Las mil y una noches:0882

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Las mil y una noches - Tomo VI
pero cuando llegó la 903ª noche

de Anónimo


PERO CUANDO LLEGÓ LA 903ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Por eso, lo que voy a hacer es abandonar mi destino al Dueño de los destinos. He aquí que todo se vuelve contra mí y todo sale al contrario de lo que yo esperaba.

Y el poeta estaba en lo cierto cuando decía:

¡Oh amigo! ¡he corrido a través del mundo, de Oriente a Occidente! ¡Pero todo lo que encontré fueron penas y fatigas!
¡He tratado a los hombres de la época! ¡Pero no he encontrado ni un amigo agradable ni mi igual!

Y de nuevo lloró y exclamó: "¡Oh Dios! ¡dame la virtud de la paciencia! Tras de lo cual se levantó y se dirigió a una mezquita, entrando en ella. Y allí se quedó hasta la tarde. Y aunque aumentaba su hambre, dijo: "Por Tu magnanimidad y Tu majestad, Señor, juro que no pediré nada a nadie más que a Ti". Y se quedó en la mezquita, sin tender la mano a ningún creyente, hasta la caída de la noche Y entonces salió, diciendo: "Conozco la frase del Profeta (¡con Él la bendición y la paz de Alah!) que dice: "Alah te dejaría dormir en el santuario; pero tú debes abandonarlo a Sus adoradores, porque el santuario se hizo para la plegaria y no para el sueño". Y anduvo algún tiempo por las calles, y acabó por llegar a una construcción en ruinas, donde entró para pasar la noche y dormir. Y tropezó en la oscuridad y cayó de bruces. Y notó que había caído sobre el mismo obstáculo que le había hecho tropezar. Y vió que era un cadáver de un hombre recientemente asesinado. Y a su lado estaba, en el suelo, el cuchillo del asesinato.

Y ante aquel descubrimiento, Ataf se levantó vivamente, con sus andrajos cubiertos de sangre. Y allí permaneció inmóvil, perplejo y sin saber qué partido tomar, diciéndose: "¿Me quedaré o huiré?" Y mientras estaba en aquella situación acertaron a pasar por delante de la entrada de la ruina el walí y sus agentes de policía, y Ataf les gritó "¡Venid a ver esto!" Y entraron ellos con sus antorchas y se encontraron con el cuerpo del asesinado, y con el cuchillo al lado suyo, y con el desdichado Ataf de pie a la cabecera del cadáver y manchados de sangre sus andrajos. Y le gritaron: "¡Oh miserable! ¡tú eres quien le ha matado!" Y Ataf no dió respuesta alguna. Entonces se apoderaron de él, y el walí dijo: "Amarradle y arrojadle al calabozo hasta que demos cuenta del asunto al gran visir Giafar. Y si Giafar ordena su muerte, le ejecutaremos".

E hicieron como habían dicho.

En efecto, al día siguiente, el hombre encargado de los escritos escribió a Giafar una comunicación concebida así: "Entramos en una ruina y nos encontramos en ella a un hombre que había matado a otro. Y le interrogamos, y con su silencio declaró que era el autor del asesinato. ¿Cuáles son, pues, tus órdenes?". Y el visir les ordenó que le condenaran a muerte. Y en consecuencia, sacaron a Ataf de la prisión, le arrastraron a la plaza donde se ahorcaba y se cortaban cabezas, arrancaron una tira de sus andrajos y le vendaron con ella los ojos. Y le entregaron al porta alfanje. Y el porta alfanje preguntó al walí: "¿Le corto el cuello, ¡oh mi señor!?". Y el walí contestó: "¡Córtaselo!". Y el porta alfanje blandió su hoja bien afilada, que brilló y lanzó chispas en el aire; y la hizo voltear, y ya la bajaba para hacer saltar la cabeza, cuando se dejó oír un grito detrás de él: "¡Detén tu mano!". Y aquella era la voz del gran visir Giafar, que volvía de paseo. Y el walí se puso ante él, y besó la tierra entre sus manos. Y Giafar le preguntó: "¿Por qué hay aquí tanta gente?". Y el walí contestó: 'Porque se procedía a la ejecución de un joven de Damasco, al que encontramos ayer en unas ruinas, y que a todas nuestras preguntas, repetidas por tres veces, ha contestado con el silencio en lo que afecta al asesinado, hombre de sangre noble".

Y dijo Giafar: "¡Oh! ¿cómo va a venir de Damasco hasta aquí un hombre para arriesgarse en semejante empresa? ¡Ualahí, eso no es posible!". Y ordenó que llevaran a su presencia al hombre. Y cuando el hombre estuvo entre sus manos, Giafar no le reconoció, porque la fisonomía de Ataf había cambiado y su buena cara y su buen aspecto se habían desvanecido.

Y Giafar le preguntó: "¿De qué país eres, ¡oh joven!?". Y el otro contestó: "¡Soy un hombre de Damasco!". Y Giafar preguntó: "¿De la ciudad misma o de los pueblos que la rodean?".

Y Ataf contestó: "¡Ualahí! ¡oh mi señor! de la propia ciudad de Damasco, en donde he nacido". Y Giafar preguntó: "¿Conociste, por casualidad, allí a un hombre reputado por su generosidad y su mano abierta, que se llamaba Ataf?". Y el condenado a muerte contestó: "¡Le he conocido cuando tú eras amigo suyo y vivías con él en tal casa, en tal calle y en tal barrio, ¡oh mi señor! y cuando ambos ibais a pasearos juntos por los jardines! ¡Le he conocido cuando te casaste con su prima-esposa! ¡Le he conocido cuando os despedisteis en el camino de Bagdad y cuando bebisteis en la misma copa!" Y Giafar contestó: "¡Sí, es cierto cuanto dices con respecto a Ataf Pero ¿qué ha sido de él después de separarse de mí?" Y el otro contestó: "¡Oh mi señor! ¡le ha perseguido el Destino y le ha ocurrido tal y cual cosa!". Y le hizo el relato de cuanto le había ocurrido desde el día de su separación en el camino que conducía a Bagdad hasta el momento en que el porta alfanje iba a cercenarle el cuello.

Y recitó estos versos:

¡El tiempo ha hecho de mí su víctima, mientras tú vives en la gloria! ¡Los lobos tratan de devorarme, y he aquí que llegas tú, el león!
¡Apagas la sed de cualquier sediento que se presenta! ¿Es posible que tenga yo sed, siendo tú siempre nuestro refugio?

Y cuando hubo recitado estos versos, gritó: “¡Oh mi señor Giafar, te reconozco!". Y gritó también: "¡Soy Ataf!". Y Giafar, por su parte, se irguió sobre ambos pies, lanzando un grito estridente, y se precipitó en los brazos de Ataf. Y tanta fué la emoción de ambos, que perdieron el conocimiento por unos instantes. Y cuando volvieron en sí se besaron y se interrogaron mutuamente acerca de lo que les había sucedido, desde el principio hasta el fin. Y aún no habían acabado de hacerse confidencias, cuando se dejó oír un grito penetrante; y se volvieron y vieron que había sido lanzado por un jeique que se adelantaba diciendo: "¡No es humano lo que hace!". Y le miraron, y vieron que el tal jeique era un anciano que tenía la barba teñida con henné y la cabeza cubierta con un pañuelo azul. Y al verle, Giafar le mandó avanzar y le preguntó qué quería. Y el jeique de la barba teñida exclamó: "¡Oh hombres! ¡alejad del alfanje al inocente! ¡Porque el crimen que se le imputa no es un crimen cometido por él, y el cadáver del joven asesinado no es obra suya, y él nada tiene que ver con eso! ¡Porque yo mismo soy el único matador!"

Y Giafar el visir le dijo: "Entonces ¿eres tú quien le ha matado?" El aludido contestó: "¡Sí!" El visir preguntó: "¿Y por qué le has matado? ¿Es que no albergas en tu corazón el temor de Alah, ya que de tal suerte matas a un hijo de sangre noble, a un Haschimita?". Y el jeique contestó: "Ese joven a quien habéis encontrado muerto era propiedad mía, y le había criado yo mismo. Y todos los días tomaba dinero mío para sus gastos. Pero, en vez de serme fiel, iba a divertirse tan pronto con el llamado Schumuschag como con el llamado Nagisch, y con Ghasis, y con Ghubar, y con Ghouschir, y con muchos otros libertinos; se pasaba los días con ellos, abandonándome. Y todos se envanecían en mis barbas de haberle poseído, hasta Odis el basurero y Abu-Butrán el zapatero remendón.

"Y mis celos aumentaban a diario. Y por más que le predicaba e intentaba disuadirle de obrar así, él no aceptaba ningún consejo ni ninguna reprimenda; por fin, aquella noche lo sorprendí con el llamado Schumuschag el mondonguero; y al ver aquello, el mundo se ennegreció ante mi rostro, ¡y en las mismas ruinas donde le sorprendí le maté! Y con ello me libré de todos los tormentos que me ocasionaba. ¡Y tal es mi historia!".

Luego añadió: "Y he guardado silencio hasta hoy. Pero al saber que iban a ejecutar a un inocente en lugar del culpable, no he podido callar mi secreto, y he venido para sacar al inocente de debajo del alfanje. Y heme aquí ante vosotros. Herid mi nuca y tomad vida por vida! ¡Pero antes libertad a ese joven inocente que no tiene que ver nada en este asunto!".

Y Giafar, al oír estas palabras del jeique, reflexionó un instante, y dijo: "¡El caso es dudoso! ¡Y en la duda, se debe alejar la mano! ¡Oh jeique! ¡vete en la paz de Alah, y séate perdonado tu crimen!". Y le despidió.

Tras de lo cual cogió a Ataf de la mano, y le estrechó de nuevo contra su pecho, y le condujo al hammam. Y cuando el arruinado Ataf se refrescó y restauró, fué con él al palacio del califa. Y entró a ver al califa y besó la tierra entre sus manos, y dijo: "Ahí está ¡oh Emir de los Creyentes! Ataf el Generoso, el que ha sido mi huésped en Damasco, quien me ha tratado con tantos miramientos, tanta bondad y tanta generosidad, y quien me ha preferido a su propia alma". Y Al-Raschid dijo: "¡Tráemele inmediatamente!". Y Giafar le condujo tal y como estaba, débil, extenuado y temblando de emoción todavía. Y sin embargo, Ataf no dejó de rendir sus homenajes al califa, de la mejor manera y con el lenguaje más elocuente. Y Al-Raschid suspiró al verle, y le dijo: "¡En qué estado te hallo!, ¡oh pobre!". Y Ataf se echó a llorar; e invitado por Al-Raschid, contó toda su historia, desde el principio hasta el fin. Y mientras él la contaba, Al-Raschid lloraba y sufría, así como el desolado Giafar.

Y he aquí que, entretanto, entró el jeique de la barba teñida, que había sido indultado por Giafar. Y el califa se echó a reír al verle.

Luego rogó a Ataf el Generoso que se sentara, y le hizo repetir su historia. Y cuando Ataf hubo acabado de hablar, el califa miró a Giafar y le dijo: "¡Cuéntame ¡oh Giafar! lo que piensas hacer por tu hermano Ataf!" Y Giafar contestó: "Por lo pronto, le pertenece mi sangre y soy su esclavo. Además, tengo para él cofres que contienen tres millones de dinares de oro, y otros tantos millones en caballos de raza, mozalbetes, esclavos negros y blancos, jóvenes de todos los países y todo género de suntuosidades. Y se quedará con nosotros para que nos regocijemos con su compañía". Y añadió: "¡Por lo que respecta a su prima-esposa, es cosa a tratar entre yo y él!".

Y el califa comprendió que había llegado el momento de dejar juntos a los dos amigos; y les permitió salir. Giafar condujo a Ataf a su casa, y le dijo: "¡Oh hermano mío Ataf! has de saber que la hija de tu tío, que te ama, está intacta, y que no he visto descubierto su rostro desde el día de nuestra separación...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.