Las mil y una noches:0925

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Las mil y una noches - Tomo VI
y cuando llego la 940ª noche

de Anónimo


Y CUANDO LLEGO LA 940ª NOCHE[editar]

Ella dijo:

"... Y por último, has asentado tu sucio trasero de brea en una silla, y veo las señales en tu traje, en el que ha dejado la paja rayas visibles hacia el sitio en que ha rozado con ella. ¡Así, pues, yo no soy ya nada para ti, y tú no eres ya nada para mí!" Y tras de hablar así, acabó de envolverse en sus velos, y me arrastró, a pesar de mi nariz, a casa del kadí. Y cuando estuvimos en su presencia, le dijo: "¡Oh mi señor kadí! tu servidora está unida en legítimo matrimonio con este hombre abyecto que se halla ante ti. Y antes de nuestro matrimonio, le impuse tres condiciones esenciales que ha aceptado él durante cierto tiempo; pero hoy acaba de infringirlas. Así, pues, como tengo derecho a ello, quiero cesar de ser su esposa a partir de este momento; y vengo a pedirte el divorcio y a reclamar mi equipo y la pensión". Y el kadí quiso conocer las condiciones. Y ella se las detalló, añadiendo: "Pero este hijo de ahorcado se ha sentado en una silla, ha comido una sandía y ha tomado haschisch". Y probó su aserto conmigo, que no me atrevía a negar la evidencia, y me limitaba a bajar la cabeza confuso. Entonces el kadí, que tenía buenos sentimientos y se apiadaba de mi estado, dijo a mi esposa, antes de pronunciar sentencia: "¡Oh hija de gentes de bien! indudablemente, estás en tu derecho; pero debes ser misericordiosa". Y como ella se sublevaba y escandalizaba y no quería escuchar ni oír nada, el kadí y todos los presentes se pusieron a rogarle con insistencia que me perdonara por aquella vez. Y como seguía siempre inexorable, acabaron por rogarle sencillamente que suspendiera su demanda de divorcio para tomarse tiempo de reflexionar acerca de si, en vista de la unanimidad de los ruegos, no sería más razonable aplazar por el momento su pretensión, sin perjuicio de llevarla a cabo otra vez en caso de necesidad. Entonces mi esposa acabó por decir de mala gana: "Bueno, consiento en reconciliarme con él; pero con la condición expresa de que el señor kadí halle respuesta a la pregunta que yo le haga".

Y el kadí dijo: "Con mucho gusto. Haz la pregunta, ¡oh mujer!" Y ella dijo: "Primero soy un hueso; luego me convierto en nervio; luego soy carne. ¿Quién soy?". Y el kadí bajó la cabeza para meditar. Pero por más que reflexionó acariciándose la barba, no dió con ello. Y acabó por encararse con mi esposa, y le dijo: "¡Ualahí! hoy no puedo encontrar la solución de ese problema, porque estoy fatigado de mi larga sesión de justicia. Pero te ruego que vengas aquí mañana por la mañana, y ya te contestaré, habiendo tenido tiempo para consultar mis libros de jurisprudencia".

A continuación levantó la sesión de justicia, y se retiró a su casa. Y tan preocupado le tenía el problema consabido, que ni siquiera pensó en probar la comida que acababa de servirle su hija, una joven de catorce años y medio. Y dominado por su obsesión, se repetía a media voz: "Primero soy un hueso; luego me convierto en nervio; luego soy carne. ¿Quién soy? Vaya, ¡ualahí! ¿quién soy? Sí, ¿quién es? ¿Qué será?" Y revolvió todos sus libros de jurisprudencia, y obras de medicina, y gramática, y tratados científicos, y en ninguna parte pudo encontrar la solución de aquel problema, ni la menor cosa que de cerca o de lejos lograra resolverlo o encaminara a su explicación. Así es que acabó por exclamar: "¡No, por Alah, renuncio a ello! jamás me ilustrará sobre el particular ninguna obra".

Y su hija, que le observaba y notaba su preocupación, le oyó pronunciar estas últimas palabras, y le dijo: "¡Oh padre! me parece que estás preocupado y atareado. ¿Qué te ocurre, ¡por Alah sobre ti!? ¿Y cuál es el motivo de su atareamiento y de tus preocupaciones?"

Y contestó él: "¡Oh hija mía! se trata de una cosa inexplicable, de un asunto sin resolver". Ella dijo: "Explícamelo no obstante. Nada hay oculto para la ciencia del Altísimo". Entonces decidióse él a contárselo todo y a exponerle el problema que le había propuesto mi joven esposa. Y ella se echó a reír, y dijo: "¡Maschalah! ¿es ese el problema insoluble? Pero ¡oh padre! si es tan sencillo como el curso del agua corriente. En efecto, la solución está clara, y se reduce a esto: por el vigor, la dureza y la resistencia, el zib del hombre de quince a treinta y cinco años es comparable a un hueso; de treinta y cinco a sesenta, a un nervio; y después de los sesenta, no es más que una piltrafa de carne sin propiedad alguna".

Al oír estas palabras de su hija, el kadí se dilató y se esponjó, y dijo: "¡Loores a Alah, dispensador de la inteligencia. Tú salvas mi honor, ¡oh hija bendita! e impides que se deshaga un buen matrimonio". Y apenas fué de día, se levantó en el límite de la impaciencia, y corrió a la casa de las leyes, donde presidía la sesión de justicia, y tras de una larga espera, por fin vió entrar a la mujer a quien esperaba, o sea a mi esposa, y al esclavo que tienes delante, o sea yo mismo. Y después de las zalemas por una y otra parte, mi esposa dijo al kadí: "¡Ya sidi! ¿te acuerdas de mi pregunta, y has resuelto el problema?" Y contestó él: "¡El hamdú lilah! ¡Loor a Alah, que me ha iluminado! ¡Oh hija de gentes de bien! podías haberme hecho una pregunta un poco más difícil, porque ésa está resuelta sin dificultad. Y todo el mundo sabe que el zib del hombre de quince a treinta y cinco años es parecido a un hueso; de treinta y cinco a sesenta, se torna semejante a un nervio; y después de los sesenta, no es más que un pedazo de carne sin consecuencia".

Pero mi esposa, que conocía muy bien a la joven y estaba enterada de cuánta era su inteligencia, adivinó lo que había pasado, y dijo al kadí con cierta burla: "No tiene más que catorce años y medio tu hija; pero su cabeza tiene el doble o más. ¡Enhorabuena, enhorabuena! ¿a dónde irá a parar si sigue así? ¡Ualahí, muchas mujeres profesionales no sabrían tanto! Tiene una disposición excelente para las ciencias, y está asegurado su porvenir".

Y a continuación me hizo seña de que abandonara la sala de las sesiones de justicia, dejando al kadí pasmado, absorto y cubierto de confusión, en presencia de toda la concurrencia, hasta el fin de sus días".

Y tras de hablar así, el segundo capitán de policía se retiró a su fila. Y el sultán Baibars le dijo: "Los misterios de Alah son insondables. ¡Esa historia es una historia asombrosa!". Entonces avanzó el tercer capitán de policía, que se llamaba Ezz Al-Din, y después de besar la tierra entre las manos de Baibars, dijo: "En cuanto a mí, ¡oh rey del tiempo! en el transcurso de mi vida no me ha ocurrido nada saliente que merezca llegar a oídos de Tu Alteza. Pero, si me lo permites, te contaré una historia que, por muy impersonal que sea, no es menos atrayente y prodigiosa. Pero hela aquí: