Las predicciones metereológicas

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​El Museo universal​ (1868)
Las predicciones metereológicas
 de A.

Nota: Se ha conservado la ortografía original.

De la serie:

CIENCIAS NATURALES.

LAS PREDICCIONES METEOROLÓGICAS.

La tradición conserva en las costas del mar y en las campiñas algunos refranes populares acerca de los cambios de tiempo y de los pronósticos atmosféricos. No pueden despreciarse absolutamente estas creencias, porque es raro que la ciencia al desarrollarse no pruebe su exactitud, aunque en general pequen por falta de precisión. Los refranes que son, según se dice, la sabiduría de las naciones, constituyen por lo regular todo el conocimiento científico de los marinos y de los labradores, que sin embargo, adquieren algunas veces una aptitud maravillosa para pronosticar el tiempo. ¿No parece que el hombre en relación diaria con los fenomenos de la naturaleza toma del animal esa preciosa cualidad que llamamos instinto, por no saber esplicarla? Desgraciadamente, también los mismos que mas hábiles son para observar los signos del tiempo se esplican mal los pronósticos á que obedecen, y son en su mayor parte incapaces de comunicar sus conocimientos á otros; tantos ó tan débiles son los caracteres meteorológicos que guian su instinto. Es inútil añadir, que no se puede fundar una ciencia en esta aptitud individual; el hombre sabio necesita conocer, no sólo los efectos, sino también las causas, y la certidumbre no puede existir para él, en tanto que los fenómenos no se encadenen en un órden conforme á las leyes naturales.

Entre estos principios vulgares, que no vacilamos en calificar dé preocupaciones, uno de los mas arraigados es sin duda alguna el que atribuye á la luna una influencia decisiva en las variaciones de tiempo. En vano Mr. Arago, inteligencia luminosa y sagaz, que se ha dedicado á vulgarizar entre la buena sociedad los conocimientos científicos mas profundos, ha tocado con frecuencia esta cuestión para destruir el error. A pesar de todos sus argumentos, la influencia de la luna sobre la atmósfera es aun causa de mas de un pronóstico. Hace pocos años ha servido de base para una teoría completa de la lluvia y del buen tiempo, que ha hecho mucho ruido y ha preocupado la opinión pública en Francia y aun en algunos otros países, mucho mas tiempo que hubieran podido hacerlo los descubrimientos mas importantes. ¿Para que sirve la luna? Tal es la cuestión que presentó Mr. Mathieu; ¿sirve para hacer las mareas con ayuda del sol? Si no sirve mas que para esto, es bien poco para un astro que ocupa también su puesto en nuestro cielo. ¿Por qué tiene fases? debe hallarse deshabitada, en cuyo caso debe estar privada de vida y ser un mundo que nos pertenece, dependencia natural de nuestro dominio, del mismo modo que esas montañas inaccesibles cubiertas de nieves eternas, cuya utilidad no se conoce al principio, pero que esparcen la vida en nuestros llanos y en nuestros valles derramando en ellos los rios y los arroyos. La luna debe ejercer una influencia preponderante sobre los vientos, sobre la temperatura, sobre los meteoros eléctricos y acuosos, en una palabra, sobre los fenómenos atmosféricos; debe influir en los vegetales, en los animales y hasta en el hombre mismo. Fuera de los cálculos y de las observaciones meteorológicas, la razón dice que la luna tiene un destino mas estenso que el de concurrir á las mareas del Océano.

Desde luego puede objetarse á este sistema, que no es la razón, sino la imaginación la que asigna á la luna el papel que se la querría hacer representar sobre la superficie de la tierra. La razón necesita pruebas y no se satisface con Una mera probabilidad. Conviene examinar las relaciones que puede haber entre los movimientos de la luna y los fenómenos atmosféricos. En cuanto á la influencia de la luna sobre el hombre y sobre los animales, no merece la pena de detenerse á refutarla.

La teoría de la lluvia y del buen tiempo tenia algo que seducía por su sencillez y los pronósticos de Mr. Mathieu, anunciados con muchos meses de anticipación, alcanzaron toda la celebridad que eran capaces de darles diferentes periódicos; pero Mr. Leverrier se encargó de refutar oficialmente esta teoría meteorológica, y probó que lo que Mr. Mathieu atribuía á la influencia de las fases de la luna no era mas que el resultado de la estremada variabilidad de la lluvia. Se dirá que negar la influencia de la luna sobre los fenómenos meteorológicos, es negar las mareas atmosféricas. La acción combinada del sol y de la luna que levanta periódicamente las olas del Océano ! ¿no tiene, pues, ninguna influencia sobre las masas de i aire mas móviles, ni sobre las nubes? ¿Por qué lo que | es verdad respecto del flujo de la mar no lo seria respecto del flujo atmosférico? La respuesta es muy sencilla; asi como las mareas del Océano no forman las corrientes marinas, del mismo modo las corrientes atmosféricas no forman los vientos. Todo es análogo en los dos océanos que cubren la tierra, el uno acuoso, que el marino tiene bajo sus píes, el otro gaseoso que está sobre su cabeza, y que no se diferencia del primero mas que por lo ligero del fluido. La lluvia es para el uno lo que la evaporación para el otro. Los vientos corresponden á las corrientes. Descendiendo al fondo del mar, se encuentra la calma absoluta; elevándose en la atmósfera por encima de las nubes, por encima de las montañas, se encuentra también la calma, la inmovilidad, de modo que los dos elementos, el aire y el agua, que se tocan en casi la totalidad de nuestro globo, no pueden, al parecer, trastornarse mas que por las reacciones que ejercen mutuamente uno sobre otro. En nuestro planeta, el dominio del hombre es la región de las tempestades, y es una ficción poética, que no carece de verdad, el colocar en la elevación de los cielos ó en los abismos de la tierra los lugares del reposo eterno.

Entre el cielo y la tierra, en la región que por decirlo asi podemos tocar con el dedo, es donde se verifican todos los fenómenos metéorológicos; allí es también donde debemos buscar las causas que los hacen nacer y las leyes que los rigen. El motor principal en esta lucha incesante del aire y del agua, es el sol. El sol absorbe las aguas del mar para formar nubes, y gasta en este trabajo cotidiano una fuerza equivalente á la de muchos centenares de millones de caballos. El sol, que crea las nubes, crea también los vientos, porque calienta de un modo desigual los diferentes lados del globo, y después entrega las nubes á los vientos. Entonces interviene la rotación de la tierra, que aparta los vientos de su dirección primitiva; pero si estas dos causas, el sol y la rotación de la tierra, procedieran solas, los fenómenos meteorológicos serian sencillos y uniformes. Observaríamos en toda la superficie de la tierra esta regularidad de movimientos que hace que en las grandes superficies planas del Océano los vientos alisios y los monzones soplen de un modo regular en cada estación del año; pero no sucede asi.

Las cadenas de montañas modifican ya de un modo grave la dirección de los vientos y la marcha de las nubes; después, en la superficie de los continentes y de los mares, estos meteoros encuentran otras causas de perturbación en número casi infinito, que varían en cada localidad y con frecuencia también de un año á otro. Los inmensos campos de hielo de los dos polos que avanzan poco á poco hace las aguas templadas del Ecuador arrastrados por las corrientes marinas, son los que enfrian masó menos según su variable estension, los vientos del Oeste que nos vienen de América. El gulf-stream, corriente de agua templada, también calienta á estos mismos vientos, y es el que, según los años, sube al Norte ó desciende al Sur. Las mismas nubes que, mas ó menos opacas, quitan ó dan á la tierra el calor solar, detienen ó retardan la evaporación. La desecación de un lago el desmonte de un bosque bastan para variar el clima dé un país, es decir, la temperatura media que reina en él, al propio tiempo que la cantidad de lluvia que recibe y los vientos que soplan. Se ha sostenido también que los cañonazos, que producen una poderosa impulsión en el aire que está próximo, atraen ó alejan las nubes y las tempestades. Todo obra sobre la atmósfera del mismo modo que la atmósfera obra sobre todo; la atmósfera podría considerarse como tipo de la movilidad, con mas razón que las olas. No hay problema mas difícil que el de prever sus movimientos. Para apreciar cuán limitada es nuestra inteligencia en el campo de las previsiones, basta considerar que el sistema solar comprende apenas una docena de grandes masas aisladas unas de otras, las cuales ejercen entre sí una influencia recíproca que sigue una ley muy simple, y sin embargo, desde hace ciento cincuenta años que Newton descubrió la ley de la atracción universal, los astrónomos no han logrado aun esplicar todos los movimientos de estas masas, ni prever con exactitud todos los efectos que se producen en un mundo tan simple. Por tanto, el que crea que puede pronosticar el tiempo como puede predecir la salida y la puesta de los astros, se equivoca completamente, porque las perturbaciones accidentales que seria imposible predecir, representan un papel demasiado importante para que se pueda hacer omisión de ellas.

En una palabra, podemos afirmar, bajo la fe do los hombres mas competentes y mas sabios que se han ocupado de la meteorología", que jamás será posible saber con mucha anticipación lo que serán, en un lugar dado, la temperatura de cada mes, las cantidades de lluvia comparadas al término medio habitual, y los vientos reinantes. Mas aun, todas las investigaciones de este género son ilusorias y poco dignas de ocupar los espíritus grandes. ¿Será esto decir que la meteorología es inútil y que no puede suministrar indicaciones preciosas al viajero y al agricultor? No; de ningún modo; en un círculo nías limitado, tiene sus ventajas; gana en precisión, como todas las ciencias, á medida que acorta el campo de sus observaciones.

A.