Las visitas

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El Museo universal (1868)
Las visitas
 de Ricardo Sepúlveda.

Nota:Se ha conservado la ortografía original excepto en el caso de algunos acentos.

De la serie: Album poético

En cumplimiento de lo ofrecido, insertamos la siguiente composición del libro Notas graves y Notas agudas, en que su joven autor describe con cuatro gráficas pinceladas varias escenas del ridiculo ceremonial que se observa en algunas de las costumbres actuales.

LAS VISITAS.
I
LA VISITA FRUSTADA.

—¿Está el señor?

—No lo sé.

—Vaya usté á ver...

—Ya lo he visto. Me ha dicho que no está en casa.

—¡Ya! ¿conque él mismo lo ha dicho?...

—No, señor; él no, es que... vamos...

—Dígale usted que he venido, cuando vuelva.

—Está muy bien.

—Que siento no haberle visto.

—Asi lo haré.

—Y que mañana volveré.

—Bien.

—(¡Ya he cumplido!)


II.
VISITA DE ENCARGO.

En la puerta.

—La señora doña Rita de Cienfuegos y Valona, esposa que fue de un conde natural de Zaragoza, ¿no vive aquí?...

—Si, señor. ¿Voy á avisar?...

—Si, señora.

En el salón.

—Caballero...

—Beso á usted...

¿Usted será...

—Juan Cardona, que viene en este momento de la invicta Zaragoza, y que trae una visita de don Luis.

—¿Gil?

—Sí, señora.

—Agradezco la molestia...

— No es molestia, es una honra...

—¿Y cómo sigue Luisito?

—(¡Ahora se va á armar la gorda!... yo no conozco á este Luis; es un nombre que Carlota me ha dicho sin darme señas...) Señora... bien... ¡cómo engorda!...

—¡Ah! pues eso le conviene.

—Pero... ¿y Carlota... la polla?

—Estará en el tocador. ¡Carlotááá! ¡niña!

—(¡Qué broma!)

—Sal, que hay aquí un caballero que viene de Zaragoza.

—Voy, mamá.

—Dispense usted...

—¡No faltaba mas!

—Carlotááá...

—Ya estoy aquí...

—Señorita...

—(¡Mi novio!)

—No seas tonta... niña, ¿por qué no saludas?

—Beso á usted...

—(Está muy mona.)

—¿Ha visto usted qué crecida?

— Es toda una buena moza... Ya me decía Luisito...

—Y diga usted, doña Rosa ¿se curó ya aquella herida?

—(¡Y quién será esa señora!) La... herida...

—La de la pierna.

—(Estoy por dejarla coja.) No... señora, todavía va con muletas... Señora.

—¿Se va usted?

—Sí, si es que ustedes no me mandan otra cosa; tengo que hacer.

—Pues... don Juan, esta casa está...

—Señora, vendré á molestar á ustedes algunas veces... Carlota, estoy á los pies de usted. (Ya entré en tu casa, pichona.)

III.
VISITA DE PÉSAME.

—¿Está usted mas consolada?...

—¡Ay!... ¡Cállese usted por Dios!... (una pausa de media hora: unos lloran, otros no; éste calla y mira al suelo, aquel habla á media voz.)

—Esto no tiene remedio; señora, resignación...

—¡Si no puedo acostumbrarme!

—¡Ay, mamá, tampoco yo! (Otra pausa; todos piensan en aquel que se murió... la hija se lamenta mucho porque no verá... á su amor en muchos días; la madre porque no ha tenido opción a la viudedad; el tio porque es un tio feroz que, sacaba del difunto mucho partido... ¡qué horror! pero todos disimulan porque yo delante estoy.. )

—Señora, pues ya su esposo de la presencia de Dios estará gozando ahora, cuídese usted por favor... que si no, va usté á seguirle si sigue tanto dolor...

—Era muy bueno mi Carlos.

—¡Si no digo yo que no!... Acompaño á ustedes todos en el sentimiento.

—¡Adios!

IV.
VISITA INTEMPESTIVA.

Señora... ¡ay! usted dispense, está usté á medio vestir...

—No le hace, salgo al momento; esa muchacha es así, tan salvaje... (La señora se va al cuarto de dormir, cierra las puertas vidrieras, porque se ve por allí algo que ataca al olfato y que no huele á jazmín; se mete aprisa las medias, recoge la ropa,y se quita la papalina y la bata de dormir... se coge el pelo y se pone el vestido de organdí; apaga la lamparilla, cierra el balcón, y por fin sale de nuevo á la sala en donde está aquel dandy, tapando con su pañuelo los huecos de la nariz.)

—He tenido mucho gusto...

—Todo el gusto es para mi... (y también todo el olor...) Anoche llegué á Madrid, y tengo, señora, el tiempo muy tasado...

—Pues... en fin, dígale usté á su papá que no deje de venir...

—Hoy mismo le escribiré... (que no vuelva por aquí.)

V.
VISITA DE CUMPLIDO.

—¡Ojalá que haya salido! ¿está en casa?

—Pase usté. (Media horita de plantón, y mirando á la pared, y á los cuadros, y á las sillas, y hasta el juego de café.)

—Caballero...

—¿Usted tan buena?

—Gracias; ¿y usted?

—Gracias, bien!

—¿Aquel caballero bueno?

—Sí, gracias... (Pausa.)

—¿Y usted no ha vuelto á estar delicada?

—No, señor. (Pausa otra vez.)

—¿Pero ha visto usted qué tiempo?

— ¡Si esto es atroz, si esto es...!

—¡Tiene trazas de seguir!

—Eso seria cruel. (Pausa.)

—¿No va usté al teatro?

—Sí, señor, alguna vez. ¿Usted no va?

—Yo, muy poco... la otra noche la vi á usted. (Pausa larga.) —Yo celebro haber tenido el placer de ver á usted.

—Muchas gracias.

—Estoy á los pies de usted.

Ricardo Sepúlveda.