Filipinas 4

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Nota: Se ha conservado la ortografía original.

De la serie:

GEOGRAFIA Y VIAJES.


FILIPINAS.

(CONTINUACION.)

El tulisan de Filipinas es un héroe cuyo título se ha desnaturalizado tanto, que los ladrones han adquirido derecho á llevarlo. La pasmosa fertilidad del suelo filipino, que en todas partes ofrece ópimos frutos, desarrolla, á no dudarlo, en algunas clases la tendencia á ser poco escrúpulosas en apropiarse lo ageno sin gran malicia. Con efecto, el sér racional que desde la niñez ha contraído el hábito de disfrutar de la mayor parte de los objetos que le rodean, bastándole alzar la mano para saborear la esquisita manga y el dulce y aromático plátano, apagando su sed con la deliciosa agua del coco, y buscando la defensa de los ardorosos rayos de un sol de fuego bajo el humilde y algún tanto fresco techo de una casa de nipa, no se resigna de buen grado á privarse en las ciudades de mil objetos de escaso valor.

Al tulisan verdadero, nada delata por la vía legal. Sus costumbres no se diferencian de las del resto de sus convecinos: tiene su campo y labra; tiene su banca y pesca; los domingos asiste engalanado con su mejor trage á los oficios divinos, y llena aparentemente todos sus deberes religiosos y civiles; pero recibe una simple invitación, y en dos horas de camino se halla reunido con 50 ó 100 camaradas de largos y negros cabellos, esparcidos sobre los rostros, á guisa de careta empuñando el tajante campilan ó la bien aguzada lanza sustraída acaso por aquella noche del tribunal, donde se deben custodiar las armas de los cuadrilleros. Despues que dan el golpe, se disuelve la asamblea.

Otro de los entes originales que hacen papel en Filipinas, es la Partera india, que los indígenas llaman Hilot. Esta comadrona se improvisa como sucede con los cocheros, los cocineros, y los mediquillos, de que nos ocuparemos mas adelante, y con casi todos los maestros de artes y oficios. El aprendizaje es nulo o casi nulo; á lo sumo, los únicos títulos que acredita dichas parteras, son la herencia, la tradición o la edad; pero generalmente, es el lucro lo que las da osadía bastante para dedicarse á esta profesión, ejerciéndola con la impavidez y aplomo que origina la mas completa ignorancia. La Hilot no conoce, por supuesto, la contestura de las partes y órganos que concurren al desempeño de las diversas funciones de la reproducción en la mujer; sólo posee ideas confusas respecto de las anomalías que pueden presentarse. Con tan marcada ignorancia, no tienen otro recurso que confiar en la Providencia las madres y las criaturas entregadas en manos de tales mujeres. Asusta y conmueve el ver cómo las mas groseras preocupaciones hacen que el arte contraríe y destruya la bondad de la naturaleza. ¡Cuántas pobres jóvenes quedan injustamente inútiles y achacosas para toda su vida! ¡Cuánta criatura perece en el claustro materno ó se arruina su buena complexión al nacer!

La partera, cuando asiste á una india ó mestiza, se constituye de lleno en el ejercicio de su industria: representa el papel de médico, cirujano y boticario. Prepara por si misma media docena de brevajes con otras tantas unturas que se administran y se aplican irremisiblemente, convenga ó no convenga. ¿Dónde aprendieron la confección de estos medicamentos? Es de difícil averiguación; baste decir para que se comprenda la filosófica aplicación de ellos, que rara vez falla el aceite, el cual se administra en bebida con el objeto de que vaya á suavizar el interior y quede el cuerpo corriente como una máquina. Sujetan á la paciente á un penoso martirio de friegas y estrujamientos para favorecer (dicen) á la naturaleza... ¡Y pobre de ella si se resiste á tales prescripciones! Entonces se la aterroriza con la relación detallada de casos funestos que ha visto la operadora, porque no se siguieron sus consejos. Terminado el alumbramiento después de tanto sufrir, entra la parte de farándula, que saben desempeñar á las mil maravillas. Con su cigarro en la boca, arrellanada en el suelo, y entretenida en rascarse los pies, cuenta con el mayor descaro, los mil peligros de que ha salvado á la puérpera, gracias;'t su larga práctica, y nunca desiste de soltar á la madre y al bijo, ínterin no trascurren los cuarenta días.

El Mediquillo es una calamidad india con que el Sér Supremo quiso afligir á los que viven en la venturosa tierra filipina, aparte de los váguios, truenos y temblores. Es propiamente un curandero, nacido para hacer morir á muchos y para bien y provecho de sí sólo. Cuando después de algunos días (fe descanso en el petate, de inapetencia y malestar, se decide un indio á creer que está enfermo, ya ha recibido á todas las gentes de la vecindad en visita alrededor de su lecho, y oido las diversas opiniones de las comadres sobre lo que podría ser bueno para su mal, que ninguna salte. La familia de la casa, atendiendo á las faenas ordinarias y al cumplimiento con las visitas, tiene, poco tiempo para atender al postrado; pero al ver que éste no come con el apetito de costumbre, se alarma algún tanto; y al fin, continuando aquel mal síntoma, (el no comer,) se decide á buscar al Mediquillo. Aparece este, y después de un saludo de medias palabras, aceptando el indispensable buyo y cigarrillo, rodeado de los chiquillos de la casa y vecindad, se instala en cuclillas nuestro profesor al lado del paciente, le palpa sobre la ropa los brazos y piernas, le toca la frente, endereza luego su persona, escupe por algún agujero, se suena la nariz con la mano, y dice: ¡no es nada! Al oir esta palabra, se animan todos los espectadores, y aun el moribundo empieza á creerse menos malo.

Búscanle silla al doctor, ó se sienta en un lancape, donde á poco es acometido con la laza del chocolate, y mientras da cuenta de ella, va correspondiendo con inclinaciones de cabeza á los que su venida ha traido al lado del enfermo. Las noticias adquiridas' de la vieja, la fisonomía de la casa, el pelaje de las gentes, el chocolate que ha sorbido y el tabaco que le han dado, son los signos que consulta el curandero para el diagnóstico de la enfermedad. Si el conjunto de lodo aquello le satisface, el no es nada, llega á ser algo que hace necesaria su asistencia y presencia en la casa, donde se instala desde entonces. Se acerca otra vez al enfermo, le ase por las muñecas, donde ha oido está el pulso, pregúntale si le duele la intraña ó qué cosa, le da algunos apretones en el vientre, nuevos pases y sobas en las piernas y brazos, y al fin, para llenar la primera indicación contra el viento malo, dispone que liguen ó aten fuertemente con buri los pulgares de pies y manos, los brazos y muslos del pobre enfermo, que esperimenta el alivio de que efectivamente ya no le duele tanto lo que le dolia, porque le duelen otras cosas: con ésto y unos polvos desconocidos que hace tomar al paciente, ya queda terminada, por aquel dia, su obra. Mientras se procura un rato de distracción al panguingui ó pares-pares, que con tal objeto han armado los de la casa y allegados, no pierde silaba de lo que conversan los visitantes. También tiene especial cuidado el Mediquillo en no dar la cara ó hacerse presente, cuando entre los que están allí, observa á alguno que calza más puntos que él en materias médicas, sobre todo si no es colega, que entre ellos ya se entienden, y si ya por lo apurado del caso hay necesidad de los auxilios del párroco, y éste es castila, se hace todo oídos para prohijar y dar luego como suyos los remedios que mas ó menos acertados, pero racionales, aconseja á la familia el médico del alma, y muchas veces del cuerpo. Cuando aquella es acomodada y tiene el párroco bastante elocuencia para persuadirla á que, vista la gravedad del caso y la insuficiencia de los remedios empleados, llame a un profesor europeo, no deja de. haber cierta sublevación de espíritu en el médico de casa; pero muy luego aquellos malos movimientos ceden su puesto á los de humildad y resignación, en virtud de los que, aun sin ser invitado, no duda en aceptar el papel de practicante al lado del médico castila. En general, sólo cuando por un medio sobrenatural puede salvarse el enfermo en los casos desesperados, es ruando apela el indio á la verdadera ciencia: todas las luces y recursos de ésta no alcanzan muchas veces á sacar airoso al mas entendido profesor, no siendo uno de los menores escollos y dificultades con que tiene que luchar, el modo de comportarse con el convertido ni su ayudante. Pocas veces se da por ofendido el Mediquillo, si alguno de su colegio se interesa en la curación y le suplanta: se avienen fácilmente, si hay para todos, á continuar ambos en el tratamiento de un caso, hasta que al fin, yendo y viniendo días, y pasando meses, ó la enfermedad se marcha y el enfermo sana, ó Dios dispone otra cosa, de cuyos dos eventos depende la despedida del médico. No sale, sin embargo, de la casa hasta pasada la funcia del duelo, pues además del ajuste de cuentas, sabe muy bien lo recomendable que es el orar por los vivos y por los muertos, y nadie estraña su presencia al saber la parte que ha tenido en la curación.

(Se continuará.)

Bernabé España.