán de los cien guardias de policía oyó este elogio y esta descripción del que había entrado en su casa, cogió al barbero por la nuca, y sacudiéndolo repetidas veces, le dijo: "¡Oh posteridad de proxenetas e hijo de zorras!" Y el barbero sacudido exclamó: "¡No hay inconveniente!" Y el yuzbaschi continuó: "¿Cómo te atreves a pronunciar semejantes palabras con relación a mi casa?" Y el barbero dijo: "¡Oh mi señor! ya verás lo que te dice mi cliente cuando le hayas dicho: "¡El barbero de manos suaves te espera en la puerta!" Y el yuzbaschi le gritó, echando espuma: "¡Pues bien; quédate aquí aguardando a que vaya yo a comprobar tus palabras!" Y se precipitó en su casa.

Y he aquí que, mientras tanto, la joven, que había visto y oído desde detrás de la ventana cuanto acababa de pasar en la calle, había tenido tiempo de esconder a su amante en la cisterna de la casa. Y cuando el yuzbaschi penetró en las habitaciones, ya no había allí ni joven, ni olor de joven, ni nada que se le pareciese de cerca o de lejos. Y preguntó a su esposa: "Por Alah, ¡oh mujer! ¿es posible verdaderamente creer que haya penetrado en casa un hombre?" Y la esposa, fingiéndose en extremo enfadada de aquella suposición, exclamó: "¡Qué vergüenza para nuestra casa y para mí misma! ¿Cómo iba a entrar aquí un hombre, ¡oh mi señor!?" Y el yuzbaschi dijo: "¡Es que el barbero que está en la calle me ha dicho que esperaba a que saliese de casa un joven de entre sus clientes!" Ella dijo: "¿Y no le has aplastado contra el muro?" El dijo: "¡Voy a hacerlo ahora!" Y bajó, y cogió al barbero por la nuca, y le volteó, gritándole: "¡Oh alcahuete de tu madre y de tu esposa! ¿Cómo te has atrevido a decir semejantes palabras del harén de un creyente?" Y ya iba sin duda a hacerle entrar su longitud en su anchura, cuando el barbero exclamó: "¡Por la verdad que nos ha revelado el Profeta, ¡oh yuzbaschi! que he visto con mis ojos entrar en la casa al joven! ¡Pero no lo he visto salir!" Y el otro dejó de darle volteretas, y llegó al límite de la perplejidad al oír a aquel hombre sostener semejante cosa cara a cara de la muerte. Y le dijo: "No quiero matarte sin probarte que has mentido, ¡oh perro! ¡Ven conmigo!" Y le arrastró a la casa, y empezó a recorrer con él todas las habitaciones del piso bajo, las de arriba y de todas partes. Y cuando lo hubieron examinado todo y visitado todo, bajaron al patio y registraron por todos los rincones, sin encontrar nada. Y el yuzbaschi se encaró con el barbero y le dijo: "¡No hay nada!" Y el otro dijo: "Es verdad; pero queda todavía esta cisterna que no hemos visitado".

¡Eso fué todo! Y el joven oía sus idas y venidas, y su conversación. Y al escuchar aquellas últimas palabras de cisterna y de visita a la cisterna, maldijo en su alma al barbero, pensando: "¡Ah, hijo de prostitutas de infamia! ¡Va a hacer que me cojan!" Y por su parte, la esposa oyó que el barbero hablaba de visitar la cisterna, y bajó a toda prisa, gritando a su esposo: "¿Hasta cuándo ¡oh hombre! vas a hacer recorrer tu casa y tu harén a ese producto de los mil cornudos de la impudicia? ¿Y no te da vergüenza introducir de tal suerte en la intimidad de tu morada a un extraño de la especie de éste? ¿A qué esperas para castigarle como se merece su crimen?" Y el yuzbaschi dijo: "Verdad dices, ¡oh mujer! hay que castigarle. Pero tú eres la calumniada, y a ti te corresponde castigarle. ¡Castígale con arreglo a la gravedad y a la naturaleza de sus imputaciones!"

Entonces la joven subió a coger un cuchillo de la cocina, y lo calentó hasta que estuvo al rojo blanco. Y se acercó al barbero, a quien el yuzbaschi ya había tendido en tierra de un solo empellón. Y con el cuchillo incandescente, le cauterizó los compañones y le quemó la piel, en tanto que el yuzbaschi le sujetaba contra el suelo. Tras de lo cual le echaron a la calle, gritándole: "¡Eso te enseñará a hablar mal de los harenes de las personas honradas!" Y el infortunado barbero permaneció donde le dejaron, hasta que unos transeúntes compasivos le recogieron y llevaron a su tienda. ¡Y he aquí lo referente a él!

Pero en cuanto al joven encerrado en la cisterna, no bien cesaron todos los ruidos de la casa, se apresuró a escapar de su escondite echando a correr. ¡Y Alah veló lo que tenía que velar!

Y Schehrazada no quiso dejar pasar aquella noche sin contar todavía al rey Schahriar la HISTORIA DE FAIRUZ Y DE SU ESPOSA.