Lo prohibido: 09

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Lo prohibido : IX
Mucho amor (¡Oh París, París!),
muchos números
y la leyenda de las cuentas de vidrio

de Benito Pérez Galdós


I[editar]

A la semana siguiente instalose mi prima en su nueva casa. Un día antes de mudarse, estuvo en la mía por la tarde, en ocasión que yo me encontraba solo. Hablamos atropellada y nerviosamente de las dificultades que nos cercaban; ella temía el escándalo, parecía muy cuidadosa de su reputación y aun dispuesta a sacrificar el amor que me tenía por el decoro de la familia. Manifestaba también escrúpulos religiosos y de conciencia, que yo acallé como pude con los argumentos socorridos que nunca faltan para casos tales. En ninguna de las conversaciones de aquellos días nombrábamos jamás a Carrillo. Únicamente hizo Eloísa alguna tímida referencia a la equivocación lamentable de su casamiento. Fue más que una ceguera de ella, terquedad de su mamá y tontería de su papá... No tenía ella, no, toda la culpa de su falta. ¡Pícaro mundo! ¿Por qué no vine yo antes a Madrid? Y ya que no vine antes cuando hubiera sido ocasión de casarnos, ¿por qué vine después cuando ya el conocerme la había de hacer tan desgraciada? En resumidas cuentas, yo tenía toda la culpa... Pero ya, ¿qué remedio...? La atracción que a entrambos nos había unido era más fuerte que todas las demás cosas del alma. Imposible luchar contra ella... ¡Pero el escándalo, la pérdida de la reputación, el murmullo de la gente, su hijo... el pobre barbián, que cuando creciera oiría decir que su mamita no había sido buena, como deben serlo todas las mamás!... Las delicias de amar por vez primera y única eran acibaradas por aquella zozobra punzante, por aquel miedo al qué dirán, por el presentimiento de catástrofes y desventuras que es la sombra fatídica que se hace a sí misma la vida ilegal.
Y otra cosa... ¿Cómo, dónde y cuándo nos veríamos?... porque pensar que podría transcurrir una semana sin vernos a solas, era pensar en la eternidad de la desdicha humana. Sobre esto hablamos largamente y con cierto ahogo, sin que yo pueda precisar ahora cuáles conceptos salieron de su boca, cuáles de la mía, cuáles de entrambas a la vez y como en un solo aliento. «Nos veríamos en su casa»... «No, no, en la mía»... «No, no, en otra»... «¿Dónde?»... «Pues nos daríamos cita en tal o cual parte»... «Yo arreglaría una casita muy cuca...».
La felicidad que me embargaba y que juntamente significaba amor, idealismo y satisfacción del amor propio, era demasiado grande para que yo pudiera encerrarla en el secreto de mi alma. No quería yo el escándalo; mi moral era aún bastante remilgada para enseñarme lo que debemos al decoro; la publicidad érame antipática; pero con todo, mi aventura me ahogaba hinchándome el pecho, sin duda por la parte que la vanidad tenía en ella. Érame forzoso mostrar a alguien mis bien ganados laureles; yo buscaba tal vez, sin darme cuenta de ello, un aplauso a la secreta aventura. Con nadie podía tener una confianza delicada como con Severiano Rodríguez, amigo mío muy querido de toda la vida. Conocía su discreción. Él me guardaría mi secreto como yo le guardaba los suyos. También Severiano estaba enredado con una señora casada, sólo que esto era tan público en Madrid como la Bula. Contele, pues, todo, y no se sorprendió. Se lo temía el muy pillo. Díjome, con aquel su estilo figurativo y genuinamente andaluz, que era inútil quisiera yo hacer el niño del mérito, guardando una reserva que era lo mismo que poner persianas al viento; que no intentara trastear al público, que es animal de mucho quinqué, y, por fin, que los tiempos de notoriedad que corremos hacen imposible el tapujito, lo que viene a ser una ventaja de nuestra edad sobre las precedentes.
Razón tenía mi amigo. Dos meses después, advertí que mi secreto había dejado de serlo para muchas personas, aunque las conveniencias seguían guardándose con la mayor escrupulosidad. El amor por una parte, con la dulzura de sus goces prohibidos; la vanidad victoriosa por otra, mantenían mi espíritu en estado de tensión incesante. Yo no cabía en mí de gozo. Me sentía ya capaz, no sólo de locuras románticas, sino aun de las mayores violencias, si alguien osara disputarme aquel bien que consideraba eternamente mío. Eloísa me esclavizaba con fuerza irresistible. Su tenaz cariño era pagado liberalmente por mí, con exaltada pasión, con estimación, hasta con respeto, con todo lo que el corazón humano puede dar de sí en su variada florescencia afectiva. Y en cierto modo me recreaba en ella como si fuera algo no sólo perteneciente a mí, sino hechura de mi propia pasión. Porque sí, Eloísa era más hermosa desde que estaba en relaciones conmigo; como mujer valía más, mucho más que antes. Su elegancia superaba a los encomios que hacía de ella la lisonja. Desde que se instaló en su nueva y primorosa vivienda, parecía que había subido de golpe al último grado de esa nobleza del vestir, que no tiene nombre en castellano. Todas las seducciones se reunían en ella. Y yo... ¡para que vean ustedes cómo me puse!... la miraba como miraría el artista su obra maestra. No es esto, no, lo que quiero decir: mirábala como una planta que yo había regado con mi aliento, abrigado con mi calor y fertilizado con mi dinero, criándola para goce mío y recreo de la vista de los demás.
Francamente, en mi cerebro había algo anormal, un tornillo roto, como gráficamente decía mi tío al descubrir las variadas chifladuras de la familia. Yo no estaba en mí en aquella época; yo andaba desquiciado, ido, con movimientos irregulares y violentos, como una máquina a la cual se le ha caído una pieza importante. De tal modo estaba alterado mi equilibrio, que a cada momento lo daba a conocer. Si no hacía cosas ridículas, era porque conservaba muy vivo el respeto exterior de mí mismo; pero decía majaderías, como las que antes, en boca de otros, me habían hecho reír mucho.
Con la familia me hallaba algo cohibido. Temía que el tío se enfadase, que la tía Pilar me echase los tiempos por la situación poco decorosa en que yo había puesto a su hija. Pero ninguno se dio por entendido. O no lo sabían o lo disimulaban. Raimundo y María Juana tampoco chistaban. Sólo Camila se permitió algunas reticencias, de que no hice caso. Toda la familia me trataba de la misma manera, con el mismo afecto y cortesía, y yo, agradecido a esta condescendencia natural o estudiada, les correspondía redoblando con respeto a ellos mi generosidad. Era ésta en mí como una corruptela para comprar su tolerancia, o subvención otorgada a su silencio. No cesaba, pues, de hacer regalitos a mi tía, algunos de consideración; daba cigarros y dinero a Raimundo, compré un piano a Camila, pues el que tenía estaba ya asmático, y a todos los obsequiaba un día y otro con palcos o butacas en los principales teatros.
Pero mis arranques más costosos eran para Eloísa, a quien constantemente daba sorpresas, añadiendo a sus colecciones objetos diversos, ya un cuadrito de buena firma, ya un caprichoso mueble, antigüedad de mérito o primorosa alhaja de moda. Grande era mi gozo cuando observaba el suyo al recibir el presente. A veces me reñía, ponía morros por aquel afán mío de gastar el dinero tan sin sustancia. Nunca me pedía nada; pero muy a menudo la observé como atontada pensando en algún objeto recientemente exhibido en las tiendas de lujo. Tenía momentos de entusiasmo suponiéndose poseedora de él, ratos de tristeza considerándose incapaz de poseerlo. Precisaba calmar esta exaltación con la única medicina eficaz, la compra del pícaro objeto. Este era bien un jarrón japonés de la fábrica imperial, con la pátina antigua, o un par de tibores de Sachsuma. Era a veces el motivo de sus ansias una delicada pieza de Wedgwood o una credencia de ébano y marfil. A esto añadí, por Mayo, una berlina de Binder y un piano media cola de Erard; pero ningún capítulo subía tanto como el de alhajas, pues por el collar de perlas, la riviere de brillantes, una pulsera de ojos de gato, una rosa suelta y varias chucherías, me dejé en casa de Marabini quince mil duritos.

II[editar]

Llegó el verano. La familia de mi tío tenía casa tomada en San Juan de Luz. Eloísa fue con su marido a Biarritz, de donde pasarían a París a consulta de médicos. En París me planté yo, para esperarlos, y no tuve tiempo de impacientarme, pues mi prima acudió puntual a la cita. El pobre Pepe estaba delicadísimo y no podía invertir su tiempo más que en dejarse ver y examinar de las eminencias médicas, en someterse a tratamientos fastidiosos y en pasear algún rato, absteniéndose de salir de noche y de todo regalo en las comidas. Vivían en el hotel de la calle de Scribe. Yo estaba, como siempre, en el de Helder. Fácil nos era a mi prima y a mí vemos y citarnos en la ilimitada libertad parisiense y aun hacer algunas excursiones cortas a las inmediaciones. En los cuatro días que Carrillo estuvo sin más compañía que la de un camarero, en los baños de Enghien, disfrutamos los pecadores de una independencia que hasta entonces no habíamos conocido. Eloísa iba a mi hotel. Estábamos como en nuestra casa, libres, solos, haciendo lo que se nos antojaba, almorzando en la mesilla de mi gabinete, ella sin peinarse, a medio vestir, yo vestido también con el mayor abandono; ambos irreflexivos, indolentes, gozando de la vida como los seres más autónomos y más enamorados de la creación. En nuestros coloquios, amenizados por constante reír, nos comparábamos con las dichosas parejas del barrio latino, el estudiante y la griseta, el pintor y su modelo, viviendo al día, con dos o tres francos y una ración inmensa de amor sin cuidados. Nosotros éramos mucho más felices porque teníamos dinero y podríamos paladear mejor tanta dicha. Para gozar a nuestras anchas de la libertad parisiense, tomábamos el tren en San Lázaro y nos íbamos a San Germán, almorzábamos en la Terraza, paseábamos por el bosque, corríamos, nos acostábamos sobre la yerba... ¡Qué horas tan dulces! Como quien se contempla en un espejo, nos recreábamos en las muchas parejas que veíamos semejantes a nosotros. Componíanse de algún extranjero, ávido de echar una cana al aire, y de alguna bulevardista, por lo general de buen parecer y modales un tanto desenvueltos. En otras parejas se advertía una confianza, una intimidad que no son propias de las relaciones de un día. Eran amantes, como nosotros, que hacían una escapatoria como la nuestra, para burlar con delirante satisfacción la insoportable vigilancia de las leyes divinas y humanas. Veíamos hombres de semblante inquieto y fatigado, mujeres guapas, guapísimas, vestidas con una elegancia que cautivaba a Eloísa. Esta se fijaba en la manera de vestir de aquella gente, y en la originalidad de sus atavíos. Eran como anuncio vivo de los modistos, que por tal procedimiento hacían público reclamo de las novedades de la estación próxima.
Por la noche nos metíamos en los teatros y cafés cantantes más depravados. Era preciso verlo todo, sin perjuicio de ir por la mañana a las misas aristocráticas de la Magdalena y de la Capilla Expiatoria... El resto del día lo empleábamos en las tiendas. Eloísa quería surtirse con tiempo de muchas cosas que en Madrid habían de costarle el doble. Compraba, pues, por economía. Los grandes almacenes y los establecimientos más de moda recibían nuestra visita. También solía llevarme a casa de los célebres anticuarios de la calle Real, y a los depósitos de artículos de China, Persia, Japón y Siam. Lo japonés abundaba poco en Madrid todavía, mientras que en París estaba al alcance de todas las fortunas. ¿Cómo no apresurarse a llevar un surtido de telas, vasos, estantillos, dos o tres biombos, lacas, y hasta las ínfimas baratijas de papel y cartón que declaran el maravilloso sentimiento artístico de aquella gente asiática, sólo igualada por la clásica Grecia? Al propio tiempo la señora de Carrillo no podía, ya que felizmente estaba en la capital de la moda, dejar de equiparse para el próximo invierno. Su amor propio pedíale no ser de las últimas en la introducción de las novedades, mejor dicho, la incitaba a ser la primera. En casa de Worth se encontró a la de San Salomó; a donde quiera que iba, tropezaba con la siempre inquieta y bulliciosa marquesa, y esto mismo estimulaba en mi prima los deseos de superarla. Cada una quería hacer pinitos sobre la otra, anticipándose a llevar a Madrid lo mejor, lo más bonito y nuevo... Pronto perdí la cuenta de las cajas que mi primita expidió para Irún en los últimos días de Septiembre.
Pero a falta de este dato, otros más exactos me permitían apreciar numéricamente los entusiasmos de Eloísa. En la primavera anterior había ordenado yo a mi banquero de París que me vendiera los títulos de 41/2 por 100 que tenía en su poder, cuyo valor ascendía aproximadamente a unos ciento setenta y cinco mil francos. Era mi intención traer a España aquel dinero para emplearlo con otras sumas en inmuebles urbanos o en los títulos creados por Camacho. Cuando fui a París, Mitjans había hecho la venta y tenía en su caja, a disposición mía, el líquido de la realización. Díjele que lo retuviese en su casa, que yo tomaría para mis gastos lo que necesitara, y el resto me lo daría en letras sobre Madrid a la conclusión de la temporada. Tales sangrías di a aquel depósito, que cuando fui a liquidar, sólo me restaban siete mil francos, que Mitjans me dio en una carta-orden. Y no paró aquí mi desgracia, pues el día de la marcha sobrevinieron no sé qué olvidadas cuentas de mi prima Eloísa, y tuve que ir a última hora, echando los bofes, a casa de Mitjans a pedirle un préstamo de cuatro mil francos para poder volver a España.
Este acontecimiento causome sobresalto. Era la primera vez en mi vida que me sorprendía en flagrante delito contra las augustas leyes de la Aritmética. Hasta entonces mi mente no había sufrido una distracción tan profunda y sostenida. En las ocasiones de mayor ceguera había percibido siempre la salvadora claridad de los números; que de algo ¡vive Dios! habían de valerme los quince años pasados en el saludable ejercicio mental de un escritorio. ¿Y unos cuantos meses de loco desatino podían destruir los efectos de mi educación económica? No, seguramente no. Mi espíritu, habituado a la contabilidad, resurgía valiente, sacudía la modorra, trataba de romper la nube de la ofuscación que lo envolvía con efectos semejantes a los de un narcótico. Vi la clara imagen de la diosa Cantidad, alta, severa, con una luz en la mano que al modo de faro me alumbraba para que no naufragase.
Fui educado en los negocios y respiré en mi niñez el aire espeso, sombrío de la práctica Inglaterra, que con el humo que introduce en nuestros pulmones parece que nos infiltra en el cuerpo la costumbre de la exactitud en todas las cosas. Mi juventud desarrollose también en la gimnasia de la cantidad, así como la de otros crece en los placeres frívolos. Yo tenía, pues, en mí una virtualidad redentora, el tanto, el verbo inglés, dócil a las órdenes de mi razón, el número, sí, no menos grande y fecundo que la idea, como energía anímica. Al verificarse en mí aquel despertamiento, halléme en terreno firme y dije con resolución: «No, niña mía, esto no puede seguir así».

III[editar]

En Madrid traté de poner orden en mis asuntos. A fines de Octubre pasome el Banco el extracto de mi cuenta corriente y vi que apenas me quedaban unas dos mil pesetas. Había gastado ya toda mi renta del año, cuando en los precedentes, apenas había llegado a la mitad, y con la otra mitad aumentaba mi capital. En aquellos días recibí de Jerez varias letras, y algún papel de Londres.
Eran el tercer plazo anual de mis arrendamientos y un residuo de la venta de existencias. Había pensado yo destinar este dinero a consolidación del capital; pero no pudo ser porque tuve que enviarlo a mi cuenta corriente del Banco para los gastos del último trimestre del 82. Una breve operación me dio a conocer que mi fortuna había disminuido aquel año en muy cerca de noventa mil duros. ¡Cosa singular! yo tenía, durante las embriagueces de aquel año, vagas nociones de esta cifra negativa, pero no me causó temor hasta que la vi salir de la punta de la pluma en infalibles guarismos. Me parecía mentira que tal suma hubiera sido espolvoreada por mí en diversas tiendas de París y Madrid; y no obstante, bien cierto era. Lo hice sin darme cuenta de ello, ciego y alucinado, olvidando esa admirable función del espíritu que llamamos sumar, y atento sólo a los aguijonazos de la voluptuosidad y del amor propio.
A lo hecho pecho. Aunque felizmente había abierto los ojos al tanto, reintegrándome en el equilibrio de mi ser, por un lado concupiscente, por otro positivista, mi desvarío por Eloísa no había mermado en lo más mínimo. Más prendado de ella cada día, pensé en llevar procedimientos de regularidad económica a lo que moralmente era tan irregular. El orden parecíame digno de ser implantado en los dominios del vicio, y yo me imponía el deber de intentarlo y me hacía la dulce ilusión de conseguirlo. Cavilaciones numéricas entristecían mis noches y mis mañanas, pues el hondo interés que me inspiraba Eloísa hacíame ver nubes muy negras en el porvenir de la casa de Carrillo. En cuanto a mi fortuna, que hasta entonces había sido pingüe, sólida y muy saneada, hice propósito firmísimo de defenderla a todo trance de los lazos que mi propia pasión le tendía. A pesar de lo firme del propósito, vivas inquietudes me atormentaban en presencia de aquel querido edificio económico, al cual se le acababan de abrir grietas muy profundas.
Pensando siempre en mi prima, no cesaba de hacer cálculos sobre el presupuesto de su casa, que me parecía muy desconcertado. Con aquella exactitud que debía a mis hábitos de contabilidad, aprecié lo que había importado la instalación, los ricos muebles y costosos caprichos de Eloísa. Sin escribir un guarismo, calculé el gasto aproximado de la casa, alimentación, cocheras, servidumbre, teatros, modistas, viajes de verano, menudencias e imprevistos. No, no, no cabía esto dentro de la cifra de veinte mil duros anuales. Para cerciorarme, levanté columnas de números, y no, no salía. El pasivo del primer año era enorme, abrumador, y unido a la instalación me daba el resultado tristísimo de que los señores de Carrillo se habían comido ya la cuarta parte del capital heredado. Por mucho que estirara yo los ingresos sobre el papel, forzando los productos de las dehesas de Navalagamella y Barco de Ávila, engrosando los alquileres de las tres casas de Madrid y añadiendo a todo el cupón de las obligaciones de Banco y Tesoro, no podía pasar de tristes siete mil duros. ¡Y tan tristes!... Como que lloraban por los míos, y me los querían llevar.
Lo peor de todo fue que en aquel otoño Eloísa montó la casa con más lujo, tomó más criados, hizo reformas en el edificio, anunciando que iba a dar comidas todos los jueves. Era preciso hablarle claramente y arrancar aquella mordaza que el amor me ponía. Una tarde, solos en nuestro escondite, le hablé el lenguaje sincero y leal de los números. ¡Cómo esquivaba el tema la muy pícara, cómo se escapaba, culebrosa y resbaladiza cuando ya la creía tener bien cogida! Por fin se mostró conforme con mis ideas, y penetrada del buen sentido de las cosas. Sí, era preciso moderarse, porque el porvenir... Invirtiose la tarde en cálculos, en proyectos de economía y reducción de inútiles gastos. A los pocos días volví a mi fiscalización con nuevo empeño. No pude obtener que me expusiera en términos exactos su presupuesto. Siempre embrollaba las cifras y las desfiguraba, haciendo un lamentable abuso de la aplicación de los ceros. Por fin, tras pesadas insinuaciones mías, me confesó que tenía algunas deudas. «Te las pago todas -le dije con efusión-, si me juras que no volverás a contraerlas y que serás juiciosa y arreglada. Y el juramento se hacía poniendo por testigo a Dios; y se celebraba el convenio con abrazos y ternuras; y las deudas se pagaban y se volvían a contraer, como árbol que más vigorosamente retoña cuanto más se le poda.
«Ahora no me echarás la culpa a mí -me dijo una tarde-. Es Pepe el que gasta. Ayer he tenido que sacarle de un gran apuro. Sin que yo lo supiera ha tomado seis mil duros, dando en fianza la casa de la calle de Relatores... No, no me mires así, con esos ojos de terror... Pepe es muy bueno, y no le puedo contrariar. Desde que es senador no ha vuelto a poner los pies en el Veloz. No tiene ningún vicio, no juega, no mantiene queridas; ni siquiera fuma. Pocos hombres hay tan ejemplares como él. Preguntarás que en qué se le va tanto dinero; voy a contestarte inmediatamente. Primero: el periódico, ese dichoso órgano del partido, que yo leo para combatir los insomnios. No sé cómo Pepe, que tiene talento, emplea su dinero en hacer de Galeoto entre la Democracia y el Trono, sabiendo que esa señora y ese caballero no se han de casar, y lo más, lo más, harán lo que hacemos nosotros, quererse a espaldas de la Ley... Segundo: Pepe se me ha vuelto tan benéfico, que no sabes lo que me gasta en socorro de emigrados, en la Sociedad de Niños... Te aseguro que es un dolor...
Para mí lo era, y no flojo, pues por la concatenación de las cosas, me dolían horriblemente los bolsillos cada vez que el marido de aquella señora ganaba un nuevo título para la bienaventuranza eterna.
Otras veces, en las horas de criminal soledad, nuestras lucubraciones económicas tomaban un giro fantástico y extravagante. Como el líquido puesto al fuego hierve y crece, yo, sometido a las altas temperaturas del amor, deliraba. Pero no era mi delirio, como el de los poetas, visión de flores, nubecillas y formas helénicas. Era más bien una fermentación de los números que tenía metidos en la cabeza. Las cifras de reales, francos y libras que pasaron por mi mente en quince años, volvían todas juntas, agrupándose como en las cerradas columnas de los libros de partida doble, separándose y revolviéndose como las cantidades desgarradas en la cesta de papeles rotos. ¡Poseer millones de millones!... ¡Que mis reales se me volvieran libras esterlinas de la noche a la mañana!... ¡Que los ceros se agruparan junto a las unidades formando esas filas nutridas, cuya vista ensancha el alma! «Entonces, gata bonita, tendrías un palacio mejor que el de Fernán-Núñez y el de Anglada juntos; tendrías un lecho de plata, como el de la esposa de un rajah; tendrías un yacht para viajar por el Mediterráneo y un tren Pullmann para recorrer el Continente. Te compraría el Rembrandt, el Murillo, el Veronés que salieran a la venta al deshacerse la galería de algún principote alemán; y para ti trabajarían Meissonier, Pradilla, Alma Tadema, Domingo, Muncaksy y lo más granadito de Europa. Aprovechando las buenas ocasiones, te compraría los vestigios de las grandes casas, la armadura que llevó el duque de Alba, la espada de Boabdil, los tapices de los Reyes Católicos con el Tanto Monta y los yugos y flechas, y esas casullas de catedral que van a parar en forros de sillas, y esos libros de vitela cuyas hojas se convierten en abanicos, y cajas de oro y Cristos de marfil como el que tiene Rotschild, y el jarrón de Fortuny, y la espada de Bernardo, y la biblia de María Estuardo, y el vaso de plata de Napoleón. El arte más sublime, la industria más hábil y los objetos de valor histórico, despojos que se le caen a la Historia en su marcha, serían para que tú jugaras con ellos y te relamieras de gusto mirándolos... Serías más rica que la duquesa de Westminster, la cual lo es más que la reina Victoria, emperatriz de las Indias».
Como en esta dirección el desvarío no podía ir más allá, Eloísa, para hacer juego, deliraba en sentido contrario. ¡Ser pobre! ¡¡No tener nada; vivir juntos y solos, completamente exentos de necesidades sociales, en un país apartado, fértil, bonito, donde no hubiera frío, ni calor, ni ciudades, ni civilización... No tener más que un albergue rústico, y que nuestra despensa estuviera colgada de los árboles... No beber más que agua clara... Vestirse sencillamente, tan sencillamente que todo el guardarropa quedara reducido a un simple túnico talar... Nada de calzado, nada de sombrero, nada de esos horrores que llaman guantes, corbatas y alfileres... No gozar de más espectáculos que los del cielo y la vegetación; no oír más música que la de los pájaros; no ver más espejos que la corriente de los ríos; no tener idea de lo que es un coche, ni una tarjeta de visita, ni una esquela de invitación, ni una cuenta de modista... Desconocer la escritura y la lectura; y en cuanto a religión, celebrar la misa con una hoguera, un par de cánticos, un haz de flores, delante de los panoramas preciosísimos de la Naturaleza...!! Y en medio de esto, el amor, mucho amor, muchísimo amor; ella y yo siempre juntos, siempre solos, siempre jóvenes y nunca cansados de mirarnos y de querernos...
Creo que mis carcajadas se oían desde la calle. El delirio de Eloísa, que era el rebote del mío, me produjo una hilaridad tal, que ella se apresuró a taparme la boca, alarmada de mis gritos.
«Calla tonto... No escandalices.
No sé si lo soñé o lo pensé. Debí de quedarme dormido y ver a Eloísa en aquel pergenio rústico y salvaje, hecha una señora Eva, en el país del abanico más relamido que se podía imaginar. Ella era feliz con su túnico, no sé si de verdes lampazos o de alguna tela inconsútil. No conocía la ambición, ni el lujo; era toda inocencia, salud, dicha. Sus diamantes eran las estrellas, sus galas las flores, sus espejos los lagos, su palacio la bóveda azul de los cielos... Pero un día la señora Eva alcanza a ver a un ser extraño y desconocido que se aparece en aquel delicioso rincón del mundo donde sólo habitamos ella y yo. Esta tercera persona es el demonio, la tentación, el elemento dramático que viene a emporcar nuestro idilio. No se ofrece a las miradas de la señora Eva en forma de serpiente, ni usa para perderla el ardid aquel de la manzana. ¡Quia! Es un viajero, un náufrago que acaba de arribar a aquellas playas, y para trastornar el seso a mi mujer, le muestra una sarta de cuentas de vidrio. Las ganas de adornarse con ellas desarrollan en su alma formidable apetito, y se conmueve, se ofusca, se vuelve toda nervios, pierde su ser inocente, como si dijéramos, la chaveta, y adiós idilio, adiós Naturaleza, adiós sencillez, adiós paz sabrosa, adiós festín de yerbas, adiós enaguas de hojas, adiós amor... Cae mi Eva en la tentación, se vende por las cuentas de vidrio, y el demonio carga con ella.
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VIII IX X