Las mil y una noches:0875

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Las mil y una noches - Tomo VI
y cuando llegó la 896ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGÓ LA 896ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Esas son puertas que no tienes tiempo de abrir. ¡Parte para Damasco, pues tal es para ti el decreto del Destino!" Y añadió: "Respecto a lo que pueda sobrevenir después de tu marcha, Alah proveerá".

Por consiguiente, Giafar el visir inclinó el oído a las palabras de su padre, y sin dilación ni tardanza, tomó consigo un saco que contenía mil dinares, se ciñó su cinturón y su espada, se despidió de su padre y de su hermano, montó en una mula, y sin hacerse acompañar por su esclavo ni por un servidor, se puso en camino para Damasco. Y viajó en línea recta a través del desierto, y no cesó de viajar hasta el décimo día, en que llegó a la llanura verde, El Marj, que está a la entrada de Damasco la regocijante.

Y vió el hermoso minarete de la Desposada, que emergía del verdor que lo circundaba, y estaba cubierto desde la base hasta lo más alto de tejas doradas; y los jardines regados por aguas corrientes, donde vivían los macizos de flores; y los campos de mirtos, y los montes de violetas, y los campos de laureles rosas. Y se detuvo a mirar toda aquella hermosura, escuchando a los pájaros cantores en los árboles. Y vió que era una ciudad cuyo igual no se había creado en la superficie de la tierra. Y miró a la derecha, y miró a la izquierda, y acabó por divisar a un hombre. Y se acercó a él y le dijo: "¡Oh hermano mío! ¿cuál es el nombre de esta ciudad?" Y el aludido contestó: "¡Oh mi señor! esta ciudad en los tiempos antiguos se llamaba Julag, y de ella es de quien habla el poeta en estos versos:

¡Me llamo Julag, y cautivo los corazones! ¡Por mí corren hermosas aguas, por mí y fuera de mí!
Jardín de Edén en la tierra y patria de todos los esplendores, ¡oh Damasco!
¡No olvidaré nunca tus bellezas, ni nada me gustará tanto como tú! ¡Y benditas sean tus terrazas y cuantas maravillas vivientes brillan en tus terrazas!

Y el hombre que recitó estos versos añadió: "También se llama Scham, o dicho de otro modo, Grano-de-Belleza, porque es el grano de belleza de Dios en la tierra".

Y Giafar experimentó un vivo placer en oír estas explicaciones. Y dió gracias al hombre, y se apeó de su mula, y la cogió de la brida para aventurarse con ella entre las casas y las mezquitas. Y se paseó lentamente, examinando una tras de otra las hermosas casas delante de las cuales paseaba. Y mirando así, divisó, al fondo de una calle bien barrida y regada, una casa magnífica en medio de un gran jardín. Y en el jardín vió una tienda de seda labrada, tapizada con hermosos tapices del Khorassán y ricas telas, y bien provista de cojines de seda, de sillas y de lechos para reposo. Y en medio de la tienda estaba sentado un joven como la luna cuando sale en su decimocuarto día. Y aparecía negligentemente vestido, sin llevar a la cabeza más que un pañuelo, y en el cuerpo más que una túnica de color de rosa. Y ante él había un grupo de personas atentas, y bebidas de todas las especies finas. Y Giafar se detuvo un momento a contemplar la escena, y quedó muy contento de lo que veía en aquel joven. Y al mirar más atentamente, divisó al lado del joven a una muchacha joven como el sol en un cielo sereno. Y tenía un laúd al pecho, como un niño en los brazos de su madre. Y lo tañía, cantando estos versos:

¡Pobres de los que tienen su corazón entre las manos de sus amados; porque, si quieren recuperarlo, lo encontrarán muerto!
¡Lo confiaron en manos de sus amados cuando lo sentían enamorado; y se vieron obligados a abandonarlos!
¡Pequeño, lo arrancan del fondo de sus entrañas! ¡Oh pájaro! repite: "¡Lo arrancaron pequeño!"
¡Lo mataron injustamente; el bienamado coquetea con su humilde enamorado!
¡Yo soy quien busca los efectos del amor, yo soy el amor, el hermano del amor y suspiro!
¡Ved al que el amor ha envejecido! ¡Aunque su corazón no haya cambiado, lo enterraron!

Y al oír estos versos y aquel canto, Giafar experimentó un placer infinito, y se le conmovieron los órganos con los acentos de aquella voz, y dijo: "¡Por Alah, qué hermoso!" Pero ya la joven había preludiado de otro modo, con el laúd en las rodillas, y cantaba estos versos:

¡Poseído por tales sentimientos, estás enamorado! ¡No hay de qué asombrarse, pues, si te amo yo!
¡Levanto hacia ti mi mano, pidiendo gracia y piedad para mi humildad! ¡Ojalá te muestres caritativo!
¡He pasado mi vida solicitando tu consentimiento; pero nunca tuve dentro de mí la sensación de que fueras caritativo!
¡Y a causa de la toma de posesión del amor, me he convertido en un esclavo, y tengo envenenado el corazón, y corren mis lágrimas!

Cuando se terminó el canto de este poema, avanzó Giafar cada vez más, dominado por el placer que sentía al oír y al mirar a la joven que cantaba. Y de pronto le advirtió el joven, que estaba tendido en la tienda, y se incorporó a medias, y llamó a uno de sus jóvenes esclavos, y le dijo: "¿Ves a ese hombre que está ahí, en la entrada, frente a nosotros?" Y el muchacho dijo: "¡Sí!" Y dijo el joven: "Debe ser un extranjero, pues veo en él las huellas del viaje. Corre a buscarle y guárdate bien de ofenderle". Y el chico contestó: "¡Con gusto y alegría!" Y se apresuró a ir en busca de Giafar -que ya le había visto acercarse- y le dijo: "¡En el nombre de Alah, ¡oh mi señor! por favor, ten la generosidad de venir a ver a nuestro amo!" Y Giafar franqueó la puerta con el mozalbete, y al llegar a la entrada de la tienda entregó su mula a los diligentes esclavos, y traspuso el umbral. Y el joven ya estaba erguido sobre ambos pies en honor suyo; y avanzó hacia él extendiendo mucho las dos manos, y le saludó como si le conociera de siempre, y después de dar gracias a Alah por habérsele enviado, cantó:

¡Bien venido seas, ¡oh visitante! ¡Nos alegras con tu presencia y nos haces revivir con esta unión!
¡Por tu rostro juro que vivo cuando apareces y muero cuando desapareces!

Y tras de cantar esto en honor de Giafar, le dijo: "Dígnate sentarte, ¡oh mi dulce señor! ¡Y loores a Alah por tu feliz arribo!" Y recitó la plegaria del envío de Alah, y continuó así su canto:

¡Si de antemano hubiéramos estado prevenidos de tu llegada, a tus pies hubiéramos extendido por alfombra la pura sangre de nuestros corazones y el terciopelo negro de nuestros ojos!
¡Porque tu sitio está por encima de nuestros párpados!

Y cuando hubo acabado este canto, se acercó a Giafar, le besó en el pecho, exaltó sus virtudes, y le dijo: "¡Oh mi señor! ¡este día es un día feliz, y si no fuese ya de fiesta, yo habría hecho que lo fuese para dar gracias a Alah!" Y al punto se agruparon entre sus manos los esclavos; y les dijo él: "¡Traednos lo que ya está dispuesto!" Y llevaron las bandejas de manjares, de viandas y de todas las demás cosas excelentes, y el joven dijo a Giafar: "¡Oh mi señor! los sabios dicen: "¡Si te invitan, satisface tu alma con lo que tengas ante ti!" Pero si hubiésemos sabido que ibas a favorecernos hoy con tu llegada, te hubiéramos servido la carne de nuestros cuerpos y sacrificado nuestros hijos pequeños". Y Giafar contestó: "¡Echo, pues, mano a los manjares, y comeré hasta que me sacie!" Y el joven se puso a servirle con su propia mano los trozos más delicados y a conversar con él con toda cordialidad y con todo gusto. Luego les llevaron el jarro y la jofaina, y se lavaron las manos. Tras de lo cual el joven hizo pasar a Giafar a la sala de bebidas, donde dijo a la joven que cantara. Y ella cogió el laúd, lo templó, lo apoyó sobre su seno, y tras de tararear un instante, cantó:

¡Se trata de un visitante cuya llegada ha sido respetada por todos, más dulce que el ingenio y la esperanza de consumo!
¡Esparce ante el alba las tinieblas de sus cabellos, y el alba no aparece por vergüenza!
¡Y cuando mi destino quiso matarme, le pedí protección; y su llegada hizo revivir un alma a quien reclamaba la muerte!
¡Me he tornado en esclava del Príncipe de los Enamorados, y mi sino se reduce ya a estar bajo la dominación del amor!

Y Giafar se sintió poseído de una alegría excesiva, igual a la de su joven huésped. Sin embargo, no cesaba de preocuparle lo que le había ocurrido con el califa. Y su rostro y su actitud denotaban esta preocupación, que no pasó inadvertida a los ojos del joven, el cual notó que estaba inquieto, asustado, pensativo y con incertidumbre por algo. Y por su parte, Giafar comprendió que el joven se había dado cuenta de su estado y que por discreción se reprimía para no preguntarle la causa de su turbación. Pero el joven acabó por decirle: "¡Oh mi señor! escucha lo que han dicho los sabios:

¡No te asustes ni te aflijas por las cosas que deben suceder, sino, antes bien, levanta la copa de este vino, veneno que ahuyenta las preocupaciones y los fastidios!
¿No ves cómo unas manos pintaron hermosas flores en los ropajes de la bebida?
¡El fruto de la rama de vid, los lirios y los narcisos, y la violeta y la flor rayada de Nemán!
¡Si te asalta el fastidio, mécele para que se adormezca entre licores, flores y favoritas!

Luego dijo a Giafar: "No te oprimas ni contraigas el pecho, ¡oh mi señor!" Y dijo a la joven: "¡Canta!" Y ella cantó. Y Giafar, que se deleitaba con aquellos cánticos y estaba maravillado de ellos, acabó por decir: "No cesemos de regocijarnos con el canto y las palabras hasta que cierre el día y venga la noche con las tinieblas...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.