Los Césares de la Patagonia/XII

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Los Césares de la Patagonia (Leyenda áurea del Nuevo Mundo) (1913) de Ciro Bayo
Capítulo XII
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CAPÍTULO XII
Nueva diligencia de Mascardi por saber de la ciudad de los Césares, y no hallándola, vuelve predicando por las pampas á la cordillera.

Púsose en camino en la primavera austral del año 1672.

Esta vez Mascardi iba acompañado de un gran séquito de indios que regresaban á sus tierras, pues su facilidad de conversar con ellos, le habían granjeado muchas simpatías.

Todos iban bien montados á caballo, porque la expedición era larga. Conforme á la costumbre tehuelche, cada cacique saludó el día cantando delante de su toldo la marcha y las disposiciones del viaje que debía emprender la tribu. Al son de roncos atambores con que los vecinos de Nahuelhuapí despedían á los viajeros, la cabalgada salió al campo. Mascardi iba al frente, entre su niño de misa y la princesa Huanguelé que iba á reunirse con su marido. El resto lo componía buen golpe de abigarrados caballistas con quillangos de varios tintes; destacándose los caciques por adornarse la frente con la vincha ó cinta-diadema, con poblado penacho de plumas de loro barranquero, y no menos la ponderosa lanza con plumero de avestruz.

La ruta á seguir abarcaba dos zonas distintas: la del oeste, en la que estaban, montañosa, surcada por las ramificaciones de los Andes; y la del este, á la que iban, llana, cubierta de pastos, idéntica en su mayor parte á la pampasia platense. Más hacia el sur se entra en la región del Chubut, cruzada por ríos y torrenteras, con trechos de pampa que las inundaciones convierten, bien en pantanos, bien en arenales. El Río Chubut formaba el límite de las dos grandes tribus tehuelches: la que habita entre este río y el Limay, y la otra, entre el Chubut y el Estrecho; estos últimos, los verdaderos indios patagones, los gigantes del la fábula, pero que á los ojos de Mascardi recobraron su estatura normal.

La vegetación es frondosa en las márgenes de los ríos y rala ó pampeana en los valles intermedios; de suerte que el país es abundante en leña, yerba y agua. La península se estrecha en ciertos puntos, y sus costas ofrecen hospitalarias ensenadas. Derecho á la costa se dirigió Mascardi y orilló el mar que, según los indios, había de llevarle á los Césares.

En el camino había encontrado numerosas tolderías, y en todas ellas fué bien recibido, previo el anuncio de tres humaredas, señal entre los tehuelches de que el viajero que se acerca viene de paz. En prenda de amistad, repartía á los caciques chaquiras, cascabeles y bizcochos, y ellos le pagaban con pieles de guanaco ó con libaciones de chicha. Mascardi era robusto y comía la carne de caballo y bebía la chicha sin hacerle daño.

Andando, andando, encontró á Votún (varón), marido de Huanguelé, cacique que en uno de los viajes á la cordillera había sufrido una sorpresa de los españoles de Chile, en la que le arrebataron su mujer, y ahora residía en la boca del Río Salado. Estaba rico y poderoso, porque tenía el monopolio de unas salinas, y los indios sureros apetecían mucho la sal para la buena digestión de la carne, base de su alimentación.

Votún se había consolado del rapto de Huanguelé tomando cuatro mujeres nada menos; una de ellas blanca, arrebatada, sin duda, en un malón. La infeliz llevaba el pelo cortado, señal de cautiva, y parecía ser la favorita del cacique; de modo que á éste le causó muy poca gracia la vuelta de la mujer perdida.

Huanguelé, resentida del desaire, le pidió licencia para divorciarse, y alegando ser cristiana le anunció su propósito de quedarse con Mascardi. Votún se lo concedió de muy buena gana, y haciéndole puente de plata, les agenció un toldo para los dos, pensando el bellaco que Mascardi le había sustituido en el disfrute de Huanguelé.

Asombrado quedó Votún cuando Mascardi le manifestó que no podía tener trato con mujer, y que le rogaba le diese aposento por separado; de todos modos, el jefe indio festejó la llegada de los viajeros con una borrachera formidable, á la que tampoco quiso asistir Mascardi, El tehuelche no sabía qué pensar de un hombre que, pareciendo más que todos, ni usaba armas, ni tenía mujer, ni se embriagaba.

Como el afán de Mascardi era el descubrimiento de los Césares, es natural que averiguase su paradero, preguntando por ellos á Votún. Este le informó que, en efecto, dos jornadas al sur, "á orillas del gran lago salado vivían unos aucahuincas" (españoles rebeldes).—Es decir, los Césares á orillas del Atlántico.—Era la confirmación de las noticias anteriores, y el misionero dió por resuelto el problema que le fascinaba.

Comprendiendo su impaciencia, Votún le proporcionó caballos de refresco, algunos de los cuales estaban carimbados, señal de haber pertenecido á españoles; pero Mascardi no hizo hincapié en este detalle ni en el de la cautiva blanca, por no indisponerse con su huésped.

Por fin llegó Mascardi adonde le dijeron los indios, y halló por todo un pueblo de seis cuadras de largo y ancho, con pozos de agua, hechos á mano, á los que se bajaba por unos escalones de piedra; y en las calles, botijas quebradas y señas de haber dado carena, por las astillas quemadas y la brea que se encontró en una olla de hierro. Entre los indios que allí merodeaban, vió sombreros, espadas, zapatos, gallinas y otras cosas de gente europea. Pero entendió que aquello no había sido alojamiento de espanoles, sino de herejes, porque no tropezó con ninguna manifestación del culto católico.

La cosa estaba clara. Los indios no le habían engañado: habían visto realmente unos huincas y el fugaz asiento que éstos fundaron debió imponerles como una ciudad; sólo que ni aquellos huincas eran cristianos espanoles, ni la ciudad la encantada de los Cesares que él buscaba.

Lo que no podía saber Mascardi es que allí había invernado de 1669 á 1671 el caballero Juan de Narbouroug, enviado por el rey de Inglaterra á explorar la costa patagónica y á tomar posesión del Estrecho de Magallanes. No hay certidumbre si el sitio de la recalada que descubrió Mascardi, corresponde á la actual bahía de San Julián ó á la de Santa Cruz; de todos modos, la larga estadía de Narbouroug en aquellos parajes, así como la de otros navegantes anteriores, debió causar mucha impresión á los indígenas de la Patagonia, poco acostumbrados á ver hombres blancos.

Cuando Mascardi, de regreso á Nahuelhuapí, dió parte al gobernador de Chile sobre los indicios que había reconocido de haber piratas en la costa, ya en Valdivia se había sorprendido una chalupa de la expedición de Narbouroug, con un teniente y tres marineros, que estaban levantando planos del litoral. Carlos Enrique Clark, que así se llamaba el teniente, fué enviado preso á Lima, donde el virrey le hizo arcabucear por el delito de levantar mapas para un gobierno extranjero.

Tan singular epílogo del viaje de Mascardi á las costas del Atlántico, manifiesta cómo los indios llevaban de un confín á otro de la Patagonia la noticia de la aparición de extranjeros, mucho antes que se enteraran las autoridades de Chile ó del Río de la Plata.

El viaje completo de Mascardi duró cuatro meses largos: de mediados de Octubre de 1672 á últimos de Febrero del 673.

Disgustado, pero no desengañado, de no hallar lo que buscaba, volvió otra vez desde el Atlántico á la cordillera nevada, enderezando el rumbo al punto de donde había salido; y así vino á dar una vuelta en redondo por las pampas patagónicas. A su paso bautizó muchos indios. El historiador Rosales escribió que fueron 40.000; pero debe ser piadosa exageración, porque otro historiador jesuíta, el P. Enrich, reduce el número á 4.000.