Los Césares de la Patagonia/IX

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Los Césares de la Patagonia (Leyenda áurea del Nuevo Mundo) (1913) de Ciro Bayo
Capítulo IX
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CAPÍTULO IX
El Parsifal de los Césares.


Nicolás Mascardi estaba bien preparado para la misión que se le confiaba.

De muy joven vino á Chile y llevaba más de veinte años en el país dedicado estrictamente á las tareas del misionero. En este tiempo expedicionó varias veces á la Patagonia, aprendiendo la lengua y las costumbres de los indígenas. Por su celo y por su competencia, el provincial Diego Rosales le nombró rector del Colegio de Castro en 1622, ciudad fundada en 1567 en el sur de Chile en memoria del gobernador Vaca de Castro; "la última ciudad de este nuevo mundo de la India Oceldental, que es el non plus ultra de la América" en la época de Mascardi. Los deberes del nuevo cargo hicieron á éste extender su apostolado por el Archipiélago de Chiloé, evangelizando á los chonos y guaitecas.

Su vuelta á Castro coincidió con una de tantas malocas ó invasiones que los cabos de frontera hacían para cautivar indios con un pretexto ú otro, pero casi siempre por codicia. La entrada fué en tierra de poyas, al otro lado de la cordillera, y con tan buena fortuna, que cayeron en la redada algunos indios principales, entre ellos una reina, mujer de un cacique que vivía en los confines de la Patagonia. Es de suponer que esta princesa india fuese muy joven, pues el historiador P. Olivares la concoció cuarenta años después en Nahuelhuapí. Respondía al poético nombro de Huanguelé (Estrella).

Los cautivos fueron llevados á Castro y sus aprehensores se dispusieron á venderlos como piezas de guerra. Hízoles oposición el P. Mascardi, asumiendo con energía la defensa de los pobres indios y tramitando su libertad por captura ilegal, durante cuatro años seguidos. Como sabía la lengua de los cautivos por sus viajes anteriores, hablaba muchas veces con ellos, y en cierta ocasión le dieron á entender que sabían de una ciudad de españoles en un rincón de la Patagonia y que, si les conseguía la libertad, le guiarían á su descubrimiento.

Entusiasmado Mascardi con esta revelación, dió parte al gobernador de Chile, el cual se apresuró á decretar la libertad de los prisioneros. La princesa Huanguelé, agradecida á su salvador, se convirtió al cristianismo y se ofreció á facilitarle el camino á la "Ciudad de los Césares". Mascardi aceptó la oferta con la idea de ir al descubrimiento de estos cristianos perdidos y dedicarse al mismo tiempo á la conversión de infieles.

Propúsose desde luego restituir los cautivos á sus hogares para congraciarse con las tribus indias que había de encontrar en el transito. Para ello pidió autorización á su provincial, y como se trataba de cosas que atañían al servicio del rey, llegó la instancia por sus trámites hasta el virrey del Perú, de quien dependía el reino de Chile, y fué bien atendida. Por su parte, el provincial Rosales aprovechó la oportunidad para encargar á su súbdito el establecimiento de una misión en Nahuelhuapí.

Gran revuelo causó en Chiloé [1] la noticia del viaje de Mascardi al descubrimiento de los Césares, El vecindario de las ciudades le ayudó con donativos en ropas y subsistencias; y como la conquista era pacífica, en vez de piqueros y arcabuceros, facilitáronle caoneros y taladores para pasar el Archipiélago y la cordillera.

A fines de 1670 la flotilla de piraguas en que iban Mascardi, la reina india y demás gente, salió de Calbuco hacia el estero (abra marítima) de Reloncavi, grandioso brazo de mar con riberas escarpadas y cumbres nevadas que se interna en la cordillera, hasta llegar á Ralún, punto de desembarco del cual sale el camino á Nahuelhuapí.

Es Ralún el punto céntrico entre Chiloé y Llanquihue por una parte, y Nahuelhuapí y Río Negro por otra. En el fondo del estero, casi frente á Ralún, desemboca el gran río Petrohué que sale del lago Todos los Santos, rival del Nahuelhuapí. En la misma desembocadura es de admirar la Viguería, formación de extrañas columnas de basaltos, de policromos reflejos cuando el sol hiere sus costras de hielo. No estando aún bien explorado ese río, Mascardi prefirió la vía terrestre de Ralún al lago, camino áspero y difícil, aun hecho con mulas.

En Ralún se guardaron las piraguas y cesó el cómodo transporte por navegación.

Abriendo camino iban delante los famosos taladores chilotes. Sin más brújula y norte que la dirección del sol, estos baqueanos monteses se deslizan á través de arcabucos, ríos y pantanos, abriendo trocha con los machetes. Por este procedimiento empírico el ágil talador busca paso por diferentes lados, prestando singular servicio á los exploradores. No son pocas las dificultades que han de vencerse: una angostura ó encajonado que rodear, un pantano que vadear con agua á la cintura, ó bien un impenetrable bosque de coníferas, árboles característicos de esta zona.

Entre ellas, el alerce, el príncipe de los árboles por su incorruptibilidad y grandeza (según el P. Rosales); algunos milenarios, de 80 metros de altura y cinco de diámetro; el reulí especie de haya antártica que se deshoja quemada por la nieve; el huilílahual, el árbol de Pascua en los hogares chiloenses; y el majestuoso ciprés, que marca la transición de la zona inferior á la zona alpina,

En los claros que dejan libres estos colosos, crecen arbustos, algunos con flores muy lindas.

Los taladores de Mascardi pusieron á este á orillas del gran lago Purahilla. Llámase ahora Todos los Santos y también Esmeralda por sus aguas, verdes como las del lago Constanza, que forman hermoso contraste con los picos nevados que lo rodean. Es navegable y tiene 28 kilómetros de largo. Como el Purahilla tiene las riberas cortadas á pico, de modo que es imposible orillarlas por tierra; Mascardi no tuvo más remedio que embarcarse, á cuyo fin su gente improvisó unas piraguas por el medio ingenioso á que recurren los naturales de la tierra.

Cortan tres ó cuatro tablones grandes y los cosen con soguillas hechas de filamentos de caña, que pasan por los agujeros, cuidando de cubrir las costuras con corteza de árbol, generalmente de alerce, faena, como se ve, harto lenta y trabajosa.

Hechas las piraguas, la flotilla se dió á navegar á remo y vela, empleando para este último los bordillos ó ponchos de Chiloé. Hízose la travesía felizmente, eso que el lago suele ser tempestuoso; y al tocar tierra, vuelta á los afanes para salvar el trecho á pie hasta el otro lago de Nahuelhuapí. En este trayecto llegó Mascardi al lomo divisorio de las dos pendientes que marca hoy el deslinde entre Chile y la Argentina: la zona de los montes colgados, de laureles, robles y quilas (cañas), cuyo aspecto risueño contrasta con el fosco y severo de los bosques bajos.

Al término de la fatigosa cuesta de los Reulís, Mascardi pudo centemplar á 1.334 metros de altura la tierra de promisión por la que suspiraba: el valle de Nahuelhuapí, principio y centro de su espiritual conquista. A sus pies veía corrientes de agua entre estupendas paredes casi verticales, en forma de grandes murallones de hielo; en medio un lago azul, encumbrado entre altos tajos, y dominándolo todo, un cerro majestuoso, con un manto de nieve sacudido constantemente por el deshielo y los vientos y todo eso á la luz de un día claro y radiante.

Anon llamaban los indios á ese cerro, nombre que significa quirquincho ó armadillo en lengua tehuelche; siendo tradición que cada vez que pasa un viajero, el cerro lo saluda con un trueno; de modo que hace las veces de vigía de Nahuelhuapí, anunciando á los indios de la otra banda la venida de gente. La gente de Mascardi, no menos supersticiosa que los indios, alarmada por aquellos ruidos, llamaron al gigante tehuelche el Tronador, y lo que era estrépito de lurtes o derrumbes de ventisqueros, lo atribuyeron á obra del demonio ó pelotones de nieve que tiraban los Césares. Sin embargo, la reina Huanguelé decía que éstos estaban más lejos y señalaba al sur.

Al fin se llegó al borde del famoso lago que, como el anterior, no se deja orillar. A diferencia de los otros lagos más al oeste y de contornos llanos en la sección longitudinal del valle de Chile, el Esmeralda y el Nahuelhuapí no ofrecen otra alternativa que embarcarse ó retroceder.

Hasta aquí, Mascardi tenía recorridas de Castro á Calbuco, por mar, 24 leguas; de Calbuco á Ralún, por mar también, 14, y de Ralún á Nahuelhuapí 24; total 62 leguas, al través de esteros tempestuosos; de caminos improvisados en la cordillera, topando con árboles caldos y con derrumbes de ventisqueros; navegando la horrible laguna Esmeralda, y ahora le faltaba la de Nahuelhuapí, con embarcaciones pequeñas y malas.

Este magnífico lago es un seno de agua dulce que tiene de boj muy cerca de 27 leguas, con los brazos extendidos hasta el corazón de la cordillera. En tiempo tranquilo ostenta un hermoso color azul, como el famoso lago de Ginebra. Sus acantiladas riberas bruñidas por los ventisqueros, sus desoladas playas en las que apenas crecen algunos robles y alerces, y la marejada con que el viento agita las aguas, pintan en conjunto un paisaje severo. Más risueña aparece la isla grande, la Isla del Tigre, con franjas de árbolesé variados y abundantes y elevaciones montañosas de más de 100 metros.—Ocupa 30 por 2 kilómetros en su parte más ancha.

Con todo, Mascardi prefirió para emplazamiento de su misión la margen boreal del lago, cerca del desagüe del Río Limay (río de las Sanguijuelas) que le dejaba el paso franco á las pampas de la Patagonia. Puso manos á la obra levantando una pequeña capilla bajo la advocación de nuestra señora de la Asunción y un miserable rancho para su alojamiento, armados de palos y ramas, cubiertos con un techo de paja. Como acólito ó monaguillo le asistía un niño español llamado Juan de Uribe. Sirviéndose de la Reina Huanguelé, Mascardi parlamentó con los poyas que encontró en aquel paraje.

El misionero se adiestró en la lengua poya, dialecto tehuelche, y dió principio á la predicación del Evangelio.

Los poyas, por su poco trato con los españoles, le mostraron buena voluntad, á lo que ayudarían los cautivos venidos de Castro y muy especialmente la princesa Huanguelé, que hablaría á sus hermanos del poder de los huincas y del buen conjuro del machí00 (hechicero) Mascardi, ya que para los indios hechicero y sacerdote es todo uno.

Echados los cimientos de la misión en la orilla sur del lago, Mascardi se apresuró á devolver los cautivos á su tierra, confiándose enteramente á ellos. Antes escribió cartas á los Césares en castellano, latín, griego, italiano, araucano, puelche y poya; es decir, en siete idiomas diferentes, para que los cristianos perdidos que con tantas ansias buscaba, le entendieran por si acaso hubieran perdido la lengua nativa. Los sobrescritos iban á nombre de: Los Señores españoles establecidos al Sur de la laguna Nahuelhuapí.

El color rojo es entre los araucanos emblema de guerra; así, cuando se ofrece tratar asuntos bélicos, los caciques se envían una flecha ensangrentada y unos nudos en un cordón de lana colorada. Luego que vieron las cartas de Mascardi, que iban cerradas con obleas rojas, los indios se recelaron, pareciéndoles que en ellas se provocaba á guerra. El misionero hubo de cambiar las obleas por otras de otro color, y de esa manera los mensajeros fueron gustosos.—"Ahora si que podrán ir estas cartas de mano en mano—dijo uno de ellos—, que las otras habían de entender todos por donde pasase que era para convocar á los españoles á hacer guerra."

Mascardi fué repartiendo estas cartas entre los poyas orientales, á medida que iba repatriando los cautivos. Como á su regreso á la misión no recibiese ninguna contestación á sus cartas, manifestó su disgusto á Huanguelé que no se habla separado de él y le acompañaba á todas partes. Ella le tranquilizó haciéndole ver la distancia á que quedaban los Césares; y para probarle que le quería servir, le presentó dos indios que habían estado en "la ciudad de los españoles". Diéronle vagas noticias sobre la ciudad y el huinca que la gobernaba. En cuanto al camino para encontrarle, añadían que seguía por la orilla del río que sale del lago Nahuelhuapí (el Limay) hasta salir á la mar brava, y desde allí iban caminando otras cien leguas hasta llegar á la vista de la isla en que vivían aquéllos.

Mascardi dió crédito á los indios y despacho nuevas cartas á los Césares.

A los pocos días tuvo nueva noticia de otra "ciudad de españoles". Dos hombres vestidos de blanco, con cabellera y barba larga, se habían puesto en camino desde ella para llegar á la misión de Nahuelhuapí, pero habiéndoles faltado las fuerzas para seguir adelante, hubieron de pedir á un cacique hospitalario que transmitiese la noticia al Padre y le entregaran como señal, una almilla de grana, un cuchillo labrado en la cacha con una figura de alquimia (latón) y un pedazo de espada.

Al recibir estas prendas, Mascardi, enajenado de alegria, se apresuró á remitirlas á Santiago con cartas al gobernador de Chile y al virrey de Lima, informándoles de todo y del éxito de la misión. El virrey, que lo era á la sazón el conde de Lemus, se apresuró á notificar la fausta nueva al Consejo de Indias, el cual puso al oficio la siguiente resolución: "Acúsese el recibo y que se queda con esta noticia, y que se espera se obrará en esto con todo cuidado y celo". El fiscal del virreinato, en vista de la carta de Mascardi informaba que la evangelización de Nahuelhuapí merecía ser fomentada, pero que hallándose comprendida en los límites de la gobernación de Chile, debían tramitarse todos los antecedentes y los autos del Consejo del Perú al gobernador de Santiago.

En vista de esto, el virrey envió los papeles al gobernador de Chile, acompañados de una carta para el misionero en la que le expresaba su satisfacción, en prueba de lo cual le mandaba las "niñerías" de 200 ducados, varias medallas y escapularios, y una imagen de la Virgen de la Asunción para la capilla de Nahuelhuapí. En cuanto á las prendas remitidas á Santiago de Chile, se reconocieron como pertenecientes á náufragos españoles de un navío que trece años antes se había perdido en la costa de Chonos; con lo que surgía la duda si la anunciada "ciudad de españoles" fuese una estación de náufragos perdidos en los linderos del Estrecho, y los dos hombres "vestidos de blanco" y cansados, los últimos sobrevivientes de la colonia, vagantes como espectros por tierras magallánicas.

Pero estos comentarios no llegaron á conocimiento de Mascardi, quien entusiasmado con la nueva ciudad de los Césares, se había puesto ya en camino para encontrarla.

Corría el año 1671.

Nuestro viajero se dirigió, pues, á Chiloé por el camino de las lagunas anteriormente descrito. Esta vez le acompañaban unos cuantos indios conversos, muy adictos suyos, que para cruzar los lagos improvisaban piragüillas de madera verde, y en tierra firme talaban la maleza que obstruía el paso. Al misionero podemos figurárnoslo seco y enjuto de cara y con aquellos mostachos y perilla que daban aspecto marcial á los clérigos y aun á los papas del siglo xvii; con sombrero de fieltro, burda sotana negra remendada, cíngulo con crucifijo colgante y ojotas ó sandalias de cuero de vaca en los pies. Por toda provisión, un talego de harina de quinoa o arrozuelo indígena y habas, únicos alimentos vegetales de los campos de Nahuelhuapí; o' bien del ulpo ó mazamorra de harina tostada, que con agua caliente, constituye el avío principal de los expedicionarios de la cordillera austral.

Así atravesó la fría y abrupta cordillera de Chile, montón de montones amontonados (Rosales); muchos y penosos pantanos y un río caudaloso sobre piedras agudas; y quizás este fué el mayor trabajo, porque hubo de vadearse más de veinte veces y en algunas partes con agua á la cintura, siendo á más tan rápido, que si alguno cae en su corriente tiene gran riesgo de la vida.

Mascardi salió al mar, y en piraguas, costeando la ribera, puso rumbo al sur, llevando la derrota del Estrecho; pero á medida que iba avanzando, se ensanchaba el gran archipiélago, descubriendo á distancia islas en gran número, algunas volcánicas. En las mañanas de primavera, cuando el sol no ha calentado aún el aire, es deleitosa vista la de estos volcanes, porque levantan unas varas altas y derechas de plateado humo, remontándose inflexibles grande espacio y extendido trecho, hasta que, cobrando altura, se esparcen en hermosos penachos ondeados que, creciendo, se encrespan y arrollan, formando vistosas nubes, y tras el humo despiden una llamarada de fuego que, centelleando, llena el aire de cometas y de volantes fuegos ígneos. En es» tos parajes se anticipa un panorama de las regiones polares, con los fenómenos geológicos de los ventisqueros. Altos farallones de nieve se yerguen á guisa de promontorios. y en algunos senos de la costa flotan témpanos enormes y pacen focas tan gigantescas, que en el país las llaman "elefantes".

En la zona habitada salían los caciques á dar á la Reina y al huinca Mascardi el parabien de la venida, trayéndoles en don cosas de comida, vasos de nácar, conchas de complicados arabescos y pieles de un ciervo cazado en la sierra á puras uñas; el güemul, el famoso animal heráldíco de Chile que habita en parte de la Patagonia.

Los chonos y guaitecas que vivían dispersos en el dilatado laberinto de estos canales, eran con poca diferencia los chilotes que describe Ercilla:

  Del aire, de la lluvia y sol surtidos,
cubiertos de un espeso y largo vello,
pañetes cortos de cordel ceñidos,
altos de pecho y de fornido cuello;
la color y los ojos encendidos,
las uñas sin cortar, largo el cabello;
brutos campesters, rústicos salvajes,
de fieras cataduras y visajes.

Hacían sus casas de cortezas de árboles grandes, y de cortezas también las ollas en que cocían el pescado, calentando muchas piedras al fuego y echándolas en la olla hasta que hierve el agua y se cuece el condumio.

La bondad y las sinceras caricias de esta gente que ya conocía Mascardi, robustecieron su propósito de anunciar el Evangelio hasta los confines del Estrecho. Por el momento, se concretó á hacer averiguaciones acerca de los huincas que buscaba.

Dábanle los indios noticias incompletas que exarcebaban su pasión de viajero. Un cacique le aseguró haber visto en aquellos mares unas piraguas tan grandes que la gente andaba por las vergas; otro que á cien leguas de allí, por donde salía el sol, había unos hombres blancos que iban muy bien vestidos.

Por si acaso, Mascardi resolvió seguir adelante, dispuesto, si preciso fuera, á navegar el Estrecho en frágil piragua gobernada á popa con una pala ó canalete, llevando ocho ó diez remeros y uno que iba siempre achicando con una batea el agua que hacía la embarcación.

Llegó efectivamente hasta él, orillando costas é islas imposibles de determinar. Dos enormes escolleras, que se llaman el Cabo Pillar, forman la parte occidental, á estribor, conforme se dobla el Estrecho. La débil embarcación en que iba Mascardi, navegaba á merced de la corriente. El pasaje por este sitio es tan peligroso, que los buques veleros siguen la ruta más larga alrededor del Cabo de Hornos, para evitar las repentinas tormentas, encontradas corrientes y casi continuas nieblas del Estrecho.

Los nombres topográficos son para poner espanto al viajero: Isla de la Consolación, Punta Traicionera, Cabo de los Remedios, etc. Pero cuando el tiempo es favorable, es una vía que quizás no tenga igual en el mundo, por el esplendor de sus paisajes. A uno y otro lado, espesos bosques de hayas cubren las faldas casi perpendiculares de las montañas, destacándose en las nubes los soberbios picos de los Andes meridionales y entre todos el del Monte Sarmiento, á una altura de 7.730 pies. Por entre las nubes surgen los rayos de un nítido sol, que hace brillar la nieve de los cerros, en tanto que de los farallones descienden hasta el mar los opalinos ventisqueros. El verde de la vegetación, oscuro en las sombras y claro en donde le hiere el sol; las negras rocas y las grises escolleras; las aborregadas nubes que manchan el tul del cielo, dan una sucesión de paisajes siempre variados y siempre sorprendentes.

Aquí y acullá se ven islotes literalmente cubiertos de pingüinos que lanzan fantásticos gritos entre manadas de lobos marinos y marsoplas, en tanto vuela sobre todos ellos el gallardo alcatraz que gusta del viento huracanado. Ni es raro ver el surtidor de agua de una ballena que luce á flor de agua su enorme dorso y gigantesca cola. En ocasiones también se oye un trémulo relincho á la parte de tierra y sobresale el moreno dorado de un guanaco pechiblanco que ofrece un notable contraste con el verde húmedo de la costa.

Lo único notable que Mascardi encontró en sus investigaciones por esa tierra, fueron una "gente agigantada" y unos "indios gaviotas", así apodados porque su lenguaje se asemejaba á los graznidos de estos pájaros. No pudo pasar más adelante, porque los días acortaban cada vez más y sus remeros, presos de un terror supersticioso, se negaban á acompañarle [2].

Forzosamente hubo de emprender la vuelta á Nahuelhuapí, con las mismas ó peores dificultades que á la partida.

El fracaso de este viaje, en vez de desencantarle, avivó su fe en los Césares. Ya que no había encontrado la ciudad encantada de los Chonos, iría á buscarlos registrando toda la Patagonia.


  1. El lector poco versado en geografía americana debe fijarse que no es lo mismo Chiloé que Chile. Chiloé (Chilli-hué: Chile nuevo), es una de las 24 provincias chilenas y en tiempo del coloniaje era el límite de la cristiandad, como antes se dijo al tratar de Castro.
  2. En el Estrecho, desde el 22 de Septiembre hasta el 21 de Diciembre se tiene la máxima duración de la luz, prolongándose, aunque decreciendo, desde el 21 de Diciembre hasta el 21 de Marzo. El 21 de Diciembre, fecha del máximum del aumento, se alcanzan la luz del día anterior con la del subsiguiente; de tal modo, que á las 11,30 post meridiem hay luz aún y la nueva aparece á las 12,30 post meridiem, confundiéndose el crepúsculo con la aurora. En cambio, desde el 21 de Marzo al 21 de Septiembre, la luz decrece en igual forma, alcanzando la mínima duración el 21 de Junio, en que sólo se tienen breves horas de luz.